domingo, 15 de noviembre de 2009

Yo, el ateo



El libro anti-sagrado


Los novelistas no escribimos para enseñar, sino para aprender.
Uno escribe para intentar entender el misterio del mundo,
para ponerle luces a la oscuridad.
Rosa Montero


Memorias de la viuda


Preliminares

¡Hay que estar preparado para lo que viene!

El total de las cerca de 100 mil palabras que constituyen esta obra, sólo se imprimirán en la retina de aquellos que tengan una formidable capacidad de resistencia. A lo largo de toda esta aventura de leer, toda creencia, toda certeza y toda fe tambalean irremediablemente.

El creer evita pensar decía Nietche. Por eso los creyentes son apensantes, no se toman esa molestia, toda su mente gira en el círculo de la idiotez, en lo que aprendieron por tradición e imitación. No van más allá, se quedan en el dios que otros crearon. Viven convencidos de que son poseedores de la verdad. Su verdad es una verdad transmitida, revelada; jamás descubren que su verdad es una falsía, una mentira. Todo creyente es un gregario y todo gregario es un estúpido. Que surjan infamias del pasado, que se abran los sudarios, quedan los cadáveres putrefactos y esperpénticos de los crímenes de las religiones para que se espanten pontífices, curas y parroquianos.

Uno tras otro, aparecen episodios acaecidos en diferentes circunstancias de tiempo y lugar, se concatenan y como retroexcavadoras socavan los cimientos de una farsa impuesta hace milenios y fosilizada en los arquetipos mentales de la humanidad entera. Es la Historia en su revés, lado limpio y sin manoseos de lo que ha sucedido en este mundo.

Con brusquedad se rompen los esquemas acomodados por genética inercia. El resultado es, se advierte, una lacerante sensación de desnudez y desamparo. Qué estremecedor desgarre interior al presenciar lo que ha estado oculto con santas intenciones. De trecho en trecho por esta trocha se va avanzando hasta llegar a una cúspide, donde la panorámica de la Vida y de la Historia es totalmente otra a la siempre divisada.

Aquí se devela esa realidad oculta. Cuán pocos han escalado hasta estas alturas provistas del ángulo de visión necesario para observar sin obstáculos la geografía universal y los acontecimientos que más la han conmovido. Se suceden, se combinan y se entrelazan hechos en un mosaico jamás configurado.

Tarde, muy tarde, y con qué intrincada dificultad, se llega. Desátanse las trabas mentales y culturales que desde siempre han entorpecido la conciencia y estropeado la inteligencia. Presencia inquietante como pocas, lectura que habrá de quitar el sueño, porque obliga a mantener los ojos abiertos a cuanto sucedió y sucede en el Mundo y en el inmediato entorno.

No más a esa inveterada costumbre de tragar entero, ni a abonar con ignorancia y desconocimiento los terrenos donde germinan las divinidades. Sí algún agradecimiento se le deben a los heterodoxos y ateos es el haber abierto la puerta para que salga el miedo de pensar libremente, y permitir, así, desarropar las mentiras históricas y sagradas de sus falsas vestiduras de Verdad.
La Historia trasmitida de generaciones en generaciones, ha sido maquillada y desfigurada por intereses políticos, económicos, y sobre todo, religiosos. Se elimina, entonces, lo sobrenatural de las crónicas de la evolución del hombre. En los acontecimientos humanos en los cuales se debiera esperar la intervención de un Dios, no hay ni un mínimo vestigio de otra cosa que las virtudes y las miserias propias del hombre. Completamente demolida queda la versión de la épica humana impuesta al mundo por las diferentes religiones.
Cristianismo, islamismo y judaísmo, tres plagas, hijas de la ignorancia y de la idiotez, madres del dolor y la mentira. Por ningún otro motivo ha padecido más la creatura humana y destinada está a desaparecer del Universo entre sus garras. Hasta que el último humano no derrame la última gota de sangre y exhale su postrer halito de idiotez, no dejaran de existir estas tres plagas malditas, al fin se quedaran sin nutrientes y desaparecerán también las infames parásitas.

Se plantea, entonces, la creación de una ciencia formal que podría denominarse contra-apologética o anti-teología. Algo así como el estudio de la injustificación de la existencia de los dioses, o, revirtiendo las palabras, el estudio de la justificación de la no existencia de los dioses.

Es así como muerte y resurrección hay en estas páginas. Muerte, muerte, muerte para los mitos, credos y dioses. ¿Resurrección entonces para quién? Para algunas ideas, aunque insólitas, para unos hombres, aunque escasos. Redivivos en palabra, vida y obra aparecen: Epicuro, Voltaire, Erasmo. Bruno, Galileo, Diderot, Lucrecio, Democrito y Leucipo, Sartre, Freud, Andrés Holguín, Stefan Zweig, K. Deschner, José María Vargas Vila, Jhon Stuart Mill, Bertrand Russell, Majoes, Juan de Dios Uribe Restrepo, Carl Sagan, Ariel Ospina, Sergio Rangel Arenas, Pepe Rodríguez, Jaime Restrepo Cuartas, Miguel Zapata Restrepo, Bernardo Arias Trujillo, Arturo Escobar Uribe, Miguel Delibes, Alejandro Vicuña, entre muchos otros, que textual o contextualmente resucitarán de las profundidades de la incomprensión, el tiempo y el olvido.

Por eso esta obra no fue escrita a dos manos, sino a muchas, es un trabajo colectivo. Hay producción y reproducción, nacimiento y renacimiento. En determinadas épocas históricas es mucho más importante el renacer que el nacer. No hay plagio, se trata del rescate de letras que ya nadie o pocos leen. Letras que expresan pensamientos y cuentan hechos que subyacen en el desprecio (porque hieren las creencias), en el desconocimiento o en el total olvido.

Aunque tiene en cierta forma una estructura de novela histórica, es difícil encajar estos escritos en un solo género. Sin pretensiones de ser filosófica, pues es más narrativa que especulativa, descuella por la épica, la lírica y la investigación periodística, incluso tiene ribetes de panfleto. Lo que jamás podría, es ser catalogada como una ficción, pues los hechos narrados son absolutamente verídicos.

Impío Enojo

Mi soledad es una ofrenda blasfematoria
de la divinidad protectora de todas las
formas del crimen sobre la Tierra, que
morirá sin haber visto nunca la victoria
del bien ni la libertad.
J. M. Vargas Vila


Al filo de esta doliente travesía, saciada de la vida hasta el hastío, cuando transcurren los últimos amaneceres y ocasos del mes de abril, me apresto a dar comienzo a estas memorias. Es demasiado tarde, llevo a cuestas el peso de casi ocho décadas, pero no me atormentan amarguras y temores. Así he llegado al primer peldaño de la década del noventa de este tormentoso siglo XX, último eslabón de una vergüenza de dos mil años de estupidez que pronto se despeñarán para dar nacimiento a un nuevo siglo. ¿Primer eslabón de un nuevo milenio de idiotez? ¿Por cuánto tiempo más seguirá la humanidad prosternada y atada ante sus dioses imaginarios? ¿Cuántos siglos o milenios serán necesarios para su liberación?

En este ocaso, con mis manos trémulas y mi vista casi apagada, me someto al sacrificio de escribir estas páginas. El propósito no es destacar mi vida, sino sacar del olvido la existencia y el pensamiento de un hombre singular, mi difunto esposo. No me dejó hijos, pero legó a este mundo, aún plagado de oscurantismo, sus tratados que me atrevo a llamar contra-teológicos o contra-apologéticos. A duras penas, estas memorias sólo serán la reconstrucción y el compendio de una ínfima parte de sus escritos, donde expone sus razonamientos de hombre solitario como el que más, sin dependencias y ataduras.

Sentiste ese deber, el deber de ir contra el silencio que oculta el error y el mal. Tus disquisiciones dan la impresión de contener un análisis despiadado, pero sólo son un bisturí que trata de limpiar y sanar la llaga más profunda y virulenta que ha padecido la humanidad.

Aunque envuelto estás en las brumas de la muerte, tu espíritu de abismos y serenidades pervive. Tus luchas no yacen allá en tu tumba de abandonos, odios y olvidos terrenales, no, cada momento dentro de mí se agitan. Aspiro a que algún día, aunque lejano, en torbellinos se levanten tus cenizas. Tu inmensa figura hará presencia; y al fin, por el túnel oscuro de su historia, la humanidad verá filtrarse un rayo de luz.

Eh ahí al hombre: sus ojos de tenue verdor enmarcan unas retinas de halcón prestas a dar caza a las carroñas de la mentira y la maldad que por siempre han apestado al mundo. Sus manos largas de moreno matiz, en todos momentos dispuestas a estrangular aquellas tradiciones y costumbres, que retrotraen al hombre a tiempos primitivos.

También, listas mantiene sus piernas de recio temple, para dar alcance a los sátrapas que con las garras de su poder temporal o divino oprimen la humanidad. Su boca misma, contraída de martirizado interior, en arcadas arroja ironías con rictus sangrantes, y por todos sus poros, en rebeldía brota su espíritu de anti-prosélito, anti-gregario y anti-evangélico.

Todo él está hecho de una piel noble, distinta a la torpe carnadura de todos los humanos. Es un ser de excepción, un habitante de galaxias sin existencia, un extranjero en su propio planeta. Experimenta un repudio casi enfermizo por la estupidez humana.

No obstante, posee un aspecto de católico de parroquia que, sin él proponérselo, disimula la catadura del más implacable de los ateos. Levantó su puñal para convertirse en el matador de la religión pero fracasó, por eso continúa embruteciendo al género humano; cavó el hueco y llevó la pala entre sus manos para ser el enterrador de los cadáveres insepultos y putrefactos de los dioses, pero no lo logró, por eso siguen apestando por toda la faz de la tierra.

Es un estremecimiento en acecho para cada emoción, mantiene listos los cinco sentidos en perpetua erección como antenas listas para atrapar a cuanta sensibilidad la vida le procure. Conoce el corazón humano como si hubiera vivido en sus ventrículos; la razón y la sinrazón del ser, como si hubiera habitado a la misma vez, en una neurona sana y en otra estropeada. Penetra en el alma humana, cual cirujano que escudriña con su bisturí las más hondas entrañas de una existencia.

Iconoclasta, destructor de ídolos y majestades. Indomable y misericordioso al mismo tiempo, inconfundible entre la multitud. Escéptico implacable y analista del corazón humano hasta la crueldad. Con sencillez de niño a momentos y con filosofía casi feroz la mayoría de las veces. Pero ante todo, ante todo: mordaz. Punzantes son sus palabras, sarcasmos son sus vocablos. Qué tiemblen los poderosos por sus abusos, y los lacayos por pusilánimes. Lo sacro es cloaca, lo respetable es bazofia.

Aunque tardarán siglos en reconocérselo, a mi esposo difunto le debe la ciencia humana un gran número de verdades, que él ha descubierto, escudriñando en los hechos históricos, observando los que suceden ante sus ojos o en elucubraciones de algunos pensadores y analistas. Lo que lo hace más único y universal es ser el gran impulsador del combate contra la Mentira Sagrada en todos sus ámbitos. Es un demoledor, con la pica en la mano busca destruir más que Renán y Taine. No les deja refugio a las mentes de los timoratos. Como el más hábil de los sabuesos a cuevas, templos, mezquitas y sinagogas penetra a la caza de mentiras, errores y horrores.

Su prosa no es alimento ordinario para mentes vulgares, su estilo y contenido no cautiva como la poesía o la apologética, sino que lastima como una tragedia. Carece de influjo hipnótico o soporífero, es un flujo laxante que aniquila a todo animal rastrero y toda criatura distraída.

Torturada por insaciable sed es su inteligencia. Mientras, con facilismo, la mayoría de los seres humanos utilizan el adjetivo para adular, enmascarar verdades, disfrazar mentiras, cubrir falsedades y fabricar virtudes, él lo emplea para identificar, delatar, demoler y combatir, pero sin prescindir de la acción del verbo.

¿Fuiste un innovador, un destructor, un revolucionario? Tal vez no fuiste sino algo tan raro, tan luminoso y tan fuerte como lo que se llama un hombre libre. El genio es personal no hay genio colectivo, ninguna escuela ha producido un genio, el genio es un inmenso YO. Así fuiste, situaste tu espíritu en un ángulo especial de visión y comprensión, y de allí precisamente tu asombrosa originalidad, que te hizo contraparte del Mundo.

Tus escritos son sólo un eco de las tormentas de tu espíritu. Aún siento trepidar las trémulas antorchas en las honduras de tu alma. Fuiste un ser en constante rebeldía ideológica con la casi totalidad de tus antepasados y contemporáneos. En estas latitudes tropicales pocas -y cuan pocas- existencias comparables. Con tu palabra en ascuas y tridentes dirigiste tus luchas contra los prejuicios, las injusticias, la ignorancia, el fanatismo, la intolerancia, los credos y los mitos.

En giros inauditos martirizaste las palabras, desenterraste arcaísmos, y en soplos de ingenio diste vida a vocablos. Con argumentaciones poco intrincadas, a lo divino lo desarropaste de sus vestiduras sagradas, dejando a vista pública todas sus vergüenzas. Ante tanta audacia que tiemblen y se aterren academicistas, pontífices y demás ortodoxos, esbirros y centinelas de credos y gramáticas.

Exhumaste filosofías e inhumaste teologías. A lo sacrílego lo trocaste en sagrado, y a lo sagrado en profano. Si hiciste alguna venia fue ante un humilde, a reyes y prelados escupiste en la cara. Antípoda fuiste de toda la raza humana. No adoraste ni te prosternaste ante dioses, por eso no tienes alter ego. Fuiste el más solitario de los hombres, un deicida sin cómplices; no tuviste discípulos, ¿quién podría serlo? La humana especie aún no ha evolucionado para ello.

Pocos como tú han llorado ante las ruinas de la humanidad. Trataste de construirle un vertimiento de escape a esa gran cloaca de las creencias religiosas represada por milenios. Iluso creíste que regadas esas inmundicias servirían de abono al infame y anquilosado desierto de la teología, y germinarían árboles para proteger con su sombra, y flores para deleitar con su belleza.

Fuiste un insurrecto de filosofías y teologías. Procuraste un humanismo basado en el hombre y no en la divinidad impasible y muda que se alimenta de la estupidez y el dolor; que nace, crece y se multiplica, pero que no muere, mientras no le falten sacrificios e idioteces de los míseros humanos.

Tu disciplina interior, tus vigilias de estudioso no se quedan en lecturas, sino que se sumergen en la observación de la realidad humana. Quisiste abrir camino hacia una nueva concepción universal del mundo y de los hombres, bajo las ruinas de sus creencias de espanto. Fue tu propósito hacer viable una nueva jornada del Hombre sobre la tierra.

Ni oportunidad ni tiempo te proporcionó la vida para concluir tu obra y decir tu última palabra, para que fluyera totalmente el caudal de tu genio. Tu dolor fue el dolor de la humanidad entera a la que despreciaste y amaste. ¿De tu singular conciencia quedará huella? ¿Contigo acabó tu escasa estirpe?

¡Amado esposo!: tu palabra inarmónica y ruda, sistemáticamente rebelde, tiene que parecer extraña, tu prosa no está hecha de melodías sino de rebeldías, no es de debate sino de combate; tu verbo no es lira sino tambor de monótona resonancia contra las tiranías espirituales.

Aunque continúa incólume, disparaste contra la tradición retrógrada y ciega, en el propio corazón del clericalismo omnipotente. Dijiste cosas audaces y veraces, extrañas al alma tenebrosa de esa multitud presa de la Mentira Divina, que de ignorancia y superstición alimenta sus creencias.

La humanidad entera de hoy te incomprende y te anatemiza, la de mañana te vilipendiará y te maldecirá. Siempre serás juzgado y condenado sin adentrar en los hondos y ricos yacimientos de tu a alma. Por no hacer concesiones cobardes al ambiente, no saldrás de las brasas de la intolerancia, pero jamás como renegado y vencido, sino como discípulo de Lucrecio y Voltaire.

Como alguien lo cantó ante la tumba de Diógenes Arrieta: - poeta demasiado grande para tanta estrechez de mente y demasiado digno para haber nacido en esta tierra de cafres - Los lobos del fanatismo, hambrientos de gloria, no aúllan en torno a tu sepulcro; los chacales místicos no rondan tu fosa; y, las hienas, las asquerosas hienas de la Iglesia, no vendrán a profanar tu tumba, desenterrando tus huesos, para hacer con ellos, el festín de su venganza.
Carezco de vida y fuerzas suficientes para recuperar todo lo poco que quedó de tu obra. Mediante tarea dura y dispendiosa zurciré algunos retazos, que yacen en los recuerdos y sobreviven de los humos de tus libros y escritos atacados por el incendio de la finca de San Jerónimo.

De mentiras y olvidos vive la humanidad, realizan su trabajo en la memoria y se constituyen en fuerzas que mueven a la ilusión o a la resignación. No olvidar o desenmascarar mentiras puede constituirse en una fuerza renovadora o devastadora.

Por eso ojo, mucho ojo, penetrar en su obra que trataré de esbozar en las siguientes páginas, ofrece riesgos, a la vez que puede aliviar y esperanzar, puede lacerar y asfixiar, puede hacer revivir o matar de una vez. Lo que sí es insoslayable, es que sin remedio lleva más allá de la muerte.

Aunque puede considerarse como el tratado del inútil combate, anticipemos su obra. Es un desfile de tigres en la selva tenebrosa. En tétrica procesión aparecen hombres y hechos bajo la fusta implacable de su irreverencia. Pero no es un insulto sin causa, es barrer con el estiércol de los errores de los hombres y los horrores de los hechos, es exhibir en público sus vergüenzas.

Cabe advertir que estas memorias no son aptas para circunspectos, ya sean simples devotos como: sacristanes, cofrades o beatas, u otros más leídos como: profesores de aritmética, jerarcas, astrofísicos o expertos en leyes, crematística o cibernética. Mucho menos, son indicadas para místicos o fanáticos, no soportarían su lectura, la iracundia suscitada los tiraría al piso y los revolcaría en sus propias babas y heces.

Además, quien ponga sus ojos en estos escritos apócrifos corre el riego de sufrir una maldición eterna. Desde que apareció el primer homo sapiens sobre la Tierra y hasta que se aniquile el último, el conjunto de estas 100 mil o un poco más de palabras, están contraindicadas y prohibidas para el 99.9 por ciento de la humanidad. Aténgase o huya... ya. Quien logre llegar hasta la última de estas letras jamás, jamás será el mismo.

Las religiones como las ideologías llevan la corriente humana hacia extremos: ortodoxias, intolerancias, fanatismos, dogmatismos... que han desencadenado a través de la Historia cruentas y constantes luchas fratricidas. Como alguien muy sabiamente lo dijo El hombre es un lobo para el hombre.

Si hay mal que dure miles de años y cuerpo que lo resista. ¿Cuántos siglos lleva la humanidad padeciendo entre las garras de sus dioses, sin quien los destrone? No sucedió lo mismo con otras infamias como el Nazismo, el Fascismo, – tolerados y hasta protegidas por la jerarquía católica – y el Comunismo, más temprano que tarde sus bases construidas en terrenos de crueldad e iniquidad se vinieron al suelo. Tiene que haber una explicación para que las tres plagas del mundo: islamismo, judaísmo y cristianismo con sus bases asentadas sobre más extensos terrenos de mentira e infamia, continúen casi incólumes. Hacia allá, esposo mío, dirigiste tu lucha implacable.

Aunque signifique sembrar en tierra estéril, me propongo regar semillas de tu pensamiento de hombre solitario, de sui generis concepción filosófica y de genio intuitivo demoledor de sofisterías. El Dios trascendente seguirá reinando en el mundo por cientos o miles de años más. ¡Qué tristeza!

Difícilmente, las muchedumbres resisten a un Dios inmanente a la naturaleza como fuerza vivificante, quien no concede nada mediante adulaciones, sacrificios, ritos, rezos y demás servilismos y abyecciones a que la especie humana ha estado sometida para sostener los cientos de dioses de sus múltiples religiones y sectas. La vida humillante del hombre frente a sus divinidades no es más que una ignominia en grado superlativo.

En ciclo interrumpido, el tiempo (próximos siglos y milenios) entre sus redes continuará con el arrastre y aniquilación de mentes, cuerpos, plantas y minerales; sólo quedará el conocimiento. Ya mi vida está cerca de la nada, de dónde salí, deseosa y vertiginosa voy hacia ella sin que nada ni nadie me detenga. Un inmenso ensueño unió nuestras almas envueltas en el torbellino de los mismos ideales, la libertad fue su mayor objetivo sobre la tierra y su único dios tras las ruinas de los cielos.

Si ahora o en un futuro, la tesis que él planteó, pudiera convertirse en un estudio formal, podría dársele nombres como: contra-apologética o anti-teología. Algo así como el estudio de la injustificación de la existencia de los dioses, o, revirtiendo las palabras, el estudio de la justificación de la no existencia de los dioses. Estudio que será imperativo realizar de manera sistemática para que algún día (como fue su obsesión) el Hombre pueda disfrutar de una absoluta independencia y libertad, ser amo de sí mismo y del Universo.

Pero, ante ese, su gran propósito y después de varias décadas de reposar en su tumba, el panorama es desolador, muy desolador. Casi indestructibles son las cadenas que atan el hombre a sus divinidades. La perspectiva, o mejor la prospectiva, es confusa, muy confusa. Frente a la posibilidad que pueda darse ya sea una contra-apologética o una anti-teología, caen negras sombras de pesimismo, la sensación es de cierta imposibilidad.

Este previsto fracaso da angustia, mucha angustia, porque la victoria sobre los dioses es la más digna y merecida victoria de los hombres, volverles la espalda es apenas un gesto, enterrarlos definitivamente es la victoria. El primer y más valeroso deber del hombre de ser soberano de sí mismo, difícilmente se dará.

Las huellas que dejaron tus pasos de lucha no se dirigen a destronar dioses para crear superhombres, no. Van tras una meta: lograr que el hombre sea lo que en esencia es, ostente lo que en realidad posea, y aspire sólo a lo que verdaderamente puede acceder. Más que voluntad de poder, es realidad de poder. No se puede negar, se trata de poner un límite, pero no a las posibilidades y potencialidades del hombre, sino a su inconmensurable idiotez.

No podemos ser pesimistas del todo. Los dioses llevan reinando en las mentes obtusas del Hombre al menos diez mil años. Liberarse de ellos requiere otros tantos milenios. Pero es necesaria una lucha incesante que los acorrale y los muestre en su inmensa dimensión de mentira e infamia. Será un proceso de desmonte, mucho más arduo y tortuosos que el que ha sido necesario para implementar las tecnologías. Si este proceso no se inicia algún día, el hombre jamás podrá desembarazarse de esa aureola de estupidez, que lo “decora” hace milenios.

Así mismo, las ortodoxias, los fanatismos y las intolerancias continuarán atormentando al género humano hasta el momento que el Universo explote y de la raza humana no quede más que átomos. La mente de los creyentes es el hábitat de los dioses, sólo allí viven y sobreviven. Como los peces, que mueren cuando los sacan del agua, las divinidades también perecerán cuando se les deje por fuera de las neuronas de lacayos, serviles y pusilánimes.

Esta lucha debió iniciarse hace unos tres mil años. De haber sido así, las plagas judaísmo, cristianismo e islamismo no se hubieran propagado tanto y ¡ah! holocaustos que se habría ahorrado la atormentada humanidad. Lo más importante es que el Hombre habría logrado un desarrollo mental sin superfluas metafísicas y, sino paralelo, al menos, sin una diferencia tan abismal frente al desarrollo tecnológico.

Es necesario saber que mucho, mucho le falta a las mentes por evolucionar, pero más en un sentido introspectivo que tecnológico. Los dioses no pueden sobrevivir hasta que el Hombre deje de existir sobre la faz de la Tierra o de otro planeta. No es justo que mueran junto con él. Es necesario eliminarlos de raíz mucho antes.

Ahora, en los inicios de estas memorias quiero incluir el prólogo de Después del cansancio, de un cuaderno chamuscado despojo del incendio de la finca de San Jerónimo es todo lo que pude rescatar de esa obra.

Todo dolor, toda tortura física y moral viene de la vida, pues ésta es más un sacrificio que un goce. La directa responsable de esta ininterrumpida penuria es la Fecundación. Infame y cruel es imponer la vida a seres que no pueden defenderse de ella. Despertar criaturas de la nada para lanzarlas a los padeceres y angustias de la voraz tortura de la vida, no tiene ningún perdón ni justificación.

Perpetuar la obra lacerante de la naturaleza, hacerse cómplice de los dioses en este horror inconmensurable y lamentable que se llama vida, es una odiosidad repugnante, obra de una torpe animalidad ciega a la misericordia, pero con visión clara en el egoísmo de los dioses, en sus placeres y regocijos, emanados de su perversa creación.

Mi verdad es la verdad de mañana no de hoy; una verdad inactual, con las alas tendidas hacia la inmensidad de los tiempos, con la misión de hacerle mella al hormigón portentoso de la mentira que todo lo cubre. Esta mi lejana verdad, pertenece a un espacio que aún no existe y a un ahora que no ha llegado. Un huracán de fuego algún día la develará.

Ahora si me presento. Mi nombre es Raquel Restrepo Jaramillo, nací en el seno de una familia antioqueña de estirpe liberal. Mi abuelo y mis tíos paternos se unieron a un general de apellido Herrera durante una guerra que duró mil días. Fue una lucha contra la doble dictadura de un insigne gramático y un mediocre poeta que habían retrotraído al país a la colonia en contubernio con el clero. Mi familia fue señalada de impía e influenciada por la Masonería. En peroratas desde los pulpitos brotaba la hiel contra nuestros apellidos Restrepo Jaramillo. Se desencadenó una persecución que nos convirtió en parias de la sociedad de entonces.

La verdad, jamás fui mujer de piedades y devociones como la mayoría de aquella época. Mi concepto de Dios siempre ha estado a años luz de todo lo que huela a secta o religión, siempre he creído que éstas crean fronteras a lo que significa la cosmogonía, la génesis del universo y el concepto de un principio propulsor, jamás creador, pues nada se crea o se destruye sino que se transforma.

Aunque las religiones han sido paliativas para las almas sedientas de acomodo celestial, y para los dolores inherentes a toda existencia humana, así como para tratar de encontrarle respuesta a la eterna pregunta de quiénes fuimos antes de la cuna y qué seremos después de la tumba, lo cierto es que han sido las mayores martirizadoras de la humanidad.

A tales crímenes ha impulsado la religión a los hombres, esta frase es sin duda una condena enérgica contra toda forma de religión, de mito y de superstición, en contraste con el pensamiento racional y sereno del hombre prudente y sin fanatismos.

Cien años A. de C. Lucrecio siguiendo a Epicuro, evoca los inauditos terrores del hombre frente a divinidades crueles y vengativas y reprocha a la humanidad el haber preferido constantemente el sacrificio ritual al hondo conocimiento filosófico.

Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos a seres imaginarios, que supone influidos por acerbas cóleras; Cuántos gemidos ha arrancado a la descendencia de los hombres está invención, cuantas heridas ha abierto, cuantas lágrimas ha producido, la piedad no puede consistir en cubrirse la cabeza con velos, dar vueltas en torno a una estatua ni visitar los altares, ni tampoco en prosternarse ante los templos de los dioses, ni mucho menos en inundar las aras con la sangre de los cuadrúpedos, sino en observar todas las cosas con ánimo sereno.

Nadie es creado jamás de nada en virtud de un poder divino, expresa Lucrecio y concluye: La noción de creación es pues, como la de providencia divina, otra de las grandes falacias de la religión. Como los átomos son eternos y están dotados de eterno movimiento, que los induce a unirse o a disociarse para construir o hacer desaparecer los objetos y los seres, toda creación es imposible, lo mismo expresa Democrito cuatro siglos antes de nuestra era.

Es así como el hombre debe liberarse de toda religión, de toda superstición y de todo mito. Luego, debe despreocuparse de la muerte o de toda vida de ultratumba. La muerte consiste en regresar a la nada, de donde el Hombre salió. El temor al más allá, esos sufrimientos en mundos subterráneos de que hablan las leyendas griegas etruscas y latinas, es lo único que hace espantable la muerte, ese más allá con juicios y castigos es una leyenda más. De todos los conceptos, no existe sobre la faz del saber otro más sencillo de definir que el de la muerte: sólo es un dormir donde ni se sueña ni se despierta.

Mientras yo exista la muerte no existe, cuando ella exista yo ya no existiré, dice sabiamente Marco Aurelio.

Qué decir del cristianismo, sus mártires, sus inquisiciones y cruzadas; el judaísmo, protegido por su dios, que excluía al resto de la humanidad, aniquilándola con sus ángeles exterminadores. Su pueblo elegido para ser perseguido a través de los siglos, para vivir en diásporas por carecer durante milenios de tierras donde arraigarse, acosados por reyes, dictadores, emperadores y pontífices de otras religiones, y en eterna disputa con los palestinos.

El islamismo, opresor de la mujer, intolerante, anticientífico, castrador que combina con letal mezcla el poder terrenal con el celestial, bajo su temible jerarquía presidida por los temible ayatolas y mulás.

El budismo y el hinduismo, con sus vacas sagradas, sus oraciones monótonas y sin sentido, y el terrible karma de la reencarnación. Es así como no me he podido situar en ninguna religión o secta. Creo en una energía cósmica que da vida a lo que existe, en una especie de panteísmo u holística, donde las partes conforman un todo, ese todo que es Dios o la energía cósmica, transformable, pero indestructible que hace que las cosas en el campo físico y espiritual existan, a través de un proceso dialéctico, donde se nace, se reproduce y se muere en ciclos ininterrumpidos.

Como decía Carl Sagan: Es mucho mejor captar el Universo como es en realidad que persistir en el engaño por muy satisfactorio y reconfortante que sea. Nada vive para siempre ni en los Cielos ni en la Tierra. Incluso las estrellas envejecen, cumplen con el ciclo de nacer y morir. Nos guste o no, estamos más sujetos a la ciencia que a las divinidades. Más fácil nos puede liberar de una infección la penicilina que un rezo pronunciado con la más sincera devoción; al lanzarnos a un abismo más fácil nos puede amortiguar la caída un paracaídas que la más extrema fe, en que un dios nos recibirá en sus misericordiosos brazos. La fe jamás moverá una montaña, maquinaria moderna sí.

La peor infección que padece el hombre es la credulidad, es la mayor epidemia que ha desgraciado al hombre. Ningún virus, bacteria o microorganismo se ha propagado más que la credulidad, cerrándole el paso a la ciencia y a la libertad.

Asquerosa credulidad, caldo de cultivo de dioses y demonios. Su misión es hacer perder al Hombre por los vericuetos de las fes y las supersticiones, y descarriarlo del verdadero camino del escepticismo y de la duda que lleva hacia la ciencia y la verdad. ¡Oh malvada credulidad!, tu carga de lastre tiene el mismo peso que el de todos los astros que giran en el Espacio, tu callejón sin salida es igual de largo y ancho al Universo mismo.

No importa que las creencias sean ciertas o no, lo importante es que sean significativas y reconfortantes para quien las posea. Tan apremiante es la necesidad del vulgo de creer, como la del bacilo de Cock en reproducirse, cuando cae un mito levanta otro. La ciencia ha expulsado fantasmas y demonios de nuestras creencias, como al bacilo de marras de nuestros cuerpos, pero ellos se hacen resistentes y vuelven y nos invaden. La ciencia no siempre es victoriosa absoluta, por eso el mundo sigue con sus pestes.

Si se está sometido a un engaño largo tiempo, se tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Encontrar la verdad deja de interesarnos. El engaño nos ha engullido. Simplemente es demasiado doloroso reconocer que hemos caído en un engaño, lo anterior es la lección más triste de la historia, según lo señala Sagan.

En las muchedumbres lo que se acumula no es el talento sino la estupidez, la humanidad entera no ha sido más que una inmensa muchedumbre. En la medida que el hombre está rodeado de más gente, piensa y razona menos, el hombre superior está lejos, por la ley de probabilidades, de contraer el nefando bacilo de la masificación. Pocos, muy pocos de los seres humanos se han sustraído a la masificación o a la religionización.

Todas las religiones están basadas en metáforas, irrealidades, idealizaciones, imaginaciones, en hechos irracionales, en una palabra, en MENTIRAS. Toda mentira, aunque en un principio puede consolar y esperanzar, termina en una historia triste, por eso las historias de las diferentes religiones son desastrosamente torturantes, están plagadas de sacrificio y dolor. Son un gemido lúgubre de la humanidad en busca de gozo, de un gozo celestial, que nunca, nunca, nunca llegará.

Desde que el bobo sapiens, perdón el homo sapiens, apareció sobre la superficie de este planeta y hasta que de ella desaparezca, su mayor estupidez ha sido, es y será adorar e implorar a los dioses; la inteligencia humana no podrá producir necedad que se le iguale, aunque siempre se considere lo contrario.

Es así como no existe ni ha existido ni existirá mayor enemigo para el hombre que: Dios, no tanto como concepto sino como ente o ser real a la luz del entendimiento humano, que lo ha fabricado fundamentalmente a su imagen y semejanza.

Las anteriores palabras resumen en algo la tesis que pretendió exponer mi finado esposo en sus escritos, y que de manera parcial encontrará el lector que tenga suficiente empeño y firmeza para continuar con sus ojos puestos en estas páginas que tienen como artífice a una anciana cegatona, y que dejará patas arriba y con los calzones abajo sus más entrañables y sagradas creencias e ídolos.

Dejémonos por un momento de disquisiciones y volvamos a la historia. Después de que terminó ese padecimiento de mil días, vino un periodo de relativa tolerancia y progreso durante el gobierno de un señor de apellido Reyes, pero continuó la dictadura del clero y los gramáticos hasta 1930, lo que se conoció como la nefasta época de la hegemonía conservadora. Ese año, pocos meses después de haber asumido la Presidencia un liberal apellidado Olaya, si mal no recuerdo, mi familia dejó de ser discriminada.

Por allá a principios de la década del 40, durante el gobierno de un presidente del abolengo de los Santos, estando yo muy jovencita, fui asignada a un empleo como administradora de la oficina de correos del Puerto de la Brisas. Esculco mi memoria: veo calles sinuosas, pasan humanos, aves, caninos y porcinos, una polvareda ocre se levanta. El calor y la pereza aletargan.

Algunas construcciones se destacan: con techos altos, la estación del tren muestra con soberbia arcos y tallas; al edificio de la aduana, dos torreones que remedan un estilo grecorromano, le imprimen un cierto carácter de grandeza, y el convento de Santa Brígida, constituye una larga cuadra de ventanas barrotadas y sin aleros, semeja más un presidio que un centro de recogimiento y oración.

El templo, cual castillejo abandonado por el aspecto curtido de su fachada, ostenta poco valor arquitectónico u estético. Un cura de apellido Almanza dedicó 22 años de su vida en construirlo; fue quien consiguió los recursos a punta de ponchera, rifas y festivales. También le proporcionó su diseño y fue hasta su albañil. Tres días antes de inaugurarlo se desprendió de un andamio. Las flores encargadas por él para decorar el altar engalanaron su funeral.

Hay algunas casas de adobe y teja de barro, muy solariegas y de anchos corredores, pero marcan preponderancia las techumbres de paja o zinc. El río baja en caudales oscuros y lame arenas y plantíos. Todavía, algunos vapores con sus crespones de humo atracan, bajan y suben pasajeros y mercancías. Se alejan, dejan una estela blanca hasta extinguirse. Morenos brazos impulsan con remos las canoas y lanzan atarrayas. Es el Puerto de las Brisas.

¡Ah! y la Casa de Tejas, encierra muchos recuerdos históricos, por lo cual es necesario decir algunas palabras. Fue construida por el general Santana, antiguo presidente de México, durante el curso de una larga estadía que este aventurero político, muchas veces exiliado de su patria, hizo en el Puerto, atraído por las ponderaciones que le habían hecho de plantíos y sobre todo de la belleza y cachondez de las mujeres de la región.

Este opulento General, que fue uno de los grandes revolucionarios de su época, fue igualmente uno de los más disolutos, aunque solamente tenía una pierna, la otra se la había cercenado una bala de cañón francés en 1838, cuando la toma de Veracruz por el príncipe Joiniville.

Para describir su vida licenciosa y de amores de cama en esta región del río de la Magdalena, se necesitaría de todo un volumen. Gracias a la cantidad de proxenetas que su inmensa fortuna le permitía, lo mismo que por los lujos palaciegos que podía prodigar a su alrededor, puede asegurarse que gozó del mayor harén que en las tierras descubiertas por Colón se ha visto.

El doctor Anaya, que fue por mucho tiempo cirujano de Santana, en algunos párrafos escritos sobre el personaje, cuenta que no había un solo día en que este nuevo Minotauro no se acostase con una o dos jovencitas vírgenes. A principios de este siglo, esta afirmación la corroboraron un sin número de ancianas que refirieron con algunos detalles sus intimas relaciones con el célebre aventurero. Todas coincidieron en señalar que antes de ir al muy usado tálamo, el hombre se desprendía de su pata de palo que sujetaba con varias correas. Antes de poseerlas les lamía todo su cuerpo. Su órgano sexual era tan voluminoso que poco advertían la falta de su pierna.

Muchos habitantes de Las Brisas pasan, con razón o sin ella, por ser sus descendientes. Un tal ingeniero Harrison, personaje inglés que alguna vez pasó por el Puerto adelantando un estudio sobre la flora terapéutica en la América tropical, refirió que cuando le correspondió trabajar en la construcción del ferrocarril a Turbaco, tuvo a su servicio varios nietos de Santana, unos con su apellido, otros sin él. Aseguró que uno se parecía tanto a su abuelo a quien había visto en más de 20 retratos en México, que no había ninguna duda sobre la autenticidad de su descendencia.

La Casa de Tejas es una especie de bien mostrenco, algunas de sus dependencias sirven de habitación a los vagos que no necesitan de nada para ir a instalarse, otras sirven para almacenar mercancías y el gran salón delantero, que era el salón de recepción del galán y mocho mexicano, se utiliza a veces como cuartel, otras como cárcel municipal.

He cumplido veinte años, me hospedo en la casa de Rebeca Rebolledo. En esta lejanía de años y kilómetros, así la veo: nariz de líneas rectas proporcionan hondura a unos ojos que con su claridad le iluminan el rostro. Sin voluptuosidades, es grácil y armonioso el cuerpo. Sus modales suaves dan la impresión de ser una mujer exageradamente sumisa. Su belleza, o mejor su gracia, comienza a opacarse no a causa de los años, apenas pasa de los treinta, sino de una melancolía, una nostalgia, algo así como una pena moral sin remedio ni consuelo.

Sufre de soledad. De padres fallecidos y muy poca parentela, se relaciona poco, no busca a nadie, es fiel a un solo amor. Es un idilio de muchos años, comenzó con furor, ahora lejano y silencioso. Rehúsa varias propuestas de matrimonio, entre ellas la del apuesto capitán de navío Higinio Vengoechea. Tampoco cede ante las insistencias del opulento viudo Hermógenes Barragán. Mi amor es Gregorio y sólo con él me casaré, se dice a sí misma y se lo repite a personas cercanas que le recomiendan e interceden por otros pretendientes.

Gregorio Goenaga, por cuestiones políticas fue desterrado del Puerto. En tertulias y en discursos de cantina, sostiene que la renuncia al cargo y la muerte de un presidente Suárez, se debió a una pena moral ocasionada por el discurso incendiario e inmisericorde que un Gómez conservador, pronunció ante el Congreso en 1920. Allí acusó a Suárez de indigno Primer Magistrado, por haber vendido algunos de sus sueldos y haber contraído préstamos personales contra hipoteca. Todo para sufragar los gastos ocasionados por la enfermedad de su hijo, enviado a un país extranjero para el tratamiento de la leucemia.

Los conservadores furiosos por la maledicencia contra su gran patricio, le dan tres días a Gregorio para desocupar el pueblo so pena de sufrir el cercenamiento de su cabeza a filo de machete. El hombre se escabulle en la noche de un 30 de julio disfrazado de monja, pues los machetes ya están afilados por el Negro Chacón y el sargento Perea, quienes deciden reducir el plazo a un solo día.

Rebeca pasa en llanto los meses de agosto, septiembre octubre, noviembre, diciembre y enero. A principios de febrero llega un forastero, le entrega un sobre sellado sin remitente y en segundos desaparece. El sobre contiene una papelito blanco donde Rebeca lee: Perdona mi silencio, no te he dejado de amar, en cuanto arregle unos asuntos volveré a ti, Gregorio.

Rebeca suspira profundo y llora, llora, ya no de tristeza, sino de alegría. Al regresar de mi trabajo recién caída la noche, veo su rostro diferente, con resplandor y lozanía de adolescente. ¿Llegó Gregorio? - le pregunto
- No, pero me escribió - me responde con una entonación de alegría, jamás escuchada en ella.

La esperanza del regreso de su amado la mantiene con vida, pero pronto vuelve con su tormento el vacío y el silencio. Transcurren días, meses y años, languidece, se marchita. Soy su única amiga y confidente.

No escucha consejos, no asimila realidades. A los cuarenta años, Rebeca toma la posición de la anciana, sentada en la mecedora, dedicase a tejer carpetas y chales que nunca termina, se duerme sobre las costuras o sobre la foto de Gregorio, donde aparece de bigotes, vestido de traje blanco de marinero con un fondo de mar pintado en estudio. De tanto cargar el retrato, se destiñe hasta convertirse en una leve figura blanca donde sólo medio se destaca el bigote negro.

Comienza a encorvarse, sus movimientos pierden agilidad y fuerzas; le es imposible coordinar las agujas para sus costuras, empeñada en continuar realizándolas, termina haciendo fruncidos multiformes. Ante tal situación, le consigo de criada, a una mulata llamada Candelaria. Candela, como la llamamos cariñosamente, le prodiga cuidados y un afecto casi maternal.

Antes de llegar Candelaria, Rebeca sírvese de los oficios de una tal Concepción, más conocida como Concha, mujer gruesa, masculinoide y supersticiosa. Esta criada lleva a Rebeca donde una bruja, quien le promete devolverle a su amado Gregorio mediante magia blanca. Ambas me ocultan lo de los hechizos. La herencia y los ahorros de Rebe pasan a manos de Concha y de La Pitonisa del Zanjón, llamada así por vivir en la vereda del mismo nombre.

Es tarde en la noche, me despierto, escucho soliloquios, es Rebeca. Tose y tose en su cuarto. Voy hasta su lecho, tomase un bebedizo verde que le produce arcadas y ahogo. Supe después, era un cocimiento de hojas de batatilla con tripas de lagartija y otras porquerías suministrado por Concha y La Pitonisa del Zanjón, quienes le aseguraron era un elixir de larga vida que le recobraría su belleza y animosidad para el cercano momento en que Gregorio llegaría para desposarla.

Llevan varios meses de realizar conjuros, ligas y trances con espíritus, pero el hombre amado no aparece. Las mujeres si desaparecen con las joyas de Rebeca y los dineros de la venta de la hacienda Buenos Aires, gran predio para más de quinientas reses, dos establos y buena casa que había recibido como herencia de su padre Benigno Rebolledo, muerto cuando ella tenía quince años a causa del tétanos, después de haberse producido una herida en el dedo meñique con un clavo mohoso mientras herraba una bestia.

Su madre Antonia Rebeca de la Espriella, fallece a manos de comadronas que no pueden detenerle la hemorragia en parto prematuro, donde muere también la criatura, Rebequita contaba con sólo cuatro años.

La mujer se va poniendo lívida, su rostro adquiere un color verdoso transparente, se le acentúa su aspecto cadavérico, no come, sólo reza. Con sus menguados alientos delira, abraza y acaricia objetos y creyéndolos animados les suplica un abrazo llamándolos Gregorio.

Esos seres fantasmagóricos de Rebeca, no son más que almohadones, cobijas o muñecos de trapo. Se consume, a veces perece que sólo el dolor yace en la cama. Ningún médico del Puerto, e incluso de la Capital, diagnostica a ciencia cierta el achaque de Rebeca. Transcurren meses, en vela Candela y yo nos turnamos para asistirla con medicinas y algo de alimentos que a duras penas ingiere.

Poco se lamenta, poco come, poco habla. En la alta noche despierto, gritan mi nombre: ¡Raquel, ¡Raquel! Es la voz de Rebeca. ¿De dónde saca alientos para gritar una persona que desde hace años sólo murmura? Corro a su encuentro. Ya me voy - me dice- Gregorio dentro de poco vendrá por mí, me iré con él. Su expresión es de total convencimiento. Con palabras de consuelo y gotas medicinales logro que duerma de nuevo.

Amanece, lejos está ya de la vida y del dolor. Cuarenta y cuatro calendarios la vida le mantuvo clavadas sus garras. Ya la ha soltado. Sus despojos no son más que un cuerpo de niña de 30 kilos.

Misa con pocos parroquianos en el templo del Puerto. Sin parentela, a hombros algunos coterráneos llevan sin fatigas el ataúd hacia el campo santo; la fosa se la traga con gula, la tierra la tapa. Rebeca, de dolores y de angustias liberada, disfruta la infinita calma de la sepultura, de la nada.

Ha trascurrido un mes del funeral. Anochece. En gotas cae la lluvia sobre las techumbres de teja, paja y zinc del Puerto. Luego se hace chorros, y resuena con estrépito. Alguien toca la puerta. Con un mal presentimiento, tardo en abrir, pues presumo que puede ser Raimundo Rebolledo, supuesto tío de la difunta, quien ha instaurado acciones judiciales para desalojarnos a Candela y a mí de la casa. “Viene para desalojarnos antes de tiempo e impedir que pasemos aquí la noche “, cavilo.

Pero no, es un forastero, alguien a quien jamás había visto. Un hombre con apariencia más de joven que de viejo. Su rostro encarna una mirada tan profunda que suscita en mi una sensación tanto de atracción como de misterio.

-Soy Gregorio Goenaga y vengo a saludar a mi vieja amiga Rebeca- expresa tendiéndome su mano en apretón afable. Es mi primer contacto con el hombre destinado a encauzar mi vida. Tiene buen talante, su mirada profunda y reflexiva le da un aire inteligente, sin bigote ya, su cabello empieza a encanecer, piel suave, sin arrugas, ojos verdes y su contextura atlética agracian su figura.

La tumba de Rebeca carece aún de identificación, lleva 31 días sepultada, el supuesto tío heredero no se ha tomado la molestia de llevarle una flor o de perpetuar su memoria en el mármol de una lapida. La bóveda, con su forma arqueada, en la segunda hilera del panteón San Mateo del cementerio del Puerto de Las Brisas, muestra ya los musgos del abandono.

No he sido muy dada al culto por los difuntos. Candela sí oró mucho; su ausencia nos dejó un gran vacío. Considero que los problemas con el tal Raimundo, inhibió en ambas los deseos de visitar y arreglar con flores su espacio cementerial. Gregorio arranca el musgo y deja la sepultura engalanada con azucenas amarillas. Creo, fueron las primeras y únicas flores que Rebeca recibió en vida y en muerte.

La fidelidad, la espera y la agonía, recibían como pagó no una caricia, o un beso apasionado o una vida compartida con críos; no, el pago fue un manojo de azucenas ante el cemento gris de la sepultura eterna de su humanidad inerte.

No obstante, sigo fija en el hombre recién llegado. Algo locuaz y de agradable trato. Poco se refiere a sí mismo, sus pláticas tratan de asuntos de actualidad, qué el costo del transporte, el mal estado de las vías. Lo percibo inteligente, de amplia cultura, comenzamos entonces a polemizar sobre algunos temas. Refuta a Gómez por sus posiciones ortodoxas y retardatarias, mientras califica a Pumarejo de hombre de ideas liberales, sin posiciones sectarias. Hace disquisiciones sobre filósofos de la Ilustración, menciona a Rosseau, a Voltaire, Diderot, así como a otros, tanto antiguos como más contemporáneos.

Trato de extraer el mayor número de recuerdos de los depósitos de mi memoria, pero algunas fechas se me pierden. Espero que con algunos nombres de personajes, los lectores puedan hallar la ubicación histórica. Cuando aquel conservador de apellido Gómez mediante socaliñas y rebuznos accede a la Presidencia de la República, al poco tiempo lo abandonan sus santos protectores, colesterol y triglicéridos se le suben, corazón y cerebro reducen considerablemente su marcha demoníaca.

No tiene más remedio que ciertas drogas prescritas por los médicos y dejar su trono casi pontificio en manos de otro azul de apellidos, si mal no recuerdo, Urdaneta. La violencia adquiere su máxima intensidad, reviste nuevas formas, se implanta el terror oficial: el sectarismo partidista de tierra arrasada.

En el Puerto de las Brisas la Alcaldía se encarga de sembrar el terror, comienza por mandar a pintar de azul las fachadas de las casas, los árboles, las canoas, las chimeneas y los vapores. Se intenta pintar el tren, pero temiendo que lo quemen en las estaciones de la línea férrea donde hay reductos liberales, las brochas ya untadas se emplean en pintar el verde de los prados y los travesaños de la carrilera.

La alcaldía toma medidas que afectan la vida e integridad física y sicológica de las gentes. Es obligación asistir a misa. Hay amenazas de excomunión a quienes no asisten a rogar a Dios por la salud del benemérito patriarca enfermo. Se ordena el cierre de ventorrillos y cantinas de los liberales. Y, lo más absurdo, por decreto se le cambia el nombre al pueblo, pasa a llamarse Puerto Azul.

En volqueta cargan y botan los muertos al río. El alcalde, de quien no recuerdo ni quiero traer a memoria su nombre, ordena las matanzas colectivas y selectivas, según el número de muertos que bajan por el río, pues presume que vienen de Puerto Berrío o Barrancabermeja asesinados por los contrarios, entonces hay que tomar venganza. Frente a la vieja capilla de San Pablo con lista en mano varios hombres provistos de fusiles y pistolas al cinto hacen retén y acribillan supuestos y reales enemigos políticos.

Nunca lo olvidaré, del vapor Pichincha bajan a dos parejas de esposos, una de ellas con un niño de seis años, los llevan al Hotel Pegaso. Los hombres reciben certeros tiros de fusil en sus frontales y occipitales. A las mujeres les arrancan sus ropas y sobre catres que se desploman las violan. Luego, desnudas y con sus genitales sangrantes las arrojan al río. Al niño, de manera simultánea, dos desalmados le apuntan y le disparan a su corazón, se enrojece la camisita blanca a la altura de su pecho y cae de espaldas. Los mismos asesinos lo agarran de pies y manos, lo bambolean, por una ventana cae al Magdalena.

Un pescador apodado Piriñoño rescata de las aguas los cadáveres del niño y el de una señora llamada Estebana Mateus, quien venía desde aguas arriba donde tenía su finca. Los cuerpos del esposo y sus tres hijos son encontrados amarrados y atascados en un tronco más abajo, pero se impide el rescate para darles sepultura, sólo los desatascan y juntos continúan la búsqueda de su sepultura eterna.

Piriñoño también logra rescatar casi moribundas a las dos mujeres viudas y violadas, quienes se salvan de ser arrojadas de nuevo al río con perforaciones de balas en sus sienes, gracias a un político moderado de apellido Valenzuela que aboga por ellas.

Pero, el propósito de estas memorias está mucho más allá, de narrar y analizar la violencia partidista de aquellos años cuarenta y cincuenta de la que tanto se ha dicho y redicho. Por lo anterior, omito otro capítulo escabroso donde el río se pobló de nuevo con cadáveres, los campos y hasta los rieles del ferrocarril se tiñeron de sangre. En Bogotá caía asesinado un caudillo de apellido Gaitán, Otros libros cuentan o contarán mejor ese retazo de historia de esta desconsolada patria.

La genealogía de los Goenaga en este país comienza con Don José Ignacio Goenaga, natural de la Villa de Amésquita, provincia de Guipúzcoa, señorío de Vizcaya, individuo de comercio y alcalde ordinario de Cartagena de Indias a principios del siglo XIX. Don José tuvo un hijo con María Josefa Pérez, natural de Cartagena de Indias, bautizado en la iglesia de San Toribio el 12 de septiembre de 1798 con el nombre de Bernardino Antonio Ramón Dolores de la Candelaria Goenaga. En primeras nupcias casó con María Asunción Villerreal, sin más datos, muerta en parto. Su segundo matrimonio fue con Dolores Paulina del Castillo Macaya, hija de don Manuel del Castillo y de María Isidora Macaya. Con ella Bernardino Antonio procreó dos hijas mujeres, enclaustradas desde muy jóvenes en el convento de Las Clarisas, y dos hombres, Manuel Isidoro y Bernardino José. De ambos proviene la poca descendencia de los Goenaga que aún subsisten en la Nación.

En cuanto a la genealogía de mis apellidos Restrepo Jaramillo, pude averiguar que mi padre Gastón Restrepo Sierra, hijo de Marco A. Restrepo Posada, este a la vez hijo de Pastor Restrepo Londoño, hijo de Genaro Restrepo Pérez, nieto de Simón Restrepo Velásquez, bisnieto de José Restrepo Uribe, tataranieto de Agustín López de Restrepo, que a su turno era bisnieto de Alonso López de Restrepo Méndez, quien con su primo Marco vino de España a Medellín en 1638.

Alonso López de Restrepo contribuyó a la erección del sitio de Aná y más tarde a la fundación de la Villa de la Candelaria de Medellín, donde desempeñó hasta su muerte el 24 de abril de 1661 el oficio de Alférez Real.

Don Marco López de Restrepo falleció en septiembre de 1706, su testamento está fechado el 23 del mismo mes y año. No se le conoce descendencia masculina. Queda pues don Alonso como único tronco fundador de la Restrepería antioqueña, después de que sus futuras generaciones abolieran el López.

Marco A. Restrepo Posada, mi bisabuelo, era pariente del literato y político Antonio José Restrepo nacido en Titiribí, de Fernando Restrepo Soto, nacido en Yarumal el 5 de junio de 1818 considerado como el hombre más acaudalado de Medellín en los últimos 50 años del siglo XIX.

De estos mismos Restrepos fue doña Mariana Restrepo de Gómez, - fallecida en Medellín en 1870- madre de Vicente Gómez Restrepo, padre de Vicenta Gómez Diago, madre del poeta suicida José Asunción Silva Gómez. Igualmente, de esta misma estirpe fueron Pedro Antonio Restrepo Escobar y Cruzana Restrepo Jaramillo, padres de Carlos E. Restrepo Restrepo, presidente de Colombia de 1910 a 1914, conservador de buena recordación. Abigaíl Restrepo, cura de mala recordación en esta historia y algo así como el antípoda de mi amado esposo, no hay duda de que fue de esta misma prosapia.

Fue mi madre Leticia Jaramillo Roldán, hija de Manuel Crisóstomo Jaramillo Ruiz, nieta de Gregorio Higinio Jaramillo Lopera. Biznieta de Querubín Salvador Jaramillo Ortega, tataranieta de Alonso Jaramillo Gallón, perteneciente éste a la sexta generación de don Juan Jaramillo Andrade, llegado de España a la ciudad de Antioquia y radicado allá a mediados del siglo XVI.

Un 30 de julio disfrazado de monja huye Gregorio del Puerto de las Brisas, para evitar – como ya se dijo- que los machetes afilados del Negro Chacón y el sargento Perea, cercenen su cabeza por haberse osado hablar mal de un jefe conservador. Sí, se aleja del Puerto escondido detrás de bultos de carbón y arrumes de madera y en medio de una jauría de ratas, en la bodega del vapor Olimpo capitaneado por su enemigo conservador Calixto Manjarrés.

Socorro Lalinde le proporciona el hábito, sustraído subrepticiamente del convento de Santa Brígida, donde ejerce el cargo de superiora su tía la madre Evangelina. La Socorro quiere también subir al barco y huir con el hombre, pero el plan de Gregorio es otro. Sumida en llanto queda en el puerto mientras el vapor engalanado con sus crespones de humo se aleja sobre esa caudalosa eyaculación magdalénica, bajo un cielo encapotado de nubes negras. Pronto se desatará la tormenta.

Con el calor húmedo de los días lluviosos en el trópico, por pocas horas Gregorio soporta el peso de la tela y el color oscuro del hábito, además, rehúsa darle fin con barbera a su mostacho, y monja con bozo no va. Se acicala de grumete, deja el camarote y casi asfixiado se mete de nuevo a su escondite. El capitán Manjarrés, poco ungido de benevolencia, no abriga en su carácter el sentimiento de indulgencia, más le vale que no lo descubra.

Emerenciano Andrade, Abrascas Azuero y Disiderio Madiedo, jefes conservadores del Puerto de las Brisas, habían prometido paga al Negro Chacón y al sargento Perea para callar al liberal blasfemo no con el destierro, sino con su entierro con cabeza mocha en un muladar local; monseñor Teobaldo Arcángel Builes acaba de expedir una pastoral prohibiendo dar sepultura a liberales en cementerios católicos para servir de escarmiento a tanto impío.

Alguien lo delata. Emerenciano, Abrascas y Disiderio a pocas horas de zarpado el Olimpo, tienen conocimiento que allí huye el liberal blasfemo disfrazado de religiosa. El triunvirato contrata barca con bogas mocetones que la impulsan a marchas forzadas para dar alcance al Olimpo en Mompox, donde hará su próximo desembarque.

Seis horas después de haber zarpado, con su cuerpo húmedo y con sus crespones envolventes, el Olimpo arrima al muelle mompoxino. El pueblo es una fiesta, la lluvia es una bendición tal que convierte la jornada laboral en carnaval y regocijo; el ambiente adquiere un olor a tierra fresca y a hierba. Las gotas forman placidos charcos, vistos en su justa dimensión son espejos celestiales que invitan al ocio y a la molicie. Cuando la lluvia refresca e hidrata el cuarteado y seco rostro de Mompox surge el deleite y el asueto espontáneo.

No hay estibadores ni autoridad en el muelle. En vaivenes y empapado el barco espera, la tripulación poco se inmuta. Por la estampida de huracanes que desordenan las aguas del cielo y del río, el triunvirato casi naufraga, pero continúa impertérrito en pos de su presa. El Acuoso semen magdalénico aumenta su caudal, mientras el del cielo se aplaca y disminuye. De la inmaculada blancura del cielo, tímido asoma el sol. Al cesar las lluvias, el pueblo sale de su letargo carnavalesco, de ese efímero oasis.

Del Olimpo descienden trece pasajeros y de las bodegas los estibadores bajan no muchos bultos de bastimento y mercancías. Los bogas sudan, sus bíceps se expanden, el triunvirato azuza, la velocidad aumenta. Sin moverse y sin afanes el Olimpo sigue sus vaivenes sobre el agite del río. Al fin, de la profundidad de su garganta brota su voz de sirena, anuncia la continuación del viaje. Por un recodo asoma la barca con Emerenciano, Abrascas y Disiderio.

El vapor comienza a dirigir su proa Magdalena abajo. Se agitan los bogas, a caudales sudan, sus esfuerzos parecen superar su capacidad máxima. Han alcanzado el Olimpo, le hacen señas para que se detenga y regrese al muelle.

Ayudados por un contingente de Policías del Puerto, el triunvirato revisa palmo a palmo el Olimpo, pero la monja como si fuera un fantasma ha desaparecido. Escabulléndose por un roto de la bodega que da a la cocina, Gregorio se lanza al río, pero los mismos cocineros dan la voz de alerta, trata de alcanzar la otra orilla, mientras una lluvia de plomos rompe el agua con sonidos húmedos. Como el canasto que salvo a Moisés, un tronco atina pasar, se aferra a él, la corriente con ímpetu lo aproxima a la orilla opuesta. Varias embarcaciones con piquetes de guardas y policías también se dirigen a la otra orilla, van tras el forajido.

Extenuado se esconde entre unos matorrales, en pocos minutos llega la tropa. Una mulata que carga un niño señala los pasos por donde se dirigió el escabullido. Gregorio a ciegas hace un disparo para impedir el avance de sus verdugos, con tan mala suerte que hiere mortalmente en el pecho a Abrascas Azuero.

Doce años pasa Gregorio en las ergástulas de Mompox, El Banco y Santa Marta. Patético y escabroso es el relato que Gregorio escribe de su proceso y prisión, relato que merece el calificativo de epopeya u odisea. Lástima, fue convertido en humo por manos criminales en la finca de San Jerónimo muchos años después. Mi memoria y mi salud no están capacitadas para reconstruir estos padeceres inconmensurables.

Se explica, entonces, el silencio de Gregorio para con Rebeca. Cuarentón ya, sale Gregorio del martirio de su presidio. Con la avidez de un adolescente recién enamorado, corre al reencuentro de Rebeca. Llega demasiado tarde, sólo encuentra su tumba en abandono. ¿Qué produjo la química y la empatía entre él y yo? No sé, tal vez la afinidad de nuestros espíritus y de nuestras búsquedas que finalmente nos llevaron por el mismo camino.

Sí, casi sin pensarlo su impulso vino hacia mí y el mío fue hacia a él. Después de compartir unos pocos días en el Puerto de las Brisas, nuestra relación continúa de manera epistolar. Sus cartas, sus bellas y luengas cartas se hacen humo no en mi alma sino en el incendio. De no haberse quemado, darían para escribir un opúsculo romántico, pero como la mayoría de todos sus escritos, se evaporaron por acción de la intolerancia de un pueblo fanático.

En tres años recibo decenas de cartas y varias visitas, suficiente para convencerme que ese será el hombre de mi vida. Es en Remedios, población del Nordeste de Antioquia donde Gregorio se establece para administrar la mina La Libélula, dejada por los ingleses. Me pide que me traslade allí para contraer nupcias por lo civil, algo que nunca se había dado en ese territorio.

Gregorio, hombre diferente a todos los mortales, provisto de una gran capacidad crítica y racional, lucha para no dejarse arrastrar por el caudal turbulento de la vida, ni para dejarse absorber por la época. A través de nuestros diálogos y de sus obras inéditas comienzo a desenmascarar y a desmontar los mitos que rodean mi existencia y la de todos mis congéneres.

De manera textual, transcribo algunos extractos de sus pocas obras rescatadas del incendio. Allí hace referencia a su posición frente a la muerte, el bien, el mal, las religiones, los mitos y a los diferentes conceptos de ese ser supuestamente perfecto llamado Dios. Son un retazo del espíritu humano, constante en su diversidad y estupidez.

Comienzo con Yo, el ateo, obra salvada del desastre, gracias a que la tenía guardada en un antiguo baúl que dejé olvidado en Remedios, y que después de varios años un amigo campesino me devolvió.


Yo, el ateo


Prefacio

Bebed mis letras, que son como cualquier bebida o bebedizo, pueden traer sustancias intoxicantes o benéficas, pueden ser elixir o veneno, con sabor a fruta madura o a hiel. Bebed mis palabras, pero su efecto bueno o malo no proviene de ellas, sino de quien las ingiere. Cualquiera de ustedes pueden convertirlas en provechosas o perjudiciales, todo depende de lo que tengáis dentro de ti.

Les advierto, son o excesivamente reconfortantes o en extremo desoladoras. Si sois capaz de asumir el riesgo continuad con la lectura, sino guardad el libro, quemadlo o botadlo, para que no te pese.

La verdad desnuda suele deslumbrar, puede vivificar a los fuertes, pero a los pusilánimes los destroza. La pudibundez de la humanidad jamás podrá soportar ante sus ojos la desnudez total de la verdad, hay que vestirla, revestirla y abigarrarla con ropajes de dioses, misterios, fes y religiones. El conocimiento (veraz) por lo regular da más espanto y dolor que esperanzas. Si la verdad duele es porque mata en nosotros la mentira en que vivimos.

Quien logre terminar la lectura de este cúmulo de palabras, frases y oraciones que desembocan en: narraciones, historias, sentencias, filosofías y anti-teologías, su visión del Universo, del Mundo y sus circunstancias, se trastocará totalmente. Definitivamente el ser ya no será el mismo.

Sin ningún pudor voy a masturbar mis ideas, aunque sea para verter el semen sobre el vientre estéril de la pudibunda humanidad, creadora de dioses imaginarios, pues necesita ante quien humillarse y postrarse. Hay que ver por milenios, millones de seres quemadores incienso y portadores de estandartes para darle pompa a su abyección suprema.

Si mis escritos causan encanto, es que no sirven para nada, pero si causan indignación y estremecimientos, para algo servirán, decía de su obra Diderot, igual consideración hago sobre la mía

Nada hay estático, todo se mueve y se transforma. No existe el río, existe la corriente en fuga. Contra- ortodoxo, anti- dogmático, contra-profeta, el anti Cristo soy yo. A toda regla violo, a todo ejemplo ignoro, a todo consejo desatiendo y a todo mandamiento desmando. El más solitario de los hombres soy. Ni academias ni templos son para mí lugares sagrados. Mi academia es la vida, mi templo, el Universo. A mi pluma estilográfica no la censuran los pontífices de la religión ni de la gramática, pues con sus dogmas no comulgo. A los puristas de las religiones y las gramáticas los hago un estropajo para limpiar las letrinas donde depositan sus excrecencias.

Soy antihumano, antípoda de todo lo humano, no inhumano como los dioses. ¿Cómo me puedo considerar de la raza humana, cuando jamás he doblado mis rodillas ante potestades supremas, y nunca le he rendido culto a una deidad? ¿Qué ser humano no lo ha hecho? Casi imposible es encontrar una inteligencia a quien no lo haya atemorizado la muerte, los castigos y las venganzas de los dioses. Pocos cómo yo han despreciado las deidades y colocado en su punto, en lo que realmente son. A veces las trato de mierda, pero no son ni eso, son la contraposición del ser, la nada absoluta. Da tristeza saber que mis insultos no tienen destinatario. Dioses, ¿por qué no existís? ¿Por qué no tenéis un rostro para abofetear y haceros merecidos reproches?

Los mayores esclavizantes del Hombre son el amor y los dioses, nada enajena y tortura más que ellos. Millones de vidas que han caído en sus redes han dejado de serlo. El amor y los dioses son autores de más dolores y muertes que las enfermedades. Apestan más que cualquier peste. Los dioses están antes que nosotros, porque supuestamente son quienes nos crean, y para creer en ellos es necesaria la oscuridad de una fe, por eso nos subyugan y atormentan.

El amor está antes que el odio, es quien lo engendra. Odiamos a quien o a lo que se interpone al sujeto u objeto de nuestro amor. Y lo que más odiamos es lo que antes más amamos. Además, como lo dice Octavio Paz, todos los amores son desdichados porque están hechos de tiempo, todos son el nudo frágil entre criaturas temporales que saben que van a morir. Todo amor es un apego, inexorablemente algún día tiene que llegar el desapego, aparece entonces el dolor, la ira o la venganza.

Qué alma solitaria soy, desde que apareció el primate hasta que desaparezca el ultimate, jamás tendré un alter ego. Cargado llevo mi espíritu de proyectiles deicidas, pero dan en el blanco de la nada, de la nada absoluta que son los dioses. Ninguna vida por ínfima que sea, merece creer en un dios para adorarlo, y mucho menos para morir por él; ni siquiera una bacteria es dada a perecer por una divinidad, jamás se puede hacer sacrificio por algo que no existe.

Ese desmayo del valor y de la inteligencia, ese encogimiento del espíritu que lleva a los pusilánimes a beber el sedante de la mística. Con ningún otro efecto se está más alejado de lo que nos rodea, y se observa el mundo y sus circunstancias tal como no son. Qué opiácea y barbitúrica es la mística, lleva a estados de gozo y éxtasis, pero como toda droga idiotiza y desorienta. Sin embargo tiene una validez, (pero sólo cuando es asumida de manera individual) actúa como antídoto contra el gran dolor de la existencia. Si la humanidad entera se hubiera embebido de esta droga, ya no existiría.. En una cueva en éxtasis, habrían dado su postrer suspiro el último de los humanos hace muchos siglos.

Fue mi primera crisis de conciencia, la viva ruptura con el cristianismo tradicional con el oscuro catolicismo de mi país, con las habituales ideas, caracterizadas por su adhesión a la tradición política y al dogma religioso, era la ruptura con moldes intelectuales que encontraba estrechos. No ha sido ella (la muerte) un lejano fantasma ni un abstracto objeto literario, yo he tenido más bien, si así pudiera decirse, la vivencia de la muerte, ha sido una experiencia muy cercana e intima.

Todas las religiones son formas de supervivencia de mitos primitivos. El nacimiento del cristianismo es el resultado histórico de complejos factores, entre ellos mitos y leyendas comunes a varios pueblos con lo cual se le resta todo su carácter sobrenatural o excepcional. La presencia del mal y de Dios parecen incompatibles. Los problemas de la ciencia o la filosofía pueden dejar indiferentes a la mayoría de las personas, el del mal los compromete y perturba a todos. Los conceptos éticos cambian al cambiar la latitud.

Hay que tener en cuenta a Jenofanes, quien aduce que algunos pueblos atribuyeron a los dioses todo lo que entre los hombres se considera vergonzoso y reprensible. Este antropomorfismo y esa inclinación a atribuir formas, cualidades y defectos humanos a la Divinidad, significa que el hombre hace a Dios a su imagen y semejanza. Si los bueyes y caballos tuviesen manos y fueran capaz de pintar con ellas y componer cuadros como los hombres, los caballos darían a sus dioses formas de caballo y los bueyes de bueyes.

Heráclito, el filósofo del devenir dice: No existe el río, existe la corriente en fuga. Hay una ley de pugna y de intercambio reciproco en la naturaleza, todo se convierte en su contrario en virtud del eterno devenir. Cada cosa implica a la que niega, es la identidad de los contrarios. Lo que realmente existe es una razón universal, no las pequeñas inteligencias individuales. El mal es apariencia.

El Taoísmo implica el rechazo del conocimiento racional y acepta una vía mística fundada en una intuición personal directa, por donde a través de la gran capacidad que tiene el ser para autosugestionarse, se pierde encantado por rutilantes oropeles de falsos paraísos.

Según Spinoza, panteísta, no hay libertad humana, sólo Dios es libre. Muy lejos del ateísmo, Spinoza esta ebrio de Dios, pero de un dios no convencional, no creado a la imagen y semejanza de los defectos, apetitos y bajezas de los hombres. El mal no existe o es una noción relativa como su contrario. El hombre es libre a medida que va entendiendo, el que no entiende no es libre.

La creencia de que el mal es, siempre, un castigo justo, en cualquiera de las formas expuestas, bien como una sanción terrena o una falta inmediata, bien como pena derivada de culpas cometidas en existencias anteriores, implica una monstruosa resignación, fruto de oscuras creencias religiosas.

Es cierto que el deseo engendra la vida, pero no las hipotéticas y absurdas vidas futuras, en reencarnaciones sucesivas. Todo ello no es más que una farsa delirante del pensamiento hindú, de un misticismo sin fundamento, que infortunadamente penetra cada día más en los hombres occidentales sedientos de una respuesta.

La vida es un bien y el deseo que lo engendra no es un mal, sin el deseo no existiría ese máximo bien que es la vida. Todo deseo todo ímpetu instintivo, toda pasión o tentación son bienes positivos. El fenómeno del deseo, y por lo tanto del amor y de la vida, es el más hermoso, el más grande, el más sobrecogedor y misterioso que al hombre le es dado contemplar.

Lejos del pesimismo oriental, que va envuelto en la doctrina de la metempsicosis, La concepción implica una vital e ilimitada afirmación del amor, de la vida y del ser, dentro de una plenitud existencial siempre renovada, pero que siempre implica ruptura y tormento.

La razón dio a los griegos lo mejor de su cultura, dio nacimiento a la filosofía, abrió camino a la ciencia de Occidente. Dios – o los dioses- está más allá del horizonte humano, en otra esfera más allá de los planetas y las estrellas. Esta doctrina, elaborada por los filósofos, nunca ha llegado a ser popular, jamás ha penetrado en las capas religiosas, el pueblo no soporta una Divinidad tan remota, a la cual no se le puede orar ni pedir nada.

Un pueblo religioso necesita, sino a un dios creador al menos un dios providente. La Religión -su origen etimológico lo revela- requiere una comunicación, un nudo, entre Dios y el hombre, un diálogo de parte y parte, con un dios mudo no se puede hablar, ni es fácil amar a un dios indiferente.

El dios de Aristóteles es un Dios Sui generis, nada tiene que ver con el mito griego ni con ningún otro mito, no tiene forma animal ni humana, lejos de todo antropomorfismo es un dios de la filosofía, no un dios de la religión, su perfección misma le impide amar, si los dioses amaran no serían dioses. Dios es inmóvil, lo perfecto no puede estar en devenir. Dios no se ocupa ni del hombre ni del mundo, es una perpetua actividad generadora, un eterno principio propulsor, el dios aristotélico es autosuficiente, se basta asimismo. Según Epicuro, los dioses no intervienen, son completamente indiferentes al dolor del hombre.

Como el ser humano es por naturaleza religioso y los dioses no existen, entonces le fue preciso inventarlos. El ser humano ha sido un buen inventor de artefactos, pero un pésimo inventor de dioses, ninguno ha servido, jamás han dado solución a las tribulaciones de los hombres, quienes sólo han logrado ser víctimas de su propio invento.

Hay un sentido de impotencia e imposibilidad ante situaciones adversas que a todo ser afecta, por eso se apela a las posibilidades de un milagro, que sólo una Providencia Divina puede obrar. De ahí nacen en la imaginación del Hombre los dioses, que no son más que una proyección de sus imposibilidades. Con un poder absoluto para manipular su pasado, presente y futuro, la raza humana no se tomaría la molestia de imaginar dioses y, mucho menos, de creer en ellos.

Y si hemos escrito sobre los dioses, con algo de investigación, para desenmascarándolos en su verdadera dimensión de falsedad e infamia, que no se crea la raza humana que es un dechado de bondad y dulzura. Con todo respeto por el reino animal, los hombres son, han sido y serán: buitres rapaces, ágiles arpías y hambrientos lobos, capaces de todo. Que tampoco se crean que son inocentes víctimas de dioses y diablos, merecedores de bienaventuranzas eternas. También merecen un juicio por falsos e interesados.

Interés, ¿cuánto valés? No se puede desconocer que en el Mundo han existido amores puros y sinceros, así como buenas personas, pero en la inmensa mayoría a mediado el interés y la falsía. A través de la Historia, muchísimos son los desposorios que se han realizado por interés y conveniencia. Las monarquías (que de manera tan inmerecida existen todavía algunas) han sido paradigmas de este tipo de casorios por conveniencia, donde el amor no juega el más mínimo rol.

Es así como la mayoría de los que en este mundo han sido desposados, más que el amor por su pareja, ha mediado el interés por dinero y posiciones, y eso lo sabe todo el mundo. Lo que no sabe todo el mundo, o mejor, finge ignorarlo, es que el amor más interesado de todos cuantos existen, es el amor a Dios. Se le ama porque es omnipotente, porque perdona pecados y hace milagros. Por lo tanto cuenta con la capacidad suficiente para suplir necesidades y deseos de los humanos.

La divinidad sin poder para hacer milagros y perdonar pecados, ya no sería objeto de adoración de los hombres, sólo fuera un cero a la izquierda, una simple mierda seca en la que nadie se fijaría. No existe, ni ha existido ni existirá jamás un amor más interesado que el de los hombres por sus dioses. Ritos, rezos, penitencias, alabanzas, templos, Tedeum, no son más que el producto de ese mezquino interés del Hombre por obtener dividendos y beneficios de la omnipotencia divina.

El Hombre le ha endilgado a la Divinidad todas sus veleidades y ruines pasiones como: la vana estupidez de rendición de pleitesía y la sádica satisfacción de atormentar y ver correr sangre. Tan pérfidos, crueles y falsos como los hombres son los dioses que ha creado a su imagen y semejanza, son igualitos, de tal palo tal astilla.

El Holocausto o “Solución Final” del partido Nazi y la Inquisición o Santo Oficio de la católica religión, con sus persecuciones a judíos herejes y brujas, se constituyen en la más dantescas implantación del horror que la mente humana haya podido producir. Adolfo Hitler, personaje histórico de los más despreciables. Ojalá este mundo, a pesar de su estupidez sin límites, no vuelva a cargar en lo que resta de su historia con otro espécimen de calaña igual.

Sin embargo, se pueden hacer unos cálculos que colocan a este indeseable personaje como el verdadero y único salvador del mundo. Sí, así como suena, aunque muy raro resulte, ¡Salvador del Mundo! Otros que han aparecido como tal en los vericuetos de la historia, jamás lo han sido. En todo el tiempo que lleva este planeta en sus movimientos de traslación y rotación por el sistema solar, este perverso ario, es el único que merece el titulo de Salvador del Mundo.

Veamos por qué. En su loca carrera por lograr sus metas, que afortunadamente no se dieron, como su tercer Reich de mil años y la supremacía de la raza aria, el Fhuhrer prepara la escena y pone a actuar el mundo en su segunda conflagración. Mal contados mueren 6 millones de judíos. Por otro lado, los países Aliados y los del Eje ponen unos 30 millones de muertos más.

De no haberse dado estas desgarradoras escenas y estas horripilantes muertes, ¿qué rumbo hubiera tomado el mundo? La geopolítica no se hubiera repartido mediante un tratado en Yalta, sino que la cortina de hierro se hubiera trazado a través de un proceso más lento, y como consecuencia de las acciones de dos bloques todopoderosos, el capitalismo liderado por Estados Unidos y el comunismo por la Unión Soviética. La guerra desatada no hubiera sido fría sino tibia al inicio, luego caliente y finalmente ardiente.

Al igual que para Barba Jacob poco armónica es para mí la ciencia de las matemáticas, potro arisco y desbocado que jamás he podido dominar como lo hicieron Marterlink, Liebniz o Pascal. No obstante, me atrevo a hacer los siguientes cálculos. Como mínimo al paso de cuatro o cincos generaciones, los seis millones de judíos se hubieran multiplicado por cinco, los que daría un resultado de 35 millones de hebreos más sobre el planeta, entre finales del siglo XX y principios del XXI. Esta multitudinaria judería, sin ninguna tierra prometida, tendría que ocupar grandes espacios sobre los territorios y mares del planeta, principalmente en Europa y Asia.

A lo anterior se sumaría una peligrosa explosión demográfica por los otros 30 millones no muertos, que multiplicados por cinco, serían 150 millones de seres más en demanda de subsistencia

Sin la Segunda Guerra, hubieran existido dos detonantes para que estallara todo el poderío atómico que hay en el planeta. A la tensión de la guerra tibia entre las dos superpotencias y sus satélites, otra causa hubiera calentado más el ambiente: la expansión judía. Históricamente por falta de territorios donde arraigarse para adorar a su Jehová de infamia, el pueblo semita, se ha visto obligado a vivir en diásporas, de ahí su y inveterada costumbre de ocupar territorios.

Es así como en Alemania, Polonia, Francia y la Unión Soviética, entre otros, hubiera crecido de manera alarmante la invasión de los hombres de Moisés. Lo anterior hubiera ocasionado un conflicto no ya meramente entre israelíes y palestinos por una franja en Gaza, sino que sería una confrontación con otras características de mayores proporciones, que por efecto dominó hubiera involucrado el planeta entero.

Hay que tener en cuenta el espíritu bélico y defensivo de los israelíes, y su tradicional alianza con el imperialismo norteamericano. Es así como en medio de los enfrentamientos ideológicos entre las dos principales superpotencias, la expansión judaica echaría más leña al fuego.

Primero se filarían en el bando de defensores de la causa judaica: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España y el mismo Israel, con el apoyo de sus naciones satélites. Actuarían como los Aliados.

La parte contrincante, la conformaría: La Unión Soviética, Alemania, Japón, Rusia, Italia y China, también con el apoyo de sus países satélites. Serían algo así como El Eje. Como mínimo en el 2005 las superpotencias hubieran detonado todo su potencial atómico, y colorín colorado este mundo se hubiera acabado. Entonces, digan si no se puede calificar a Hitler como el verdadero y único salvador del Mundo. ¡Qué ironías y qué paradojas las que se suscitan en este mundo de creyentes!

En otra obra que no alcanzó a concluir, intitulada: Los divinos sanguinarios, Gregorio plantea una serie de razonamientos, destaca sus autores favoritos y extracta parte de la esencia de sus conceptos. Así mismo, gracias a un trabajo que le significó un esfuerzo de más de una década, incluye las más atroces y horripilantes acciones que ha padecido la humanidad, por obra y gracia de los dioses entronizados en religiones y sectas. El cuaderno donde escribió esta obra fue víctima de llamas y mutilaciones, rescaté algunos trozos que vienen en las siguientes páginas.


Los divinos sanguinarios

¡Oremos !


¡Oh divina sangre en copones levantada, bebida y consagrada! ¡Oh humana sangre derramada, esparcida y entregada! Humanas carnes torturadas, destripadas y escurridas. Sed de sangre de las divinidades saciada. Sangre, sangre, sangre, palabra de Dios. Santo, santo es el dolor. Sacrificio, tortura y sangre es la salvación. Roja sangre, sublime plasma, entre todos los fluidos benditos seas, de todas las deidades, preferido eres.

Las siguientes páginas están dedicadas a las víctimas de las religiones, y, sobretodo, de las sacrificadas por el cristianismo. Un tributo a aquella cantidad imponderable de seres humanos que murieron asesinadas por la Iglesia intolerante y genocida que destruyó individuos, arrasó con pueblos y desmanteló culturas enteras sin consideración alguna por los derechos del hombre

La historia criminal del cristianismo (digna de haber sido escrita con tizones del mismo infierno), muy bien recopilada en cuatro tomos por el historiador y filosofo alemán K. Deschner, no tiene parangón en sevicia, perversidad, y engaño con ningún otro movimiento político o religioso desde los más inmemoriales tiempos de la humanidad.

Pasar lectura a estos tomos, arranca lágrimas al más duro corazón, indignación al más leve enemigo de la mentira, estupor al más pérfido de los mortales y algo de dolor a la criatura más insensible que en la Tierra haya existido. En esta obra están referidas: la iniquidad, la intolerancia, la vileza, la falsedad, el fanatismo, la ignorancia, la injusticia, la villanía, el abuso, la simonía, la inclemencia, la inmoralidad, el celibato, la crueldad, la violencia, la barbaridad, la ortodoxia, el despotismo, la falacia y la malignidad de los primeros padres de la cristiana Iglesia

Cabe hacer una mención de nombres: Agustín, Constantino, Constancio, Efrén, Juan Crisóstomo, Cirilo, Jerónimo, Hilario, Gregorio, Tertuliano, Hipólito, Atanasio, Cipriano, Atenágoras, Tatiano, Arístides, Gelacio, Tertuliano, Valentiano, Clemente, Julio Firmico, Valente, Galo y Joviano. A la mayoría de estos indeseables, torturadores y defensores de eternas mentiras, su infamia sin límites los hizo emperadores, papas o santos.

En sus primeros siglos, con morboso placer, la cristiandad exhibe las cabezas de sus enemigos vencidos como trofeos de guerra por todo el Imperio. Matar, dice un escritor de apellido Twain- es la máxima ambición del género humano y uno de los primeros acontecimientos de su historia, pero sólo la religión cristiana ha levantado un triunfo del que puede estar orgullosa, y puede ser reconocida en la Historia como la cazadora de cabezas más hábil.

Corre el año 312, Constantino, primer gobernante cristiano, después de la batalla del puente Milvio ordena a sus tropas que en el desfile triunfal lleven la cabeza del emperador Magencio; la multitud festeja arrojándole piedras y excrementos, luego es enviada a escarmentar a África. Y la cabeza de Julio Nepotiano, rebelde de Constantinopla, es paseada por Roma en el año 350. Tres años más tarde, engarzada en un garfio desfila por las provincias la cabeza del usurpador Magnencio.

Como signo de victoria cristiana, por caminos, ciudades y veredas son exhibidas las cabezas de Procopio, en el año 366; de Magnus Maximus en 388, y de Eugenio en el 394. El recorrido sigue, a finales del siglo IV y comienzos del V, les corresponde desfilar a las cabezas de Rufino, Jovino, Constantino III, Sebastián, y la de infinidad de parientes de personajes caídos en desgracia.

El emperador Valentiniano, en su condición de “cristiano convencido” la emprende contra magos, adivinos y contra los de conducta sexual relajada. Su lema: La severidad y no la clemencia es la madre de la justicia. Sus jueces reciben instrucciones de proceder con la mayor dureza. Los principios más elementales de la justicia son burlados mediante penas de muerte sin pruebas, o fundadas en confesiones arrebatadas mediante tortura.

Valentiniano, hijo de campesinos, odia a la antigua nobleza romana y hace registrar sus casas en busca de recetarios de magia y filtros amorosos; hombres y mujeres de las mejores familias son ejecutados o desterrados, así como confiscadas sus propiedades. En sus accesos de ira ordena matanzas sin pestañear. Las faltas menores son castigadas con la hoguera o la decapitación; la mayoría en medio de torturas. Un paje durante una jornada de caza comete el “delito” de soltar los perros antes de tiempo, Valentiniano ordena que sea muerto a golpes y latigazos. Este católico puritano, en sus once años de mandato, jamás tuvo el desliz de ejercer su derecho a otorgar un indulto.

Sucede en el año 374, el cristiano emperador Valentiniano invita a Gabinio, monarca de los alamanos, a un “delicioso” banquete. Bien instruido su lugarteniente Marceliano asesina al rey de una certera puñalada por la espalda. Al piadoso Valentiniano le corresponde su turno con la parca el 17 de noviembre del año siguiente. Su tan lamentable deceso se produce en la ciudad fronteriza de Brigetio. La causa, un ataque de furia. Mientras parlamentea con unos antiguos súbditos de rey Gabinio monta en cólera, el rostro congestionado asume un color púrpura y cae como un rayo. Vomita sangre y exhala su postrer suspiro. Sus honras fúnebres se cumplen en Constantinopla con la mayor pompa de esa gran época para la cristiandad, que la colmó de “ventajas” y “progreso”. Más religiones, más dioses se consolidan, pareciera como si la humanidad buscara afanosa más padecimientos.

Y no es dado dejar en el olvido a otro cristiano emperador, al gran Valente, hermano del valeroso Valentiniano. De ser un ortodoxo, abandona su catolicismo a instancias de su concubina Albia Domenica. Se convierte al Arrianismo. En consecuencia, los católicos de crueles victimarios pasan a ser lastimosas víctimas. Valente comienza una encarnizada persecución. La hoguera, el ahogamiento y la decapitación, se hacen cotidianos en la gran primera capital del cristianismo: Constantinopla.

Valente destierra a los obispos de Alejandría, Malecio de Antioquía, Pelagio de Laodicea, Eusebio de Samosata, Barsés de Edesa y muchos otros. Luego decide que no va a desterrar más obispos o clérigos católicos. Busca, entonces, otro recurso más eficaz para deshacerse de ellos de una vez y por todas. Qué ingenio el de este cristiano heterodoxo. En el año 370 comienza a enviarle cartas secretas a Modesto para urdir su patraña. Ochenta obispos y sacerdotes son conducidos con engaños a bordo de un barco. Con todos sus ocupantes, la embarcación es incinerada en alta mar. Es la solución final para acabar con tanta catoliquería

Al igual que Constantino y a su hermano Valentiniano, a Valente le inspira tanto temor la brujería, que no le aplica otro castigo que no sea la tortura y la pena capital. Era tan grande su furor, que lamentaba el no poder prolongar el martirio de sus víctimas después de muertas.

En el año 368 el senador Abieno es acusado por una dama de haberle dado un sortilegio de amor, tortura y decapitación ordena Valente. El procurador Marino sufre la misma suerte por haber accedido al amor de una tal Hispanila por medio de pócimas mágicas. El cochero Atanasio, acusado de ejercer la magia negra, muere quemado.

El pánico se extiende por todo Oriente; los detenidos, torturados y liquidados se cuentan por miles. No se escapan ni los miembros de las elites. Muchas son las cabezas que ruedan de funcionarios públicos, sabios, filósofos, artistas, mercaderes. También, simples testigos son quemados vivos, estrangulados o decapitados.

Y es que la fe embrutece feamente, se exalta y se convierte en fanatismo, y el fanatismo ha producido los más destacados criminales de la Historia. ¡Loado sea el Todopoderoso! Creador de todo lo visible y lo invisible. Todo cuanto existe es obra suya. Ahí está la más fiel de sus criaturas, el más abnegado de sus hijos. El más sangriento de los tiranos que en el Mundo han sido. Personificación del horrible demonio del fanatismo, arquetipo de la intolerancia. Perversidad sin límites, el más cristiano de los cristianos. Su desmirriada figura no va a tono con el portento de su maldad. Proclama la importancia de la sangre en la fe, y de la fe en la sangre

Ojos de ave rapaz ciernen su mirada sobre todo aquel que no piensa como él, para devorarlo con sus garras del más creyente de los creyentes. Monstruo de monstruos, que sólo las religiones han osado engendrar. Este infame de infames desata la más encarnizada y cruel persecución que la humanidad tenga memoria. En infrahumanas mazmorras hacina herejes. Es el confesor de la católica Isabel reina, la castellana que cohonesta con todas sus atrocidades y le otorga todos los poderes en aquiescencia con el Papa Sixto. Torquemada quema a diestra y siniestra. En hogueras las llamas se hartan de miles y miles de infieles.

Donde quiera que haya un ejército de cruces persiguiendo librepensadores, allí está su espantoso espectro encabezando la marcha como General en Jefe de la Intolerancia. Dominico tenía que ser este fraile maldito. Es la más espantosa mistificación de que se tenga memoria. A pesar de tener sangre hebrea, padece enfermizo odio por los judíos. Proclama sagrados principios, invoca el nombre de Dios con frecuencia irritante, crea y construye conventos. Proclama la Gran Cruzada, la Guerra Santa y alza su cruz de fuego para justificar su inhumana obra. Como toda cizaña se reproduce, su imagen y su obra macabra deja una racha de emulaciones por siglos.


Blanca de Susan

¡Ah bella que es Blanca de Susan! Ojos azulinos destellan en su pulido rostro de porcelana. Los cabellos ensortijados desparramados hasta la cintura engalanan de tal manera su figura, que la hacen irresistible a los galanteos de nobles y plebeyos. Ante su sola presencia, a unos y otros se les acelera el ritmo cardiaco y se les estimula la libido.

Hija es del opulento converso Diego de Susan. Diez y seis años apenas tiene cuando se une en fogoso romance con Juan de Martínez, joven apuesto, de arraigada familia cristiana, pero de poca fortuna y prosapia; por ende objeto de desafectos y desprecios de don Diego, quien aspira a un señor de noblezas y riquezas para su hermosa y única hija mujer.

Allá en el fondo de un vientre comienza a darse el milagro de una nueva vida, producto de los apasionados encuentros furtivos de los amantes. Ante tal realidad, desesperados los jóvenes buscan una solución. Juan de Martínez ruega a don Diego de Susan que le dé la mano de Blanca, pero éste se opone rotundamente. Mientras tanto, la preñez sigue su curso inexorable. ¿Qué hacer entonces?

Con el apoyo de cronistas de la época y de algunos historiadores contemporáneos, de quienes tomaremos pasajes textuales, continuaremos con esta historia.

Corre el año de desgracia 1481. Fray Tomás de Torquemada acaba de ser designado como el Gran Inquisidor de los reinos de Castilla, Aragón y León. A su vez nombra a otros deslamados y furibundos religiosos (dominicos para más señas), como sus lugartenientes en la perpetración de los más atroces crímenes. Se trata de Juan de San Martín, Alonso de Ojeda y Miguel Morillo. Desesperan en realizar el primer auto de fe. Ansían ver correr sangre impía, carne hereje asada y tener entre sus manos todos sus bienes decomisados. Mientras más rico el apostata, más implacable la sentencia. Mediante edicto, le ordenan a todos los fieles católicos que, si esperan salvar sus almas proporcionen toda la información posible respecto a los sospechosos de herejía y apostasía.

La publicación del edicto comienza a dar sus frutos. Los israelitas, conversos o cristianos nuevos son espiados, denunciados y perseguidos con tal saña que las prisiones pronto resultan pequeñas para contener tal número de convictos, entre los cuales hay hombres jóvenes, maduros y ancianos, mujeres jóvenes y viejas. Bonitas y feas, incluso niños. No hay familia judía o cristiana que no tenga que llorar.

Diego de Susan, judío converso, como ya dijimos, de gran riqueza e influencia en la ciudad de Sevilla, temiendo con justificada razón ser una de las primeras víctimas, por el afán de codicia que están demostrando los inquisidores Ojeda, San Martín y Morillos, trata de hacer algo. Con tal propósito, son muchas las personas que se reúnen en su mansión. Algunos, incluso, tienen cargos importantes en el gobierno civil y en la Iglesia. A todos ellos se les hace ver la urgente necesidad de resistir y aun detener, si es posible, la cruenta tiranía que amenaza al país. El gran salón de fiestas de la rica mansión está casi colmado en su capacidad. Todos los concurrentes son hombres; todos visten ricamente y por sus aspectos venerables, se puede decir que lo más granado de Sevilla se ha dado cita allí.

Susan, personaje de edad, robusto de rostro lleno y bondadoso, se dirige a los presentes. Su acento tiembla por la emoción y la responsabilidad del momento, pero llena el espacioso salón y lo escuchan incluso quienes están en los rincones más alejados.

- Debéis comprender todos que tenemos la ineludible obligación de defender cuanto es nuestro y amamos aun más que la vida efímera que poseemos – concluye diciendo el converso-: nuestros hijos, el patrimonio de nuestras familias, la seguridad y la santidad de nuestros hogares, la inviolabilidad de nuestros derechos como ciudadanos que, en distintos planos de la actividad humana contribuimos a crear la grandeza del país...

Con señales y voces de aprobación se reciben aquellas declaraciones. Algunos formulan preguntas, otros piden explicaciones, impacientes desean conocer de qué modo se puede contrarrestar y, si es posible, destruir la imponderable fuerza que está cubriendo la nación con una mortaja de dolor y muerte.

- Sólo con una oposición enérgica e inmediata – responde uno de los presentes.-. Es preciso crear una fuerza efectiva armada... Es necesario organizar compañía de soldados. Así los amenazados comprometen grandes sumas para defender sus vidas y bienes.

En el arrebato de la pasión el amor de amante supera al del padre, se urde la traición. Juan Martínez ama con sinceridad a Blanca, pero también siente un gran apego por la inmensa fortuna de Diego, estimada en diez millones de maravedíes. Los amantes planean su estrategia, que suponen los dejará en libertad para unir sus vidas en sagrado matrimonio y disfrutar esa gran fortuna en esta tierra, así como de selectos privilegios en el cielo.

Blanca ha escuchado desde cavilada distancia los pormenores y las acciones que preparan los complotados contra la Santa Inquisición comandada por el cristianísimo fray Tomás de Torquemada. Le pasa toda la información a su amado. Según lo planeado, Juan hace la delación pertinente ante los dominicos, encomendados de la sagrada misión de defender la fe a sangre y fuego. Los inquisidores proceden entonces con celeridad. El mismo, Juan, quien se ha hecho oficial de la Santa Hermandad, es el encargado de detener, con ayuda de sus “hermanos”, a los implicados que Blanca pudo identificar. Qué sorpresa y qué dolor causa en Diego de Susan la delación de su propia hija y el verse reducido a la fuerza por alguien que desprecia.

Es así como decenas de personas van a dar con sus huesos a las oscuras y atestadas mazmorras del convento de San Pablo. Pero los inquisidores van más lejos de los codiciosos y optimistas planes de los amantes. Detienen también a la bella Blanca. Se le dice a Martínez que solamente se debe a que es necesaria su presencia como testigo importante en la causa.

El juicio es acelerado. No obstante el número de convictos y los trámites legales que se deben cumplir, las declaraciones que se deben dejar por escrito y las confesiones que se obtienen “voluntariamente”, con todo lo cual se forma un voluminoso expediente. El Santo Oficio no demora en hacer conocer su fallo.

Como atinado milagro otorgado por el Cielo, las malvadas ansias y obsesiones de los inquisidores, ya pueden ser una realidad. Con que euforia preparan Torquemada y sus lugartenientes el primer auto de fe de su santa misión. Conmueve y horroriza por su severidad. El opulento Diego de Susan su hija, la bella Blanca y todos cuantos han “confesado” sus pecados de apostasía y conspiración contra la legítima autoridad de la Inquisición y la Corona, son condenados a morir en la hoguera, al igual que sus parientes más cercanos, y a los cuatro vientos esparcidas sus cenizas. Sus bienes decomisados en su totalidad. Se declara que los dineros destinados a fomentar una subversión armada contra el reino y sus santas instituciones, serán empleados contra los infieles y herejes.

Al conocer la terrible noticia, Juan Martínez apela al prior Ojeda, a los inquisidores San Martín y Morillos, clamando por el perdón y la vida de Blanca. Pero todos le dan la misma respuesta. La ley dice que la sentencia contra los convictos y confesos de herejía y apostasía – situación agravada por el plan subversivo- son extensibles a los familiares más próximos. Doña Blanca es hija del principal acusado, luego aunque el Santo Oficio le reconoce gratitud por la denuncia y la cooperación prestada, lo único que puede hacer es cambiar la pena de muerte en la hoguera por la de matarla a garrote.

-¡Es imposible!... ¡Es imposible! – grita el desilusionado joven, cogiéndose los cabellos con desesperación. Ante sus reiterantes pedidos de clemencia, el prior Ojeda con beatifica expresión le dice que no complique su situación personal, que los fallos del Santo Oficio son inapelables, pero que si lo desea, acuda a la Reina, quien es la única que puede otorgar indulgencia.

- Comprendo vuestra aflicción y aun participo de ella- le dice el fraile-, pero creedme, nada podemos hacer... ¡Ah!, y si os dirigís a la Corte, os recomiendo que veáis a fray de Torquemada, él, quizá, podría hacer algo por vos...

La corte está lejos y la sentencia ha sido fijada para el seis de febrero. El joven oficial, sin embargo, no vacila y a marchas forzadas, reventando caballos a galope tendido, se dirige primero a Valladolid, donde luego de una larga e inútil tramitación, se entera de que fray Torquemada se encuentra en la ciudad de Ávila. Mediante desesperados ruegos, donde deja correr sus lágrimas cual si fuera un niño, intenta entrevistarse con la católica y bondadosa reina Isabel, pero le resulta imposible. Corre, entonces a Ávila, en busca de un milagro de Dios, por intermedio de ese gran cristiano, el venerabilísimo fray Tomás de Torquemada.

Los días, también corren, cerca está la fecha de la ejecución de la sentencia, fijada para el seis de febrero. Los condenados por todos los medios a su alcance, tratan de salvarse colectiva e individualmente. Pero de nada valen las suplicas, las apelaciones, las influencias y las ofertas en dinero. Los inquisidores se muestras inflexibles e inconmovibles. Este es el primer auto de fe y es necesario dar un buen ejemplo de la acción del Santo Oficio.

Amanece el día seis de febrero. Un manto grisáceo cubre a Sevilla. Qué despuntar del día tan lúgubre, no es como aquellos tibios y rozados amaneceres que caracterizan la ciudad. Hay una sensación de mortaja, de muerte, que ahoga la natural alegría y jocundez sevillanas. Un monótono y salmódico canto religioso, profundo y estremecedor en su significado, precede la apertura de los portones del convento de San Pablo. El fúnebre cántico no obstante la distancia, extiende sus lúgubres ecos por la cuenca del Guadalquivir y llega a los más distantes confines de la ciudad, estremeciéndola en su apacible despertar.

Tras los portones del convento-presidio asoma la procesión encabezada por frailes dominicos, las capuchas cubriéndoles las cabezas y los barbados rostros. Algunos portan cirios encendidos, otros cruces de madera verdes, aquellos gruesos y largos rosarios. Con su caminar lento, en leves traquidos arrastran sus sandalias de madera sobre el irregular piso empedrado, mientras como ventrílocuos – sus labios apenas se mueven-, entonan sus salmos de agonía y muerte.

Los frailes, en gran número, rodean a los condenados, los cuales visten rústicos camisones en sayal amarillo sulfuroso, el cabello recortado, las manos y los pies engrillados, y van descalzos. Pero lo impresionante no es tanto su aspecto sino la expresión de sus rostros, pálidos, macilentos, que muestran los padecimientos físicos padecidos durante la corta, pero terrible prisión. Además, en su aflicción suprema, denotan el natural temor a la muerte, el dolor de la separación de sus seres queridos.

Alrededor de los frailes y condenados, con sus rostros demoníacos avanzan los seculares, los de la Santa Hermandad, cerrándolos, cubriéndolos, como un anillo de acero. Son las fuerzas de custodia con sus impresionantes arneses de batalla, petos, golas y yelmos de hierro, sus escudos, sus gruesas y pesadas espadas, sus alabardas y ballestas, que desalentarían con su número y su fuerza a los más desesperados en el intento de salvar a los condenados, como se rumora que puede suceder.

La gran procesión sigue su lenta y penosa marcha hacia la Catedral. Las calles tortuosas, con sus casas blancas de reminiscencia morisca, sus ventanas y balcones aherrojados, sus mustios jardines, ven pasar en apenado silencio a los sentenciados. Unos pocos apenas se asoman por las ventanas entreabiertas. El temor a la delación, a la condena, a la muerte es contagioso. Pero a medida que la procesión avanza hacia el sitio de las hogueras, un reducido pero hosco gentío va asomando por las aceras y se une a los que van en pos de la funesta marcha. Pronto se escuchan algunos gritos hostiles. El piadoso populacho lanza insultos contra los condenados, enrostrándoles toda clase de epítetos, entre los cuales marranos es el menos ofensivo. Algunos les arrojan piedras u otros proyectiles, o los escupen. Así los rostros mojados de lágrimas se cubren también de sangre y saliva.

El gentío que rodea a los guardas seculares, a los frailes y a los condenados, es ya aplastante. Detrás se alarga el heterogéneo conglomerado humano, repitiendo las fúnebres salmodias de los monjes. ¡Ah trayecto para largo, penoso, humillante y físicamente doloroso! Los grilletes cercenan los pies de los condenados, manchas rojas quedan en cada trecho, que desaparecen pronto tras el tropel del populacho.

La llamada Calle de los Alemanes, por la que la procesión se acerca a la Puerta del Perdón de la Catedral, resulta estrecha para contener a la cada vez más exaltada muchedumbre. Los guardias realizan prodigios de fuerza y vigor para no dejarse aplastar. Sin embargo, el populacho delirante no pretende hacer justicia por su propia mano, sino presenciar el grandioso espectáculo de las hogueras.

Aquel hato de herejes y apostatas no merecen ingresar a la Catedral, sitio de adoración del venerable Dios del Santo Oficio. Los llevan hasta el patio de los Naranjos. Allí, sobre un catafalco, con imperturbables semblantes, como si no tuvieran alma ni sangre, se nota la presencia de varios tonsurados de hábito blanco y negro. Uno de ellos, bajo, regordete, es fácilmente reconocible, no es otro que el prior Alonso de Ojeda.

Acallado el inmenso tremolar humano, se oye la voz pausada y gangosa del prior: Este piadoso auto de fe, de justicia, será grato a los ojos de Dios, Nuestro Señor. Ha de cumplirse una sentencia que lleva el sello divino. Exhorto a los condenados a elevar sus preces al Cielo, para el perdón de sus pecados y del culpable descarrío de sus vidas, para que en la muerte y en la destrucción de la materia, sus almas sean dignas de llegar a la vera de Dios Padre Todopoderoso...

El término del sermón es celebrado ruidosamente por el populacho. Los condenados son empujados hacia la salida. La procesión con engorro, pero con premura emprende la marcha del segundo tramo, hacia la Tablada. Un extenso y circular campo en cuyos alrededores hay ya reunida una gran multitud ocupando lugares de privilegio. El escenario es sobrecogedor, no tanto por los jirones de bruma gris que aún cuelgan sobre la ciudad, ni por el tedioso murmullo humano, ni por la presencia de los condenados y sus custodios armados de alabardas y espadas como de rosarios y cruces, sino por la misma escena montada allí.

El campo circular, árido, cubierto de cizañas y piedras, tiene el aspecto de un anfiteatro romano en época de Nerón. Hay dispersas en él varias estacas, son decenas, igual al número de condenados. Al pie de cada una, los haces de leña amontonados. Las estacas por sí mismas hablan un lenguaje de horror. En uno de los extremos hay levantado un palco. En él se ubican los inquisidores Ojeda, San Martín y Morillo. Hay dos o tres frailes más, uno de ellos más bien bajo de estatura, magro de carnes, de finos y prietos labios, La capucha que le cae sobre sus cejas no oculta del todo su mirada de hiena. Este fraile no pronuncia palabra y hasta procura pasar desapercibido, pero es evidente que los otros lo tratan con respeto y aun temor. Es el Sumo Sacerdote del Odio y de la Muerte.

Siempre a marchas forzadas y reventando cabalgaduras, de villa en villa corre el joven Juan en la búsqueda del hombre en quien esperanza la ilusión de salvar la vida de su amada. Ni está aquí, ni está allá. Desesperado y desesperanzado llega a Sevilla el seis de febrero. La procesión fúnebre ya ha culminado su tortuoso recorrido. El mismo Ojeda le señala el lugar donde se halla el benemérito Torquemada.

Juan se postra ante él, prorrumpe en llantos y le ruega que salve a su Blanca que un retoño de ambos lleva en su vientre, que responde por su cristiandad de verdadero fervor. Torquemada imperturbable, con tono autoritario le responde: Quien te ha dicho hombre imprudente que las decisiones del Santo Oficio tienen apelación. Desesperado Juan sigue postrado, le ruega y le insiste. Entonces, con tono de furia, le ordena a los guardias que le retiren ese desatinado de su presencia. Orden que se cumple al instante, el hombre se deja arrastrar emitiendo gemidos de angustia, lo alejan a prudente distancia y con ímpetu lo descargan en un estercolero.

La procesión hacia la hoguera sigue su inexorable marcha. Las miradas y las expresiones de los condenados, no son siempre las mismas. Unos lloran a gritos otros silenciosamente. Parecen espectros por la impresionante palidez de sus rostros. En la mayoría de las frentes y mejillas hay sangre. Unos retroceden espantados a la vista de las piras aun sin encender, y deben ser empujados por los guardias de la cruz o por el populacho. Otros, en cambio, avanzan resueltos, como para acabar con el martirio de una vez y por todas.

El murmullo humano se agiganta del tal modo que parece un mar encrespado arrojándose furioso contra los acantilados. El populacho fanatizado e intolerante, ansioso de espectáculo circense, grita y vocifera, no ya tanto contra los condenados, sino contra los verdugos que demoran en llevarlos y atarlos a las estacas.

De pronto, la inercia se convierte en acción. Sendos hachones despidiendo humo negro y anaranjadas lenguas de fuego, surgen y se mueven como objetos avernales con vida propia con la misión de contagiar las piras de su fiebre de destrucción. En los primeros momentos la humareda es intensa. Todos los herejes, menos la única mujer, están atados ya a las estacas. ¿Será qué el dios de infinita misericordia en que cree Juan, le hará el milagro?

Una tras otra se encienden las hogueras. El momento es de tal solemnidad que hasta los más exaltados guardan silencio. La presencia de la muerte obra el milagro de acallar los odios. Las lenguas de fuego crecen, se enroscan, bailotean su infernal danza, buscando como furias enloquecidas las laceradas carnes de los condenados, esforzándose por hincar en ellas sus desdentadas, pero desgarradoras encías. En alaridos que resuenan en los oídos de los inquisidores como vítores para el cielo, los condenados se desprenden del tedioso ropaje de la vida.

Hay aún una pira sin encender, junto a ella, una frágil figura, el semblante de espanto desdibuja su belleza. A través de las rasgaduras de la blanca, pero sucia túnica que la cubre, se advierte la redondez de su vientre, dispuesto a parir una nueva vida y no a las lacerantes llamas de la muerte. ¡Aquella joven con aspecto y figura de virgen mártir, va a ser madre! ¿Habrá un poder sobrehumano que impida su ejecución?

Su nombre es Blanca De Susan, se observa un movimiento de gentes, junto a su poste. ¿La salvarán? ¿Alguno de los dominicos se le acercará y después de invocar la presencia del Todopoderoso y su infinita misericordia, proclamará el indulto, diciéndole: hija estás perdonada, regresa a tu hogar para que la inocente vida que palpita en tus entrañas sea dentro de poco una criatura de adoración y temor a Dios?

Cuando Juan se repone de los estrujones de los guardias, varias volutas de humo negro anuncian sobre el cielo gris de Sevilla la quema de carne humana. ¿Una de ellas será su amada Blanca? Sin embargo, abrigando una esperanza corre al sitio del quemadero. Todos han ardido, sólo una hereje está con vida, es una dama. ¿Quién será? -se pregunta Juan. En ese rostro demacrado, de pocos cabellos no reconoce a su amada. Se acerca más. En la mirada de profunda angustia y espanto de esos ojos azules, la reconoce.

Un grito estentóreo cubre todo el campo: Blancaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaacaaaaaaaaaaaaaaaa. Ella en su pusilanimidad alcanza a decir Juannn, mientras baja la mirada hacia su vientre.

En ese preciso momento, uno de los verdugos se acerca por detrás de la estaca de la joven, y le pasa una cadena de hierro por el cuello, en un brusco movimiento y sin vacilar une los extremos y los retuerce; otro de los verdugos acerca la incendaja a la pira. El grito de dolor que el fuego arranca al morder los pies de la joven queda terriblemente estereotipado en la mascarilla de la muerte.

Se oyen los gritos de Blaaaaannnncaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, que se alejan del campo a medida que varios guardias se llevan un hombre a golpes de alabarda. Un fraile impertérrito, deja apresuradamente su sitial y se aleja con pasos menudos y rápidos y se pierde entre el populacho que ha tomado una actitud de quietud y silencio.


El pobre Benito

Cierto día de junio, un judío converso llamado Benito García, cardador de oficio, de unos sesenta años de edad, de regreso de una peregrinación a Compostela, se aloja en una pequeña posada de Astorga. Por desgracia para él, se ve obligado a compartir habitación con una pandilla de borrachines, miembros de la Santa Hermandad, Al negarse a beber con ellos, los “hermanos” resuelven jugarle una broma pesada. Abren su valija de viaje y encuentran entre sus ropas y haberes una pequeña golosina hecha de harina. Con el alboroto y la alharaca que es de imaginar, muestran la oblea y afirman ser una hostia sagrada. Se apoderan del desdichado y los llevan ante el Santo Oficio. El robo de una hostia sagrada se considera un delito espantoso, porque se asegura que los judíos las utilizan para pulverizarlas y mezclarlas con sangre humana, con lo que se provoca la muerte violenta de centenares de cristianos.

El pobre Benito es entonces sometido por los santos inquisidores a interrogatorio. El acusado niega que dicha oblea sea una hostia. Pero después de un interrogatorio más intenso- léase tortura- confiesa que, en efecto es esa una hostia consagrada que tenía dispuesta en su valija para preparar una pócima y envenenar a cientos de cristianos. Asegura no tener cómplices, pero le aprietan las clavijas a las maquinas de tormento y a punto de romperle los huesos, suelta el nombre de otras personas implicadas en el grave asunto, entre ellos el de los hermanos Franco.
Dichos nombres se incluyen inmediatamente en la lista de Torquemada. El Santo Oficio, de las instituciones más diligentes que en el mundo han sido, en cuestión de horas apresa a los implicados, quienes aseguran no saber absolutamente nada del asunto. Pero gracias al efectivo método de tortura, pronto confiesan su participación en el pretendido crimen y por ahí derecho implican a otros. El proceso se extiende y adquiere una resonancia tal que en muchas ciudades y villas de Castilla se improvisan manifestaciones populares reclamando la inmediata y ejemplarizante ejecución de los acusados.

Torquemada se apresura a ir a Córdoba, donde está la Reina, para exponerle personalmente la gravedad del caso. Le argumenta que no es posible predecir a que grado de sacrilegio y apostasía pueden llegar los judíos, por lo que se hace necesario expulsarlos de manera inmediata de todos los territorios de su reino.

Es noviembre, los acusados ya llevan dieciocho meses enterrados literalmente en las mazmorras del Santo Oficio. Se dicta la sentencia, se procede al auto de fe. La misma procesión, los acusados engrillados, lánguidos y macilentos con sus rostros de terror apenas caminan custodiados por los dominicos con sus enseñas y los de la Santa Hermandad con sus armas. El populacho que no falta para insultar y herir. Con cadenas de hierro los verdugos atan a los acusados a las estacas, la incendaja inicia las piras y la humana carne se achicharra en medio de exaltados gritos de supremo dolor que se van apagando a medida que el fuego crepita y devora.

Según el historiador M. del Pulgar. Los dieciocho meses fueron de insoportable tortura física y sicológica, obligando a los condenados a confesar un crimen que sólo existió en la imaginación enfermiza de los inquisidores, particularmente de Torquemada.


Reina de inmisericordia

Es Juan, de unos once años, el principito, el más caro retoño de los católicos reyes. Cierto día, amanece ligeramente indispuesto. Presto acude el médico de cabecera del heredero, don Álvaro Sánchez, y no encuentra más en él que un leve malestar estomacal. Luego de prescribirle un cocimiento de plantas, se retira a sus otros asuntos. Es el principito demasiado alto para su edad, sus piernas son largas y flacas y su aspecto todo mórbido y poco garboso. Una vez que sale el médico llega a su lecho su maestro dominico fray Diego de Deza, quien se retira también después de hacerle rezar unos cuantos padrenuestros y varias oracioncitas a la Santísima Virgen María. Es entonces, cuando el niño Juan encuentra el guarda-retrato de oro, que reconoce al instante por haberlo visto ciento de veces en el cuello de Álvaro Sánchez.

Llevado por la curiosidad abre el objeto y... ¡horror de horrores!, halla en el interior una pintura en miniatura de abominable visión. Es el mismo Álvaro en una irrespetuosa actitud frente a ese tétrico símbolo cristiano de la cruz. -¡Padre!... ¡Padre!– grita el escandalizado y no poco indignado principito, saltando del lecho y corriendo en ropas de dormir hacia la recamara contigua, por donde viera alejarse a fray de Deza. Al irrumpir en el aposento, tropieza bruscamente con sus hermanas Juana y Catalina, quienes juegan en el alfombrado piso, bajo el maternal cuidado de doña María Sánchez.

Es esta señora, bondadosa dama al servicio de la Reina, quien con el más entrañable de los afectos se ocupa de ser la aya de Juana y quien fue también su nodriza, razón por la cual la princesita no ve como madre sino a ella. A Isabel, quien entra y sale ocupada en las diligencias de la monarquía, la observa sin el más mínimo apego, casi como a una extraña. Es la misma María Sánchez la madre del Joven médico del principito.

Doña María al ver la irrupción súbita del príncipe, advierte al instante que lleva entre sus manos el relicario de oro de su hijo. -¡Dadme eso!- le ordena estirando la mano, con tono de autoridad que denota largos años de servicio- ¿Dónde lo habéis obtenido? Es de mi hijo... - ¡Sí, lo sé – responde el príncipe, ocultando la mano en la espalda- ¡Pero no es a él ni a usted a quien voy a dárselo, sino al padre de Deza!... ¡Ahora dejadme pasar, señora!

La actitud de don Juan y su tono preocupa al aya, hasta el punto que está por dejarlo pasar. Pero en ese momento, en una travesura propiamente infantil, la princesita Juana se acerca sigilosamente a su hermano por detrás y le arrebata la joya. Luego, lanzando exclamaciones de gozo y de triunfo, corre a depositarla en manos de doña María. Ésta toma la reliquia, la abre, la mira y... una expresión de horrorizado asombro, de consternación, quita todo color de sus mejillas. Un “¡OH”! sonoro, trágico, escapa a través de su boca abierta y retorcida. En el rostro de la mujer se pintan, en una horrible mezcolanza, la indignación, la estupefacción y el miedo.

La pobre mujer hija, esposa y madre de judíos conversos, sabe perfectamente lo que la tenencia de semejante objeto significa. Luego con un brusco ademán como si la joya fuese un trozo de hierro ardiente, la arroja lejos de sí gritando: - ¡No, eso no es de mi hijo!... ¡No!- y estalla en un histérico llanto. Conmovida y asustada, aunque sin saber porqué, la pequeña Juana corre a abrazarse a ella, como si presintiera que un terrible peligro la amenazara.

-Pues yo os aseguro que si es de él ...- responde el príncipe, recogiendo el objeto. Se le cayó del cuello cuando me examinaba hace unos momentos.

- ¡No, no, no!!- grita la horrorizada madre, llevándose las manos al corazón, a los labios- ¡Es una infame mentira!... ¡Mi Álvaro jamás llevó eso encima!

-¡Cuidado señora!, ¡me está insultando!- grita a su vez el principito a la salida- ¡El padre Deza decidirá si es verdad o no! Doña María cae de rodillas cubriéndose el rostro con las manos -¡Ay hijo mío!... ¿Qué será ahora de nosotros?

La pequeña Juana se arrodilla junto a ella y la abraza, tiernamente, en tanto llora también, estremecida ante este desborde de pesar y desesperación. Del exterior llegan ruidos de pesados pasos, de armas, de voces exaltadas. Instantes después aparece fray Diego de Deza, precediendo a un grupo de guardias exageradamente armados.

-¡Detenedla también!- exclama el fraile señalando a doña María- ¡Ella es cómplice y encubridora de este terrible sacrilegio! La señora que sigue sollozando abrazada a la tierna Juana, no ofrece ninguna resistencia cuando los rudos guardias la toman con violencia, la cogen en vilo y la arrastran a la salida.

La princesita Juana, impotente y patética espectadora del horror, mira despavorida con los ojos desencajados, aquella escena innecesariamente brutal. Luego en súbita reacción, lanza un agudo grito como la quejumbre más humana que en la tierra se ha sentido y corre detrás de su aya, aferrándose a ella con fuerzas que superan a su constitución.

- ¡No! ¡No! ¡No!- es su repetido y apenas articulado grito, estremecedor por el profundo sentido afectivo que hay en él. Es preciso que un oficial tome en vilo a la niña y pese a su desesperada resistencia, le cubra la boca con su guantelete de hierro y la reduzca. Madre e hijo son llevados arrastras hasta una sala de palacio, donde sentada en un improvisado solio, está la reina doña Isabel, pálida y conmovida, sosteniendo en sus brazos al principito Juan, que ha buscado refugio en ellos. Hay varios personajes alrededor, entre los cuales, en actitud humilde se encuentra fray Tomás de Torquemada, quien casual y fatalmente para doña María y su hijo se encuentra en esos momentos en palacio.

Rodeado de guardias vestidos de negro, se halla de rodillas frente a la Reina, Álvaro Sánchez, uno de los cuales apoya la punta de su espada en el cuello del desdichado, de tal modo que cualquier movimiento bastará para herirse así mismo. Los esbirros traen a doña María y la arrojan junto a su hijo, sin miramientos. La infeliz mujer, golpeada despiadada y brutalmente por la fatalidad, mira sin ver, con los ojos desmesuradamente abiertos, con boca de rictus doloroso que apenas dejan escapar gemidos que parecen los de un animal herido.

La princesa Juana, libre por un momento del brazo férreo del oficial, sollozante va a abrazarse a su querida aya. El oficial pide permiso a la Reina con la mirada y ante su asentimiento aparta de nuevo a la princesa, aunque para ello debe apelar a toda su fuerza.

Un dominico alto, robusto, joven, de rostro que nada tiene de santo ni de acético, agita delante de los ojos del aya la pequeña joya. -¡Hablad!... ¿Pertenece esta joya a vuestro hijo?... ¿La reconocéis?... ¡Hablad! Doña María mira al dominico como si viniera de un mundo extraño. Luego reacciona y observa a su alrededor. Lo recuerda y comprende todo. En un súbito y rápido impulso corre y cae de rodillas a los pies de la Reina y juntando las manos suplicante exclama: -¡Ah, Señora, por el amor de Dios, no creáis en esta horrible infamia!... ¡Mi hijo es inocente, os lo juro por las cenizas de mi padre, por las de mi esposo muerto por vuestra causa! – Respondedme una sola cosa doña María, y crédito os daré... ¿Habéis visto esa joya? ¿Sabéis a quien pertenece? Doña María pasa los ojos desencajados en la joya que el dominico le acerca de nuevo.

-Sí... ¡Digo no!... –La infeliz madre se retuerce las manos de desesperación-. Bien es verdad que se parece a una joya que yo misma colgué en el cuello de mi hijo, al morir su padre. Contenía su retrato. Se hace una breve pausa. Se adelanta entonces fray de Deza y dice: -Excelsa señora, sólo al servicio del Señor estamos, es necesario aplicarle todo el rigor de la justicia a estos sacrílegos, madre e hijo para mayor ultraje a nuestra santa religión.

-¡No, no!- grita entonces el joven galeno, alzando la cabeza sin evitar la dolorosa herida que le produce la espada -, jamás hice eso, la joya no es mía. Sigue un acosado interrogatorio del que mal librados salen los acusados. -Llevadlos y que el Santo Oficio resuelva lo que sea de justicia, dice la Reina con vos ronca. Los guardias se apresuran a cumplir la orden, instante en que doña María, el rostro pálido y cubierto de lagrimas se arroja a los pies de la católica soberana. -Majestad os lo suplico por la vida que di a vuestra hija... ¡es una falsedad!... ¡una horrible calumnia!, ¡no permitáis que cometan infamia contra nosotros magnánima Señora!

Isabel tiene un instante de indecisión, cierto sentimiento de clemencia la rosa, pero basta que el Gran Inquisidor con sus fríos ojos grises la mire, para que con tono autoritario que denota cólera, imponga cumplir con la orden ya dada de llevarse los reos para que el Santo Oficio haga su cruel oficio.

Los guardias se lanzan de nuevo contra los prisioneros y arrastran al hijo, pero doña María en un brusco y violento ademán, los rechaza con fiereza, actitud valiente que contrasta con su humillante pedido de clemencia. Se pone de pie y encara a la reina. El principito Juan, tembloroso se estrecha más a su madre.

- Está bien doña Isabel -dice doña María, con frío acento-. Iré sí, con el inocente fruto de mi vientre, y vos bien sabéis a dónde iremos a parar... Pero Vos, augusta Señora -el dedo que señala a la reina rígido no tiembla. La mirada desorbitada, refulge con extraño fuego-, y recordad bien lo que os digo, Vos sufriréis tormentos más horribles y terribles que los que torturen mi cuerpo... ¡Y los sufrimientos que mi hijo padezca, serán una bendición del cielo comparados con los que vuestros hijos, y los hijos de ellos, padecerán en esta tierra!... ¡Yo os lo digo Isabel de Castilla, y Vos habréis de recordarlo por siempre jamás!...

-¡Lleváosla!- grita Torquemada saliendo de su torvo silencio, y más pálido que nunca-. ¡Lleváosla!... ¡Esta maldiciendo a Su Majestad! Es, entonces, arrastrada literalmente doña María por los guardias, en medio de sus gritos incoherentes e histéricos. Instantes en que aparece Juana y corre hacia la Reina, mostrando en su infantil y blanco rostro la desesperación que la domina.

- ¡Madre ¡... ¡Perdonadla os lo ruego!... ¿Madre!... ¡Me oís?.. ¡Os lo pido de rodillas!... ¡Madre! Pero doña Isabel apenas la oye. Tan pálida como su hija tiembla de cólera y de pavor. Pues en sus oídos suenan aún las terribles palabras de doña María, el espantoso anatema pronunciado contra ella y sus hijos. La pequeña Juana espera en vano una respuesta, desesperada y ahogada en llanto corre tras los guardias que se llevan a su aya, es decir a su madre de crianza y de acendrado amor.

Para el Santo Oficio, se ha cometido un crimen de lesa majestad divina. De manera diligente y veloz, dicta sentencia: expulsión inmediata fuera de la existencia para madre e hijo en hoguera purificadora. El día de la ejecución se aglomera en el sitio una delirante multitud que no cesa en gritos de condenación contra los culpables. En postes contiguos ya tienen encadenados a doña María y a don Álvaro. Se encienden las hogueras y en pocos minutos los cuerpos de los desdichados arden como teas humanas.

Una niña, sollozante y temblorosa, pálido espectro del espanto contempla la escena de muerte montada por el oficio santo de dios, imprevistamente, cae al suelo como fulminada. Es socorrida y atendida, pero cuando se consigue hacerla volver en sí, se incorpora y sin pronunciar palabra, ni llorar, ni gemir, después de lanzar una mirada a la pira que muere en ascuas y cenizas, se aleja en sentido contrario. Dicen que fue esta la causa de su desvarío, razón por la cual la historia la conocerá con el tristemente célebre nombre de Juana La Loca.

La maldición de doña María, aunque tarda un poco, le llega y se precipita con todo su peso sobre la reina del catolicismo, la infamia, el fanatismo y la intolerancia. Y así, de manera sucesiva suceden desgracias a los sucesivos sucesores de sus reinos. Con qué pesadumbre encabeza los pomposos funerales de su amado Juan. Fallece en el fragor de su luna de miel, la exagerada pasión que le despierta la bella Margarita de Portugal sobre pasa su débil constitución, cae fulminado. Le sigue su hija Isabel de parto, sobrevive la criatura, el nieto Miguel, pero a pesar de los múltiples rezos y cuidados por su endeble salud, muere a corta edad. Queda entonces como heredera Juana, ya loca.

Y sobreviene una generación tarada y esquizoide, gracias a ese linaje real constituido mediante apareamientos entre cercanos vínculos consanguíneos. Carlos V y el hijo de éste, Felipe II, esquizofrénicos y católicos extremos que en medio del esplendor de la riqueza, el poder y la fama, llevaron una vida desdichada. Desdicha que pasaron a sus súbditos.

Don Juan el hijo de Felipe II y su prima María de Portugal, le corresponde soportar el mayor peso de esa carga de taras y atavismos suscitados por la procreación entre parientes. Ya no es un mero esquizofrénico, sino que padece demencia maniático-depresiva, en otros términos, de verdadera locura. Los cronistas de la época lo califican de contrahecho, débil, tartamudo, sin inteligencia, irascible, rencoroso, violento y cruel. Desde niño sufre de continuas fiebres y desvíos sexuales.

Además, lo afecta la gula. En pleno estío, en 1568, llevado por su insaciable comer, se engulle un faisán entero y una enorme empanada, sin desperdiciar ni un trocito. Para calmar la inmensa sed que le sobreviene, bebe jarras de agua con hielo. La consecuencia es una violenta disentería que lo lleva a la tumba en pocos días. A los 23 años ha muerto el tataranieto doble de Isabel, y con él ese espurio linaje monárquico.

Desafortunada es la diosa Justicia por no existir los infiernos. Si existieran, en lo más profundo de ellos estarían Isabel, La Gran Católica Inmisericorde, y fray Tomás de Torquemada, El Gran Inquisidor. Qué tristeza que la resurrección de los muertos no sea más que una mera suposición, una mera fábula producto de la tonta religiosidad humana. La resurrección de Isabel y Torquemada, sería una gran oportunidad para enrostrarles la inconmensurable dimensión de sus crueldades, totalmente injustificadas.

Las atrocidades de la Gran Reina y el Gran inquisidor no terminaron con sus muertes. Las generaciones siguientes nacieron contagiadas con el tenebroso virus de la religiosidad, que causa esa horripilante epidemia de ortodoxia y fanatismo. Es así como su criminal accionar continuó perpetrándose por siglos. Capítulos más adelante nos encontraremos de nuevo en suelo de la vieja España, más exactamente en el quemadero de Valladolid, con otros crímenes todavía más horrendos.

La iniquidad, la tiranía, el despotismo, la crueldad, la represión, la esclavitud y el vasallaje inherentes a todo absolutismo o monarquía, han existido gracias a un sostén: La Providencia. Por designio divino nacen príncipes y reyes, duques y emperadores. Durante centurias los pueblos tiranizados y famélicos de Asia y Europa, cuando nacía un delfín en Tedeum sonaban las campanas de todos sus templos y se prosternaban en oración para pedir por la salud del neonato. Estas tonterías no fueron más que acciones de gracias y suplicas a la Providencia por haberles enviado un nuevo tirano.


Cantemos

Aleluya, aleluya, aleeeeeluuuuuyaaa
Amo de las alturas, tus esclavos nos postramos, colmados están el cielo y la tierra de tu gloria y nuestra sangre.

Aleluya, aleluya, aleeeeeluuuuuyaaa
Cantemos, cantemos por siempre el himno de tu misericordia
Alabado, alabado por siempre seas,
Gracias te damos por los dones y favores que han abolido de este mundo dolores y desgracias.

Aleluya, aleluya, aleeeeeluuuuuyaaa

Es difícil hallar algo más hipócrita y egoísta que el llamado espíritu cristiano de la Edad Media. Entre los siglos X y XV. El cristianismo se ve obligado a inventar el infierno, las brujas, el diablo y el tormento eterno para atraer feligreses. La baja Edad Media es la época del miedo. Del miedo oficializado. Se cree por miedo, se ama por miedo inclusive, y por miedo se hace todo, así sea la Catedral de Chartres o la Divina Comedia. A caudales ingresan riquezas al papado, a abadías, canonjías, conventos y parroquias. Las indulgencias reportan jugosos dividendos que permiten cubrir de oro y pedrería a los tonsurados y a sus aposentos.

La sociedad y la cultura medioevales son fundamentalmente cobardes, se arrodillan, se postran ante el miedo que suscitan sermones y sotanas. El honor se pierde, la fe se exalta. Durante siglos el cristianismo aprovecha este miedo y esta ignorancia para hacer su agosto y enriquecerse sin límites, mientras la mayoría de la población padece las penurias de la miseria exacerbada por el hambre y las enfermedades. Es la época en que la Iglesia ha tenido mayor influencia política, social, económica e histórica en el desarrollo universal.

En este país de cafres y creyentes, cabe hacer una reflexión sobre esa gran imbecilidad que es la devoción a monigotes de palo yeso o metal. Démosle a esta estupidez suprema un término más académico y hablemos de imaginería del vulgo o de iconografía religiosa.

Según Panofsky la iconografía es se la rama de la historia del arte que se ocupa del contenido temático o significado de las obras de arte en cuanto algo distinto a su forma. Según la teoría del inconsciente colectivo de Karl Gustav Jung, todos los seres humanos poseen ciertas tendencias innatas a formar determinados símbolos generales que se manifiestan a través de la mente inconsciente en los mitos, sueños, delirios y en el folklore.

Los pueblos antiguos en medio de sus inconmensurables desconocimientos e inexperiencias, sintieron la necesidad de personificar sus dioses para tener con ellos -según creían- una relación más directa. Así nacieron Amón, Zeus, Isis, Osiris, representaciones de divinidades griegas y egipcias. Y al igual que estos pueblos, las tribus primitivas poseían tótems e iconografías que representaban sus divinidades.

Cada ser histórico carga en sí una gran parte de la humanidad anterior a su propia historia; el individuo recibe mitos, símbolos, creencias y muchos lastres más. Por lo tanto el individuos absoluto no existe, éste es depositario de tradiciones, prejuicios, supersticiones y de otras sandeces de las que le es difícil en sumo grado desprenderse.

Lo sacro y lo mítico corresponden dentro de la colectividad a una necesidad y cumplen una función en ese sustrato de irracionalidad de que está compuesta toda creatura (aunque paradójico), racional.

El pueblo hebreo fue hostil al culto de las imágenes, por lo tanto el cristianismo primitivo, engendro del judaísmo (para su propia desgracia), fue igualmente hostil a esta clase de culto. Pero el culto a las imágenes surgió como una necesidad sicológica de ver y sentir la presencia formal de las ideas.

Ante la lejanía, sordera e intangibilidad de los dioses, el creyente se vio en la necesidad de representarlos materialmente. Poco a poco fue triunfando la imaginería y el cristianismo tomó así la devoción y el culto por toda figura labrada o pintada que representará a su trinidad, santos, virgen, clavos y cruces, etc., rasgo de burda idolatría que no deja salir a los cristianos de las cavernas más oscuras y profundas del primitivismo.

Y pusieron estos creyentes de letrina el arte a su servicio, jamás le sirvieron al arte. Las obras de El Vaticano y de muchos templos que tienen un gran valor artístico, fueron realizadas sólo con el propósito de adular divinidades, en ningún momento por favorecer el arte, por el contrario los pudibundos jerarcas católicos cercenaron los senos de las madonas y caparon las posibilidades del arte. Qué no me vengan a decir que entre papas, cardenales y arzobispos hubo mecenas del arte y la cultura.

¿En qué tiempos vivimos? Muchas son las semejanzas entre los iconos del culto antiguo con el católico actual. Osiris estuvo representada en figura humana con cetro y flagelo; muy parecidito al Jesús de la Buena Esperanza representado con cetro y corona de espinas. La diosa Isis estuvo representada en una figura humana que carga un niño, semejante a la Virgen del Carmen. A Júpiter lo representó una figura masculina con barba y báculo, muy igualito al Padre del culto católico. Lo que quiere decir que seguimos siendo los mismos estúpidos de siempre, pero en distinta época.

La imagen representa o simboliza para el creyente su concepto interiorizado de un santo, mujer sagrada o dios mismo. Y lo peor, los símbolos se hacen más reales que lo que simbolizan. En el culto católico, es tanta la desproporción de la fe y la devoción, que ven en las imágenes la realidad que representan. En algunos santuarios marianos el ejemplo es patético, surgen historias que rozan con la leyenda , la fabula y la ridiculez.

Hablemos de la naturaleza de lo sacro y lo mítico. Lo sacro y lo mítico están en el terreno de lo irreal, surgen de la imaginación y los sentimientos como respuesta a una necesidad, y se expresan en especulaciones que forman las creencias; el ser se pone en contacto con lo que no es, aunque cree que es, acá entran en función las certezas y las convicciones, que en la mayoría de las veces no son más que falsedades y distracciones.

Todo lo mítico es mentira y todo lo sacro se opone a la libertad del Hombre. Las muchedumbres están condenadas a arrastrar por secula Seculorum los lastres del mito y el sagrario. Con altos niveles de reflexión, racionalidad y, sobre todo, valor, por el camino de la investigación científica y la pluridiciplinaridad, el individuo puede evolucionar hasta lograr la desmitificación y desacralización de su propia vida y liberarse por siempre de esos pesados lastres, que y mortifican mortificarán a la humanidad hasta el día que desaparezca de la faz la Tierra.
Personajes como: Haidegger, Marx, Holbach, Diderot, Comte, Bertrand Roussel, Sartre y Andrés Holguín y Estanislao Zuleta en nuestro medio, destruyeron con proyectiles racionales los ídolos y mitos de su cultura, nacieron con el lastre encima , pero murieron liberados de su volumen y peso.

Qué sabio fue Vargas Vila cuando dijo: Mientras los hombres sean débiles y cobardes, tendrán dioses y religiones, los individuos pueden liberarse de ese yugo, pero las multitudes estarán aún siglos encorvadas bajo él.

En verdad, la humanidad jamás podrá culminar un proceso de desmitificación y desacralización. Tal pretensión es una absoluta utopía. En el hipotético caso de lograrse, los seres humanos dejarían de postrarse ante imágenes impasibles; nunca recurrirían a ritos irracionales para clamar misericordia divina en momentos de crisis; las deidades serían liberadas de sus encierros en sinagogas, mezquitas y templos y nunca más se les proporcionaría como nutrientes: llamas de velones, sacrificio de animales, flagelaciones, penitencias y rezos.

El Hombre interpretaría y conocería, sin consideraciones dogmáticas y teológicas, la realidad histórica y social, y a partir de las conclusiones arrojadas, plantearía posibles soluciones a sus crisis y problemas. La creatura humana se preocuparía más por descubrirse a sí mismo para proporcionarse bienestar, que en conocer la naturaleza de los dioses para alagarlos y mortificarse; también emplearía todos sus esfuerzos sólo en su propio provecho, porque consideraría que él es el necesitado y no los dioses. Las guerras de las religiones serían consideradas como las más estúpidas de las acciones.

El Hombre como ser sería como es, sin mitos y dioses, algo así como cualquier ser humano sin ropajes ni vestiduras, desnudo en su “cruda” realidad; el Hombre viviría convencido de que no existen providencias tutelares y tomaría plena conciencia de que sólo él construyó su pasado y labra su presente y futuro; existiría una ética y una moral secular, legitimada por un compromiso con los demás y consigo mismo, no por obedecer etéreos preceptos celestiales, que ponen por debajo toda consideración humana, pues primero hay que llevarle los caprichos al irreal ser de las alturas, al que le endilgan la autoría de la más egoísta de las frases, que hay que amarlo por encima de todas las cosas. Puede que existan seres que merezcan ser amados por encima de todas las cosas, pero para merecerlo no deben exigirlo ni considerarse con ese derecho.

Si en este mundo de infinita estupidez pero también de lucida inteligencia, se hubiera impuesto esta última 5 mil años atrás, y se hubiera develado lo sacro y lo mítico como lo que son, unas grandes mentiras, los dioses egocéntricos y megalómanos hubieran sido bajados de sus pedestales inmerecidos. El Jehová de la Judía sólo hubiera alcanzado a dar unos pocos pasitos por el inconmensurable desierto de su infamia, y la humanidad se hubiera evitado fanatismos, inquisiciones, atrasos y dolores sin la tétrica trinidad y el espantajo de Alá. ¡Oh, qué júbilo y que gozo que no se dio!

Sin lo mítico y lo sagrado, el culto a los dioses se trocaría en respeto y justicia entre los hombres y la religión en humanismo. En pocas palabras la humanidad sería más libre y feliz.

La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable y de agrado, en vez de ser ese lúgubre espacio de padecimientos, tal como han hecho de él las religiones en tantos y tantos siglos.

Postulados del ateísmo dieron nacimiento a las ciencias y despejaron las tinieblas del oscurantismo, el Dios trascendental omnipotente seguirá encendiendo hogueras entre musulmanes y judíos, entre católicos y protestantes, entre islamismo y cristianismo. Así mismo, suscitará enfrentamientos entre cientos de sectas y otras religiones. Igualmente, continuará dejando un inmenso espacio al fanatismo que producirá situaciones extremas entre todas las creencias, territorios y naciones que bien podrían conducir a una hecatombe final.

Un mejor mundo necesita conocimiento, bondad y valor, no requiere del pesaroso anhelo del pasado ni de la inteligencia sin libertad e independencia, mucho menos de palabras y escritos proferidos por hombres ignorantes en tiempos antiguos.

A estos chupadores de sangre y privilegios, productores de mero estiércol, no les es suficiente que cada iglesia tenga veinte santos, que cada santo tenga mil devotos y que cada devoto les dé la contribución de su ignorancia en forma de pesos, víveres, casas y tierras, han instituido una semana adjetivada de santa, muy productiva y espléndida.

Con que pompa conmemoran pasión y crucifixión; dolor y muerte se celebran con tonos de feria, los altares florecen, los ignaros humanos estrenan vestimentas, las viandas más exquisitas deleitan papilas gustativas. Postura arrogante revestida de inmaculada santidad asume el clero en pleno. Antes y después de alabanzas y diatribas, las ofrendas llueven copiosas.

En ridículas procesiones van y vienen los fieles. Aunque hay más días de fiesta que guardar y sacramentos que pagar por ingenuos creyentes, tristes quedan los curas cuando se termina la suculenta semana; con apetitosas ansias esperan que la tierra dé otra vuelta al sol para impactar de nuevo con su boato y su sainete y usufructuar otra vez más de una ajena pasión, crucifixión y muerte, rezagos de la Edad Media con su idiotización suprema.

Qué teatro el que montan estos clérigos infames de la Media Edad para infundir miedo. Constantemente hacen representaciones de la más dantesca índole, a la mayoría de quienes asisten los aqueja temblores y sudores, que en ocasiones provocan la muerte en medio de contorsiones y alaridos.

Vayamos a 1450, ubiquémonos en el atrio de la catedral de Notre Dame. Allí, un grupo de albañiles acaba de levantar un andamio y sobre él instala un lienzo a modo de telón de fondo con imágenes que representan el cielo, el purgatorio y el infierno. Éste último bajo la forma de una descomunal boca de dragón. En el centro del andamiaje entronizan un calvario con una cruz de gran tamaño.

Para conocer lo que sucede sobre este escenario retomemos palabras de Ariel Ospina, quien resucitó esta ridiculez de la cristiandad en una obra que escribió sobre la vida del poeta Francoise Villón. omos palabras de …. , quien resucitó esta Crónicas de la época señalan que por los años 1450, Francoise Villón[1], siendo pensionista en el colegio de la Nación Francesa en el barrio Latino de París, observa que delante del portal mayor de Nuestra Señora una tropilla de albañiles ha levantado un andamio y sobre él ha instalado

El estrado cubre la longitud de la fachada de Notre-Dame y como fondo natural lucen airosos los tres portales con sus cornisas y hornacinas ricamente esculpidas y los bajorrelieves de sus basamentos. Balcones y ventanas sirven de palcos, los devotos se acercan, la timorata muchedumbre se aglomera, comienza el espectáculo. Como preámbulo, fúnebres toques retumban desde el campanario de la Catedral. Se levantan murmullos que se convierten en rezos, gemidos y responsos. Con la ayuda de unos fuelles instalados detrás, por la boca del dragón, los monaguillos hacen saltar chispas y brotar centellas. ¡Qué miedo!

Los congregados arrodíllanse y santíguanse, piden perdón a viva voz por las faltas cometidas y hasta las confiesan en público. “yo mentí”, “yo fui adultero” “Yo no di limosna”, “yo no guardé las fiestas”. De las gargantas en paroxismo brotan miles de pecados. Un monseñor vestido de púrpura pide hacer sinceros actos de contrición y desde una palangana lanza agua bendita sobre los creyentes, que se arremolinan en orgía, creen que si no les cae siquiera una gota, quedan exentos del perdón.

Se trata nada menos que de la representación de un misterio, de contar la historia del mundo a trasluz de la teología y de la historia que cuentan los frailes de acuerdo con la Biblia, los evangelios, los Hechos de los Apóstoles con las consejas locales y las leyendas que inventan todos los días las beatas.

Todo conforme a un texto preparado de antemano, cuidadosamente escrito y escrupulosamente revisado para que no hayan de faltar en el acto: dragones, fariseos, unicornios, crujir de dientes y lenguas de fuego. Esta pieza teatral, protagonizada por La Penitencia, es original del poeta místico francés Arnoul Gréban, consta de 35 mil versos mal contados; lo cual obliga a dividir el espectáculo en tres jornadas. Durante tres noches consecutivas hay función en el atrio.

A un párroco llamado Nicole, cura de Metz, soldados romanos lo llevan al calvario lo semidesnudan y lo flagelan con látigos verdaderos. Luego, en la más incómoda posición que imaginar se pueda, lo cuelgan de la cruz. Así colgado, durante varias horas recita su texto en plena agonía, rol aprendido de memoria que consta de 400 versos para ser dicho de una sola tirada. En el 250, para evitar que muera lo tienen que descolgar.

Aunque el Renacimiento significó un pequeño despertar de esa idiotez o ceguera a que la teología ( y su guía: la Fe,) han arrastrado a los hombres, la idea tan frecuente de que el Medioevo es dogmático y el Renacimiento racionalista (y flexible intelectualmente) es enteramente infundada. El ejemplo de la Reforma gestada y consumada en plena época renacentista es muy significativo, pues pocos movimientos ideológicos son más dogmáticos que este.

Tal como lo afirma Andrés Holguín, en el centro de la Reforma hay varias doctrinas completamente irracionales que prolongan incomprensibles leyendas medievales: predestinación, salvación por la gracia, negación de la libertad ( para esta y la otra vida) herencia del pecado, muchedumbre condenada, acepta la fábula de la Revelación, como si Dios anduviera secreteando cosas al oído de los profetas y los poetas judíos, rechaza todo simbolismo, la Biblia es la palabra de Dios y punto: debe ser interpretada literalmente, nada de alegorías, los antiguos hebreos creían lo mismo: revelación, palabra divina, exégesis literal, también se niega el libre albedrío.

Naturaleza corrompida y ausencia de libertad, eh ahí dos de los más tétricos legados de los reformistas. Todo ello carecería de importancia (para nosotros) si se hubiera restringido a aquellos años en que la Reforma se difundió, lo grave, como siempre, es el influjo de esas doctrinas sobre el futuro, ya que hoy en plena era atómica, millones de hombres – mis coterráneos- siguen aceptando esas doctrinas que envilecen al hombre y lo hacen vivir de acuerdo a ellas. Y sigue y sigue el hombre inmerso en su primitivismo, cavernícola sempiterno eso es lo que es, mientras explora el Universo se resiste a salir de la caverna.

Todo por malo que sea tiene algo bueno, o todo por bueno que parezca tiene algo malo. Por eso dentro de la nauseabunda bazofia que fue y es la Reforma, pueden rescatarse algo que podría denominarse como grato a las papilas gustativas de la mente. ¿Qué puede haber de bueno en semejante inmundicia? Veamos, en primer lugar la primacía que otorga a la conciencia, que lleva al hombre – podría decirse- a vivir cara a cara con Dios, sin intermediarios, culto extraño, imágenes, templo mismo, todo ello pierde trascendencia y significado mágico. El hombre actúa según su conciencia, habla a Dios directamente, prácticas pueriles como la confesión desaparecen, la interioridad del hombre prima sobre ceremonias y ritos.

Ello conduce a una gran pureza individual, en contraste con la marcada tendencia de los católicos a llevar una doble vida. La de la conciencia (cuando la tienen) y la ceremonial. Para el católico no pocas veces, el culto prima sobre su conciencia, con la secreta convicción de que el cumplimiento objetivo de los ritos tradicionales es suficiente, mejora su conducta, purifica su alma y le acerca a Dios. Muchos creen todavía que pagando misas y dejando herencia a los ávidos sacerdotes se les borran automáticamente sus faltas, y sin estaciones purgatorias ascienden directo al cielo.

También hay que sumarle como positivo al protestantismo sus ataques a la leyenda de la infalibilidad papal, se critica al celibato sacerdotal y el empleo de un idioma incomprensible para el pueblo en las ceremonias. Y no de poca importancia fue la crítica protestante al culto de los santos, reliquias e imágenes, que derivó con harta frecuencia el mundo católico (y sigue derivando en algunos sitios como en esta latina América) hacia una elemental forma de fetichismo y politeísmo popular.

A Lutero, destructor y creador, fanático y cruel, enamorado sexualmente de sus ideas, martillo de la ortodoxia católica, se le rescata el haber cuarteado los cimientos de la iglesia papal, arrebatándole grandes latifundios espirituales y económicos. Y en medio del horizonte tormentoso y oscuro de aquella rebatiña entre protestantes y católicos surge una tenue luz llamada Erasmo de Rotterdam.

Tan ancho de corazón como un continente, es un rebelde que no cohonesta con el productivo abuso y el estéril quietismo de la infamia católica, ni con la intolerancia, el fatalismo, la crueldad y la irracionalidad protestante. En vez de una religión (aspecto por el cual más ha padecido el hombre sobre la Tierra) Erasmo propone un Humanismo enmarcado en la tolerancia, el perdón y la reconciliación.

Con su espíritu ecléctico trata de extractar lo poco bueno de todo lo malo que apesta el viejo continente y que en bocanadas nauseabundas vomita en las playas de ese otro mundo recién descubierto. Lástima, no fue más que una flor en el desierto. Las disputas, las hogueras y la sangre tienen que seguir manando a borbotones, no sólo en el viejo mundo sino en América, ya los conquistadores con sus espadas y sus cruces han llegado a esas tierras vírgenes a sembrar sus desdichas y temores.

Para este hombre de pensamiento amplio, aunque se le señala de no muy profundo, con sus reflexiones rectas y claras es un difundidor de la ilustración en el sentido más noble de la palabra. Extender la claridad y la veracidad es para él una función natural. Todo lo embrollado le repugna; todo confuso misticismo y toda la exageración metafísica le repelen hondamente, nada odia tanto como lo “nebuloso”. En su época donde imperaba la superstición no existe un hombre menos supersticioso que él.

Probablemente se ríe de las convulsiones y crisis de sus contemporáneos, de las visiones infernales de Savonarola, del terror que el demonio suscita en Lutero y de los histéricos golpes de pecho de los penitentes. Gracias a esa penetración transparente como el agua, de su pensamiento y a la perspicacia de su sensibilidad llega a ser el gran explicador, el gran crítico de su época, el educador y el maestro de su siglo. Con arte sabe esquivar ataques a destierro y muerte. Por la décima parte de sus audacias, otros arden en pomposas hogueras decoradas con los estandartes de la inquisición y la iconografía de la cristiana religión.

Erasmo con su Elogio de la Locura como su amigo Rabelais con Gargantúa y Pantagruel caricaturiza y se burla con brillante ingenio de la sociedad circunspecta de entonces, lo sagrado pasa a ser profano y lo pulcro sórdido. Patas arriba, como en realidad están, quedan los convencionalismos y creencias de la época.

Lo que más admiran los eramistas de su maestro es su tranquilidad y ecuanimidad ante las desastrosas pasiones humanas. Desde su discreto rincón, el hombre enciende por entero la noche intelectual de Europa. El humanista diserta allí sobre los temas que angustian al viejo mundo y ofrece formulas de bondad y de raciocinio para cicatrizar las heridas de los hombres. Es admirable el respeto que conquista sólo con el poder de su inteligencia, apertrechado de conocimientos y experiencia se convierte en un monarca sin cetro, pero con limitada jurisdicción en Europa.

Llega su desplome, su más dilecto discípulo y traductor Berquin, la capital de Francia lo ve arder en la hoguera, otro seguidor John-Fisher cuelga de una horca en Inglaterra. En una luciérnaga de menguado brillo se convierte este astro sol. Anciano ya, y frente al derrumbe de sus predicaciones, el viejo humanista se va quedando solo. Sus discípulos se dispersan por el mundo a enrolarse en los ejércitos combatientes. Sus ideales de lograr la convivencia humana se escurren en sus lágrimas y se evaporan con ellas. Ve cerca su fin, sólo le quedan dos alumnos: Frobenius y Amerbach.

En esa antigua ciudad llamada Basilea, el verano trepa por los huertos como una enredadera florecida. La taciturnez de la alcoba sólo se interrumpe a veces con los sollozos contenidos del moribundo. Una mañana cuando apenas intenta colarse el sol por la ventanita de su aposento, los alumnos no escuchan más el latir del viejo corazón amigo: el maestro se ha ido para siempre a encontrar descanso en la eternidad de la nada. Fatigosamente un rayo de sol logra penetrar a la alcoba del enfermo, sube hasta la pared e ilumina una fecha en el almanaque que cuelga contra el muro: 11 de julio de 1536:

Hoy a casi quinientos años de su existencia, sus muchos ideales permanecen evaporados, sin realizar. El humanismo aborrece toda violencia, no tiene sentido imperialista, no tiene ningún enemigo ni quiere ningún siervo. El mundo entero es una patria común, proclama Erasmo, pero como todos los humanistas, sigue siendo un soñador sin arraigo sobre la Tierra.

Por no haber tomado partido por ninguno de los poderes beligerantes de su época, ya sea en el ámbito político o religioso, surgen detractores. Lo acusan de tibio y neutral, señalamiento que aún prevalece. En esta existencia terrenal, mientras más avanzan los tiempos, más valido se hace el ejemplo eramista de situarse en la caparazón de la neutralidad. ¿En el transcurrir de toda la historia de la humanidad, cuál ideología o religión merece se le tome partido y serle su mártir? Absolutamente ninguna. Por eso la huella de Erasmo jamás se extinguirá, así cuente con tan pocos adeptos en este mundo de irracionales aduladores de dioses.

No existe otra causa por la cual haya padecido más la humanidad que los dioses. Todas las civilizaciones en los diferentes tiempos y espacios han inclinado su cerviz y han derramado la sangre en los altares, bajo esa horrible práctica de sacrificio de vidas, derivada de la convicción imperante de que la sangre humana es esencial para el alimento de los dioses.

Tanto los Aztecas, Mayas, Incas y otras tribus indígenas de América, preferían el sacrificio de niños para sus dioses. Consideraban que era más meritorio debido a la ausencia de “pecado carnal”; en caso necesario eran secuestrados y hasta comprados, siendo el precio usual de 10 cuentas (frijoles rojos) por niño.

Las abominables y crueles acciones de la cristiandad parecen haber sido copiadas de tribus salvajes. Los aztecas tenían sus dioses primarios, algo así como las tres personas de la Trinidad, pero separadas. También otro conjunto de dioses menores (equivalentes a la virgen y los santos del catolicismo). Al igual que el santoral de la “verdadera iglesia del Cristo” cada una de las divinidades aztecas tenía su día y su fiesta reservados.

A la cabeza de todos estos dioses aparece el terrible Huitzilopachli (equivalente al Dios Padre del cristianismo.) Su imagen fantástica estaba recargada de finísimos ornamentos. Como en todo pueblo católico, los templos aztecas, incas o mayas eran los más imponentes entre los edificios públicos en todas las ciudades de sus imperios. Semejantes a los patíbulos inquisitoriales, los altares de los dioses tribales chorreaban sangre de las víctimas humanas.

Como asombra hallar entre los aztecas casi todo el ceremonial del bautizo cristiano. Antes de dar el nombre a los niños se les rociaba con agua los labios y el pecho, se le rogaba al Señor que permitiera que esta agua santa borrara el pecado contraído por los niños antes de la creación del mundo. Igualado en injusticia e irracionalidad al “pecado original” de los cristianos. El único pecado original es la mentira con que el hombre asume su vida al nacer. Desde sus inicios el hombre lo comete y vive por él y para él, pues la mentira es la mayor fuerza que mueve al mundo.

Cual clérigo musulmán, judío o cristiano, los sacerdotes de las antiguas civilizaciones indígenas, regían su vida por una estrecha disciplina. Mortificaban el cuerpo mediante ayunos y crueles penitencias como lacerar sus carnes con espinas de áloe; en una palabra se sometían a todas las austeridades que en todas las épocas del mundo ha inspirado el culto y el fanatismo por los dioses, hasta el punto que como ha dicho el poeta: Para merecer el cielo, hacían de la Tierra un infierno.

Una de las fiestas religiosas más importante de los aztecas era la dedicada al dios Tescatlepoca, a quien llamaban El Alma del Mundo. Se le representaba bajo el aspecto de un hombre joven. Un año antes de la fiesta, se elige para representar esta divinidad, a un cautivo de belleza perfecta. Los sacerdotes le enseñan a representar el papel con la gracia y la dignidad convenientes. Se le viste lujosamente y se le prodigan incienso y flores, de los que los aztecas eran tan amantes como los mexicanos de hoy.

Cuando el joven sale, va siempre acompañado de un ejército de servidores. Se detiene en un lugar de la calle, toca su melodía favorita acompañada de voces e instrumentos. El pueblo se prosterna ante él rindiéndole el homenaje debido al representante de la divinidad bienhechora. Cuatro bellas jóvenes con los nombres de las cuatro diosas principales comparten por elección los honores de su lecho. Sus días transcurren en medio de los más deliciosos placeres, entre festines ofrecidos por los principales nobles, prestos a atribuirle los honores debidos a un dios.

Pero llega el día fatal; está próximo el final de su efímero resplandor. Se le despoja de sus ricos vestidos, dice adiós a sus bellas compañeras de placeres. Una barcaza real lo transporta al otro lado del lago a un templo construido sobre la orilla, aproximadamente a una legua de la ciudad. Todos los habitantes de la capital acuden para ser testigos del desenlace de la tragedia.

A medida que la procesión asciende por los flancos de la pirámide, el delicado cautivo arroja guirnaldas de flores, y rompe los instrumentos musicales que habían alegrado las horas de su equívoca felicidad. Seis sacerdotes lo esperan en lo alto del edificio. Sus largas cabelleras enmarañadas caen en desorden sobre sus ornamentos negros, cubiertos de misteriosas inscripciones jeroglíficas.

Continúa la ceremonia, tributo a los dioses sedientos de sangre humana. Sujetan a la víctima y la extienden sobre la piedra del sacrificio, un enorme bloque de jaspe, ahuecado en su parte superior. Cinco de los sacerdotes sostienen la cabeza y las extremidades del cautivo, mientras el sexto cubierto por un manto rojo, emblema de su sangriento ministerio, abre el pecho del adonis con un afilado cuchillo de itztly, sustancia volcánica tan dura como el pedernal. Con gestos ceremoniosos, el victimario hunde la mano en las entrañas aún vivas, extrae su corazón palpitante, lo presenta al sol, objeto de adoración en todo Anáhuac, lo arroja a los pies de la divinidad, a la que el templo está consagrado. En tanto, la multitud se prosterna y la adora.

Es así como los sacrificios humanos han sido de uso frecuente para halagar a los dioses en un gran número de pueblos, incluidos los más rústicos o más civilizados de la antigüedad, Edad Media, Modernidad y Pos-modernidad. Las cifras de las víctimas anualmente inmoladas podrían hacer temblar la fe del más crédulo. No hay un solo historiador que calcule por debajo de veinte mil al año, y algunos elevan esta cifra hasta cincuenta mil.

En las grandes ocasiones, como la coronación de un rey o la consagración de un templo, el número de víctimas era aún más impresionante. Durante la dedicación del gran templo de Huitzilopochli, el año 1486, se traen a la capital, de todos los rincones del imperio azteca, los prisioneros reservados para esta solemnidad desde varios años antes. Situados uno detrás de otro, su procesión mide más de tres kilómetros de longitud.

La ceremonia dura varios días. Según se dice, en aquella ocasión perecen en los altares de los dioses más de sesenta mil cautivos. Hay un hecho cierto que corrobora este episodio, y es que los cráneos de las víctimas se conservaban en edificios a propósito para ello. Compañeros de Hernán Cortés contaron en uno de ellos hasta ciento treinta y seis mil de esas calaveras.

Los sacrificios humanos en México, a pesar de toda su crueldad, no tenían nada de degradante para las víctimas. Incluso, se consideraban ennoblecidos al ser sacrificados a los dioses. Al igual que los fundamentalistas islámicos, los aztecas se ofrecían a veces voluntariamente al holocausto, como la muerte más gloriosa, ya que les abría las puertas del paraíso. La inquisición, en cambio, degradaba a sus víctimas y a sus descendientes en este mundo, y les condenaba en el otro a la desgracia eterna, siempre más salvajes los detestables cristianos.

Así este muerto el hereje, para la católica y romana Iglesia no existen perdón ni olvido. Para ella en su “infinita misericordia”, sólo hay cabida para la venganza y la condenación eterna. En caso de una denuncia pública póstuma tiene que exhumarse el cuerpo del hereje para que termine su degradación a intemperie con revoloteo de aves de rapiña, o incineración en público acto.


En el campo de las flores

Roma. Son las dos de la madrugada entre el 16 y el 17 de febrero del año 1600. A la Compañía San Juan Decapitado (el oficio de sus monjes es prestar asistencia espiritual y los últimos consuelos religiosos a los condenados a muerte) llega la orden de estar listos a la mañana siguiente; arderá un hereje impenitente. Las pocas horas que faltan para el alba transcurren entre preparativos y un sueño agitado: la quema de un impío.

A las seis de la mañana los miembros de la Compañía se reúnen en la iglesia de santa Úrsula y se dirigen hacia la cárcel de Tor di Nona, donde la justicia secular mantiene a los condenados en espera de ejecución, después de emitida la sentencia definitiva del tribunal del Santo Oficio de Roma. Dentro de la cárcel hay una capilla en la que los llamados “consoladores” se recogen a rezar las oraciones previstas para el fatal momento.

A dicha capilla llegan los piadosos monjes de la Compañía; pasan unos minutos y es introducido un hombre. Sus ojos oscuros son vivaces, despiertos, atentos y, al mismo tiempo llenos de una misteriosa curiosidad y dulzura. Como quien echa sobre las cosas una mirada que proviene de una lejanía inalcanzable, del abismo de una sabiduría desconocida.

Es la mirada de un hombre que ha dedicado toda la vida al pensamiento y al conocimiento, a la transformación del espíritu y la mente. Aún encadenado transmite la sensación contagiosa de su libertad.

Este hombre ha sido condenado el 8 de febrero, y en los ocho días transcurridos desde la lectura de la sentencia y la espera de su ejecución, tuvo modo de reforzar su íntima convicción, de consolidar con renovada energía interior su opción de permanecer fiel asimismo y a sus razones.

El gran conflicto interior, la tempestad de la duda y la incertidumbre están calmadas, el miedo, ya ha quedado atrás; lo han trabajado durante los largos años del proceso, cuando se trataba de elegir no sólo la mejor estrategia defensiva, sino de hacer coincidir ésta con la coherencia filosófica, moral y existencial más rigurosa, de defenderse, en una palabra, sin traicionarse en las cosas esenciales.

El condenado sigue fiel a sus convicciones, son igual de fuertes a la seguridad de que no escapará a la hoguera. Arrepentirse a lo último podría mitigar sus sufrimientos, permitiéndole ser estrangulado antes que lo quemen, pero no claudica. Los monjes que lo asisten anotan: Continuó con su maldita obstinación, ocupándose el cerebro con mil errores y vanidades.

Ha llegado el día y la hora, comienzan a doblar las campanas, toques lentos de agonía. Al cesar el tañido se oye el rumor de la muchedumbre que comienza a remolinarse. Los cascos de la caballería y los carruajes resuenan contra el empedrado. Ya los ministros de justicia, los hombres del poder civil, han invitado al reo a ponerse el sambenito de llamas y diablos. Un lúgubre cortejo sale de la cárcel y se dirige lentamente al Campo de las Flores, lugar donde se cumplen en Roma las condenas a la hoguera, cerca del teatro Pompeyo.

A la cabeza de la procesión, a caballo, portado por clérigo de cogulla en sayal oscuro, flamea el estandarte de la inquisición, con el blasón de Santo Domingo bordado; tras él, el obispo revestido de sobrepelliz, estola y capa pluvial, y tocado de mitra blanca. Luego, un par de dominicos, en sus manos exhiben la enseña carmesí del pontificado y la cruz enlutada de la Iglesia del Redentor; continúa el condenado. Con lentitud camina rodeado por monjes que recitan las plegarias rituales. A lo largo de las calles y en la plaza ya hace tiempo se ha reunido una multitud vociferante y ruidosa, ansiosa para asistir a un espectáculo que suscita a la vez curiosidad y espanto.

El cortejo llega al Campo de las Flores, éste se reviste de solemnidad. El acto asume el carácter de una verdadera representación dramática, cuya teatralidad es componente inexorable de la espuria religiosidad del hombre.

Un dominico vestido de blanco sube al púlpito y predica: Desconfiad de los falsos profetas que vienen a vosotros vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces; por sus frutos los conoceréis ¿acaso se recogen uvas de los espinos, y de los zarzales higos?, pues todo árbol bueno produce buenos frutos y todo árbol malo produce malos frutos. No puede ningún árbol bueno dar malos frutos, ni ningún árbol malo dar buenos frutos. Así pues por los frutos los conoceréis. Seguidamente señala al reo y con voz atribuible al más desalmado de todos los demonios grita: Aquí está el ejemplo, este es un hombre que ha dado malos y perversos frutos.

Continúa el auto de fe, destacase el inquisidor general por su bonete de cuatro puntas, sus ropajes abigarrados y una cruz que sostiene adornada con pedrería y joyas de oro. Participan príncipes, funcionarios, pueblo y penitentes; un inquisidor de menor rango, quien hace las veces de secretario, desenrolla el pergamino con la sentencia, y en voz de clérigo con aspiraciones a ser canonizado lee:

A este hereje, réprobo, maldito, el fuego de la hoguera lo purificará, se ha atrevido decir en sus libros que las religiones son un conjunto de supersticiones para pueblos rústicos, que sólo sirven para propiciar guerras fratricidas y dogmatismos estériles, que impiden el desarrollo de la ciencia y de la filosofía, las cuales deben estar desatadas de toda posición ortodoxa.

Este apostata, renegado que ha vestido indignamente el hábito de los predicadores ha puesto en duda la virginidad de María, ha dicho que Jesucristo no murió crucificado sino ahorcado y lo peor, ha puesto en duda su carácter divino. En sus escritos apócrifos este hombre del demonio niega la división tripartita de Dios. Por eso sus obras, serán incluidas en el Índice de Libros Prohibidos y quemadas en esta misma plaza junto con él.

No admite este hereje la inmortalidad del alma ni el libre albedrío y sostiene que la suprema ley de moralidad es el amor al Universo, pues da a la naturaleza y al Universo el carácter de divinidad. Este hombre es un peligro para Italia, ha viajado a Inglaterra y Francia y entablado relaciones con la reina Isabel y Enrique IV para conspirar contra nuestra patria y la Santa Religión Católica, Apostólica y Romana. ¡Muera!, ¡muera! en la hoguera.

Impertérrito ante sus jueces, el condenado escucha en silencio. Pequeño, flaco, con barba oscura y descuidada, agotado por casi dos mil 800 días de prisión, por las privaciones, las tortura, por una inquietud que duró siete años y nunca compartida con alguien, por nadie confortado.

El hombre se yergue, la mirada orgullosa y llameante. Luego se alza mirando alrededor con una mirada altiva y amenazadora, colmada de un desprecio incontenible, y pronuncia sus últimas palabras: Acaso estéis vosotros más horrorizados al pronunciar esta sentencia que yo en oírla. Palabras duras que surgen de un espíritu que domina al de los jueces y al de los presentes. Son palabras proféticas que, sin que nadie las comprenda, anuncian el futuro de la Iglesia, y tal vez de la humanidad.

La pira está levantada en el centro de la plaza, cerca de la fuente de la Terrina. El hombre es despojado de sus vestimentas y atado al poste alzado en medio de la hoguera. ¡Qué contraste entre la impasibilidad del verdugo y el sentir interno y profundo del condenado! ¡Qué contraste entre el vocerío intolerable y ensordecedor de la multitud y el silencio de muerte del hombre que está en el patíbulo!

Pero las humillaciones no han terminado, el verdugo le coloca la mordaza, un objeto de madera que introducido en la boca bloquea la lengua e impide al condenado hablar o gritar. El fuego ya está encendido, los leños empiezan a crepitar intensamente; el calor y el olor acre del humo invaden el espíritu de este ser que, de hombre libre y errante, se encuentra reducido a la fuerte presión de la madera a que está atado su cuerpo por cuerdas que lo oprimen hasta desgarrarle las carnes.

Sin embargo, sigue siendo un hombre libre: un monje le acerca un crucifijo al rostro para que bese, se gira hacia otro lado con la mirada despreciativa, colmada de una amargura infinita. Abrazado se retuerce el apostata y renegado, el humo de la hoguera no asciende al cielo, se dispersa por el Universo, donde aún perdura. Ha muerto el hereje Giordano Bruno, ha nacido la ciencia.

Históricamente, la ciencia ha sido la antítesis de la religión, y la religión ha sido para la ciencia un fervoroso y enérgico enemigo. Es así como el pensamiento no siempre evoluciona, muchas veces involuciona, va para atrás siglos y siglos. Muchos de los mortales que hoy pueblan este planeta, como los de la cofradía del Opus Dei, todavía creen en lo que creían los santos inquisidores hace más de cuatrocientos años, jamás llegarán a penetrar siquiera una mil millonésima de milímetro en la grandeza intelectual y racional del hereje italiano del siglo XVI.


Por sus asquerosos siesos, los del Opus Dei diario excretan portentosas cargas de mierda teologal. Pedorros de ortodoxia católica, larvas repugnantes incubadas y desarrolladas en los lodazales putrefactos del obscurantismo medieval. El dique Escrivá, se yergue fastuoso y soberbio para ahogar, en la fetidez de sus aguas estancadas, la evolución del pensamiento humano ( sobre todo del occidental) y enviar santicos al infame cielo de la puta y asesina católica. Allá, donde en perpetua orgía se arremolinan los más malos que en este mundo han sido.

Papadecimientos

La historia criminal del papado se constituye en un filón muy útil para la dramaturgia y la novelesca en sus géneros épico y lírico. Se pueden relatar historias que entre lo divertido y lo cruento, suscitan estridentes carcajadas o bulliciosos llantos.

Sobre la superficie de tierra y agua de este tercer planeta del sistema solar, no ha existido, existe ni jamás existirá un sainete más sórdido y excluyente que aquello que llaman Cónclave. Es realizado con clave, sin transparencia y a espaldas de todo el mundo. Un Cónclave es una mafia intestina tan nauseabunda y asquerosa como la tripería de un cadáver de siete días en el desierto del Sahara.

Ante los diferentes e irreconciliables intereses del poder celestial y temporal, transcurren dos años de infructuosos intentos para llenar la vacante del trono de san Pedro, dejada tras la muerte de Nicolás IV. Cada poder quiere hacerse a su propio títere.

Los prelados Benedicto Caetano y los hermanos Petro y Sciarra Colonna son las figuras más beligerantes del poder espiritual, representado en el concejo cardenalicio. También influyen los Orsini que a toda costa luchan porque su casta continúe figurando a la cabeza del Papado. El poder en este mundo lo ostentan Carlos II de Nápoles y su hijo el rey de Hungría

A puerta cerrada se realiza el cónclave. Entre tiras y aflojes, intrigas y simonías se dilata la elección. Los rivales no ceden. Entonces, buscan una tercera formula, alguien quien no se haya dignado hacer la menor intriga, totalmente ajeno al cónclave. Los mitrados atinan mirar hacia una cueva oscura de la montaña. Allí, desde hace varias décadas, una especie de esperpento humano, arrastra su existencia, entre ayunos, silicios y encanto místico.

Los cardenales ven en este asceta, con aureola de santidad, la formula salvadora. Prevén que iniciará su pontificado de manera neutral, pero que a medida que comiencen los jalones de los poderes, se hará a favor de los intereses clericales, en desmedro de los monárquicos.

En pos del bienaventurado anacoreta, de nombre Pedro Morone, unos y otros se ponen en marcha. Por escarpada región caballos y yeguas con lentitud avanzan con sus ilustres personajes. Con sus posaderas entumecidas, y sus trajes de vistosos colores y finas telas ajados y mugrientos, llegan a la cueva incrustada en las rocas del monte de Maiella, en la frontera entre el Estado papal y la región napolitana.

Sobre un camastro de piedra yace un vejete de barba hirsuta y delgadez extrema. Los jirones de su túnica de tela burda le dejan parte de su humanidad al descubierto. Sumido en la oración y totalmente desentendido del mundo y sus circunstancias, no percibe la llegada de reyes y cardenales.

Le llaman bien aventurado y lo sustraen de su éxtasis. Se postran a sus pies, le dan la buena nueva: Por la divina gracia de Dios e iluminación del Espíritu Santo, vuestra santa persona ha sido ungida como el vicario de Cristo en la Tierra, como el sucesor de Pedro, eres el Sumo Pontífice, el Santo Padre, disponte a marchar y a ocupar el cargo de más alta dignidad a que hombre alguno pueda aspirar en este valle de lágrimas. Ante semejante exabrupto, el troglodita no ve otra alternativa que sacar fuerza de donde no tiene, debido a su dieta a base de raíces crudas y cocimientos de hojas, para correr monte adentro.

Lo calman, le ruegan, le dicen, le suplican. Se tira al suelo, reza, se levanta y, con infinita reluctancia acepta. Lo acicalan para su alta dignidad. Comienza el ermitaño Papa a padecer. Se siente raro sobre cabalgadura jaezada, ridículo con capa de terciopelo y grana, y los afelpados borceguíes le aprietan los juanetes.

Entonces para otorgarle un poco de complacencia, la santa comisión opta por montarlo en un burro. Sin muchas negativas le dejan descalzar sus pies y cubrir su esqueleto con burda saya. El nuevo Papa a lejos que está de la realidad. Poco, o mejor nada, este santón semisalvaje entiende de las cosas mundanas y menos de las intrigas, simonías, maledicencias y felonías de una de las más corruptas y siniestras instituciones que en el mundo han sido: el Papado.

Y así, descalzo y cubierto con una saya que cubre sus harapos, en jumento llega Pietro Morone a la capital del reino. Una jubilosa multitud lo aclama. Los pocos buenos de la inmensa cristiandad tienen la esperanza de que por fin, la dirección de la Iglesia esté en manos de un verdadero enviado de Dios.

La coronación tiene lugar en Aquila el 29 de agosto de 1294. Cuando mente y figura no da para más que ocupar un beque y vestir un harapo, abigarran al santo vejete de seda, terciopelo y joyas. Nada más inapropiado para un asceta de cueva.

En medio de cánticos, inciensos y extravagante pleitesía, lo acomodan en el mullido trono pontificio y le ciñen la tiara recamada de la más fina pedrería. Ya es el sucesor de Pedro, el vicario del Cristo, el sumo pontífice, su santidad el Papa Celestino V. Un místico dirigiendo una iglesia (o cualquiera otra cosa) no puede haber mayor disparate.

La situación pasa rápidamente de comedia a farsa y luego a tragedia. Raras visiones comienzan ha atormentar al nuevo Papa: habla de música celestial que escucha a cada noche. Una misteriosa campana lo despierta en la mañana a la hora de las oraciones; comete el error de recibir un gallo de regalo, lo devuelve pero la campana deja de sonar. Se le presentan demonios en forma de mujeres. En las noches oye extrañas voces que le sugieren que renuncie a su cargo. Se le ve nervioso, angustiado y ausente de sus responsabilidades administrativas.

El pobre viejo se siente completamente perdido, absolutamente descentrado en medio de aquella sociedad falsa y artera a la que le han arrojado tan bruscamente. Los cardenales le asustan, son hombres mundanos de experiencia y él se ha pasado la vida huyendo del contacto con las gentes. Ni siquiera sabe hablar con los del capelo en la lengua aceptada por la corte; ellos renuncian condescendientemente a su pulido latín para conversar con él en su rustica lengua vernácula. Entonces, los purpurados murmuran en baja voz: Que equivocación la del Espíritu Santo, quien es el que nos ilumina para elegir el representante de Dios en la Tierra. Y hasta acusan de fraude a esa distinguidísima figura de la Trinidad santísima.

El misticismo de Celestino V, aunque lo acerca a su dios, lo convierte en un dócil y obediente instrumento. Contrario a lo que supusieron los cardenales, se hace más a favor del ambicioso rey de Nápoles. Siempre dice amén a los mandatos de su voluntad real. El nuevo Pontífice, comienza, entonces, a estorbar y a heder en la curia. Comienza muy pronto la maquinación para someterlo de manera absoluta o para deshacerse definitivamente de él.

Ante tantos embates, queda convertido en una veleta, para donde más fuerte soplen los vientos. Algunos miembros del séquito de la curia venden canonjías y bulas en blanco para ser llenadas por sus compradores. El cardenal Benedicto Caetano aprovecha la ineptitud del Sumo Pontífice en el manejo de las mundanidades para convertirse en su cirineo, sin el cual no puede dar el más leve paso. Se voltea un poco la torta y queda en desventaja la monarquía napolitana.

Las visiones siguen presentes en Celestino, ve infinidad de vírgenes envueltas en aureolas y cargadas de rosas que entre nubes ascienden al cielo, y ejércitos de demonios con tridentes a fuego vivo que brotan de las entrañas candentes del mundo.

Escucha quejidos que se desvanecen en lúgubre eco, para dar entrada a voces que en monótona repetición sentencian: ¡abdique!, ¡abdique!, ¡abdique! Estas provienen de un tubo acústico muy bien instalado en su celda por Benedicto Caetano. Mientras tanto, entran y salen intrigas de su despacho. La elección de un simple buen hombre, arrastrado desde su cueva al trono más espléndido de Europa, asombra primero, después divierte a los cristianos.

El 13 de diciembre, día de santa Lucía, el sumo bobo, llega al desespero. Bajo dosel recamado en oro, el cómodo sillón papal se le hace insoportable. Se sienta en el suelo, se despoja de sus arreos pontifícales, rasga sus ricas vestidura y anuncia que vuelve a su cueva para conservar pura su conciencia. Como árbol tras la acción del hacha, queda la esperanza de una nueva era regida por el amor y la humildad.

Diez días después, el 23 de diciembre se reúnen veintidós cardenales en el Castillo Nuevo de Nápoles para elegir el digno sucesor. Se hacen tres escrutinios, la elección vacila. Mediante sobornos y componendas, al cuarto escrutinio hay humo blanco. Es la Nochebuena de 1294. El elegido: su reverencia el cardenal Benedicto Caetano, toma el nombre de Bonifacio VIII.

El regreso de Bonifacio a Roma después de su elección es una procesión triunfal. El blanco corcel en que arriba lleva mantilla púrpura y penacho con plumas del ave real. El más alto jerarca de la santa religión, en su cabeza sostiene una corona de forma parecida a un gorro frigio tejida en filigranas de oro y plata y adornada con una llamarada de rubíes. Trompetas y cornetas tocan hosannas, banderas y togas revolotean por todas partes y la muchedumbre bate palmas que resuenan en estruendosos vítores.

Con la Catedral de San Pedro a reventar, se corona a Bonifacio con una soberbia tiara de doble corona, para simbolizar los poderes espiritual y temporal. Se colman así los ardientes deseos del ambicioso Benedicto Caetano. Luego, rodeado de extenso sequito y en repicar de campanas, Bonifacio se dirige a la que fuera la residencia papal de aquel tiempo, el Palacio Luterano. Antes del banquete y la francachela, se realiza otra ceremonia en los exteriores del Luterano, algo diferente a la celebrada en San Pedro Catedral. Aquí se sienta sobre una antigua silla de mármol rojo, cuyo rajado asiento recuerda mucho un retrete.

La silla perteneció originalmente a los sanitarios públicos de la ciudad, pero su humilde origen y su coprológica función se ha olvidado tiempo, mucho tiempo atrás, y, ahora, como tantos otros objetos del grandioso pasado, se ha convertido en centro de la ceremonia papal. Este acto se constituye en la mayor significación que puede tener el papado en toda su pérfida historia, representa lo que en esencia es: un ROJO Y LUJOSO CAGADERO.

Con recelo y poco agrado ven Carlos II de Nápoles y su hijo el rey de Hungría la elección de Caetano. Secretamente comienzan a urdir el regreso de Celestino. Para los intereses de sus reinos, es más útil la docilidad de Celestino que la astucia de Bonifacio. Maestros de la hipocresía son estos reyes. Se unen a las celebraciones en los propios aposentos pontificales. Allí resplandece el oro, y en olores suculentos, se estimula los apetitos para el banquete. El nuevo Papa come solo en una mesa puesta en lo alto, de los platos que le llevan los dos monarcas, quienes responden a sus señas como sirvientes.

El clero de púrpura y pedrería y las autoridades civiles con atuendos recamados, levantan los cálices de Baco, adornados con gemas, para beber a la salud del Sumo Pontífice. Luego un cardenal con más catadura de rábula que de solemne prelado comenta: Es mejor que mantengamos en secreto esta fiesta que se celebra en privado.

Es así como el humilde Celestino no es olvidado por el precavido Bonifacio ni por el maquiavélico rey Carlos II y su hijo, quienes no dejan de preocuparles que pueda servir para fortalecer o desestabilizar sus reinos. Todo un ejército es destinado para vigilarlo. Se le hace imposible al anacoreta volver a su ermita, donde pretende terminar su vida en éxtasis. A pesar de su ancianidad logra soslayar la vigilancia y en un barco se dirige a Dalmacia, lo descubren y lo trasladan contra su voluntad a Roma.

Pero Celestino aunque santo no es tan lerdo, huye de nuevo y con sus plantas nazarenas se dirige a su cueva incrustada en las rocas del monte Maiella. Llega a Salmona, donde lo acogen con gran reverencia; sabe que le siguen los pasos, pasa a la orilla del Adriático, pero es recapturado y remitido a Roma. Allí el clemente Bonifacio, sabedor de los fervientes deseos del troglodita de vivir en una cueva, no le parece seguro enviarlo a su amada espelunca de la montaña, pero le brinda una oscura guarida en el castillo de Fumone donde cree darle la oportunidad de disfrutar de todas las incomodidades y privaciones de su antiguo refugio, pero vigilado y custodiado con el máximo rigor.

En el alma le pesa al viejo Pedro de Morone, el haber cambiado su cueva por los lujosos aposentos pontificales, sus harapos por cedas y terciopelos y su tranquilidad mística por una vigilancia y una persecución implacable.

En los socavones del castillo de Fumone, el seráfico pasa los últimos diez meses de su vida no en éxtasis sino en honda pena. Ante sus anhelos de libertad fue necesario asesinarlo. Un sobrino de Bonifacio se encarga del asunto. Un martillo y un clavo fueron suficientes. Por acción de la mano asesina sobre el martillo, el clavo penetra en su sien. Tiempo después, la Iglesia lo pone en los altares y Dante en los alrededores del infierno.

Los cristianos en su infinita estupidez, que jamás los ha dejado de caracterizar, comienzan a venerar piadosamente los huesos de Pedro Morone, entre ellos el cráneo con el agujero, y hasta el clavo con que supuestamente fue hecho. Inmundicias que se hacen reliquia en las mentes de estos imbéciles de mierda.

Otra cara de esa falsa moneda de las religiones y la fe, la constituye la explotación de la ignorancia, ¡ah productiva que es! No existe mina ni filón en el ancho mundo que produzca más ganancias o dividendos. Iglesias, templos, sectas, rediles, confraternidades, qué emporios tan productivos. Basílicas, Catedrales, sinagogas, mezquitas, palacios, haciendas, empresas, obras de arte y joyas son meros monumentos que testimonian tanta idiotez.

Es la otra cara de la fe, la que sirve para explotar al prójimo, la que no es más que un instrumento de producción y vasallaje. Los creyentes de manera ilusa ponen la fe al servicio de sus carencias y necesidades, por eso pocas veces o casi nunca tienen oportunidad de observar esa otra cara. Las predicaciones y la autosugestión esperanzan en posibles soluciones y encantan por las “delicias” del cielo y el “disfrute” de la certidumbre que les otorga la “verdad” revelada.

Ahí están los prelados en todos los tiempos y en todos los lugares de la Tierra donde se adora al Galileo. Sí, ahí están frente al crucifijo. Elevan a viva voz una parábola y luego piden y piden en nombre de Jesús “Dios ama a quien da con alegría” ¡qué hermosas palabras! Por la sangre preciosa sollozan, sobre la imagen llueven ofrendas.

Despójanse las señoras de sus joyas; vacían los ciudadanos sus faltriqueras, el pobre labriego ofrece el fruto de sus huertos o el ave familiar, el anciano opulento testa a favor de la curia y al paupérrimo que nada tiene se lacera en sustitución del donativo. No son bienes ni alivios lo que en realidad logran los creyentes, sólo se procuran más pobreza y dolor.

Sucede el 3 de mayo de 1297. En pleno papado de Bonifacio, un convoy de 80 mulas lleva a Roma procedente de Anagni el tesoro pontifical y es asaltado. Unos cardenales hermanos de apellido Colonna, enemigos acérrimos de Bonifacio por haberles corrido la silla papal, son los autores del latrocinio. Estos prelados, conocían muy bien el rabo de paja del Papa y de sus maniobras, artilugios, engaños y componendas para acceder al trono.

Bonifacio no tarda en emitir el Decreto. Los Colonna quedan desprovistos de sus capelos y excomulgados hasta la cuarta generación. A sus amigos y seguidores también los dejan sin comunión. En entredicho quedan los territorios de quienes les han proporcionado ayuda. Igualmente, el Sumo Pontífice emprende una cruzada contra los colonneses cismáticos y perturbadores, Laudolfo Colonna, primo de los rebeldes, es puesto a la cabeza de las fuerzas papales.

Al fin triunfa la verdadera Iglesia de Cristo. En hábito de penitentes llegan los dos cardenales Colonna a pedir perdón a Bonifacio, quien sin devolverles la categoría de cardenales, en un falso gesto dice perdonarlos y no poner su mano destructora contra la ciudad de Palestrina, sede de los rebeldes.

Palestrina es uno de los siete pilares de la Iglesia Romana, desde tiempos remotos ha sido sede episcopal. Sus monumentos se remontan a los días de la Roma imperial y se han conservado gracias a la protección de los Colonna, que han establecido la sede familiar en un gran palacio, construido por Julio Cesar. Los tesoros conservados tras las murallas constituyen a Palestrina en un valioso museo.

Sin embargo, mediante edicto, el Vicario del Cristo decreta la destrucción de Palestrina. Resulta una labor muy dura por la dureza de las murallas y monumentos milenarios. A espada y garrote expulsan los habitantes. La en otro tiempo orgullosa ciudad es un desolado montón de escombros. La bella joya de la humanidad ha desaparecido por obra y gracias de la cabeza más visible del Redentor, por la acción traicionera y criminal del Santo Padre de la cristiandad.

A causa del gran robo y ante estas y otras cruzadas contra tantos enemigos, más que escuálidas quedan las finanzas papales. Bonifacio se ingenia la manera de robustecerlas. Hoy en día, en el fresco de Giotto de la basílica de San Juan de Letrán se ve a Bonifacio promulgando el jubileo del año 1300. Qué idea tan genial, qué filón tan productivo.

El 22 de febrero la Basílica de San Pedro está atestada de fieles. Ataviado con paños y sedas recamadas en oro, Bonifacio sube al pulpito y anuncia la indulgencia del centésimo año. Ofrece el beneficio de evitar molesta escala en el purgatorio para quienes visiten con ofrendas las basílicas de los santos apóstoles. El astuto jerarca sí que fortalece las arcas pontificias con el invento del año santo.

Desde las cuatro esquinas de Europa en romería llegan a Roma los fieles cristianos. De rodillas y ante el Vicario del Cristo revestido de su más glorioso esplendor, imploran perdón por sus culpas. Es tanta la concurrencia que se hace necesario abrir una gran brecha en las murallas de la ciudad. Mujeres, hombres y niños caen por la turba y mueren pisoteados.

El cronista de la época Guglielmo Ventura calcula, sin optimismo, muy superior a dos millones el número de peregrinos. En varios turnos, un grupo de clérigos, día y noche recogen con rastrillos el infinito cúmulo de monedas. Es el pago de los cándidos creyentes por su anhelado cielo. Las arcas de la Iglesia quedan a reventar. Esas son las trampas de la fe donde han caído, caen y caerán por idiotas la mayoría de los mortales por los siglos de los siglos.

Para los ricos las oraciones, misas e indulgencias y testamentos, se constituyen en una excelente inversión, segura y estable que permite evitar el infierno o una incomoda temporada purgatorial. De este modo se trastoca la parábola que aduce: No pasa un camello por el ojo de una guja como tampoco pasa un rico al cielo. La riqueza lejos de ser una maldición o un obstáculo para el ingreso a los predios celestiales, se constituye en un garante de entrada, pues el rico puede adquirir constantemente nuevos méritos a los ojos de Dios mediante compra de indulgencias, pías donaciones, pródigos diezmos o limosnas y extensas haciendas, muebles e inmuebles testados.

A pesar de haber solucionado de manera muy prodiga el problema financiero, Bonifacio está muy lejos de tener dicha completa. La pelea sigue casada con los Colonna. Al recibir éstos apoyo de la casa real de Francia, el Papa responde con la excomunión del rey Felipe, y con la declaración de entredicho contra su reino.

Sucede precisamente en la víspera de la natividad de la bienaventurada virgen María. Al alba llega a las puertas del palacio pontificio un numeroso e inesperado cuerpo de hombres armados partidarios del rey de Francia y de los cardenales Colonna, irrumpen al grito: Viva el rey de Francia, muera el Papa Bonifacio.

La barahúnda comienza a sentirse por toda la ciudad. Hombres y mujeres se levantan del lecho, abren puertas y ventanas, preguntan ¿qué sucede? A poco comprenden que los insurrectos han ingresado con la misión de aprehender al Papa.

Pocos áulicos quedan alrededor de Bonifacio, avisado de lo que sucede, se escuda en la fe inquebrantable a su santo redentor. Confía en que no será destronado. Tan seguro está de su invencibilidad que con sus arreos pontificios y arrogante carrizo se acomoda en el solio a esperar el desenlace. Sin mucha oposición de centinelas, los insurrectos ingresan a la sede pontificia comandados por Sciarra Colonna, quien alcanza a ver a Bonifacio muy bien sentado en su trono con el manto de San Pedro y la corona que Constantino le había dado al Papa Silvestre. Se le acerca y le da una bofetada tan fuerte, que en sonoro eco retumba por las infinitas estancias de Palacio.

Seguidamente, el ejército inspecciona palmo a palmo la mansión pontificia y hace suyas: joyas, oro, plata, piedras preciosas, vasos, ornamentos y vestimentas. Se pierde todo lo recaudado en el tan productivo jubileo y mucho más. El Papa queda tan pobre como Job.

Por último, Bonifacio termina con sus huesos en un presidio sin tiara, sin ropajes, sin un céntimo. Un mes más tarde, el 11 de octubre de 1303 atacado de cistitis y de un cólico nefrítico deja este mundo. Dicen que sus aullidos se escuchaban al otro lado del Tiber.

Tal fue el fin de este vicario del Cristo, quien fue llamado “Príncipe de los fariseos”, querido por pocos, odiado por muchos y temido por todos. Se cumplía la maldición de Celestino, quien le había augurado. Entrarás como lobo, reinarás como león y morirás como perro. Sólo falta que sea ascendido a los altares, otros no mejores ya lo han logrado. Inmisericorde e inexplicable, que con tantos merecimientos, ni siquiera se le haya otorgado el titulo de beato.
Octaviano hijo de Alberico, príncipe de Roma, nace hacia el año 937. Su padre al morir le deja arregladas las componendas para que ocupe el solio pontificio y el trono monárquico, o sea Papa y rey a la misma vez. A los 16 años Octaviano luce revestido del gran poder. Con la aquiescencia del Santo Espíritu adquiere la representación legal de Dios en las Tierra y la asume con el nombre de Juan XII. La monarquía la ejerce con su nombre de pila, el rey Octaviano.

En aquellos tiempos, como en muchos otros, la industria mayor es la producción de sacerdotes y la explotación de los peregrinos que llenan las arcas del pontificado. Las potencialidades más sórdidas de su naturaleza, empujan al Papa y monarca a saborear los excesos más extremos del poder, la lujuria, la gula y el juego. Se convierte en una especie de Calígula cristiano cuyos crímenes resultan particularmente horrendos. Convierte en burdel los aposentos pontificios, su cohorte de machos viola a las peregrinas en la misma basílica de San Pedro.

Su irresistible pasión por el juego lo lleva a invocar el nombre de dioses ya desacreditados por esas calendas y que la mayoría consideraba demonios. Es su apetito sexual insaciable, las ocupantes ocasionales de su tálamo son retribuidas con tierras, con cruces y cálices de oro, joyas y prendas. A una de sus preferidas le otorga grandes extensiones de tierras y hasta el título de Señor Feudal.

Ante tantos desmanes se confabula un ardid para destronarlo. Este propósito lo encabeza el emperador alemán Otón con el apoyo de algunos cardenales y obispos inconformes. Otón llega con su ejército a las afueras de la ciudad. Juan XII es avisado en momentos en que disfruta de los placeres de la carne con Metiké, odalisca recién llegada de Oriente. Interrumpe coito y jadeos y en pocas horas hace acopio de los tesoros transportables y con la bella Metiké huye a Tivoli.

Otón entra a Roma pisándole los talones. Tres días después convoca un sínodo de la iglesia romana para definir la situación. El cardenal Pedro se levanta y testifica que ha visto al Papa celebrar misa sin comulgar, Juan obispo de Narni y Juan cardenal diácono declaran que han visto al Papa ordenar un diácono en un establo. Benedicto, cardenal, con sus compañeros diáconos y sacerdotes sostienen que el Sumo Pontífice y rey ha recibido pago a cambio de la entrega de obispados. También testifican que el Santo Padre copuló con la viuda de una tal Rainero, con Estefanía, la que fue concubina de su padre, con la viuda Ana y con su propia sobrina.

El clero reunido lo acusa también de ser el autor de la muerte por castración del cardenal subdiácono Juan, de haber brindado con vino por el amor del demonio. Con las manos puestas sobre un crucifijo y una Biblia, los acusadores juran la veracidad de sus declaraciones.

Juan XII es convocado a Roma para que responda por los cargos. El Papa no acude al llamado sino que opta mejor por practicar la caza en un bosque cercano a Tivoli. Mientras con una jauría de galgos obtiene buenas presas, otra jauría de purpurados lo dejan sin pontificado ni principado. El primero de diciembre Octaviano es desposeído de todos sus poderes por el sínodo. Queda con la tiara León VIII, candidato del emperador Otón.

El nuevo pontífice, un extranjero totalmente desconocido en Roma, asume su reinado con extrema arrogancia y despotismo, expresa que la Providencia Divina lo protegerá porque su elección es la voluntad del mismo cielo. Pero, no resultan nada proféticas sus palabras. Al mes estalla la rebelión de los romanos que a toda costa quieren deshacerse del intruso, quien logra escapar sin ningún tesoro y corre tras Otón que ya le lleva varios días de camino. Aunque trata de nuevo, León VIII desaparece para siempre de los aposentos papales.

Juan XII en cuanto se entera que Otón y el usurpador están a leguas de distancia, regresa a Roma con sus tesoros y damas. En febrero de 964 convoca a concilio y recupera sus tronos. Lo primero que hace es preparar la venganza contra los complotados. Nadie se escapa de la ira pontificia. Los que lo acusaron reciben el castigo de acuerdo con la gravedad de la acusación. Entonces, los verdugos azotan, cortan lenguas, manos o cabezas. Otón y León VIII reciben excomunión perpetua.

El emperador alemán reorganiza los ejércitos y emprende con su León VIII una nueva marcha hacia Roma en busca de la reconquista de los tronos. Pero no son los ejércitos imperiales los que liberan a la cristiandad del terrible Juan. Poco antes de Otón entrar a Roma, le llega lo noticia de que el Papa ha muerto violentamente. Un marido ultrajado al encontrarlo en su propio lecho nupcial haciendo contorciones pasionales con su amada esposa, le propina una apaleada que lo transfigura en cadáver.


Odo de Lagery, nombre de pila; Urbano II, nombre papal. De 1088 a 1099 comanda los ejércitos de la católica iglesia. En noviembre de 1095 convoca al concilio de Auvergne, Francia. Trece arzobispos, doscientos veinticinco obispos, más de noventa abades y miles de nobles y caballeros acuden al llamado.


Urbano usa su don de elocuencia al máximo, describe el "sometimiento" de Jerusalén por parte de los musulmanes sarracenos y pide la ayuda de todos los cristianos para luchar en contra de sus enemigos. En nombre de Dios convoca a los fieles a la guerra:
La noble raza de los francos debe de ir al auxilio de sus hermanos cristianos del Este. Los turcos infieles están avanzando hacia el corazón de la Cristiandad en el Este; los cristianos están siendo oprimidos y atacados, las iglesias y los lugares sagrados están siendo profanados. Jerusalén está gimiendo bajo el yugo sarraceno. El Santo Sepulcro está en manos musulmanas y ha sido transformado en una mezquita. Los Peregrinos son hostigados y hasta se le ha dificultado el acceso a Tierra Santa
El Oeste debe marchar en defensa del Este. Todos deben ir, ricos y pobres por igual. Los francos deben detener sus guerras y disputas internas para luchar contra el infiel en una guerra virtuosa.
Dios mismo los guiará, cuando ellos realicen su labor. Habrá absolución y remisión de los pecados para todos aquellos que mueran al servicio de Cristo. Aquí son pobres y miserables pecadores, allá serán ricos y felices. Que nadie titubee, deben marchar el próximo verano. ¡Es la voluntad de Dios!
Esa voluntad de Dios se transforma en el grito de guerra de los Cruzados. Por el año 1099 en horripilante carnicería, los cristianos conquistan Jerusalén. Los judíos que se habían refugiado en la sinagoga de la ciudad son quemados vivos. Miles de musulmanes mueren picados vivos en su mezquita. Los viejos y los enfermos son los primeros infieles en encontrar su justo final. Sus cuerpos son partidos por la mitad en busca de monedas de oro que se podrían haber tragado - porque el Papa había decretado que todos los botines de guerra eran posesiones a que los cristianos tenían derecho.

A Inocencio III, quien ciñe la tiara pontificia de 1198 a 1216, su megalomanía lo convierte en el más grande soberano que jamás haya gobernado el mundo cristiano, deja su marca como uno de los más grandes asesinos en masa de la historia humana. Ningún otro Papa se consideraba a sí mismo con tanta grandiosidad en su papel de soberano regente del mundo. En el sermón pronunciado en su propia coronación expresa:

Ahora pueden ver quién es el siervo que es puesto sobre la familia del Señor; verdaderamente es el Vicario de Jesucristo, el sucesor de Pedro, el Cristo del Señor; estoy ubicado entre Dios y el hombre, por debajo de Dios, pero por arriba del hombre; soy el juez de todos los hombres que no puede ser juzgado por nadie.

Una de sus primeras epístolas se refiere a una nueva cruzada, la Cuarta, la cual causa el saqueo y destrucción de las ciudades cristianas de Zara, Hungría y Constantinopla. Inocente también procura la conquista de Livonia en 1199 por parte de tropas católicas. También destrona al Rey John de Inglaterra, y con base en su poder dado por Dios, lo declara a él y a su posteridad en inhabilitación perpetua para acceder al trono.

Aun más, Inocencio decreta una estricta legislación contra los judíos, quienes son forzados a vivir en guetos, se les prohíbe casamientos fuera de ellos. Se les expulsa de ciertas profesiones. También se les obliga a usar un símbolo amarillo en su ropa, raíz histórica de la correspondiente ley Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Una de las más escandalosas de sus acciones es su ambición personal de aniquilar totalmente a los herejes Albigenses, quienes ya para esta época constituían casi la mitad de la población del Languedoc, hoy Francia.

Inocencio no ahorró esfuerzos, necesitó varios años de predicación, intriga y amenazas de excomunión para lanzar una cruzada contra sus numerosos enemigos. Inmediatamente después de la primera carnicería que devasta la ciudad de Beziérs y aniquila su población, el Abad Amaury de Citeaux, emisario papal y líder de la soldadesca católica, se arrastra arrodillado por el salón de recibo de la mansión pontificia hasta el solio de su santidad. Con exclamación triunfal le informa que veinte mil herejes sin considerar edad o género, han sido descuartizados. Inocencio exaltado de gozo lo hace poner de pie y le da un fuerte abrazos de esos que llaman quiebra-costillas.

Es apenas el inicio del baño de sangre, el tormento continúa por veinte años, mueren más de un millón de hombres, mujeres y niños lacerados, apuñalados, ahogados y descuartizados.

Maldito aquel que ejecuta negligentemente la obra del Señor y maldito el que veda a su espada el verter sangre, Jeremías 48:10, es el versículo de la sagrada Biblia preferido por su santidad del Papa Gregorio VII. Ocupa la silla pontificia de 1073 a 1086.

Este venerable servidor de la Divina Providencia, inicia el dominio mundial del papado. Decreta que solamente un Papa puede instalar o destronar un rey, como así también validar cualquier propiedad. Obliga al rey Enrique IV de Alemania a arrodillarse por tres días en las nieves de Canossa por haber dudado la supremacía eclesiástica sobre el poder civil. Gregorio pone en guerra a los normandos para luchar contra el anti-Papa Clemente (1080-1100), quien es apoyado por Enrique IV.

Giovanni Battista Cibo, Inocente VIII ocupa el vicariato del Cristo por allá en los años de 1484. Entra al Vaticano acompañado por su hijo ilegitimo, Franceschetto, famoso en Roma por su amor al juego y al robo. Con gran pompa, en medio de regodeos y bebidas espirituosas Inocente celebra en el propio Vaticano los casamientos de Franceschetto y de Teodorina, su otra hija ilegitima.

Este santo varón se hace celebre ante la Historia por su famosa "Bula Bruja" de 1484, que desencadena varias centurias de persecución. Cientos de miles de mujeres, niños y hombres son torturados, colgados o quemados en la hoguera.

Por entregar a su hermana para que fuese desvirgada por el Papa Alejandro IV lo llaman el "Papa Enaguas". Pablo III es la cabeza de la Iglesia por allá en los principios del siglo XVI.

Para tomar control de la herencia de su familia envenena a su madre, a una de sus hermanas y a una sobrina. Tiene relaciones incestuosas con sus hermanas y su propia hija, Constancia. Asesina a su yerno, Bosius Sforza para poder gozar más sexualmente de su hija. Mata a su otra hermana cuando se siente celoso de uno de sus amantes. Se sabe que mató a dos cardenales y a un obispo polaco debido a una disputa teológica.

Se constituye en el cafiso (proxeneta) más grande de Roma, 45 mil prostitutas trabajan para él, por sus servicios les paga un tributo mensual. Aún insatisfecho con su vida sexual, mantiene como amante a una noble romana con quien procrea tres hijos.

Sin embargo, el divorcio es para él un pecado imperdonable. Cuando Enrique VIII de Inglaterra anula su matrimonio con Catalina de Aragón y se casa con Ana Bolena en 1533. Pablo III lo excomulga, entonces Enrique se instala como cabeza de la Iglesia Anglicana.

A este Santo Padre se le destacan cualidades, ama las artes tanto como a las mujeres y se preocupa por el aspecto estético de Roma. Pone a trabajar a Miguel Ángel en el proyecto del Campidoglio, el grandioso fresco del Juicio Final en la cúpula de la Basílica de San Pedro y el Palacio Farnese.

Durante su Papado comienza la Reforma en Alemania con Lutero y poco después echa raíz en Ginebra con Calvino. Pablo III persigue a los protestantes más que cualquier otro. Es así como se granjea de la Historia el merecimiento de ser el más encarnecido perseguidor de los reformistas.

En 1542, establece el Santo Oficio. De esa forma se inicia la Inquisición Romana con la meta de erradicar al protestantismo de Europa con un nivel de crueldad y barbarismo sin límites. No obstante su formidable apetito sexual, en el concilio de Trento proclama el celibato como superior al matrimonio.

Su arma favorita: la tortura, su sistema preferido: la Inquisición, sus mayores enemigos: los judíos, las mujeres y los protestantes, su frase célebre: Yo nunca le he otorgado un favor a un ser humano. Ejerció su infamia de 1555 a 1559. Enérgico, inflexible y fanático son los adjetivos con los cuales se define el Papa Pablo IV. Es el Gran Inquisidor y maestro de la tortura por toda una generación. Durante su aciaga existencia se convierte en el terror de los incrédulos. Hacer de la inquisición un arma fuerte es su más grande logro. Cree tanto en la tortura que gustosamente paga de su propio peculio nuevos instrumentos.

Reforma la Iglesia usando todos los métodos a su disposición sin importar quien cayera. Famoso también por la corrupción, coloca a su sobrino Carlo Caraffa como cabeza política de la Santa Sede. En Julio de 1555, dos meses después de su elección, hace pública una bula en contra de los judíos. En ella recuerda a los cristianos que desde que los judíos habían matado a Cristo, sólo están en condiciones de ser esclavos. Se les encierra de nuevo en el gueto y se les obliga a usar un peculiar sombrero amarillo. Además, son obligados a venderles sus propiedades a cristianos a precio regalado (por ejemplo una casa a cambio de un burro o un viñedo por una prenda)

Los judíos sólo pueden dedicarse al comercio de poca importancia y a la strazzaria (venta de ropa de segunda mano), tampoco pueden emplear a cristianos ni asistirlos médicamente. La mayoría de sus sinagogas son destruidas como también sus libros sagrados. Los cristianos no pueden dirigirse a ellos llamándolos “sir” (señor), ni siquiera los mendigos.

El gueto romano está poblado con más de cuatro mil judíos en un perímetro de 500 yardas. El Papa Pablo espera que las medidas represivas conduzcan a una conversión masiva, pero la mayoría de los hebreos permanece inquebrantable en su fe.

Sin ninguna prudencia, el Santo Padre manifiesta un enfermizo odio por las mujeres tanto como por los judíos, y les prohíbe acercarse a él en cualquier momento. Su desprecio hacia los protestantes, es tan violento que intensifica el alejamiento entre el Vaticano e Inglaterra. Se niega a comunicarse con la Reina Elizabeth I, por su doble condición de mujer y protestante

A este venerable creyente se le debe esa genial cortapisa contra la libertad de lectura e información llamada Índice de Libros Prohibidos. Resulta que con la invención de la imprenta, alrededor del año 1450, los libros comienzan a circular por ciudades, campos y villorrios. La Inquisición censura el contenido y la cantidad de libros. En 1559, Pablo IV con la ayuda de sus censores pontificios autoriza el Índice Oficial de Libros Prohibidos, conformado por una larga lista.

Entre los títulos se encuentran varios clásicos de la literatura como el Decamerón de Boccaccio, y Gargantua y Pantagruel de Rabelais. Los editores son constantemente amenazados para mantenerlos en raya, lo mismo que los autores. Poco antes de su muerte, Pablo expresa su deseo de incluir profesiones a su Índice como: las de los actores, bufones y escultores que realizaban crucifijos feos. Cuando muere en agosto de 1559, mientras su alma asciende al cielo de sus creencias, donde está el Cristo a la derecha del Dios Padre, el pueblo destruye sus estatuas, quema el Palacio de la Inquisición y libera a los prisioneros.

Conocido como San Pío V El Martillo de los Judíos, su oración preferida: ¡Oh señor incrementa mis sufrimientos y mi paciencia! El 19 de abril de 1566, solo tres meses después de ser coronado Papa, rechaza las facilidades que su predecesor le había otorgado a los judíos y reinstaura todas las restricciones impuestas por Pablo IV. Entre ellas el del uso del gorro distintivo, las prohibiciones contra la tenencia de propiedad y la práctica de la medicina con pacientes cristianos. Los judíos otra vez van al gueto y se les prohíbe tener más de una sinagoga por comunidad.

Habiendo sido anteriormente Comisario General de la Inquisición Romana, la utiliza en todos los casos en los cuales encontraba oposición, y la intensifica a tal punto que generaliza la tortura y las quemas de católicos cuyas creencias se apartan del dogma oficial. Además, le da a la Inquisición total libertad para operar y hacer uso generoso del Índice.

El Pío Pío envía las tropas católicas a matar dos mil Valdenses protestantes en el sur de Italia, lo mismo que a exterminar hugonotes en Francia. No estaba desprovisto de excelsas virtudes: ama a los jesuitas. Es aficionado a la buena mesa, son de su creación estupendas recetas, pero hace continuos ayunos al Dios Padre. También cultiva una extrema devoción a María virgen, a mañana y noche reza el rosario.
Excomulga a Elizabeth I de Inglaterra, lo que desata una persecución salvaje de católicos en esa nación. Pío V también lanza la última cruzada contra los musulmanes, envía la armada cristiana a asesinar a miles en la Batalla de Lepanto en 1571. Esta batalla naval, quiebra el poder de los turcos en el Mediterráneo.
Por todos estos meritos, no mucho después de su sentida muerte es canonizado. Desde entonces se conoce como San Pío V, el Martillo de los Judíos, aunque no es mucha la devoción que le brindan sus correligionarios, permanece en los altares de la infamia, jamás se bajará de ellos.
Sixto IV ejerce su maldad entre los aciagos años de 1471 y 1484. Como los intrigantes Medicis continuamente se le atravesaban en el camino, se ve comprometido en las luchas florentinas. Fue cómplice de la conjura de los Pazzi y del asesinato ejecutado por éstos ante el altar de una Catedral. Envió a los venecianos a la guerra, pero como no apoyaron a su sobrino Girolamo Riario, los abandona en medio de la contienda y como valor agregado les encima la excomunión.
A los Colonna, enemigos de Girolamo, los persigue encarnecidamente, les arrebata Marino y manda aprehender al protonotario Colonna en su propia casa, para llevarlo prisionero y decapitarlo. La madre acude a San Celso en Bianchi, donde se halla el cadáver; alza por los aires la cercenada cabeza y grita: Esta es la cabeza de mi hijo; esta es la lealtad del Papa. Prometió que si le entregábamos Marino dejaría en libertad a mi hijo; ya tiene a Marino, y en mis manos está también mi hijo, pero muerto. ¡Mirad así cumple el Papa con su palabra!
El pueblo romano conserva su afición a los espectáculos circenses a través de los siglos. Las campanas de la basílica tocan a rebato, nobleza y clero se apretujan en las naves. La elite luce ropajes tejidos en hilos de oro y plata, sedas, terciopelos de Toscaza y brocados de Venecia y Damasco.

Flores y guirnaldas adornan en arcos el sagrado recinto. Desde su palacio personal, el nuevo pontífice avanza sobre el pelaje azabache de un semental árabe jaezado en oro y pedrería, mientras, sobre vistosas cabalgaduras un cuerpo de caballería con kepis y armaduras, le hacen guardia de honor.

Las campanas suenan, el cortejo avanza. El escudo de arma de los Borgia con su toro español aparece en todas las esquinas. Frente al Palacio de San Marcos se erige la estatua de un toro gigantesco de cuya boca mana continuamente vino. Por orden del nuevo potentado de la cristiandad se arroja al pueblo carlines de palta y, en ciertos cruces de calles, ducados de oro, en tremolinas y contusiones las gentes los alcanzan.

Jóvenes desnudas y cubiertas de una película dorada hacen de estatuas vivientes. Cascadas de flores son arrojadas desde todas las casas que flanquean la ruta del cortejo. Arcos de triunfo decoran con máximo esplendor las calles. Roma fue grande cuando Cesar, pero más grande bajo Alejandro. El primero era simple mortal, el segundo Dios. Proclama uno de los arcos.

En humos de incienso se ambienta de santo aroma la augusta edificación. Las campanas ahogan con sus toques las suaves notas del clavicordio y los murmullos, no propiamente de oración. Por un instante cesan los bronces, calla el clavicordio, enmudecen las voces. Desde el exterior, en sonido ascendente ingresa al templo el rítmico pisar de las cabalgaduras. Se aproxima el hombre. En su máxima resonancia reviven campanas y teclados. Un aplauso estridente se suma a los vítores. Un Borgia, otro magno Alejandro, hace la entrada triunfal.

En la plataforma mayor del templo sobre alfombra roja que cubre el mármol, y bajo palio tejido en hilos de plata y oro, la silla de Pedro luce soberbia con sus arabescos y símbolos pontificios en nobles maderas y su asiento en macizo oro. En lento y acompasado caminar el ungido del Espíritu Santo avanza por la nave central, se exaltan los vítores. Transcurre en su momento histórico el acontecimiento más grande que se produce en la Tierra y el Universo, el gran Vicario del Cristo ha puesto sus posaderas sobre el trono de Pedro. La cohorte de purpurados que le rodean se planta de rodillas, luego la basílica en pleno.

Con caminar trémulo, aparece detrás del altar el decrepito cardenal de Venecia, lleva entre sus manos la tiara. Con infinita parsimonia y dificultad la ciñe en la cabeza de Alejandro. Suenan trompetas en el cielo y campanas en todos los templos de la católica Iglesia. Su Santidad se levanta del trono. Con un gesto de inmensa piedad y rostro de fingida humildad, alza sus manos y bendice al mundo. Hay nuevo Papa. ¡Bienaventurada la Tierra!

Nombre de pila: Rodrigo Borgia, Vicario de Dios, Sumo Pontífice, Santo Padre, Jefe Supremo de la Iglesia, su Santidad Alejandro VI, el elegido por la benevolencia y la infalibilidad del Espíritu Santo. Todo lo que brilla, piedras preciosas, camafeos y brocados, le encanta.

Con ardentía, pero sin sentimentalismos ama a las mujeres, con sólo acariciar un seno experimenta todo el gozo de vivir. Maneja un harem de prostitutas en los propios recintos papales, que hoy cualquier jeque árabe envidiaría. Por fuera de los muros de Palacio en casas con jardines y alberca, mantiene otras odaliscas, gracias a las generosas dadivas de los creyentes y al caudal inmenso de las simonías.

Siembra bastardos por doquier, los más celebres son Juan, Cesar y Lucrecia. Rodrigo y Cesar copulan con Lucrecia. Con su hija Lucrecia engendra un hijo. De esta manera se convierte en Papa papá y en padre y abuelo a la vez.

Cesar mata a su cuñado porque le arrebata el amor de Lucrecia. También manda asesinar a su propio hermano Juan, porque el Padre Santo muestra preferencias hacia él, así como a Peroto, el preferido de Alejandro, a quien da muerte a cuchilladas cuando se guarece bajo el manto pontifical, la sangre le salta al Papa en la cara. Las crueldades y las maldades de estos Borgias poco parangón tienen en todo lo que va corrido de la historia de la humanidad.

El Santo Padre en indulgencia otorga perdones mundanos y ultramundanos, acorta el tiempo en el purgatorio y maneja las llaves del cielo. Por buena paga perdona a un padre el haber asesinado a su propia hija. Al reprocharle contesta: No es deseo de Dios que muera el pecador, sino que viva y pague. Por un buen tributo producto de asaltos y robos, al conde bandolero Armagac le dispensa para casarse con su propia hermana.

Este apiadísimo padre comienza a recaudar su apreciable fortuna desde la época de su tío el Papa Calixto III. Está en el centro de los negocios durante los papados de Pío II, Pablo II, Sixto IV e Inocencio VIII. Es tan inmensa su fortuna, que él mismo expresa que con su oro y plata puede llenar la capilla Sixtina.

Para asegurar su elección, gasta un poco. La mayoría de los catorce cardenales que le dan sus votos reciben al menos una mula cargada de los preciosos metales. El más costoso de los votos es el del renuente cardenal Sforza, a quien sólo logra tranzar con cuatro mulas muy bien cargadas y la vicecancillería. El menos costoso fue el del cardenal de Venecia, quien a sus 96 años se conforma con cinco mil ducados.

Y se pone en marcha la gran farsa. El sacro colegio cardenalicio eleva plegarias al Santo Espíritu para que lo ilumine. Poco después de la salida del sol del 11 de agosto sale de la urna el nombre de Rodrigo Borgia. Soy papa, soy papa, grita excitado y se presura a acicalarse con los arreos pontificios.

Entre todos los vivos y todos los muertos que el mundo han sido, Alejandro VI y su hijo Cesar, son de los ejemplares humanos menos provistos de benevolencia y más provistos de sagacidad para lograr sus fines. Inspirado en ellos, Maquiavelo acuñó la frase: El fin justifica los medios. No contienen el más mínimo escrúpulo para sacar del camino a quien se oponga a sus ilimitadas ambiciones. Veneno y traición, son sus armas favoritas. Savonarola arde en la hoguera por atrevido.

A los 18 años, Cesar es cardenal, obispo de Pamplona y arzobispo de Valencia. Luego cardenal de España y duque de Francia, entre otras decenas de títulos obtenidos después de que renuncia al clero y se hace laico. Cincuenta meretrices romanas copulan con cincuenta servidores de Palacio, compiten por mil ducados que ofrece su Santidad a la pareja más creativa en posiciones y contorciones. Lucrecia actúa como jurado.

Muy acostumbrados están en envenenar jerarcas para revender sus prebendas y apoderarse de su peculio. Ya está en la mira el próximo, se trata del opulento cardenal Adrián Corneto. Del veneno lento de los Borgia, más conocido como El Cáliz del Vaticano, el más utilizado fue el polvo de cantárida obtenido por desecación de pequeños escarabajos: en diminutas dosis produce un efecto afrodisíaco, y en dosis medianas o altas produce lesiones internas que pronto llevan a la parca.

Otro elixir mortal es preparado con arsénico, telas y entrañas de un gran arácnido. La pócima ya está preparada. En singular cántaro con relieves mundanos vierten vino y veneno. En sus más lujosas cabalgaduras y ataviados de ropajes no muy pesados, padre e hijo acompañados de poca guardia se dirigen a la casa de recreo de Corneto. Un bodeguero de Palacio porta el vino mortal. Al llegar, Alejandro y Cesar sienten una sed mortal, y el bodeguero papal les sirve con tal precipitación que se equivoca, les entrega el cántaro destinado a acabar con el destino de Corneto.

Cesar y Alejandro están moribundos, entre fiebres, retorcijones de estómago, diarreas, vómitos y fiebres, cuatro médicos de la corte papal luchan con denuedo contra la entrometida parca. Con pesada carga ponen a trotar una mula a punta de fuete hasta agotarla. Viva le abren la panza y meten a Cesar en sus entrañas para que se bañe con su sangre caliente. Como cualquier mala hierba el hombre revive.

A Alejandro le suministran triaca, diamantes machacados y mandrágora seca, momentos después comienza emitir monótonos resoplidos que no se le calman hasta el amanecer del siguiente día, cuando expira. El calendario marca el 26 de agosto de 1504. La Trinidad queda sin embajador en este planeta y el Universo de luto. Contaba con setenta y dos años, doce los pasa delinquiendo y gozando en el Trono, aunque seguramente también sufrió, ninguna criatura en esta vida está exenta de padecimientos.

La cara negruzca e hinchada, la lengua duplicada en su volumen, sobresale de la boca. Son signos de envenenamiento. Él, que tanto lo uso, es también su víctima. “Que espectáculo tan espantoso, jamás había visto criatura humana tan horripilante”, escribe Burckard. “Está monstruoso y horrible”, señala por su parte otro áulico de Palacio, Giustiniani. Comienzan a murmurarse historias terroríficas. Se dice que el demonio llegó hasta la cámara mortuoria en forma de mono, para cargar con el alma del Santo Padre.

Mientras ladrones y sacrílegos se dedican al pillaje, Burckard amortaja el cadáver. Fuerzas hercúleas con extrema dificultad y entre golpes y empujones encajonan el cadáver del reverendo en el cofre mortuorio. Lo colocan en la sala del Papagayo, pero no hay nadie quien lo vele y recite el oficio de difuntos. Al día siguiente el cuerpo es depositado en unas angarillas, detrás de la balaustrada del altar mayor de San Pedro. Comienza a heder. Sin ritos ni rezos, al día siguiente en hueco profundo depositan la podredumbre.

Descendiente de rancia estirpe, que por siglos ha ostentado poder y riquezas, es Gregorio, conde de Túsculo. Respaldado por las espadas de su ejército particular y por el oro y la plata de su fortuna, logra sentar en la silla pontificia a uno de sus tres hijos. Cuando ese hijo muere, la tiara pasa sin dilación a su hermano. Cuando éste último muere, ocupa la vacante el nieto de Gregorio. En el otoño de 1032, Teofilato, El Nieto, de 14 años sube a la silla de San Pedro con el nombre de Benedicto IX.

Pocos espectáculos más risibles se han presentado en la Historia, como el de este niño Papa presidiendo solemnemente asambleas de hombres cultos y maduros. Todos le suplican sus favores o soportan su infantil arrogancia. El imberbe Benedicto hace del Papado un burdel y de su vida un festín.

El rumor trasciende mares y fronteras. Se dice que el Papa es un practicante de oscuras magias, que cara a cara se ve con el mismísimo diablo. No tarda en organizarse la conspiración de los beatos y de los nostálgicos del poder. Benedicto advierte que corre peligro, lo acomete la paranoia. Sólo se deja ver en la basílica de San Pedro cuando celebra misa.

Los conspiradores eligen un día de fiesta. Penetran a la Basílica mezclándose entre la multitud. No llevan espadas, no quieren despertar sospechas, sogas son sus únicas armas. El plan consiste en provocar un gran alboroto. Dos hombres trajeados de abad se aproximarían al Santo Padre, envolverían la cuerda en su cuello, jalarían con todas sus fuerzas y Papa muerto. Segundos antes de armar el alboroto, un atinado eclipse oscurece el día. Los conspiradores corren despavoridos con la creencia que el demonio protege al malvado pontífice.

Se escapa el hombre, pero la conspiración y los peligros continúan al acecho. Benedicto huye de Roma, tan despavorido como los conspiradores de la Basílica. Se establece en Túsculo bajo la protección de su pariente el Conde. Durante su ausencia otro barón- prelado se alza con el título de Papa. Se trata de Juan, obispo de los Montes Sabinos. Adopta el nombre de Silvestre III. A los pocos meses, Benedicto regresa al frente de una banda de tusculanos. Silvestre huye con sus secuaces a los Montes.

Benedicto se sienta de nuevo en el trono de Pedro. Pero, más que los problemas del Papado, a Benedicto lo trasnocha una bella adolescente tusculana. Cavila que la silla pontificia está bastante coja, desprovista de seguridad y muy cargada de embrollos. Decide, entonces, liberarse de ella mediante venta para luego unirse en sagrado matrimonio con su púber enamorada.

Encuentra un comparador en la persona de su padrino, Giovanni Graciano, arcipreste de la venerable iglesia de San Juan de la Puerta Latina. Cierra el trato por la suma de mil 500 libras de oro. Acto de simonía sin parangón.

Giovanni Graciano inaugura su pontificado en el mes de mayo de 1045 con el nombre de Gregorio VI. A mal que le fue, el caos del reino pontificio es tal que no le representa ningún poder, sino más gastos. Sólo consigue cargarse de embrollos y descargar su considerable fortuna.

Mientras tanto Benedicto sorprende a su amada en tratos de infidelidad. A la vez se da cuenta de que las mil 500 libras de oro se han escurrido por el boquete de sus ardientes pasiones. Defraudado considera que el oficio de Papa es más grato y lucrativo.

Regresa a Roma y reanuda su pontificado. Silvestre III regresa también y mantiene su corte en Roma, apoyado por las armas de sus hombres. Veinte meses después de que Graciano comprara el Papado, hay tres papas en Roma, cada uno sin fuerza suficiente para expulsar a los otros, cada uno reclamando la posesión exclusiva de las llaves del Cielo.

En esta insignificante galaxia, denominada la Vía Láctea, inmersa en el inconmensurable Universo, imperceptible gira este planeta llamado Tierra. Todo es creación de un dios que mediante su omnipotencia y voluntad movió su varita mágica y ocasionó una gran explosión (Bing Bang) que dio origen a todo cuanto existe.

Este divino creador comenzó poblando de dinosaurios este mundo, luego hizo criaturas tan perfectas e infalibles como sus vicarios o papas. Por obra y gracia del Santo Espíritu y con la aquiescencia de las otras dos partes de Dios, Padre e Hijo, un hombre llamado Formoso tiene el honor sublime de ser el Sumo Pontífice entre los años 891 y 896 de esta cristiana y apaciguada era.

Para acceder a tan alta embajada de Dios, su santidad el Papa Formoso tiene que aliarse con Arnolfo rey de Alemania, y enfrentarse al emperador italiano Guido de Espoleto y a su hijo Lamberto. En la repartición de canonjías, obispados y otras prebendas espirituales y terrenales, su pontificado es algo tacaño con Guido y Lamberto. Mortificado por la intensa animadversión de éstos, Formoso exhala su postrer respiro en el año santo de 896.

Con presteza, Espíritu Santo y cardenales comienzan actividades para definir el asunto. Es así como a los pocos días de ser difunto Formoso, es elegido como su digno sucesor, nada más y nada menos, que uno de sus cardenales preferidos, asume el nombre de su Santidad Bonifacio VI.

Dicen que fue el veneno lo que dio al traste con la vida de este representante legal de Dios en la Tierra, 15 días después de su augusta coronación. El poco adelanto de la medicina forense en aquellas calendas, no permitió comprobar de manera científica este supuesto envenenamiento. Sí sufrió convulsiones, diarreas, vómitos y se le puso la lengua gorda y morada en su trance de devolverle el alma al creador, según testificó una tal Amantina, cocinera, y según las malas lenguas, concubina del Santo Padre.

De nuevo le ponen trabajo al Santo Espíritu, ¡qué descaro¡ como si no tuviera nada que hacer, cuando le toca iluminar cada día a millones de cristianos, a quienes su rayo de luz les garantiza sabiduría, cura sus dolencias y proporciona satisfacción a todas sus necesidades, además de inyectarles una inmensa alegría de vivir sobre este bello y florido planeta, el mejor de todos los mundos, donde las criaturas nunca padecen, sólo nacen para ser felices, por la inmensa bondad y la inagotable misericordia de su creador.

Le corresponde a un afecto a Guido y Lamberto hacerse a la mitra pontificia. Su santidad Esteban VII. Qué gran elección, el Santo Espíritu nunca se equivoca. Año 897, mes de enero. Por orden expresa de Lamberto, el Papa convoca a un sínodo, a donde es cordialmente invitado Formoso. Exhuman su cadáver semiputrefacto, lo acicalan con su atuendo pontificio, con tiara, estola, sobrepelliz y báculo incluidos, además de dorado crucifijo sobre el pectoral. Sólo ignoran sus tres anillos de rubís.

Muerto y todo, el reverendo Formoso es sometido a juicio bajo los cargos de perjurio, codicia y violación de las normas que regulan el nombramiento y el traslado de obispos. Como abogado de oficio se designa un diácono, quien de pie y al lado del cadáver, responde a las preguntas en su nombre. Resulta muy mal defensor, pues Formoso es declarado culpable de todos los cargos.

Como castigo le cortan los tres dedos de la mano derecha utilizados para bendecir. Después el cuerpo es arrastrado por las calles de Roma y arrojado al Tíber. Este juicio ocasiona tal revuelta en la Ciudad, que su Santidad Esteban VII es depuesto, encarcelado y estrangulado en prisión.
Gioacchino Pecci, el más progresista de los pontífices modernos, provisto de un gran orgullo y con aires de autosuficiencia absoluta, toma asiento en el solio Vaticano en 1878, con humildad de difunto lo abandona en 1903.
Es coronado un tres de marzo, en ese momento solemne asciende al trono mientras el coro canta la antífona: Corona aurea super caput ejus. Seguidamente, el Subdiacono del Colegio Sagrado, Cardenal Di Pietro, entona el Pater Noster, y después lee la plegaria, Omnipotens sempiterne Deus, dignitas Sacerdotii...
El Segundo Diacono remueve la mitra de la cabeza del Pontífice y el Cardenal Mertel se aproxima con la tiara. Al colocarla sobre la consagrada cabeza pronuncia: Accipe thiaram tribus coronis ornatam, et scias te esse Patrem Principipum et Regnum, Rectorem Orbis, in terra Vicarium Salvatoris Nostri Jesu Christi, cui est honor et gloria in sæcula sœculorum. (Recibe la tiara adornada con tres coronas, sabiendo que eres el Padre de los Príncipes, Regente del Mundo, Vicario de Nuestro Salvador Jesucristo en la Tierra, para el sea el honor y la gloria para siempre.) ¡Viva el Papa León XIII!
Aun después de casi dos mil años de persecución cristiana a otros credos, centurias de Inquisición y más de cien años después de los derechos constitucionales, la Iglesia Católica se opone a los derechos humanos y a la democracia.
Este jerarca de la santa Iglesia de Roma dicta que los hombres al crear su propio sistema político, contrario a los dictámenes del Catolicismo, abogan por doctrinas perniciosas y demoníacas tales como: "todos los hombres son similares por raza y por cultura, de la misma manera tienen igual derecho a controlar sus vidas; que cada uno es el dueño de su vida y que cada uno es libre de pensar sobre cualquier tema que uno elija ... Un gobierno basado en tales ideas no es ni nada más ni nada menos que la voluntad del pueblo y esto debe ser combatido, expresa en bulas y cartas el León rampante.
Semejantes libertades no sólo son absolutamente absurdas a los ojos del Papa, sino totalmente demoníacas. Desde el momento que a la autoridad de Dios se le pasa por encima en silencio, como si pudiera haber un gobierno cuyo origen y poder no residiera en Dios mismo. La libertad total del pensamiento y el hacer saber sus pensamientos no es un derecho del ciudadano.
Es ilegal demandar, defender u otorgar incondicionalmente la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libertad de religión como si estos fueran derechos dados por la naturaleza al hombre La libertad de culto es la peor de la libertades, no puede ser suficientemente maldecida o aborrecida.


Comentarios contra la democracia y los derechos humanos se deben a que para el Papa cualquier sistema político que no estuviera bajo el control del Vaticano es considerado como una desobediencia a su dios. El dice"... el maestro supremo de la Iglesia es el Pontífice Romano. Por lo tanto la unión de las mentes requiere un completo acuerdo con una fe, la completa sumisión y obediencia a la voluntad de la Iglesia y al Pontífice Romano como a Dios mismo."
El poder de Roma toma la iniciativa de ataque contra la libertad de conciencia. El Papa León XIII es el iniciador de los planes que serian llevados a cabo por los próximos papas durante el siglo XX. En el segundo año de su reinado hizo acuñar una medalla con la inscripción: LA NACIÓN O REINO QUE NO ME SIRVA PERECERÁ.

Estas son apenas unas pocas perlitas de la institución más sanguinaria, intrigante y corrupta que en el mundo ha sido: El Papado.

Pero perdón, no seamos tan injustos. De toda esta pléyade de pontífices de la estupidez, la ignorancia, la mentira y la desgracia, se rescata la obra de uno de ellos. Aunque fue llamado El martillo de los judíos y le dio un gran impulsó a la Santa Inquisición, legó a la humanidad un utilísimo tratado culinario.

Se trata de San Pío V, quien escribió Los secretos de mi cocina. Dicha obra contiene suculentas recetas para preparar faisanes y otras aves, mariscos, ensaladas y unos aderezos que pueden considerarse como los precursores de las salsas de hoy. Además dedica un capítulo a la preparación de deliciosos postres, donde utiliza ingredientes como: uvas, leche de cabra, frambuesas en trocitos y miel. Como si esto fuera poco, este gran tratado de la culinaria universal trae la fórmula para la preparación de una especie de suero a base de sandía, endulzantes, sal y agua. Tiene propiedades medicinales en casos de envenenamiento, disentería o excesos en comidas y bebidas.

A los demás 263 papas (¿y futuros?) nada se les rescata. Por ser fuentes de inagotables padecimientos y mentiras, mejor hubiera sido para la humanidad (y para ellos mismos) que jamás hubieran existido.

No existe sobre la faz de la Tierra ni en los confines del Universo, otra circunstancia donde más aflore la estupidez humana en su máximo esplendor, que la muerte y la elección de un Papa. Las ceremonias, los rezos, los lloriqueos, las alabanzas por el finado y las adulaciones al nuevo, constituyen la parafernalia más idiota que la raza humana pueda montar. Adornado con crespones carmesí e iluminado con velones de fuegos fatuos, el mundo entero es el escenario de un circo.

Se abren los armarios de la utilería teatral de la iglesia. Mitras, capelos, bonetes, estolas, capas, sotanas, tiaras, báculos, brocados armaduras, anillos, filigranas, piedras preciosas, alfombras, reclinatorios, confesionarios, incensarios, candelabros, custodias, cálices, copones, sagrarios, patenas, vinajeras, cúpulas, oleos…

Se levanta el telón, comienza la función. El histrionismo clerical se esfuerza en hacer su máxima representación. Negro, negro, negro sale el humo de la chimenea. Al fin sale blanco, en retoques las campanas anuncian la buena nueva. ¡Habemus papam! Hosanna en la Tierra y en el Cielo.

El boato impacta las gregarias mentes. La estupidez se sublimiza, se convierte en fe. Al imperio Vaticano llegan jefes de naciones y jerarcas de iglesias de todos los rincones del mundo. La ignara muchedumbre por millones se aglomera. En sollozos y suplicas entregan a la tierra y a los gusanos los despojos del que partió, y con vítores y sonrisas le abren los brazos al que llegó. Cree la estulta multitud que estas actitudes agradan al Cielo y se las compensará con dadivas terrenales y celestiales.

Arriada como rebaño de asnos, la humanidad entera se conmueve, inclusive la de otros credos. El novelón da hasta para catalogar de milagro cualquier sanación que puede darse con Acetil salicilico. ¡Qué lo canonicen!, gritan. Ahí está pintado, así es el mundo.

Y continúa el mundo en su infancia, todavía cree que los Papas son infalibles y que los dioses reinan. La superstición inventó las divinidades, el antropomorfismo les dio vida y la estupidez los fingió reyes. No se extingue ese funesto atavismo social, que atribuye a Dios, inmiscuencia directa en el gobierno de las sociedades humanas. A las religiones, la humanidad no le debe sino atraso, lágrimas y sangre.


Católica infamia
21 de mayo de 1559, cementerio de herejes de Valladolid. Cuatro auxiliares de la Inquisición de pala en mano cavan una tumba. Allí reposan todavía en putrefacción los restos de Isabel, quien se anticipó a morir de manera natural en las mazmorras de la Inquisición unos pocos meses antes de que se le concluyera un proceso por luterana. El cuerpo exhumado muestra los gusanos que con avidez se aprestan a concluir con las carnes para dejar sólo los huesos que ya comienzan a evidenciar la esqueletes post morten de todo difunto. Dichas despojos son arrojados al fuego y luego sus cenizas arrojadas al viento como castigo póstumo a la protestante que osó morirse en vísperas.

Acusados de luteranismo también son sometidos a la hoguera otros 28 herejes, pero vivos, entre ellos cinco miembros de una sola familia, los Cazalla, Carlos de Seso, Juan Sánchez, Fray Domingo de Rojas, Antonio Herrezuelo, Cipriano Salcedo, y las monjas cistercienses Catalina de Rainoso, de 21 años de edad, hermana del obispo de Córdoba y Marina de Guevara, parienta del obispo de Mondoñedo, quien en vano trató de salvarla a través de un arzobispo.
Esta atrocidad católica fue perpetuada en letras por la maestría de un escritor valladolideño, de quien nos apoyaremos para revivir este episodio de crueldad e infamia de esa gran sanguinaria de nombre católica.

El verdugo enciende la hoguera de Juan Sánchez, arde con furia, comienza a desprenderse un acre olor a carne quemada, más las llamas consumen sus ligaduras antes que todo su cuerpo; al sentirse libre, se agarra al palo y con agilidad de mono trepa a él, y a voz en cuello grita: ¡Por el amor a Nuestro señor Jesucristo tengan misericordia de mi¡ La multitud aplaude y ríe ante su actitud siamesca. Juan Sánchez tiene achicharrado el costado izquierdo, la piel arrugada con palidez de moribundo. Agarrado al extremo del palo, escucha las exhortaciones de un dominico, para que vuelva a su suplicio y purifique sus “terribles culpas”. Da, entonces, un gran salto y se arroja de nuevo a las llamas, entre brincos y alaridos llega a su descanso eterno.

La turba apostada ante los palos donde arden en trágica sucesión los 28 herejes, ruge de entusiasmo. Los niños y algunas mujeres lloran, pero muchos hombres, encendidos por el alcohol, y muchas beatas, encendidas por la extrema fe, ríen de las cabriolas y contorciones de Juan Sánchez, le llaman leproso y mal nacido y remedan ante los espectadores sus gestos y muecas.

Le llega el turno a Cipriano Salcedo, observa al verdugo encaminarse a su palo con la tea humeante en la mano derecha. Cierra sus ojos y le pide a Nuestro Señor que salve su vida por las penitencias y la inmensa fe que ha depositado en él. Un cura de sotana arremangada corre hacia el verdugo, con ademanes exagerados le suplica que aplace un poco la ejecución. Es el padre Tablares. Llega a la escala jadeando, se lleva una mano al pecho y sube de un tirón, arrima su rostro al del condenado, le ruega que firme una constancia de renuncia a sus herejías y de fidelidad a la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Le advierte que es la única manera de lograr su salvación, sin no lo hace, su alma descenderá de manera directa a las calcinantes profundidades del infierno, donde lo espera Satanás con mil demonios más, provistos de garfios y tenazas. La turbamulta también vocifera: ¡firme, firme y serás salvo! A Fray Domingo, el padre Tablares ya le ha arrancado la dicha firma; muy contiguos a Cipriano yacen sus restos humeantes.

El reo entre abre sus párpados hinchados y esboza una tímida sonrisa. Tiene los labios secos y la mente borrosa. Levanta la cabeza, mira a lo alto y expresa: C.. ccreo en la Santa Iglesia de Cristo y los Apóstoles. El padre Tablares se acerca más al rostro de Cipriano, alzando la voz por encima del vociferío de la multitud grita: Decid romana, solamente eso. Os lo pido por la bendita pasión de Nuestro Señor y por tu salvación.

La Turba se impacienta, suenan silbidos, insultos y exhortaciones. El condenado, con la nuca apoyada en el palo, con cierto dejo de agradecimiento mira al cura Tablares. El verdugo los observa impaciente con la tea en la mano, mientras el escribano pluma en ristre, espera al pie del palo la confesión del reo. Cipriano vuelve a cerrar sus ojos para elevar una plegaria de ayuda al Cristo de su fe, de quien cree que lo librará de las llamas. Luego musita: Si la Romana es la Apostólica, creo en ella con toda mi alma, padre.

La cólera del pueblo exige la hoguera, la buena disposición del verdugo para complacerle, apuran al clérigo Tablares, quien le dice con acento “paternal”: Hijo, hijo ¿por qué has de poner condiciones en esta hora? Cipriano con labios trémulos y voz apagada responde: Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa.

El sacerdote baja la cabeza frustrado, pues el maldito condenado no ha querido pronunciar la palabra que lo salvara de las llamas eternas: “Romana”. Le ruega de nuevo: Exprese que la única iglesia Apostólica de Jesucristo es la Romana. El hombre no responde, ya no hay más tiempo. Los espectadores piden a gritos el sacrificio. Vocean, brincan, alzan los brazos.

Desde que comenzó el “espectáculo”, a poca distancia del palo de sacrificio de Cipriano, una mujer solloza con dolorido sentir, es Minervina, su nodriza y madre de crianza; hace rato que ha apartado la mirada de su hijo, solloza ya cabizbaja, de momento levanta su cabeza y se encuentra con los ojos de Tablares, quien con un leve ademán, le indica, al verdugo la carga de leña, la señal está dada. Entonces, la mano que soporta impaciente la tea ejerce su función. El fuego florece, despabila, humea, ruge y rodea a Cipriano, lo desborda. La multitud prorrumpe en gritos de júbilo.

En eco se pierden las últimas palabras del condenado: Señor acógeme. Siente un dolor intensísimo, como si le desprendieran la piel con garfios, comienza por la entrepierna, sube por todo el cuerpo, con intensidad especial en cuello y rostro. Trepidan las llamas, desgonzados caen jirones de carnes y huesos. Ahítas descienden las llamas. El pueblo enmudece, se hace un silencio, un desgarrador sollozo de Minervina prorrumpe como única protesta de la católica infamia.

Qué verdad la que algún humano expresó: La piedad es una palabra inventada por los hombres, totalmente ajena al corazón de los dioses. Ellos producen el dolor y no lo sufren en sus gloriosos cuerpos. ¿Cómo tendrían piedad de lo que ignoran?

Entre instantes de indescriptibles torturas, hastiadas de humanidades carnales se desvanecen las llamas. Quedan 28 volutas de humo negro, en tortuosos torbellinos se elevan al cielo para calmar la sed de gloria, el hambre de pleitesía y el apetito voraz por el sacrificio humano de los dioses creados por el hombre a su imagen y semejanza.

La turbamulta en su imbecilidad suprema, silenciosa se aleja del campo del sacrificio, aligera su paso, corre a guarecerse a templos y oratorios. Allí cada uno de estos religiosos seres cae de rodillas. Así, genuflexos, ofrecen oraciones y más sacrificios a sus deidades de inmarcesible horror.

Pero la crueldad católica no para aquí, a todos los descendientes de los incinerados no sólo se les arrebata sus posesiones materiales hereditarias, sino que se les declara en “inhabilitación”, lo que se traduce en la privación de todos los derechos civiles y la imposibilidad de desarrollar profesiones públicas o religiosas.

En verdad, las religiones son el espacio donde el ser humano ha tenido la oportunidad de dar rienda suelta a todos sus instintos de maldad y crueldad. Allí la naturaleza humana ha mostrado su rostro más oscuro y siniestro. Religiones que nacidas y crecidas sobre mares de sangre, dolor y martirio, no merecen la más mínima fe, sólo el más extremo de los desprecios.

Ah imperfecto que fabricaron los cristianos a su dios, es su imagen y semejanza: sediento de sangre, hambriento de sacrificios, ansioso de pleitesía, ciego a la ciencia, mudo al saber, represivo irredimible, monstruo de tres cabezas, todo lo menos atribuible a una divinidad verdadera.

Es indiscutible que la mayoría de la gente (por no decir toda) acepta y asume la religión de manera emocional, poco o nada vale una argumentación en contra. Cuanto más intensa ha sido la religión en cualquier época, más profunda la creencia dogmática, mayores las crueldades y peores las circunstancias en que han vivido los pueblos sujetos a esas creencias.

En las actuales civilizaciones que muchos se atreven a llamar modernas y hasta post modernas, poco sigue insultando tanto la inteligencia humana como las creencias religiosas. Refiriéndonos a las cristianas, sus tres distintas figuras son una sola mentira autentica. ¡Gloria!, ¡gloria!, ¡gloria! para cada una por separado.

La infame gloria es extractada de la abyección, la humillación, los sacrificios, la mentira, la enajenación, en una palabra del dolor. Ilícitas son esas glorias con las que se complace al monstruo de tres cabezas, es como quien se enriquece mediante el robo y el fraude, su peculio lo hizo del padecimiento de otros, por eso su capital es ilegal, así mismo es la gloria depositada por los cristianos a su deidad de horror.

Parece como si del hombre desapareciera todo rastro de inteligencia cuando de halagar a dioses se trata. Si partimos de la premisa de que Dios es perfecto, entonces no requiere de nada, está provisto de suficiente gloria, dones y privilegios para poder llevar su existencia sin apuros y necesidades. Si la gloria se entiende como lo define el diccionario: la bienaventuranza eterna, a Dios es a quien le corresponde proporcionarla y no los mortales a él. Como gallinas en corral, desde hace siglos los cristianos siguen cacareando: ¡gloria al Padre!, ¡gloria al Hijo!, ¡gloria al Espíritu Santo!, como si esta verborrea estúpida tuviera algún sentido.

Las oraciones y los rezos cristianos son otro escupitajo a la inteligencia y a la dignidad humana, son monumentos a la sinrazón y a la ridiculez. A ese terrible Padre de su Trinidad le dicen que santificado sea su nombre, como si a la cabeza de un dios le faltara santidad. Le ruegan que se haga su voluntad así en la tierra como en el cielo; si siquiera en un instante tal voluntad se ha hecho realidad, ya se puede prever el caos de ese cielo, porque si las cosas se hacen allá como se hacen aquí, ¡horror de horrores!

Es increíble, inconcebible, inaceptable e indignante para la raza humana que en estos tiempos exista todavía esa gran ridiculez de canonizar sujetos. Pocas estupideces insultan más la inteligencia, que esa reverenda imbecilidad de distribuir acá los puestos del más allá. Tamaña ridiculez se explica porque sirve de señuelo y consuelo a las católicas mentes.

Si algún acicate tiene la vida son los deseos y por ende las tentaciones. El hombre sin ellos es un cadáver o simplemente un mineral. El fenómeno del deseo, y por lo tanto del amor y de la vida, es el más hermoso, el más grande, el más sobrecogedor y misterioso que al hombre le es dado contemplar. Sin el deseo no existiría ese máximo bien que es la vida.

No obstante, los cristianos a su “venerable” Padre le suplican que les quite los deseos, que no los deje caer en tentaciones y los libre del mal, cuando el hombre jamás puede sustraerse completamente a él.

A los teólogos que armaron arbitraria e irracionalmente la tétrica Trinidad, en su infinita estupidez contemplaron la posibilidad de incluir también a la Virgen, para conformar así un cuarteto providencial. Pero prevaleció el espíritu de discriminación que históricamente ha existido sobre la mujer, y la dejaron por fuera.

Sin embargo, de María existen más pedestales sobre los suelos de la tierra y en las mentes de los creyentes que de cualquiera de los del triunvirato. Por ser más humana y sin ribetes de mucha divinidad, los católicos, de manera inconsciente, le han brindado mucha más devoción.

El dios Padre, aunque es la primera figura de la Trinidad, es la última en prodigársele devoción. A las otras dos figuras y a la Madre se les dedican: días de fiesta y de guarda, panegíricos, cánticos, lienzos, esculturas, templos, pueblos y ciudades. Muy poco o nada, para el dios Padre. Ni un monumento, ni un novenario ni una aldea dedicada a él, sólo una oración, y existe sólo en la medida que esté entronizado en su marco trinitario.

¡Ah lejana que está esa figura del dios de los cristianos, nadie se atreve a escrutar sus horripilantes designios, que la convierte en la personalidad más sádica de la sagrada historia, al enviar a una criatura suya a padecer por culpas de otros. ¿Será qué por tales motivos, que los abominables cristianos de manera inconsciente la han relegado tanto?

De Dios se predica que no tiene principio ni tendrá fin, no obstante los cristianos le endilgan una madre, así sea de manera figurada, decirlo así no deja de ser un ex abrupto. La ridiculez no termina ahí, después le ruegan al hijo de esa madre que la salve. (Dios te salve María) ¿La madre de un Dios está condenada?, ¿el hijo no sabe que tiene que salvar a su madre y otros tienen que implorárselo?

Absurdos ritos del detestable catolicismo. Pronuncian: Te ofrecemos Señor este sacrificio, bajo la aterradora idea de que su dios se alimenta de dolores y penitencias. Enaltecen la sangre, exaltan el dolor estos sado-masoquistas de mierda. No les basta con predicar que por voluntad de su dios sediento de sangre envió a su hijo a derramarla en cruel pasión para redimir culpas ajenas. También, con sapiencia suma de borrego soberano, estos creyentes de parroquia predican que la omnipotencia de su dios llegó hasta el grado de convertir todo el caudal del Nilo en sangre.

Qué más podría esperarse de hombres con fe en semejante dios de sangre. Como ejemplo vivo, al vino también lo trasforman en plasma. Lo vierten en copones de oro abigarrados de arabescos y piedras preciosas. Lo alzan hacia donde creen que está el cielo (lugar de disfrutes de “merecida” gloria de la esperpéntica Trinidad). Y se atreven a decir Este es el cáliz de mi sangre, sangre que ha de ser derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados”. Con dioses así para qué demonios, con hombres así para que simios.

Igual de asquerosa a la antropofagia es la teofagia, y más aún cuando el dios que se comen tiene cuerpo y sangre. Bárbaros católicos, en pleno siglo XX, realizan esa repugnante práctica. En unos fatuos ritos llamados misas, transubstancian vino en sangre divina y un preparado de harina en cuerpo de dios, luego beben y tragan. ¡Sagrada teofagia!,¡santa teofagia!, ¡bendita teofagia!, ¡piadosa teofagia!, tu barbaridad y ridiculez no conoce límites, sobrepasa la extensión del Universo y continúa por los profundos agujeros negros, sin detenerse jamás. Los católicos no son más que caníbales de Dios, teófagos recalcitrantes son los de comunión diaria. Eh ahí la idiotez y la ridiculez revueltas en su máxima capacidad. Con toda razón Einstein decía: “Hay dos cosas que son infinitas: el Universo y la estupidez humana… del Universo no estoy muy seguro”
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Sanguinarias, sanguinarias, sanguinarias, deidades dráculas a las que el hombre les brinda culto, cuando lo que merecen estas sórdidas divinidades es el mayor de los desprecios, como a la más asquerosa mortecina, la más nauseabunda bazofia. No provocan sino náuseas. Definitivamente, si el hombre no despeja de su horizonte a los dioses, jamás dejará de cubrirlo una aureola de idiotez.

En verdad, en verdad les digo, si hay algo que no comunica con una Providencia Divina es rezar, porque ese ser superior jamás podrá ser un estúpido que se deje conmover o convencer por adulaciones contenidas en repetitivas y monótonas palabrejas.


Los rezos son un insulto, una falta grave contra la divinidad. Rezar es una actitud mecánica, producto de la irracionalidad de que viene provisto el bípedo implume que habita en este insignificante planeta, ubicado en el recoveco de una diminuta galaxia del cosmos.

En teologal sabiduría
Corre el mes de junio por su día 22 del 1633, en la sala del convento de Santa María Sopra Minerva en Roma, un viejo decrepito de barbas hirsutas vestido de burdo sambenito, está arrodillado ante los dignísimos cardenales y prelados del Santo Oficio; vistosos atavíos de pedrería y púrpura ocultan las fealdades de sus cuerpos rollizos y la sordidez de sus mentes, mientras sus gestos de “mansos” corderos, tratan de disimular la malignidad que encarnan sus rostros rubicundos y congestionados de atrabilis.

La ortodoxia teológica con su cruz afilada y su oscuridad tenebrosa, busca derrotar a todo costo la luz de la ciencia. Háganse las tinieblas para no desacreditar la “sabiduría” de los escritos sagrados y para no menguarle un ápice de gloria al misericordioso dios de sus bendiciones, que también promete maldiciones con condenas a fuego eterno; y, ¡qué miedo!

Un científico vale un bledo, un teólogo tiene el precio de los más incalculables tesoros. Humillado y vencido yace el científico, quien mediante la observación y el trabajo exhaustivo de toda una vida, trató de encender una cerilla por los laberintos del oscurantismo e iluminar un camino para la ciencia.

Muy bien lubricada por los aceites de la sinrazón y el eficaz aditivo de la fe ciega, hace tiempo ya que está en funcionamiento la maquina inquisitorial. Y ¿qué es lo que ha sostenido este viejo decrepito? Tamaña herejía. Después de observar por varios lustros, el sistema solar mediante unos instrumentos inventados por los holandeses, se ha atrevido a plantear que la Tierra no es el centro del Universo y que gira alrededor del sol.

En cabeza del infalible Papa Urbano VIII, el clero en su infinita sabiduría tiembla y se retuerce. Para que dé un concepto sabio ante semejante herejía, con la mayor brevedad se nombra una comisión conformada por once sapientísimos teólogos. Muy bien iluminada la razón de cada uno por el Santo Espíritu (a quien invocan al alba, al cenit y al ocaso), el onceno cardenalicio no tarda en dar su justo veredicto.

Cabe señalar que fue por unanimidad absoluta, el veredicto dado por estas eminencias reverendísimas. Iluminados por el Espíritu Santo, expresamos que en concordancia con la verdad de Dios revelada en la santa Biblia, y como celosos guardianes de la fe, hemos llegado a la conclusión que tal proposición es insensata, absurda en teología y formalmente herética, ya que contradice de manera expresa las Sagradas Escrituras, especialmente al libro de Josué.

Por lo tanto, se conmina a Galileo Galilei, autor de tal herejía a abandonar totalmente dicha opinión de que el sol sea el centro del universo e inmóvil y que la Tierra se mueva, y que luego de ningún modo la sostenga, la enseñe o la defienda. En caso contrario, el Santo Oficio procederá sin contemplación alguna en contra de él. Aparecen once rubricas que por mero decoro evito incluir aquí.

La abjuración ha que es sometido Galileo es una monstruosidad, producto sólo de cloacas mentales surtidas de mierda teologal.

Yo, Galileo, hijo de Vicenzo de Florencia, de setenta años, constituido personalmente en juicio y arrodillado ante vosotros eminentes y reverendísimos cardenales, en toda la república cristiana, contra la herética perversión generales inquisidores, teniendo delante de mis ojos los sacrosantos Evangelios, a los que toco con mis manos, juro que siempre he creído y creo ahora y con la ayuda de Dios creeré en el futuro, todo lo que sostiene, predica y enseña la Santa Católica, Apostólica y Romana Iglesia.

He estado por el Santo Oficio vehementemente sospechoso de herejía, o sea, haber considerado que el sol es el centro del mundo e inmóvil y que la Tierra no es el centro y que se mueve. Por lo tanto queriendo quitar del espíritu de Vuestras Eminencias Reverendísimas y de todo fiel cristiano esta vehemente sospecha, justamente concebida por mí, con corazón sincero y fe no fingida abjuro, maldigo y detesto dichos errores y herejías, y en general todo y cualquier otro error, herejía y secta contraria a la Santa Iglesia

Juró que en el futuro nunca más diré ni aseveraré, de viva voz o por escrito, cosas tales por la cuales se pueda tener de mí tal sospecha; y si llego a conocer a algún hereje o sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Sano Oficio, (...) y si contravengo alguna de mis promesas o juramentos, Dios no lo quiera, me someteré a todas las penas y castigos que en los Sagrados Cánones se han impuesto y promulgado contra similares delincuentes. Que Dios me ayude y estos Santos Evangelios, que llevo en mis propias manos.
Como fe de lo cual, con mi propia mano suscribo la presente cédula de mi abjuración,
Galileo Galilei, Roma convento de la Minerva, 22 de junio, 1633.

Una vez Galileo pronuncia la anterior abjuración, se pone de pie ante el santo tribunal, gira en sus talones y se dice para sí mismo: y, sin embargo la Tierra gira.

Unos 90 mil años atrás, una parte de la humanidad de entonces comenzó a albergar esperanzas acerca de una hipotética supervivencia después de la muerte, pero la idea de una posible existencia de un dios, parece que fue aún algo desconocido hasta hace aproximadamente 30 mil años. La primera imagen de esta divinidad fue la de una mujer toda poderosa. La concepción de un dios masculino, controlador, tal como es concebido por la humanidad actual, sólo comenzó a tomar forma en el milenio III antes de Cristo.

A pesar de que “Dios” es un concepto de reciente aparición dentro del proceso evolutivo, su fuerza innegable ha incidido sobre el ser humano de tal manera, que éste ya nunca ha podido sustraerse de él.

Qué suerte tan distinta hubiera tenido la humanidad de haber pensado el mundo sin el apoyo de un dios, el hombre no se hubiera vendado los ojos con la fe; desde más tempranas horas de su historia, se hubiera conducido más por los senderos de la ciencia, y hubiera evitado hundirse tanto en los oscuros pozos de la superstición.

Así mismo, el hombre no se hubiera prosternado en la quietud de un ser ávido de sacrificios, adulaciones y pleitesías, para conceder que su voluntad se haga como sus míseras criaturas se lo rueguan. El hombre hubiera entendido su origen como un proceso inexorable de fuerzas contrarias y átomos en movimiento; no hay razón suficiente para postular un dios, si se puede explicar el Universo por la sola acción de la materia en movimiento.

No hay peores demonios que los dioses creados por la aberrada mente del hombre, ya a su imagen y semejanza o no. Para muestra hay miles de botones. A los pueblos antiguos el concepto de Dios, de una deidad protectora los arrastró a los peores sacrificios, por ejemplo los fenicios prostituían a sus hijas adolescentes en los templos para honrar a su dios.

Este pueblo de origen semita, precursor de los judíos, cuando se veía en peligro o acosado de pestes ofrecía los bebés a su deidad. Ungíanlos de aceite y al ritmo de tambores y flautas los degollaban, mientras la multitud provista de mascaras reían a carcajadas, (de acá proviene el concepto de risas sardónicas) La sangre se recogía en vasijas para verterlas en los altares de su divinidades - Baal y Anat- sedientas de plasma. Luego, lo que quedaba de los cadáveres era arrojado a las llamas funerarias.

Durante el siglo XX, los arqueólogos encontraron más de 20 mil cadáveres de niños en las urnas funerarias de los Tofem (cementerio de niños). En Cartago y otras ciudades fenicias se han hallado evidencias científicas que determinan que estas criaturas no murieron por causas naturales. Estos escritos destilan hiel, corroen y destapan lo pútrido de las creencias religiosas y se desata su fetidez.


El martirizador

Diatriba, panfleto dirán de estos escritos, sí, pueden ser. Mientras hay unos hombres que jamás deben morir, hay otros que no merecen ni haber sido concebidos. Vomito del más sórdido de los úteros, Torquemada de los reformistas, entristecedor de hombres, que más podría decirse de esta bestia, alabadora de Dios, martirizador de la humanidad, amo absoluto de la intolerancia y el fanatismo, padre de la ortodoxia, demoledor de las libertades, conspirador de la vida, del arte, de la belleza, de la alegría. Convirtió a Ginebra en la ciudad más lúgubre que sobre la Tierra ha existido. Con nauseabunda repugnancia hay que escribir ese nombre: Juan Calvino.

Se empeño esta criatura de Dios, de las más despreciables que en el Mundo han nacido, en trocar a la colectividad humana, a estancias de sus caprichos, en una sociedad de autómatas temerosos hasta de pensar y sonreír. Es así como en muchos casos la religión se sinonimiza con brutalidad, vale la pena desarropar del olvido estas inmundicias para poder comprenderlo.

La doctrina de Calvino como creación espiritual se asemeja a su creador, sólo se necesita contemplar su semblante para saber con anticipación que aquélla tiene que ser más dura, tétrica y lúgubre que ninguna anterior exégesis del cristianismo. Estefan Zweig ha bien que lo pinta: el rostro como un yermo, como uno de aquellos paisajes de rocas solitarios y apartados de todo en cuya muda taciturnidad no hay nada de humano, sólo de dios, de su terrible dios.

Todo lo que hace que la vida, habitualmente, sea fecunda, plena, alegre, floreciente, cálida y sensual, falta en este desolado semblante de asceta, sin bondad y sin edad. Todo es duro y feo, perfilado o inarmónico en este lúgubre y largo óvalo de rostro (que algún artista osó pintar), frente estrecha y severa, bajo la cual llamean como carbones encendidos, los dos ojos, profundos e insomnes; la nariz aguda y ganchuda avanza dominadora entre mejillas sumidas; la boca delgada, como cortada con un cuchillo, a la que rara vez vio sonreír nadie.

Ningún cálido tono de carmín refulge en la piel seca y hundida, color de ceniza y requemada; es como si una fiebre interna le hubiera chupado como vampiro la sangre de las mejillas: tan grises son sus arrugas, tan enfermizas y lívidas, salvo en pocos segundos en que la cólera las inflama con manchas de atrabilis.

En vano trata la bíblica barba de profeta, larga y ondulante en su descenso (cosa que todos sus discípulos copian obedientes) de dar una apariencia de fuerza viril a este bilioso y amarillo rostro. Pero tampoco esta barba tiene jugosidad alguna ni ninguna plenitud; no baja en crujiente arrollo poderoso, a modo de la de Dios padre, sino que cae retorcida en una rala trenza, triste matorral brotado en un suelo de rocas.

Al continuar observando su retrato, súbito espanto producen sus manos, siniestras como las de un avaro; enflaquecidas, descarnadas, incoloras, frías y huesudas como garras, capaces de rapiñarlo todo. No puede pensarse que jamás estos dedos, sólo de hueso, hayan jugado tiernamente con una flor ni acariciado el cuerpo cálido de una mujer, o que se hayan tendido hacia un amigo, cordial y alegremente; son las manos de un ser despiadado y sólo gracias a ellas se adivina la grande y cruel energía de dominio y posesión que durante toda su vida brotó de Calvino.

¡Qué cara sin luz, sin alegría, qué solitario y repulsivo semblante el de este fanático de Dios! Es comprensible que nadie desee tener colgado en la pared de su cuarto a este despiadado, creyente inhumano, de divina embriaguez: el aliento le saldría a uno fríamente de la boca si sintiera sin cesar sobre su actividad diaria, la mirada vigilante y acechadora del más entristecedor de todos los hombres.

Continuemos con algo de abuso, pero con la intención de un rescate, con las elucubraciones de Stefan Zweig (de quien incluyo episodios de manera textual ) para conocer con profundidad la vida de una de las creaturas más tétricas que en el mundo han sido.

Desde su más temprana juventud, Calvino vistióse de negro. Negro el birrete sobre la reducida frente, negras las amplias vestiduras con pliegues que caen hasta las sandalias también negras, vestimenta de juez para castigar incesantemente a los hombres. Negro, siempre negro, siempre el color de lo sórdido, de la muerte y la inflexibilidad.

Pero si es duro contra el mundo, también lo es contra sí mismo. Durante toda una vida, mantuvo bajo disciplina a su propio cuerpo, no concediéndole a lo corporal más que la más mínima ración de alimento y reposo, por razón de lo espiritual. Tres horas, cuatro horas cuando más de sueño por la noche, una única y frugal comida todo el día y ésta tomada rápidamente al lado del abierto libro. Pero jamás un paseo, jamás un juego, una alegría, un descanso, una diversión. En su fanático sometimiento a lo espiritual, Calvino estuvo siempre actuando, pensando, trabajando, jamás vivió una sola hora para sí mismo.

Esta absoluta carencia de sensualidad, junto con su eterna falta de juventud, es el rasgo de esta persona embriagada de lo divino: el cruel y terrible Calvino. Pero pásmense con lo que sigue de estas historias veladas por el tiempo, la tecnología y la moderna vida. Escarbemos en los pútridos sarcófagos de las creencias religiosas. Quien no conoce la historia está condenado a repetirla, por eso siglo tras siglo reviven Calvinos y se repiten tantas iniquidades.

Como traductor y estudioso de la Biblia, crea su propia y absoluta “bibliocracia”, engendro esperpéntico de la más espuria teocracia. “La Palabra de Dios” de ese nefasto libro, la asume (con los más terribles efectos para sus pobres semejantes y correligionarios) como la única máxima de las costumbres, del pensamiento, de la fe, del derecho y de la vida, pues considera (estúpidamente) que encierra toda la justicia, toda la verdad y toda sabiduría existente y por existir.

Establece así, este individuo de tan ingrata recordación, una nueva ortodoxia protestante, todavía más oscura, ciega y cruel que la pontificia romana. Se auto nombra general político de la guerra de la fe, supremo diplomático y organizador del Protestantismo. Este “Ministro de la Santa Palabra”, gobierna y dirige, en propia persona, todos los ministerios de su Estado teocrático. Conforma su Consistorio para vigilar hasta las más nimias costumbres, la inquisición católica frente a su régimen es un apostolado de caridad.

El Dios de Calvino no quiere ser celebrado ni siquiera ser amado, sólo temido. Es engreimiento el que el ser humano intente abrirse paso hasta él con éxtasis y exaltación. Dios la más perfecta dignidad, descalifica y degrada la idea del hombre. Jamás este reformador misantrópico fue capaz de ver en la humanidad algo más que un atajo de pecadores sin salvación, predestinados en su gran mayoría a la condenación. Con crueldad y espanto monacales, siente enojo durante toda su vida, contra las inagotables fuentes de donde se derrama placer en nuestro mundo.

Desde el primer instante que comienza a ostentar su poder teocrático, encierra a su “rebaño” dentro de un redil de alambres de espino –las llamadas Ordenanzas- establece al mismo tiempo una institución especial para vigilar la ejecución de su terrorismo de las costumbres: el Consistorio, especie de cuerpo policial, cuya función primera es definida de modo ambiguo diciendo que tiene que “vigilar a la comunidad a fin de que Dios sea venerado con pureza”. Nada debe escapar a su observación y no sólo “vigilar las palabras que se dicen, sino también las opiniones e ideas”.

Desde el día en que es impuesto en Ginebra este control universal no existe ya vida privada. A cada momento de día o de noche, llaman rudamente al aldabón de la puerta para una visitación, un miembro de la policía eclesiástica sin que al ciudadano le quede modo alguno defenderse de ello. El más rico como el más pobre, el mayor como el menor, tienen que someterse, siquiera una vez al mes, a que le pidan amplias cuentas estos profesionales husmeadores de las costumbres.

Así fue, varones de cabellos escasos y canos, respetables, llenos de experiencias, tienen que dejarse examinar como niños de escuela para saber si se saben bien de memoria las plegarias y por qué dejaron, quizá, de asistir a una predicación de Calvino.

La Visitación no termina con el interrogatorio, manosean los vestidos de las mujeres para ver si son demasiado largos o demasiados cortos, si tienen excesivos adornos, o un corte provocativo; examinan los cabellos, por si el peinado no se alza de modo demasiado artificioso, y cuenta los anillos de los dedos y los zapatos en los armarios.

Del tocador, los eclesiásticos visitadores pasan a la mesa de cocina, por si, con alguna sopilla o un trozo de fiambre, se ha transgredido el único manjar permitido, o si, en cualquier parte, están ocultas golosinas o mermeladas. La piadosa policía continúa su peregrinación por la casa, registra el armario de los libros para ver si encuentra allí cualquier volumen sin el ilustre sello del Consistorio; revuelven los anaqueles, por si se oculta allí alguna sagrada imagen o un rosario. Los sirvientes son interrogados a cerca de los amos y los hijos de sus padres. Al mismo tiempo, la policía escucha por las calles, no vaya a ser que alguien cante en algún sitio una canción profana o ejecute música o acaso llegue hasta a abandonarse al demonio del vicio de la jovialidad.

Pero lo más insoportable no es la vigilancia eclesial, se les unen bien pronto otros innumerables, que no han sido llamados a realizar función. Pues, en todas partes donde un Estado mantiene en terror a sus ciudadanos, florece la repugnante plaga de la delación voluntaria. Muchos se convierten en denunciantes sólo por apartar de sí la sospecha de “haber delinquido contra el honor de Dios”. Todos contra todos.

Ginebra se hace invivible, se convierte en el lugar más triste y lúgubre que sobre la tierra exista, mientras Calvino henchido de predestinación aspira a un estupendo predio celestial. Merecimientos que ha conquistado de Dios por sumir a esa ciudad en terribles sufrimientos y vejaciones.

Todavía existen en los archivos de Ginebra (auscultados a principios del siglo XX por Stefan Zwaig), las disparatadas y risibles sentencias a que fue sometido el pueblo ginebrino durante el imperio teocrático de Calvino. Veamos algunas, aunque merecen la más burlesca de las carcajadas, es mejor no reír mucho, pues lo que sigue da ganas es de llorar. Son las consecuencias a que llega el humano ser, por halagar de manera desproporcionada a sus divinidades, lo malo es que todavía se repiten cosas semejantes, y muchas veces peores.

Gracias al trabajo abnegado de Zweig, podemos conocer ahora, lo que sucedió en el mundo durante esa época de desdicha. Un ciudadano sonrió durante un bautizo: tres días de prisión. Otro, fatigado por el calor estival, se durmió durante el sermón: cárcel. Unos trabajadores comieron pasteles al almuerzo: tres días a pan y agua. Dos ciudadanos jugaron a los bolos: cárcel. Un hombre se atrevió a imponer a su hijo en el bautizo el nombre de Abraham: cárcel. Un violinista ciego tocó para que se bailara: destierro de la ciudad. Un hombre alabó la traducción de la Biblia de Castalión: destierro. Una muchacha fue sorprendida patinando, una mujer se arrojó sobre la tumba de su esposo, un ciudadano ofreció a su vecino durante el oficio divino una pulgarada de tabaco: citación ante el Consistorio, amonestación y penitencia. Y así siempre y siempre sin término ni pausa.

Gentes de buen humor, introdujeron un haba en la torta: veinticuatro horas a pan y agua. Un ciudadano dijo Monsieur Calvino en vez de Maitre Calvino, algunos aldeanos, según antiquísima costumbre, hablaron de asuntos al salir de la iglesia: cárcel, cárcel, cárcel. Un hombre jugo a las cartas: es expuesto en la picota con el naipe al cuello. Otro cantó petulantemente en la calle: se le indica que “cante fuera”, es decir, se le destierra de la ciudad.

Dos barqueros tuvieron una pendencia sin mayores consecuencias: condenados a muerte. Tres muchachos menores cometen indecencias entre ellos, son condenados a morir quemados, después se les indulta de la pena y son sometidos a permanecer en público ante la ardiente hoguera y prevenidos a caer en ella sin ninguna contemplación si se repite la grave falta.

Un hombre que habló en público controvirtiendo la doctrina de la predestinación de Calvino, es martirizado a golpes en todos los cruces de las calles de la ciudad, luego desterrado de por vida. A un impresor de libros que estando ebrio, insultó al infalible Calvino, le es atravesada la lengua con un hierro candente antes de expulsarlo de la ciudad. Jacques Gruet, sólo porque calificó de hipócrita a Calvino es atormentado y ajusticiado. Cada delito, hasta los más nimios, son además cuidadosamente anotados en las actas de la ciudad, de modo que la vida privada de cada ciudadano es mantenida en perpetua evidencia; la policía de costumbres de Calvino, no conoce ni el perdón ni el olvido.

Bastan algunos años bajo esta disciplina y Ginebra comienza a transformarse. Algo como un velo gris se extiende sobre la ciudad, en otro tiempo libre y alegre. Desaparecen los trajes abigarrados, se apagan los colores, enmudecen pianos y flautas, no suena ya ninguna campana en las torres, ni ninguna canción animadora en las calles o tabernas; cada casa llega a ser fría y sin adornos como templo calvinista. Las posadas están desiertas desde que el violín no es tocado para la danza, los bolos ya no corren por los cobertizos, los dados de hueso ya no caen del cubilete a la mesa. Los lugares de baile permanecen vacíos; las sombrías alamedas, donde se encontraban las parejas de enamorados, están abandonadas.

Sólo el desnudo recinto de la iglesia junta los domingos a los seres humanos en una reunión grave y silenciosa. La ciudad tiene ahora otro semblante, severo y taciturno, es el semblante de Calvino. Poco a poco, todos sus habitantes, por miedo o inconsciente y obligatoria acomodación, adoptan su rígido continente, su inexorable seriedad, borran de sus rostros todo asomo de alegría. Por todas partes cunde el miedo, ya no se habla, apenas se murmura, pues detrás de cada puerta pueden acechar delatores. Todos quieren pasar inadvertidos, prefieren los encierros en sus casas.

Los niños que se crían en esta severa y cruel disciplina, atemorizados en las “lecciones de edificación”, no juegan inquietos y ruidosos como los otros chicos, también ellos agachan la cabeza, como bajo el temor de un golpe invisible; crecen tímidos y sin frescura, como flores que han florecido, no bajo el sol, sino de una sombra fría.

Esta tétrica influencia se arrastra por más de dos siglos, Ginebra no produce ningún pintor, ningún músico, ningún pensador, ningún artista de fama universal. (En 1789 nace Juan Jacobo Rousseau, creará en Ginebra el opuesto polo espiritual de Calvino) Pero, esto no es nada para lo que se puede esperar de una creatura fanática de Dios en el siglo XVI o en cualquier siglo. Esperen que la historia cruel apenas comienza, lo anterior son meras benevolencias del piadoso Calvino.

Para no hacer muy largo este capítulo, sólo me voy a referir a un caso, el de Miguel Servet. Los demás pueden investigarse en los anaqueles de las bibliotecas, si el polvo y el olvido aún dejan ver sus letras, o si no han sido retirados por falta de circulación, como ocurrió con varios de los libros que me proporcionaron elementos para pintar estos episodios de la vileza humana. Hubo uno que leí en mi mocedad y casi no puedo reencontrarlo. Fue necesaria una búsqueda de varios lustros.

El lector de este capítulo no podrá menos que experimentar una sensación de vómito incontrolable, sí sus creencias no le han segado sus sentidos, y de llorar con dolorido sentir, si una mínima porción de sensibilidad abriga su espíritu.

Fue en la Madre Patria, en esa tierra peninsular tan poco prodiga en grandes hombres, tierra monacal prolifera en monarquías, súbditos y católicos. Fruto de ese suelo fue la más sanguinaria de las reinas: Isabel, el más cruel de los inquisidores: Torquemada; el más tirano de los cardenales: Cisneros; el más irracional de los historiadores: Menéndez y Pelayo, y el más vil de los fratricidios: el de García Lorca. Si, allí nace en 1511 Miguel Servet.

Reconstruyamos y evoquemos la historia del holocausto de este hombre, donde acudo de nuevo a la obra que Estefan Zweig, así como a otros textos históricos, pero en menor proporción.

Desde muy joven se manifiesta en Servet su espíritu inquieto y su tono profundo. Ajenos a sus conocimientos no fueron la filosofía, la medicina, (descubre que la sangre no es un plasma estático, sino que avanza por el cuerpo) la geografía, la astronomía y la astrología. Llega su desgracia, sin prever consecuencias. Sólo observando prodigios del cielo, se arroja al pedregoso abismo de la teología. Como caballero andante cabalga contra todas las ventas y molinos de viento de su época. Sin ligarse a ningún partido, ni pertenecer a ningún plan, se constituye así en un español único, en un excéntrico en todo y por completo.

Poco más o menos de la misma edad de Calvino, siendo todavía un chico tuvo su primer choque con el mundo a los 15 años. A causa de la inquisición se ve obligado a huir de su patria aragonesa a Tolouse, para proseguir allí sus estudios. Había comenzado sus inquietudes teológicas a entender que Dios no es divisible por tres, sino que es algo mucho más inconmensurable. Igualmente rebatió el bautizo de los niños, pues considera que no es racional y si muy ridículo bañar de agua y de creencias la cabeza de un ser que aun no tiene uso de razón.

Encuentra estrecho su espíritu en esa Europa dogmática, envuelta todavía en los rezagos del medioevo y con un Renacimiento que no es tal. Siente que la Iglesia se debe reformar, pero no se adhiere a ninguno de los reformadores (Lutero, Zwingli Calvino y Ecolampadio) que ya hacen tambalear con sus doctrinas al alto clero romano.

Es así como refuta esa estupidez sin límites que aún perdura en las obtusas mentes religiosas de estos tiempos seudo modernos, pues todavía creen que Dios es una figura partida en tres. Sólo a imbéciles se les ocurre fragmentar a Dios en tres: padre, hijo y espíritu santo, tres personas distintas y una sola mentira auténtica. Servet desprecia el dogma de la Trinidad por considerarlo inconciliable con el Ser Divino.

Mancebo, imberbe todavía, discute con “los doctores de la Santa Madre Iglesia” busca convencer para que sea abolido ese dogma reducionista de la Divinidad. Uno de estos doctores lo trata de “judío, turco, blasfemo y poseído del demonio”, como a un perro sarnoso lo arroja de su “sagrada” casa. A la edad de 22 años imprime su tesis contra la Trinidad. Encolíranse los cielos, con furia diabólica truenan los teólogos, argumentan que quiere acabar con la religión cristiana y se proclama que como único merecimiento “le sean arrancadas las entrañas de su cuerpo viviente”

Queda, entonces, en contraposición tanto con la iglesia Católica como con la Protestante. No le queda espacio en el globo terráqueo. Servet se ve obligado a volverse invisible, cambia de país y de nombre. Estudia derecho en la Universidad de Toulouse. Medicina en las de París y Montpellier. En Vienne, Francia, logra hacerse médico de un respetable arzobispo, actúa con el nombre de Miguel de Villanovus, adquiere prestigio y fortuna. Pero este hombre no producido al por mayor por la naturaleza, no está en modo alguno muerto, quiere espacio, mundo y libertad, desea que sus concepciones acerca de la Divinidad se propaguen y cambie así un poco ese mundo ortodoxo de las religiones dominantes.

Busca, entonces, aunque sea en la lejanía, encontrar un amigo espiritual con quien compartir sus tesis teológicas en contra de la Trinidad y el bautismo infantil. Avanza con fatales pasos hacia el fatal abismo, error de errores, horror de horrores. Escoge al menos apropiado de los mortales para debatir sus tesis, a Juan Calvino, quien ya goza de algún renombre como reformador. Va a su encuentro con completa confianza, cree que es el hombre para ponerse de acuerdo en su interpretación de los Escritos Santos.

Hacia 1545 inicia por intermedio de un librero de Lyon, una relación epistolar, le escribe carta tras carta. Al principio Calvino sólo le contesta disuadiéndolo de un modo doctrinal, pero a lo último tanto le irritan sus tesis heréticas como el tono arrogante de ese “amigo” por correspondencia. Atacado de bilis dirígele frases como esta: Con frecuencia le hago comprender que va por erróneo camino al probar la monstruosa diferencia de las tres esencias divinas.

Servet insiste y se atreve a hacerle reparos a una de las “infalibles” obras de Calvino, quien como un león herido ruge: No presto ya más atención a las palabras de este individuo que al rebuzno de un asno. Obstinado (tal vez creyendo que está provisto de una inspiración divina) Servet le envía al hombre de Ginebra su más reciente obra Restitución del Cristianismo. Calvino hecho un energúmeno la asume como la contraparte de su Constitución Cristiana. Además, Sevet, ingenuamente, le expresa que cuando él lo desee irá a su encuentro en Ginebra. El lívido rostro de Calvino asume el rubor de la iracundia y le escribe al librero, quien ha servido de mediador en el cambio de correspondencia, que en realidad tiene cosas más apremiantes que hacer que perder su tiempo con tan desaforado loco.

Al mismo tiempo, Calvino le escribe a Guillermo Farel, su álter ego en cuestiones teológicas y su lugarteniente en la preparación y ejecución de sus crímenes: Servet me escribió hace poco tiempo y añadió a su carta un grueso volumen con las elucubraciones de su sesera, afirmando, con increíble petulancia, que había de leer en él cosas sorprendentes. Se declara a venir en cuanto yo lo desee... pero no quiero decirle a cerca de ello una sola palabra, pues si llegara a venir, lo que es yo, en cuanto todavía conservara alguna influencia sobre esta ciudad, no soportaría que volviera a salir vivo de ella...

Servet advierte el desprecio, tal vez el peligro, espantado le escribe: Como eres de opinión de que soy un Satán para ti, pongo punto final, devuélveme el manuscrito y consérvate bien, pero si crees sinceramente que el Papa es el Anticristo, tienes también que estar convencido de que la Trinidad y el bautizo de los niños, que constituyen una parte de la doctrina pontificia, son un dogma demoníaco. Calvino ni le responde ni le devuelve el manuscrito, conserva el herético escrito en un armario, para poder sacarlo a la hora que convenga.

Cesa la correspondencia pero no el odio de Calvino a su contradictor, lo guarda en su interior casi con el mismo celo con que ama a su Cristo, para despreciar tanto a un hombre, tiene que existir la contra parte de adorar tanto a un dios.

Servet no se detiene, cree que la providencia divina lo envió como medio para edificar su iglesia libre de los errores reinantes. En imprenta clandestina y con sólo las iníciales de su nombre edita una nueva obra de 700 páginas. A manos de Calvino llega con prontitud uno de los mil impresos. Con sólo tenerlo en su regazo, sus manos tiemblan, de cólera arde. La acumulación estática de la sangre en sus flácidas mejillas trastorna su pálido rostro en intenso carmesí.

Algo extenuado se recuesta sobre su lecho poco abollonado, pero no para descansar o entregarse al sueño, sino para maquinar su venganza. Poco tiempo después resuelve el asunto; llama a su auxiliar Mateo Trye y lo instruye debidamente. El 6 de febrero de 1553 Servet es acusado ante la inquisición francesa por el tal Trye, quien lo señala como un archihereje que no debe ser tolerado bajo ninguna consideración a causa de la gravedad de sus blasfemias contenidas en sus apócrifas publicaciones. Para el títere de Calvino, este español miserable debe ser quemado cuanto antes por la Santa Inquisición fundada y dirigida por el pontificado de Roma, si en verdad la católica Iglesia tiene un verdadero y profundo celo en defender la fe cristiana.

El cardenal de Lyon convoca con la mayor prisa al venerable inquisidor pontificio Pierre Ory. Con funesta celeridad pónese en movimiento la rueda impulsada por Calvino. El 16 de marzo, Miguel de Villanovus es ya emplazado en Vienne, pero a despecho de Ginebra la bomba no estalla. Con astucia se ocultan los libros y la imprenta. Villanovus sostiene ante el tribunal del Santo Oficio que no tiene nada que ver con el señor Servet. Se cierra el proceso, se retira la inquisición a juzgar otros casos de escandalosa brujería.

El tono carmesí sube de nuevo al rostro de Calvino, otra vez se recuesta a maquinar su crueldad. Trye llega hasta los católicos inquisidores provisto de las cartas y el manuscrito de Servet, todo muy bien conservado para este preciso momento. Ahora el juez de los herejes puede comenzar rápida y cómodamente su trabajo. Así Calvino, jefe del protestantismo, quiere colaborar con los inquisidores romanos en la quema de un hereje, cuando entre ambas religiones se combate con sangre y fuego, con patíbulos y tormentos en todos los países de la Tierra.

Servert acusado de nuevo, en mazmorra espera el juicio y su inexorable y trágico fin. La maquinación de Calvino bajo el nombre de Trye es un monumento de hipocresía, capaz de deshonrar no sólo a un hombre, sino a una secta.

Pero por segunda vez resulta prematuro la violenta esperanza de Calvino de que sus archienemigos lo liberen de su archienemigo. El caso es que la guardia de Servet es descuidada, mientras la mayoría de los herejes son encerrados en estrechos calabozos y sujetos a la pared con cadenas de hierro, le permiten que de un diario paseo por el jardín, para respirar al aire libre.

El 7 de abril, después de uno de tales paseos, Servet con ayuda de una escalera franquea la pared del huerto. Al otro lado del muro, por un árbol se descuelga hacia la libertad; en sus frondas, dos horas después el jefe carcelero encuentra su gorra de terciopelo negra y su bata de preso. A son de trompeta se hacen pesquisas en todos los lugares del contorno. El hombre no aparece, ha logrado una hazaña: huir de la Inquisición.

De este modo, fracasan de nuevo los planes ginebrinos de matar alevosamente a su adversario espiritual y personal sin utilizar sus propias manos, sino aprovechando la intolerancia y el fanatismo del enemigo más acérrimo de su Reforma Protestante: la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Después de su fuga, Servet sigue desaparecido, sin dejar huella de sí durante algunos meses. Jamás podrá ser imaginado y expresado por nadie qué espantos habrá soportado el alma del perseguido hasta aquel día del mes de agosto; de pasó para Italia comete el último y el más fatal error de su vida. En un caballo de alquiler, penetra al lugar del mundo más peligroso para él, a Ginebra, y se hospeda en la Posada de la Rosa, a la orilla del lago.

Más inexplicable aún, es domingo y dirige sus pasos a la Catedral de Saint Pierre, donde predica su archienemigo Calvino, solamente se habían visto una vez en París. Con sus ojos macilentos, el sabueso alcanza a reconocer el forastero dentro de esa multitud que lo escucha con reverencia merecida a un dios. En medio de su piadoso rebaño reconoce al lobo viajero. Sin orden judicial ni cargo en su contra en esa ciudad, Calvino inmediatamente da orden a sus alguaciles para que lo hagan prisionero al salir del templo.

La ley de Ginebra exige que el acusador sea reducido a prisión junto con el reo hasta que pruebe su demanda; de lo contrario, se le aplicara la pena del talión. Calvino, entonces, busca un testaferro para que se presente como acusador, a pocos pasos lo encuentra: su cocinero Nicolás de la Fontaine. Es así como este fiel sirviente acusa al aragonés de haber escrito treinta y ocho preposiciones heréticas y difamado en la persona de Calvino la Iglesia de Ginebra. Ante tales infamias contra la fe, el buen cocinero queda en libertad y el acusado a merced de un “justo” proceso.

El terreno ya está preparado. Calvino con toda la malignidad que su espíritu carga, asoma su rostro de bestia despiadada ante los jueces y asume el papel de verdadero acusador del español hereje. Pide al Consejo participar en el interrogatorio bajo el pretexto de que: Pueden serle mejor probados al acusado sus errores. En realidad, con el propósito de impedir, mediante el empleo de toda su fuerza moral, la liberación de la víctima que amenaza producirse. Algunos amigos tratan de dilatar el proceso para prolongar la existencia del reo y una posible liberación. Pero ante la insistencia macabra de Calvino, cualquier misericordia para Servet es ya imposible.

La larga y tétrica prisión hace su cruel labor de debilitar física y moralmente al convicto. En su encierro es tratado con una consciente y refinada dureza. Desde hace semanas mantienen a aquel hombre enfermo, nervioso e histérico, que se siente por completo inocente, cautivo en un calabozo húmedo y glacial, con cadenas en pies y manos, como un asesino. Podridas cuelgan de su helado cuerpo las piezas del traje, a pesar de lo cual no se le concede ninguna camisa limpia; los más elementales quehaceres de la limpieza le son desatendidos; a nadie le es lícito prestarle el más insignificante auxilio.

En su miseria sin fondo, dirígese Servet al Consejo en una carta conmovedora, en demanda de mayor humanidad: Las pulgas me devoran en vida, mis zapatos están destrozados, no tengo ya vestidos ni ropa blanca. Aunque el Consejo dispone inmediatamente, la supresión de tales anormalidades, una secreta e inhumana mano impide todo mejoramiento de su situación.

Lo mismo que a un perro sarnoso en un montón de estiércol, siguen dejando que este osado pensador continúe consumiéndose en su húmeda cueva. De modo más espantoso, unas semanas después, en una segunda carta, con penetrantes gritos de angustia de quien se consume en sus propios excrementos, expresa:

¡Os suplico, por el amor de Cristo, que no me neguéis lo que le otorgáis a un turco y a un criminal! De todo lo que habéis ordenado para mantenerme limpio, nada se ha cumplido. Me hallo ahora con mayor miseria que nunca. Me atormenta el frío, a causa de mi cólico y mi hernia, produciéndome otras molestias que siento gran vergüenza en describirlos. Es una gran crueldad que no se me dé ninguna posibilidad de remediar esta mi extrema miseria corporal. Por amor de Dios, honorables señores, ordenadlo, sea por piedad o por deber.
Dado en vuestras prisiones de Ginebra 10 de octubre de 1553

Miguel Servet

Febril en las noches reflexiona de su inocencia y en la malignidad extrema de su acusador, y le dirige palabras como estas: ¿Es que niegas que eres un asesino? Te lo demostraré con tus acciones. En lo que a mí se refiere, estoy seguro de la justicia de mi causa y no temo a la muerte. Pero tú gritas como un ciego en el desierto, porque el espíritu de la venganza abraza tu corazón. ¡Has mentido, has mentido, ignorante calumniador! Espumea en ti la cólera cuando persigues a alguien hasta la muerte. Quisiera que toda tu magia estuviera aun en el vientre de tu madre y me fuera dada ocasión, para mostrar todos tus errores.

En la sangrienta embriaguez de su furor, el desdichado Servet se olvida por completo de su propia impotencia; haciendo resonar sus cadenas, con espumarajos en la boca, este hombre enfurecido exige al Consejo que le juzga, que en lugar de realizar tal labor, lance una sentencia contra el quebrantador del derecho Calvino, contra el dictador de Ginebra: En tal sentencia como malvado que es, no sólo debe ser declarado culpable, sino también desterrado fuera de la ciudad y su hacienda debe serme adjudicada en compensación de la mía, que he perdido por su culpa...

Seguramente, muy confiado por lo que llaman fe, al dios de sus creencias, le hace el mismo ruego; pero este clamor no es más que sembrar en el aire o arar en el mar, es lo que puede llamarse un cero absoluto, la nada de la nada. Su actitud, algo valerosa, sólo tiene efectos totalmente contrarios a los que espera. Ante el aspecto de este hombre: flaco, lívido, extenuado, con su barba enmarañada y sucia, quien arroja a borbotones, salvajemente las más monstruosas acusaciones contra su cristiano jefe, los miembros del Consejo se espantan y no hacen más que considerarlo como un verdadero Satán.

Durante semanas y semanas permanece Servet en su calabozo, separado del auténtico mundo entregado a las más inagotables esperanzas (confiando en su dios), con delirio cree que tiene convencido a los jueces de la verdad de sus tesis y de que con injurias y vergüenza dentro de pocos días, será expulsado de allí el usurpador Calvino. Tanto más espantoso es su despertar, por ello, cuando con reservado semblante, entran en su celda los secretarios del Consejo y, solemnemente, desenrollan un pergamino para darle de él lectura, la sentencia le hiere como un rayo.

El calendario marca el 26 de octubre de 1553, llega la sentencia. Por unanimidad, es condenado Servet a ser quemado vivo, y este cruel veredicto, hijo legítimo del fanatismo, la teología y la intolerancia religiosa, debe ser ejecutado el siguiente día en la plaza de Champel.

Nosotros síndicos, jueces de las causas criminales en esta ciudad, visto el proceso hecho y promovido ante nosotros contra Vos. Miguel Servet de Villanova del reino de Aragón en España, y habiendo visto vuestras voluntarias y repetidas confesiones y vuestros libros, consideramos que Vos, Servet, durante mucho tiempo habéis propagado una doctrina falsa y absolutamente hereje, despreciando toda queja y corrección, y con obstinación malvada y perversa habéis divulgado hasta en libros impresos contra Dios el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en una palabra contra los principios fundamentales de la religión cristiana y que habéis tratado de provocar un cisma y perturbar a la Iglesia de Dios, por lo cual muchas almas pueden haber sido arruinadas y perdidas, actividad horrible, trastocadora, escandalosa y contagiosa. Y no habéis tenido vergüenza ni horror de poneros contra la divina majestad y la Sagrada Trinidad, tratando siempre con obstinación de infestar el mundo con vuestro fétido y hereje veneno. Crimen de herejía dañino y execrable, merecedor del último castigo corporal. Por estas causas y por otras justas razones que a ello nos mueven, deseosos de purgar la Iglesia de Dios de tal peste, y cortar de ella un miembro podrido; previa consulta con nuestros ciudadanos, e invocando el nombre de Dios para administrar recta justicia y emitir un justo veredicto (...) teniendo ante nuestros ojos a Dios y a las Sagradas Escrituras, hablando en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, decimos:

En el nombre del Padre , del Hijo y del Espíritu Santo, condenamos a ti, Miguel Servet, a ser atado y llevado mañana en horas matinales al campo de Champel y ser puesto en la hoguera y quemado vivo junto con vuestros libros hasta que no seáis más que ceniza. Y así se habrá puesto fin a vuestros días y se habrá dado ejemplo a los que pensaran cometer semejantes delitos.

Rígido, como si no comprendiera lo monstruoso, escucha la lectura del texto que dispone su destino. Durante algunos minutos, permanece como aturdido y sin conciencia. Cae de rodillas, grita de espanto: ¡El hacha, el hacha, y no el fuego!... Si he errado ha sido por ignorancia... No me arrastréis a la desesperación.

Los nervios desgarran al hombre atormentado. Comienza a balbucear, a lanzar ayes, a sollozar. De modo retumbante, brota de su garganta, en su materna lengua española, el equivocado grito de espanto: ¡Misericordia! ¡Misericordia! Esperar tal caridad o sentimiento de conmiseración de fanáticos de Dios. ¡jua! ¡jua! ¡jua! Qué descaro, pero semejante ruego, aunque con dolor, lo que da es risa.

Estos últimos días, elevan a este caballero andante de la ciencia y del saber critico hasta la categoría de mártir y héroe de sus pensamientos, pues ya en su máxima vulnerabilidad le piden que se retracte de sus blasfemias, a cambió de un “beneficio”, como el de decapitarlo antes de quemarlo, pero el hombre no accede. Declara que una sentencia judicial terrena no puede nunca servir como prueba de si un hombre tiene o no razón en las cosas divinas. Asesinar no es convencer. No se le ha probado cosa alguna, sólo se intenta matarlo.

Ni con amenazas ni con promesas, consigue Farel arrancar de su víctima, encadenada y ya próxima a la muerte, ni una sola palabra de retractación. Hasta Calvino lo visita en su húmeda celda para decirle que deje a un lado todo lo que se refiere a su persona y únicamente confiese su error contra Dios, cuya triple personalidad ha negado. En su calidad de riguroso dogmático, Calvino se niega a reconocer como prójimo suyo a este hombre destinado ya al sacrificio, que al día siguiente debe ser arrojado a las llamas como leño sin valor.

Este malvado hombre de fe sólo percibe en Servet el blasfemo negador de su propio concepto personal de Dios, y, por lo tanto, en general, el negador de Dios. Para satisfacer su pedantería, lo único que le interesa a Calvino es exprimir el destinado a muerte, antes que exhale su postrer aliento, escucharle de sus labios la retractación y el arrepentimiento y la expresión de que toda la razón la tiene él.

Al no lograrlo, Calvino se aparta duramente; sin una palabra ni una mirada piadosa abandona a su víctima. Tras él chirrían férreamente los cerrojos, y con estas palabras que espantan por su falta de sensibilidad, este acusador y fanático hombre de Dios cierra el informe que ha de acusarlo ante la Historia por la “eternidad” que este mundo sobreviva desde aquella hora, día, mes y año de la centuria dieciséis: Ya que con persuasión y advertencias, nada podría lograr, no quise ser más sabio que lo que mi maestro lo permite. Seguí la regla de San Pablo y me retiré del lado de aquel hombre herético, que se había condenado asimismo.

Desde el inicio del proceso, de su interior sin entrañas Calvino había vomitado una exhortación a otras ciudades europeas practicantes de su tétrica reforma (donde se habían solicitado conceptos sobre la causa de Servet ): Qué no se libere este impío de la muerte que para él deseamos.

¡Oh! gran infamia la que puede venir detrás de las palabras de un hombre-bestia que se cree predestinado del cielo y ungido de Dios. Las respuestas y consideraciones de los clérigos ministros de estas ciudades son: Berna: El señor os dé espíritu de prudencia y sabiduría para que liberéis a nuestra Iglesia de esa peste; Zurich: La Providencia os presenta buena ocasión para que vosotros y nosotros no pequemos por exceso de indulgencia o falta de diligencia para perseguir y castigar de manera ejemplarizante a los herejes; Basilea: Usaréis, para curarle de sus errores y remediar los escándalos que ha ocasionado, todos los medios que la prudencia os dicte; pero si es incurable, debéis recurrir a la potestad que tenéis de Dios, para que no torne a inquietar la verdadera y única Iglesia de Dios, ni añada nuevos crímenes a los ya cometidos; Schaffhausen: No dudamos que con prudencia impediréis que las blasfemias de Servet gangrenen el cuerpo cristiano; usar con él largos razonamientos, sería lo mismo que discutir con un loco.

La muerte atada al poste de la hoguera, para ser poco a poco tostado a fuego lento, es de todos los géneros de ejecución, el más lleno de tormento, hasta en la Edad Media, mal afamada por cruel, sólo la empleó en los más raros casos en toda su espantosa y larga duración; en general, los condenados eran estrangulados antes contra el poste o aturdidos por medio de bebidas.

Este género de muerte, el más horroroso y estremecedor, fue, sin embargo, el previamente elegido para la primera víctima de herejía del Protestantismo, y bien puede suponerse que Calvino, después de los clamores de indignación de todo el mundo humanitario, habrá intentado alejar de sí, posteriormente, muy posteriormente, la responsabilidad de la cruel sevicia usada en el holocausto de Servet.

El resto es horror. ¡Oh religión a cuantos crímenes has empujado a los hombres! Ya no resta sino recorrer el trágico camino. El 27 de octubre a las diez de la mañana, el prisionero es sacado de su calabozo. Pónese en marcha el cortejo.

Con erguido caminar, la procesión del suplicio la encabezan el teniente con su ayudante, provistos ambos del distintivo de su funesto cargo y rodeados de arqueros militares y alguaciles. Con ropajes sin mucho boato y la Biblia entre las manos, en murmullo de oraciones, con mucha parsimonia detrás caminan unos cuantos prelados del calvinismo. Sigue el condenado. Con sus harapos hechos jirones trastabilla; desde hace semanas tiene olvidado lo que es caminar. Sólo consigue avanzar tambaleándose trabajosamente.

Por primera vez desde hace mucho tiempo, y por última por toda la eternidad, sus desacostumbrados ojos vuelven a ver la luz del cielo. Casi hasta la cintura y en remolinos su barba cana, mugriento, extenuado, haciendo sonar sus cadenas, esfuerza un paso; bajo la clara luz otoñal, el estado de decrepitud de su semblante color ceniza, produce un efecto de espanto.

El hereje, blasfemo, réprobo y apostata en tumbos avanza hacia su último sacrificio. Con sus fuerzas en creciente menguante, al pasar frente a las escalinatas del ayuntamiento siente no poder dar un paso más. Los alguaciles lo empujan, ruda y fuertemente; de rodillas y humillado cae este hombre de espíritu aventurero, inclinado a grandes cosas, quien ha dejado atrás sus huellas de explorador en todos los campos de la ciencia; fueron rastros de luz, demasiados intensos e insoportables para la cerrada visión de aquella tiranía espiritual.

De última en el cortejo avanza la muchedumbre. Es el pueblo ginebrino que con un horror mezclado de conmiseración, temeroso y en silencio, expectante observa las atrocidades de su más caro guía espiritual. Farel cual verdugo del espíritu marcha al lado del condenado, le pide a los alguaciles que lo levanten y lo reta a caminar. Al dolor físico de cada paso se suma el flagelo en palabras de Farel; en tono entre demoníaco y divino le insiste: Ahora que te aproximas al último instante renuncia al error maldito y retráctate de tus falsas concepciones, pues también te espera el fuego eterno si sigues contumaz en tus blasfemias contra la santa Trinidad y el sagrado bautismo.

Ha llegado el cortejo macabro a la colina de Champel, al Campo del Verdugo, que aún conserva su nombre antiguo, y domina las encantadas riberas del lago de Ginebra. En este lugar, en el marco de este paisaje, de los más hermosos de la Tierra, un hombre de ciencia y fe, empujado por el fanatismo y la intolerancia religiosa, así como por su misticismo y creencias, se apresta a cerrar para siempre sus ojos por la acción torturante del fuego.

Con la cabeza inclinada por el peso de la aflicción y la injusticia, le es forzoso oír de nuevo la sentencia que el síndico proclama ante el pueblo congregado. Es el veredicto dado por hombres de fe, después de invocar el nombre de Dios y con los ojos puestos en las Sagradas Escrituras para administrar recta justicia.

Se repiten las palabras de espanto: Te condenamos Miguel Servet, a ser quemado vivo en este campo sagrado de Champel, y contigo, tanto el manuscrito de tu libro como también los ejemplares impresos del mismo, hasta que tu cuerpo se consuma en cenizas; así debes terminar tus días para dar un ejemplo admonitorio a todos aquellos que desearan cometer un crimen semejante.

Estremecimientos y temblores, qué más podría producir en el reo la maldad religiosa hecha palabras y pronto muy pronto macabras acciones. En su mortal angustia arrastrase de rodillas hasta los señores del Consejo e implora de nuevo: Por el amor de Dios, concededme la merced de ser decapitado de un hachazo a fin de que el exceso de dolor no me lleve a la desesperación, sí cometí alguna falta, habrá sido por mi ignorancia; pero nunca me impulsó otro afán, sino el de procurar gloria a Dios.

Farel aprovecha los momentos de extrema angustia del indefenso, con acento de profeta de la más malvada de todas las deidades, vocifera con agudo tono (para que toda la muchedumbre escuche): Obstinado hereje, digno del más cruel de los castigos, confiesa tu crimen para que te pueda alcanzar la infinita misericordia de Dios. El indomable aragonés replica: No he hecho nada para merecer la muerte de este modo. Dios me perdone y perdone a mis enemigos y perseguidores. Y así de rodillas levanta los ojos al cielo, como quien no espera misericordia ni justicia en la Tierra, exclama: ¡Jesús, salva mi alma! ¡Jesús, hijo del eterno Dios, ten piedad de mí!

Ante la respuesta verdaderamente piadosa de Servet de que sufre injusta muerte, pero le implora a Dios que sea indulgente con sus acusadores, atácale rudamente Farel, con dogmático furor: ¿Cómo? ¿Después de haber cometido el más grave de todos los pecados, todavía pretendes justificarte? Si sigues hablando de este modo, te entrego a la sentencia de Dios y no te acompañaré más, aunque estaba decidido a no abandonarte sino en tu último aliento.

Pero Servet ya no responde, le repugnan los sayones y pendencieros, ni una palabra más para ellos. Sin cesar va murmurando entre sí mismo y para sí mismo el presunto hereje y negador de Dios !Oh, señor, salva mi alma! ¡Oh Jesús hijo del Eterno, ten compasión de mí! Después, una y otra vez suplica a los presentes, alzando la voz, que oren con él y por él. Aun en el lugar del suplicio, ante el poste de la hoguera, pónese otra vez de rodillas, para recogerse piadosamente.

Pero, por temor de que este puro gesto del presunto hereje pueda impresionar al pueblo, el fanático Farel grita por encima de la víctima respetuosamente postrada: ¡Ya veis el poder que posee Satanás cuando tiene a un hombre entre sus garras¡ Este hombre es muy instruido y quizá cree proceder correctamente! Pero ahora está en poder de Satanás y a cada uno de vosotros puede ocurriros lo mismo.

Mientras esto sucede, han comenzado los pavorosos preparativos. Ya está la leña amontonada al pie del poste, ya chirrían las cadenas con las que Servet debe ser colgado del palo, ya el verdugo tiene amarradas las manos del condenado. Entonces, acercase por última vez Farel hasta Servet, el cual no hace más que suspirar en voz baja: ¡Dios mío! ¡Dios mío!, y le grita con coléricas palabras: ¿No tienes otra cosa que decir? Todavía espera aquel desalmado pedante que Servet, a la vista del poste del martirio, confesara la verdad única verdadera: la calvinista. Pero Servet responde: ¿Qué puedo hacer sino hablar de Dios?

Desengañado abandona Farel a su víctima. Ahora no resta ya nada más que el otro verdugo, el del cuerpo, realice su función macabra. El hombre está junto al poste del tormento. Como mofa le colocan una corona de paja y follaje salpicada de azufre. Con las cadenas de hierro sujéntanlo a la estaca. Le atan su libro a los brazos y le ciñen el cuello con cuatro o cinco vueltas de una gruesa cuerda, Servet les pide, entonces, que no lo retuerzan más.

En el propio rostro del condenado, el verdugo con una tea comienza a encender el fuego. Muy lentamente la llama comienza a levantarse y a envolver al condenado. Pero la leña, verde y húmeda por el rocío de la mañana, arde mal. Además, la naturaleza también se comporta en su contra; se levanta un impetuoso viento que aparta el fuego de su cuerpo. Entonces, se prolonga el suplicio.

!Infeliz de mí! ¿Porqué no acabo de morir? Las doscientas coronas de oro y el collar que me robasteis ¿no os bastan para comprar la leña necesaria para consumirme? ¡Eterno Dios, recibe mi alma! ¡Jesucristo, hijo de Dios eterno, ten compasión de mí! Algunos de los que lo escuchan se compadecen y echan a la hoguera leña seca.

Por fin brotan por todas partes las llamas, da un alarido, todos quedan horrorizados. Pronto, el humo y el fuego envuelven aquel cuerpo que se retuerce en su tormento. Sin cesar y de modo cada vez más angustiante, brotado de la carne viviente lentamente devorada por el fuego, escúchase el estridente grito de dolor del que sufre de incalificable modo. Se escucha otro gemido espantoso que se pierde en eco sobre el tétrico Champel: ¡Oh Jesús, hijo del eterno Dios, ten compasión de mí!

Más de una hora dura este terrible combate con la muerte, entonces, descienden las ahítas llamas, el humo fluye en desparramados chorros negruzcos. Del chamuscado poste, colgado de las cadenas puestas al rojo, pende una masa negra, humeante, carbonizada, un horrendo mazacote que en nada recuerda ya lo humano.

Lo que antes era una terrena criatura pensadora, consagrada apasionadamente a la ciencia y a lo eterno, una palpitante porción del alma divina, no es ya más que una tremenda basura, está convertida en una masa tan horrible, repugnante y hedionda. Ni tal panorama acaso hubiera podido edificar durante un instante al desalmado Calvino, a cerca de lo inhumano de su pretensión de arrogarse el ser juez y verdugo de un prójimo suyo.

A Servet su terquedad apasionada lo convierte en el prototipo de las víctimas de la intolerancia religiosa. La crueldad católica lo quemó en efigie y en cuerpo viviente el Protestantismo. Nada lo hace transigir, ni la perspectiva de la muerte o la posibilidad de salvarse con una sola palabra de debilidad, su fuerza es la de la convicción que lo hace vivir más allá de la tortura.

Como luego lo hizo Robespierre durante la Revolución Francesa, Servet se engañó con la certeza de que adulando al Ser Supremo y promoviendo su culto, tendría protección de esa divinidad, pero la cabeza del revolucionario francés no fue protegida por ese supremo ser objeto de sus adulaciones, sino que fue tronchada por la afilada acción de la guillotina, error de errores, horror de horrores. La historia de los mártires del cristianismo y de todas las religiones es exactamente la misma.

Sólo Sebastián Casteallion se atreve a levantar su voz en contra del fanatismo y la intolerancia de Calvino. Mediante dos obras: Tratado de los Heréticos y Contra el libelo de Calvino, condena con sabia argumentación la hoguera de Servet. Pero en su lucha contra la fuerza de la bestialidad, al defensor le corresponde el papel de vencido: perseguido y expulsado, su muerte prematura salva a Calvino de la responsabilidad en otro crimen atroz. Medio siglo después de su muerte, a las dos obras de Castallion se les reconoce trascendencia por haber planteado por primera vez el tema de la libertad de pensamiento.

Igual que Savonarola, Juana de Arco y otros muchos fanáticos y mártires de religiones y sectas, el mayor error de Servet fue creer en el dios de su imaginación (en este caso el del cristianismo) y tener la convicción de que semejante dios, totalmente inexistente, podría protegerlo. Con su obra Errores de la Trinidad, publicada en 1531, pretendió remover el que consideró el mayor, impedimento para la integración de judíos, musulmanes y cristianos, creyentes que comparten arcángeles como San Gabriel, patriarcas como Abraham y ciudades sagradas como Jerusalén.

Según sus propios cálculos astrológicos, Servet profetizó que estaba cerca el Gran Apocalipsis y el renacimiento de la verdadera Iglesia (adefesio o monstruo siamés de tres cabezas: cristianismo, judaísmo e islamismo). Creía que en 1885 habría una revelación que concluiría con la plena restauración del reino del Cristo; él sería portador y protegido de esa revelación. ¡Qué toque de misticismo tan fatal!

En el caso Servet, catolicismo y protestantismo, enemigos acérrimos, se presentan aliados para perpetrar un crimen. Estas dos formas abominables de cristianismo son las mismas cuando se trata de negar y combatir la libertad de pensamiento e investigación. Cabe anotar que la maldad pontificia romana es más cruel, vengativa y salvaje que ninguna otra, pues ataca después de la muerte.

En caso de denuncia póstuma se exhuma y se ultraja el cuerpo. La declaración de “inhabilitación”, o sea, la privación de todos los derechos civiles y la imposibilidad de desarrollar profesiones públicas, civiles o religiosas es extensiva a los familiares de los condenados a muerte. Fue así como a los condenados póstumamente, incluso a sus descendientes, se les exhuma sus huesos, para ser lanzados a los animales rapaces; última venganza de estos aduladores de dios.

En diciembre de 1553, dos meses después del inenarrable holocausto de Servet, la crueldad católica también asesta su golpe; para ningún hereje puede haber indulgencia, así su cuerpo no sea más que leves cenizas al viento y al azar. En la plaza de mercado de Vienne, abigarrados de lujosas vestimentas y pedrerías, se congrega la jerarquía eclesiástica. El inquisidor mayor se destaca por su bonete de cuatro puntas; también acude el pueblo creyente. El motivo es presenciar, en vez del hombre vivo, la quema en efigie del condenado huidizo, junto con cinco fardos de ejemplares de su obra Restitución del Cristianismo.

Inoculado el virus de la predestinación en la cloaca mental del detestable Calvino, se propaga por el ancho mundo. Con derecho adquirido a predio en el edén por capricho de su dios de infamia; los miserables contagiados experimentan “gozo interior” y “encanto celestial”. El contagio adquiere dimensiones de peste, se propaga y se propaga. Los papistas se enardecen.

La jerarquía católica tiembla, está en peligro de perder los tronos de sus reinos terrenal y celestial. Se desata la furia, propia sólo de creyentes o fieles a un dios y a una religión. Qué virus tan mortífero, otras pestes poco lo igualan.

Iridiscente se torna el cielo, entre cojines de nubes rosa, desciende el arcángel San Gabriel. De su boca, incrustada en su rostro de estirada mandíbula, de la que penden luengas barbas que caen hasta su pecho como torrente de nieve, surge su voz, que en melodía pronuncia: ¡Catalina, ¡Catalina!, debes casar a tu hija Margarita de Valois con el protestante Enrique de Navarra y Borbón, quien se hará católico y unificará todo el reino bajó la iglesia verdadera de Jesucristo.

La bondadosa y entrañable católica Catalina de Medicis, esposa de Enrique II de Francia y madre del rey Carlos IX, interpone oficios y no descansa hasta hacer realidad el consejo arcangélico de su onírica aparición. Apelando a cronistas de la época y a algunos historiadores posteriores que dejaron testimonios y narraciones, trataremos de reconstruir la tragedia que provocó este desposorio real.

Margarita de Valois es una agraciada damisela de 19 años, hace versos, toca el laúd, baila la pavana y aprende latín y griego. Le gustan las cosas elegantes, las bellas estofas, los trajes, las joyas y las pelucas rubias, con las que cubre sus negros cabellos. Con todo el ímpetu de su juventud ama a Enrique duque de Guisa. Mocetón rubio, gigantesco, amable y elegante, de cuerpo alto provisto de esbeltez y agilidad. Enrique de Navarra, aunque es joven no iguala en galanía a éste.

La fecha de las nupcias está acordada, 18 de agosto de 1572. La única persona no consultada respecto al matrimonio, es la misma Margarita. Se le informa del asunto en el momento que se le entrega el ajuar. Trata de rebelarse pero, al fin, tiene que inclinar la cabeza ante los intereses del Estado, y obedece.

La reina de Navarra, Juana de Abret, aunque no muy de acuerdo con el matrimonio de su hijo debido a la catolicidad de la prometida, en su carruaje real con su guardia de honor y sus bártulos llega a París para asistir a la solemne boda. Se hospeda en el castillo de Blois. Presta acude Catalina para darle la bienvenida. Llega cargada de regalos, entre ellos unos vistosos guantes de tafilete recamados en pedrería.

En camino viene Enrique con una escolta de 500 gentilhombres, todos hugonotes, como se denomina a los calvinistas en Francia. Al llegar a Chaunay un mensajero le informa que su madre ha pasado a la categoría de difunta. Tan repentina muerte no parece natural, la voz pública acusa a Catalina de haberla procurado, regalando a Juana un par de guantes impregnado de un perfume venenoso, preparado por un italiano llamado René, vendedor de artículos de modas en la calle de Saint-Honoré, quien mercantiliza, entre otras cosas elegantes de gran precio, venenos y elixires mortales. Llega Enrique a París a tomar la esposa y a enterrar a la madre, y por esta última circunstancia convertido en rey de Navarra.

Día de la boda. El esposo acompañado de un sequito de duques (entre ellos el amado de Margarita Enrique de Guisa) príncipes, mariscales y almirantes se dirige al arzobispado que está frente a Notre-Dame, a tomar la esposa que ha pasado la noche allí al lado del rey su hermano y de su madre.

El rey, los príncipes y el futuro esposo visten trajes de raso amarillo, sobre los cuales brillan preciosas joyas. La capa y la espada del soberano valen 600 mil coronas. El cortejo recorre una galería abierta y expresamente construida a través de la plaza, para dirigirse a la Catedral, donde los espera el anciano cardenal de Borbón de muceta, estola y solideo carmesí. Destacase en su pecho un soberbio crucifijo en oro, rubíes y diamantes.

Pero quién dijo que los protestantes iban a misa. Enrique de Navarra ingresa con su sequito a Notre- Dame para acompañar a Margarita, pero inmediatamente regresa a la plaza a esperar que termine el oficio. La impresión producida por este acto provoca un sordo murmullo de cólera en la multitud que rodea la plaza. El fanático pueblo parisiense ve este gesto como una grave ofensa contra su santa religión.

Con su vestido de muselina blanco con miriñaque, su collar de treinta y dos perlas enredado en su cabello de peinado alto, gargantilla y collar de brillantes, sale de misa Margarita acompañada del sequito real. La bendición nupcial se echará en la plaza, para lo cual está dispuesto un prominente catafalco adornado con miles de flores y tapizado en terciopelo rojo. -Margarita de Valois aceptas por esposo a Enrique de Borbón rey de Navarra-, expresa en reverendo tono el ilustrísimo cardenal de Borbón. La dama queda muda, no pronuncia palabra. Ante un gesto adusto de su hermano el rey, asiente con la cabeza. Enrique de Navarra besa la frente de quien es ya su esposa. La plaza se sacude en aplausos.

Se declaran tres días de festejos. El palacio de Louvre está preparado. En el gran salón, la galería de los Cariátides [2] y en las otras salas engalanadas de luces y flores, una enorme multitud de damas y caballeros católicos y hugonotes departen en medio de la más grata jovialidad. Olvidan por un instante sus odios mortales, con perfumados vinos de Borgoña y espumeante champaña chocan los cristales de sus copas en impetuosos brindis. Al ritmo de música de orquesta danzan alegres pavanas. Las damas devotas al culto de Roma no desdeñan mirar las viriles figuras de los secuaces de Calvino que las estrechan con pasión entre sus brazos.

Los mismos hugonotes olvidan momentáneamente las severas leyes de su puritana moral protestante, clavan sus ojos en los amplios escotes de las bellas damas de la corte del ultra católico rey de Francia. Parejas de las dos fes, abrazadas, desaparecen en los frondosos jardines. Los irreconciliables enemigos de ayer se apaciguan transitoriamente en esta fiesta de himeneo, entre los vapores de Baco y los inciensos de Venus. Catalina, sentada en el trono, bajo un dosel rojo, contempla feliz este espectáculo de concordia, procurado por ella gracias a su obstinada labor de urdir el matrimonio que con tanta pompa se celebra.

En el segundo día de festejos el baile incluye mascarada, el rey lo inaugura, los desenfrenos se hacen mayores. En medio de las más exquisitas pasiones, de manera imprudente el baile es interrumpido. Se da lugar a una representación ideada por el hermano de Margarita, el duque de Anjou, para superar en originalidad y fausto a todo lo que se hubiera realizado antes. Movidos por invisible mecanismo, en el gran salón resplandeciente de luces y de colores, sofocante de perfumes y sudor, entran lentamente diez grandes carros alegóricos donde centauros plateados y príncipes disfrazados de deidades marinas, se ofrecen a la admiración de la multitud de invitados.

Carlos IX, ligeramente embriagado, en traje de Neptuno, exhibe con orgullo su vigorosa musculatura. El duque de Anjou, siempre afeminado, lujosamente vestido, con los cabellos y el pecho cubiertos de joyas; el recién casado, luce un disfraz de tritón; su esposa, rodeada de perlas encarna una espléndida sirena exaltando su hermosura. El duque Alencon es una enorme rana, con sus piernas torcidas y los ojos redondos y brotados; Condé, el príncipe delfín de Auvernia, el duque de Guisa, el “Bastardo de Angulema”, príncipes, cortesanos y músicos acompañan a Le Roy, el cantor de moda.

Pasa la representación y continúa un sainete del bufón de la corte que concluye en placidas carcajadas y en sonoro aplauso. En el más tremendo agite se chantan de nuevo las mascaras y regresa la danza, la represión puritana desaparece, el libertinaje florece. En agite de placeres aclara el nuevo día, que trascurre entre molicie y resaca.

Mientras en la residencia comunal se organiza los personajes y la utilería para una nueva representación simbólica, y en el palacio de Louvre se preparan viandas, vinos y los salones para el tercer y último día de festejos, sucede un hecho que trastocaría los licores en sangre, la hilaridad en congoja y la vida en tragedia.

Ocurre que mediante una emboscada urdida por el mismísimo duque Enrique de Guisa, el almirante Gaspar de Coligny, capitán y príncipe de los calvinistas, es herido de dos disparos al salir de una reunión en el ayuntamiento. Sólo le hieren un codo y dos dedos. Ante el inminente peligro, sus correligionarios, le dicen, le aconsejan y le ruegan que huya cuanto antes. Así como Calvino jamás huyó de Ginebra, a pesar de haber estado en peligro, yo tampoco huiré”, responde, mientras abraza la Biblia con sus manos en cruz a la altura del pecho. Permanece entonces, Gaspar en París, donde cree estar predestinado no sólo al cielo sino a morir de la manera más natural.

De todas maneras, se hace el remate de los festejos en su tercer día. Carecen de los deleites y las despreocupaciones de los dos primeros días. La representación teatral resulta aburrida y el público se muestra poco prodigo en aplausos, cosa nunca antes vista en fiesta real. Sobre las mesas cubiertas con manteles brocados y bordados, quedan sin consumir frutas, aves y vinos. Nadie se atreve a bailar. Los valses y otras danzas que se escuchan desde el palco de los músicos, retumban en eco fúnebre por los faustos salones. Los invitados se alejan, es menos de la media noche cuando concluyen los festejos nupciales.

El calendario marca el 24 de agosto de 1572. Con liturgias y silicios los católicos parisinos conmemoran el martirio de San Bartolomé. En la noche, después de un breve pero violento chaparrón, atraviesan el cielo nubes oscuras, dejando ver sólo alguna estrella o la luz de la luna. Por doquier reina la calma que precede a los grandes trastornos de la naturaleza.

Cuando ya una larga faja de luz violácea señala en el horizonte de la ciudad la proximidad del alba, una campana empieza a dar lentos tañidos, otras, todas contestan. La voz de los grandes bronces desciende hasta las plazas y calles, penetra en las casas. De todos los lugares sale gente a la calle.

La señal está dada, la jauría humana se pone en acción. La soldadesca lleva como distintivo lazos blancos en sus agudos sombreros de copa y en su cinto espadas, mosquetes, cuchillos y garrotes. Las casas de los calvinistas o hugonotes, ya están marcadas, cruces blancas hechas con tiza lucen en sus paredes. La turba de fanáticos, apoyada por el clero y la nobleza católica, ingresa con violencia, arrancan de sus camas a los sorprendidos predestinados de la gloria de Dios, los agarrotan, decapitan o matan a tiros.

Las estrechas plazas y callejas están llenas de ruidos de muerte, gritos de auxilio y estallido de disparos. Con rapidez se extiende la hecatombe. En un balcón del palacio del Louvre se ve a Carlos IX rodeado de sus amigos de Guisa disparando mosquete tras mosquete sobre los hugonotes que huyen a la sombra del palacio real, como si todo fuera una cacería al ojeo. Mientras tanto, la piadosa Catalina de Medicis, imperturbable y serena en medio de la matanza, desde otro balcón anima a los asesinos y se ríe ante los gemidos de los agonizantes.

Los duques Enrique de Guisa y de Aumale avanzan con un grupo de espadachines hacia la residencia del almirante Gaspar de Coligny. A toda prisa pasan las dagas por los estómagos de los parientes del anciano. Luego un tal Béme, ferviente católico y devoto consagrado de la Santísima Trinidad, lo saca del lecho, donde se repone de las heridas recibida dos días antes. En la diestra lleva una espada que hunde en el pecho del indefenso. Colgny cae al suelo, un tal Martín Koch le golpea la cabeza con un mazo, otro llamado Conrad le da otra estocada. Al recibir la séptima herida, la víctima espira.

En el patio espera Enrique de Guisa, grita: Béme ¿has terminado?”, Mi ilustre duque, ya es mero cadáver”, responde. Entonces tiradlo acá, para que podamos verlo.

Tibio aún y vertiendo sangre, el cadáver cae por la ventana mediante previa acción de un tal Aquiles Petrucci. La caída produce un sordo ruido. Todos se inclinan ansiosos. Con una mueca de asco, Guisa le limpia la sangre que le cubre el rostro y dice: Si él es, le reconozco, y le da un puntapié. Luego da la orden de que le corten la cabeza y se envíe al Papa.

Los salvajes papistas, todavía enfurecidos contra él, le cortan los brazos, el miembro y los testículos. Sus andrajos sanguinolentos son arrastrados tres días por las calles y sumergidos y sacados del Sena. Los despojos del calvinista terminan colgados de los píes de una horca, en las afueras de la ciudad.

El mismo rey, Carlos IX (luego canonizado) acude a contemplar aquel insólito espectáculo. Entonces uno de sus cortesanos le aconseja que se retire, haciéndole notar el hedor del cadáver, a lo que el rey replica: Un enemigo muerto huele bien.

El conde de Teligny también cae víctima. Se había casado, hacía unos diez meses, con la hija de Coligny. Es tan hermoso su rostro que los rufianes, cuando tienen listas las espadas para traspasarlo sienten compasión; pero ante el titubeo de estos, otros, más bárbaros, se precipitan y de un tajo le cortan la cabeza, que rueda entre estrépitos y salpicar de sangre por el empedrado de la calle.

Mientras tanto, los amigos de Coligny son asesinados por todo París; ni uno se escapa. Hombres, mujeres y niños pasan a mejor vida de manera indistinta. Las calles parisinas están llenas de cuerpos agonizantes. Algunos sacerdotes, sosteniendo el crucifijo en una mano y una daga en la otra, corren hacia los cabecillas de los asesinos y con vehemencia los exhortan a no perdonar ni a parientes ni a amigos.

Tavannes, mariscal de Francia, soldado ignorante y supersticioso, que abriga con igual celo la furia de la religión y la ira de partido, se lanza a caballo por las calles de París y grita a sus hombres: ¡Qué corra sangre! ¡Qué corra la sangre!, para la gloria de Dios, sangrar es sano en todas las estaciones del año. En las memorias de la vida de este entusiasta, escritas por su hijo, rememora que el padre, en su lecho de muerte, y al hacer una confesión general de sus acciones, el sacerdote le dice, sorprendido: ¡Cómo! ¿Y ninguna mención de la matanza de San Bartolomé?, a lo que Tavannes contesta: Esto lo considero una acción meritoria, que lavará todos mis pecados. ¡Qué horrendos sentimientos puede inspirar el espíritu de la religión!

El palacio del rey fue uno de los principales escenarios de la matanza. Enrique de Navarra tiene su alojamiento en el Louvre, y todos sus criados son protestantes. A muchos de estos se les da muerte en la cama junto con sus mujeres; otros, que huyen desnudos, son perseguidos por los soldados por las varias estancias de palacio, incluso hasta la antecámara del rey.

La joven y recién casada Margarita de Valois, despierta por la terrible conmoción, temiendo por su marido y por su propia vida, arrebatada de horror, y medio muerta, salta de su cama para echarse a los pies de su hermano el rey. Pero apenas si había abierto la puerta de la alcoba cuando algunos de sus criados protestantes se precipitan dentro buscando refugio. Los soldados siguen la persecución de inmediato y delante de la princesa matan a uno que se lanza debajo de su cama. Otros dos, heridos con alabardas, caen a los pies de la reina, su rostro y ropajes quedan salpicados de sangre.

El conde de la Rochefoucault, un joven noble, a quien el rey tiene en gran aprecio por su aire atractivo, su cortesía y una cierta dicha peculiar en el giro de su conversación, había pasado la velada hasta las once con el monarca, en una placentera familiaridad, y había estado dando rienda suelta, con el mayor humor, a las salidas de su imaginación. El monarca siente un cierto remordimiento, y tocado por una especie de compasión, le insiste que no vaya a casa, sino que se quede en el Louvre. El conde le responde que debe volver con su mujer, y entonces el rey ya no le apremia más, sino que se dice: ¡Que vaya!, veo que Dios ha decretado su muerte! Poco rato después su cadáver yace acuchillado en una de las calles de Paris.

Y sigue la matanza de cristianos contra cristianos. Durante los primeros días pasan por espadas, mosquetes y cuchillos a diez mil de todo rango y condición. Los cuerpos son arrojados a los ríos, la sangre corre como arroyos por las calles, el río parece ser de sangre. Tan furiosa es la ira infernal que hasta caen “católicos no practicantes”. Desde París, la destrucción se extiende a todos los rincones del reino.

Esta horrorosa carnicería continúa con tal sevicia y vehemencia lograda sólo por quienes se dejan enceguecer por esa estupidez inconmensurable llamada fe. Ordenes perentorias de exterminar calvinistas son enviadas desde la corte a los gobernadores de todas las provincias de Francia. Al cabo de una semana miles de protestantes son despedazados en diferentes partes del reino.

En Orleans son martirizaos mil hombres, mujeres y niños; y seis mil en Rouen. En Meldith doscientos son encarcelados, y más tarde sacados uno por uno y asesinados con la mayor crueldad posible que un defensor de fe puede abrigar.

En Lyon se da muerte a ochocientos. Aquí, niños colgados del cuello de sus padres, y padres abrazando afectuosos a sus hijos, son alimento de las espadas y de las sanguinarias mentes de aquellos que se llaman a sí mismos la Iglesia Católica. Aquí trescientos son asesinados en la casa del obispo, los píos monjes no consienten que los entierren, pues prefieren ver que las aves carroñeras los devoren.

En Augustobona, los papistas al enterarse de la matanza en París, cierran las puertas de la ciudad para que ningún protestante pueda escapar. Con diligencia buscan a cada miembro de la Iglesia reformada, los encarcelan y les dan muerte de la más bárbara manera. Estas mismas crueldades se realizan en Avaricum, Troys, Toulouse, Rouen y en muchos otros lugares, yendo de ciudad en ciudad, villas y pueblos, por todo el reino.

En Barre la gran crueldad no mengua. El furor de los enviados en defensa de la Santa Iglesia Católica da para que los niños sean abiertos en canal y sean arrancadas sus entrañas. En la ciudad de Matiscon, como un entretenido juego, primero les cortan los brazos y piernas, luego los matan. A otros protestantes los arrojan desde un risco alto al río, diciendo: ¿No has visto nunca a alguien saltar tan bien?

En Penna, trescientos son degollados, tras haberles prometido seguridad; y cuarenta y cinco en Albia. La ciudad de Nome, aunque se rindió bajo la condición de que se le ofreciera seguridad, personas de ambos sexos y de toda condición son asesinados indiscriminadamente. En las calles resuenan clamores de dolor, y la sangre corre; decenas de casas son encendidas junto con sus habitantes. Una mujer es sacada a rastras de su escondrijo junto con su marido, primero es violada por los cristianos soldados, y luego, con una espada que le obligan sostener, la fuerzan con sus propias manos en las entrañas de su esposo.

En Burdeos, por instigación de un monje dominico, que solía apremiar a los papistas a la matanza en sus sermones, doscientas sesenta y cuatro personas son cruelmente asesinadas; algunos de ellos senadores. Otro monje, de la misma piadosa fraternidad, causa una matanza similar en Agendicum. En Maine, el populacho, por satánica sugerencia de los santos inquisidores, se lanza contra los protestantes, saquean sus casas, derriban su iglesia y luego los matan.

El duque de Guisa, entrando en Blois, permite que sus soldados se lancen al saqueo y maten o ahoguen a todos los protestantes que puedan encontrar. No perdonan ni edad ni sexo; violan a las mujeres, luego las asesinan; de ahí se dirige a Mere, y comete las mismas atrocidades durante muchos días. Aquí encuentran a un famoso predicador calvinista llamado Cassebonio, y lo arrojan al río.

En Anjou matan a otro ministro llamado Albiacus; muchas mujeres son también violadas y asesinadas allí; entre ellas, dos hermanas que son violadas delante de su padre, a quien los asesinos atan a una pared para que las vea, luego les dan muerte a cuchillo a ellas y a él.

El gobernador de Turín, después de haber dado una enorme cantidad de dinero por su vida, es cruelmente golpeado con garrotes, desnudado de sus ropas, y colgado de los pies, con su cabeza y torso en el río; antes que muera le abren el vientre, le arrancan las entrañas y las arrojan al río; luego pasean su corazón por la ciudad clavado en una lanza.

Muchos de los que dieron grandes cantidades de dinero como rescate son de inmediato asesinados. Varias ciudades que recibieron la promesa del rey de protección y seguridad, son objeto de una matanza general tan pronto como se entregan, confiando en tal promesa.

A La Rochela, donde se han logrado refugiar miles de protestantes, el rey envía casi todo el poder de Francia, y la asedia durante siete meses. Se alimentan de entrañas, estiércol y hasta de carne humana. Cerca de 22 mil mueren de hambre. Los muertos, demasiado numerosos para que los vivos los sepulten, son pasto de las alimañas y de las aves carnívoras. Muchos llevan sus propios ataúdes al patio de la iglesia, yacen en ellos, y expiran.

Los trágicos sufrimientos de los protestantes son demasiado numerosos para detallarlos; pero el trato dado a Felipe de Deux da una idea del resto. Después que los desalmados le dan muerte, van hasta su mujer, que en esos momentos es asistida por una comadrona, pues está a punto de dar a luz. La comadrona les ruega que detengan sus intenciones asesinas, al menos hasta que el niño, su vigésimo, nazca. A pesar de esto, hunden una daga hasta la empuñadura en el cuerpo de la pobre mujer. Ansiosa por dar a luz, corre a un campo de trigo; pero hasta allá la persiguen, la apuñalan en el vientre, y luego la arrojan a un pantano. Por su caída, el niño sale de su madre moribunda, uno de los rufianes católicos, lo agarra, lo apuñala y lo lanza al río.

En Francia, la persecución contra los calvinistas había comenzado en forma el 1 de marzo de 1562, cuando Francisco de Guisa asalta a los hugonotes reunidos para servicio religioso en un granero de Vais, donde los queman conjuntamente con el granero. Es la primera de las ocho guerras hugonotes. Comienza a sí una época de terrores y crímenes de espanto.

La unidad de Francia amenaza romperse a causa de la cuestión religiosa. Bajo el precepto del arcángel San Gabriel, dado a la reina madre en sueño, se efectúa, entonces, el matrimonio (jamás consumado) de Margarita de Valois y Enrique de Navarra. Debía ser un símbolo para la reconciliación, pero se convierte, merced a la conjura, en el verdadero principio de los grandes asesinatos en masa.

Según estimaciones prudentes, aquella noche de San Bartolomé, se masacran en París 3 mil hugonotes, y como la orgía de muerte pasó en las semanas siguientes a las provincias, unos 120 mil en todo el país.

Tanta crueldad, sangre, dolor y muerte provoca en Roma horrendo gozo, tan grande que declaran un día de festejos, y un jubileo, con una gran indulgencia para todos los que lo guardaran y mostraran toda expresión de júbilo que pudieran imaginar. El hombre que dio la primera noticia recibe mil coronas del cardenal de Lorena por su pío mensaje. El rey también ordena que el día sea conmemorado con toda demostración de gozo, habiendo llegado a la conclusión de que toda la raza de los hugonotes estaba extinta.

El excelentísimo y benignísimo, su santidad el Papa Gregorio XIII, al enterarse de que la masacre había logrado la muerte de casi todos los herejes, ordena que se hagan hogueras y se cante el Tedeum en todos los templos católicos del reino. Luego, para dar rienda suelta a su inmensa felicidad, manda acuñar monedas con la inscripción "Carnicería de los Hugonotes," (en algunos museos numismáticos de Europa aun se conservan algunas de estas bellas piezas)

Igualmente, este pío y benemérito Padre de la verdadera y santísima iglesia del Cristo, da orden y recursos al máximo pintor de la época, Vasari, para que perpetúe “El glorioso triunfo sobre esa pérfida raza”.

Es así como hoy en día pueden verse estas espléndidas obras en los pomposos salones de El Vaticano en Roma. En el Salón Real permanece pintada tal crueldad con la inscripción: Potifex, Coligny necem probat: «El Papa aprueba la muerte de Coligny». En la Sala Regia otra pintura rinde tributo a los héroes católicos que ejecutaron las matanzas.


Hablemos del ateísmo, éste en estado puro es raro, ateo no es quien niega al dios de su país o su época, los paganos llaman ateos a los cristianos y viceversa. En la antigua India hubo ya algunas manifestaciones de radical ateísmo, donde se afirma categóricamente que no existe ningún Dios y que cielos e infiernos son puras fantasías, no hay más allá, vanas son la esperanza y la creencia, la verdad es relativa, como en el relato de los ciegos y el elefante. Cada hombre toca sólo una faceta de lo real, pero lo real se le escapa con mayor razón cuando se trata de lo divino, Dios es la apariencia suprema.

Sigamos con Democrito y Leucipo, quienes afirman que fuera de átomos y vacío no hay nada. Los elementos son lo lleno del vacío, llamado el uno a ser y el otro a no ser, es tan real el ser como el no ser y el vacío es no menos real que un cuerpo.

Las historia repite y repite luteros, calvinos, san agustines y santo tomases, pero pocos Plinios. Se acuerdan de Plinio, el de Pompeya. Según su encumbrado discurrir el único Dios es la naturaleza, la suma de las fuerzas naturales, no hay ninguna providencia que guíe al hombre o se preocupe por su destino (¿Acaso la Historia no lo ha demostrado?). Los hombres se hallan a la deriva, en medio de los fenómenos que lo sobrepasan, ya que la vida es una serie ininterrumpida de sufrimientos, frustraciones y fracasos.

La muerte es, más que una sombría tragedia, una amable liberación, después de la cual no hay nada para el hombre: ni vida de ultratumba, ni premio o castigo. La naturaleza procede sin orden ni justicia y como en el caso del volcán (el Vesubio donde murió Plinio) destruye sin piedad ciudades enteras, sepulta por igual a los buenos y a los perversos.

¡Diantres! cambiemos de personaje y de tema. No te dé miedo, estimado terrícola, pero ahora vamos a invocar al diablo. La creencia en este luciferino ser en el medioevo y la Reforma hasta nuestros días, ha sido uno de los fenómenos más estrambóticos y extraños de la cultura o incultura occidental, esta infantil fantasía sólo ha servido para atemorizar a la humanidad desde tiempos inmemoriales.

El diablo ha sido desde el comienzo un personaje central en las creencias cristianas y rastreando su origen, aparece no sólo en los libros bíblicos desde el siglo V antes de Cristo en adelante, sino que su figura se articula con dioses sumerios, egipcios, babilónicos y persas.

El cristianismo, como muchas otras religiones, está impregnado de la presencia del diablo, y sin éste es difícil entender cabalmente el dogma. Para el que piense que diablo no es otra cosa que una manifestación histérica o una proyección de nuestra subjetividad, el cristianismo entero resulta incomprensible e inaceptable. El diablo es el remendador de Dios. Dios es el creador de todo lo visible y lo invisible, menos del mal, que se lo achacan al pobre diablo. Así, sin existir el demonio, tampoco existiría Dios, al menos como lo predican las doctrinas cristianas: infinitamente bondadoso y misericordioso. Bendito sea el diablo que le da cabida a la existencia del dios cristiano.

¡Oh mi amado Epicuro, nacido 300 años antes de nuestra estúpida era, fuiste demasiado grande para tu época, sois inversamente proporcional a la insignificancia del Papa actual, me gusta cuando dices: O Dios queriendo suprimir el mal, carece del poder suficiente para lograrlo, caso en el cual es débil, lo que no puede predicarse de Dios; o Dios es suficiente poderoso para hacer desaparecer el mal, pero no quiere hacerlo, caso en el cual es perverso, lo que tampoco puede predicarse de él.

Es así como los teólogos, y demás aduladores de Dios, se vieron obligados a crear la figura del diablo. Dios así queda bien remendado y Lucifer desprestigiado como hacedor del mal. Repito para que entiendan: El uno (Dios) crea y el otro (el diablo) carga con lo malo de lo que el otro creó.

¡Miedo!, ¡miedo!, ¡miedo! hay que inculcarle al género humano para que tenga fe y crea, para que la pecunia se deslice fácil hacia las faltriqueras clericales y se ostente el poder en los rostros rubicundos de los trajeados con púrpura, bonetes y cinturones de pliegues anchos. Púrpura es el vistoso color del despotismo teológico, no disimula su humildad, entroniza el boato para que la ignorancia servil de la mayoría de los mortales se pasme, doble la rodilla y baje la cerviz. El fuego del infierno como castigo es una religiosa doctrina de crueldad que exacerbó miedos en pánicos.

Qué mejor para ocasionar miedo que ese lugar llamado infierno. Este invento es verdaderamente infernal. Ha sido el terror de generaciones de creyentes, es una de las más viejas pesadillas de la humanidad, vinculada al temor de lo desconocido que se plantea al abandonar la vida. Apareció mucho antes del cristianismo, pertenece a la mayoría de las religiones. Como la hidra legendaria, tiene múltiples cabezas y, completamente indestructible, se rehace constantemente.

El infierno no tiene partida de nacimiento, es una mal sueño colectivo que la humanidad padece desde hace miles de años. Es el espejo de nuestras culpas y remordimientos. El fin de este tétrico invento de las religiones es la aplicación de la implacable justicia divina mediante inenarrables castigos a las almas.

Hay que señalar que de toda la imaginería infernal, el sistema cristiano ha sido el más tormentoso, duradero, completo y organizado. Una de las más antiguas descripciones del infierno cristiano está en el Apocalipsis de Pedro, considerado por reverendos jerarcas, unas veces como apócrifo y otras como canónico. Fue escrito entre los años 125 y 150 por un judío convertido. Hasta el siglo V fue muy utilizado, sobre todo los viernes santos, para hacer temblar de pánico y arrepentimiento simultáneos a quien hubiera cometido el más venial como el más mortal de los pecados.

La narración comienza: Hay de vosotros que no cumplís con los mandamientos, ¡ah profundos que son los infiernos a donde iréis!, ¡ah terribles que son los castigos que soportareis! Tengo la visión que de aquel lugar me proporciona el Espíritu Santo. Algunos de los que se hallan allí están colgados por la lengua, son los que han blasfemado, y bajo ellos hay un fuego que arde y los atormenta. Quienes son castigados y los ángeles que los castigan llevan vestiduras negras, lo mismo que el aire de ese lugar.

Hay allí un gran lago lleno de fango ardiente, donde se hallan algunos hombres que se han apartado de la justicia; por encima de ellos varios ángeles les extraen las entrañas con garfios, mientras por sus espaldas arden a fuego lento. Otros, esta vez mujeres, cuelgan de la cabellera, por encima del fango incandescente, son las que han cometido adulterio. Los hombres que se han unido a ellas en la impureza del pecado, cuelgan de los píes, mientras su cabeza cae en el fango, y dicen: ´ Jamás hubiéramos creído que vendríamos a este lugar`

Veo a los asesinos y a su s cómplices arrojados en un lugar estrecho lleno de los peores reptiles. Son devorados por estas bestias y se retuercen en medio del tormento. Sobre ellos hay gusanos semejantes a nubes oscuras. Y las almas de sus víctimas están allí mirando el tormento de estos asesinos y dicen: ´ Oh Dios tu juicio es justo`.

Cerca de allí veo otro lugar estrecho por donde manan el pus y la hediondez de quienes allí son castigados y forman una especie de lago. En él sumergidas hasta el cuello hay mujeres. Frente a ellas, un gran número de niños nacidos antes de término gimen. De éstos parten chorros de llama que dan a las mujeres en los ojos. Son las que han concebido por fuera del matrimonio.

Más allá en procesión avanzan almas y almas que no amaron a Dios por encima de todas las cosas, que juraron su santo nombre en vano, que no santificaron las fiestas, que hurtaron, que mataron, que desearon la mujer del prójimo, mintieron y no dieron limosna a la iglesia. Todas son arrojadas por demonios a un lago de oro hirviendo, después en un lago de plomo helado y finalmente a un lago de olas de hierro.
El espíritu servil de los fieles inventó esta multitud de suplicios sin la más mínima preocupación por la racionalidad y la coherencia. El infierno es un mundo de la más completa arbitrariedad, fuera de las leyes naturales (Se imaginan una alma colgada de la lengua).

El infierno es una pesadilla en la que lo horrible no tiene límite alguno, es así como en los periodos de renovación moral redobla su maldad. Cuando parece cercano el juicio final o el fin del mundo, las arbitrariedades y las atrocidades se desbordan. Cada siglo desde que comenzó la era cristiana ha contado con miles de predicadores encargados de profetizar la proximidad del terrible juicio.

Todavía en estas calendas muchos parroquianos u ovejas de pastores se aterrorizan con estas descripciones, entonces, ¿cómo serían los efectos en tiempos remotos? Mucha literatura hay sobre lo que puede considerarse como efectos desencadenados por el miedo a los padeceres en el más allá. Muchos desequilibrios llevaron a estados síquicos extremos: desvaríos, enajenaciones, misticismos, fanatismos, laxitudes, severidades. Los sentimientos de culpa y los arrepentimientos ocasionaron desde golpes de pecho hasta las más atroces auto inmolaciones, son padecimientos y dolores que le adeudan las religiones a la humanidad.

No es dado dejar de observar que el infierno ejerce función de válvula de escape para los creyentes sometidos a un gran sufrimiento, producto de exigencias morales muy estrictas. Éstos se consuelan creyendo que los que no cumplieron con estas exigencias, cuando mueran Mefistófeles les espera para aplicarles merecidos suplicios.

La verdadera razón por la cual la gente acepta la religión no tiene que ver nada con la argumentación; es indiscutible, la religión se acepta emocionalmente. Cuanto más intensa ha sido la religión en cualquier época y más profunda la creencia dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias en que han vivido los pueblos sujetos a tales creencias.

La religión y la crueldad son hijas del mismo padre: EL MIEDO, por eso siempre han ido de la mano. La ciencia es la única que puede liberarnos de ese miedo cobarde, sentido por generaciones, generaciones, generaciones y...

Cabe hacer una reflexión. Qué a viva voz los creyentes respondan: ¿quiénes han suscitado más maldad, crueldad y la injusticia sobre la Tierra, las teocracias o las diablocracias?

¿Cuales devotos han incinerado más a sus semejantes en las hogueras de los autos de fe, los del Cielo o los del Infierno?

¿Por la fe en el diantre, cuantos asesinatos y cuántos tormentos se han cometido; por la fe en Dios, cuántos? ¿Quién gana? y ¿por cuánto de ventaja?

¿Cuántas veces se han enfrentado pueblos y naciones en cruentas guerras que se han prolongado siglos por defender demonios y sus causas? Y ¿cuántas por defender dioses y sus causas: dogmas, sacramentos, mandamientos, religiones, sectas, rediles, reformas, contrarreformas, bíblias, coranes,.. ?

¿A quiénes se les puede achacar más actos terroristas y autoflagelaciones a los fundamentalistas de los reinos de Alá, Jehová y la Trinidad, o a los de Belcebú?

Entonces, ¿quien lleva la delantera en maldad y crueldad, los dioses o los demonios?

En resumen, en nombre de los dioses se han cometido los peores crímenes sobre la Tierra. Ningún Satán, Lucifer, Luzbel o Mefistófeles se puede parangonar con las divinidades en cuanto a su portento de crueldad. En realidad, ningún demonio ha desencadenado las torturas físicas y emocionales de los dioses, sobre todo los de las religiones monoteístas. En razón a la verdad, ¿quiénes son los verdaderos espíritus del mal? Los dioses, no pueden haber otros.

Si el Hombre tuviera la potestad y la oportunidad de hacerle un juicio a los dioses por los sufrimientos que toda criatura ha tenido que soportar, incluidos los animales. De acuerdo con una justa sentencia, la cifra de milenios de penalidades que tendrían que pagar como justa condena, no cabría en los dígitos de la computadora más moderna.

Ningunos como Alá, la Trinidad y Jehová para hacer padecer a la Humanidad. Esta tríada despiadada se constituye en el auténtico Demonio, tres dioses distintos y un solo Diablo verdadero.

Los mal llamados demonios jamás han enviado a un hijo suyo para que lo torturen por culpas ajenas, no han convertido ríos en sangre ni han enviado ejércitos exterminadores, ni plagas ni pestes para asolar la Tierra. Así mismo el jefe de ese reino que llaman del mal, jamás ha escrito o inspirado textos para suscitar fanatismos e intolerancias que han dividido el Mundo en bandos irreconciliables con odios a muerte, que dieron, dan y darán pábulo a prolongadas guerras santas y sangrientas.

El abominable Alá, la tétrica Trinidad y el infame Jehová, merecidos están de ser abolidos de la mente humana, único lugar donde existen.

Y el despreciable Liebniz, con tanta matemática que estudió se atrevió a afirmar que vivimos en el mejor mundo posible todo el tiempo posible. Acaso tu inteligencia no te fue suficiente para darte cuenta que de hecho no hay ningún ser vivo – planta, animal u hombre – que no esté encauzado a su aniquilamiento; el dolor afecta en forma continua a los hombres y animales y quizá a las plantas; el hecho que entre ser y ser haya una separación, una grieta, un abismo, el hecho de que todo en la naturaleza esté sujeto a cambio y movimiento ( lo que excluye una perfección absoluta) todo parece aludir a una falla en los seres, o a unas grietas del ser. ¿Cómo hablar del mejor de los mundos posibles?

En este caso Liebniz, le faltó observación y profundidad en sus percepciones del ser, al señalar tan ingenuamente que este mundo que tarde o temprano llegará a su destrucción, y que cada día se laceran en sufrimientos espirituales y materiales las existencias que en él habitan, sea el mejor mundo posible. Hábrase visto mayor estupidez en un hombre de inteligencia sobresaliente, con seguridad como a Pascal la religión lo obnubiló.

La constante destrucción de cada ente, son las consecuencias individuales o inmediatas de esa presencia universal del mal. La armonía y plenitud del conjunto son apariencias, pues no puede haberlas en un todo cuyas partes integrantes revelan individualmente una desarmonía de las esferas, la desviación en el movimiento molecular y atómico, el sufrimiento, la agonía y la muerte de cada ser vivo, esa y no otra parece ser la más profunda realidad, aunque los sumos pontífices nunca lo han considerado así.

Si el cristianismo no da solución adecuada a esas magnas cuestiones, más honesto resulta prescindir de ese dogma, si la omnipotencia, bondad y sabiduría del Dios creador y providente son incompatibles con la presencia del mal, con la eternidad del infierno y con las penas eternas de Satanás y los hombres condenados, lo lógico es rechazar esas creencias. Pero mis coterráneos no la rechazan por miedo al infierno. Seguid pues en la caverna estulta humanidad y te chuparán el rabo los vampiros de la estupidez.

Segidme el ritmo siquiera por un momento, si así lo hiciereis ya es difícil aceptar la idea del dios cristiano, cuanto más problemático resulta aceptar la existencia de Satanás, esa prolongación de los demonios hebreos, persas y griegos. Lo que resulta incomprensible es que usted un pensador de esta época, crea en la existencia del diablo. Acaso jamás podréis liberaros de esos fantasmas de esas leyendas que han colmado la niñez y la adolescencia de tantos millones de hombres.

Pero, si hay algo que dé valor a la existencia humana, es precisamente esa liberación, ese profundo acto de fe, no en los mitos y las leyendas – por hermosas y consoladoras que sean- sino en el hombre mismo: emancipación de dogmas y prejuicios heredados a fin de llegar a una visión personal sobre el mundo y el hombre.

Según mi algo admirado Hegel, todo lo real es racional, todo lo racional es real. Es así como la razón es la sustancia del Universo, toda realidad es enteramente lógica, lo real es lo absoluto en un devenir universal y eterno. La historia es el desarrollo del espíritu universal en el tiempo, los seres individuales son momentos de ese espíritu universal. El bien es el deber ser que se hace ser.

La divinidad es un dios conceptual que sólo adquiere realidad en el hecho cultural de ser destinatario mudo de las necesidades de los seres humanos. La bella y esperanzadora metáfora que encierra la más famosa de las citas bíblicas Dijose entonces Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza (gen. 1:26) no concuerda con la realidad de los hechos. El ser humano creó a Dios tomándose así mismo por modelo.

Según investigaciones, no de la fe (esta jamás investiga, sólo cree) sino de la ciencia, hace unos 30 mil años Dios aún no existía, pero la especie humana llevaba más de dos millones de años enfrentándose sola a su destino en un planeta inhóspito; sobreviviendo y muriendo en total abandono de los dioses y en total indiferencia del Universo.

Así es este mundo cruel, repite y repite moldes estandarizados, humanos en serie que llegan y se van. Si, se van para el cielo de sus estupideces. Si no se hubiera roto siquiera esporádicamente esta repetición de moldes, o sea, de creyentes y creyentes, de ortodoxos y ortodoxos, dogmáticos y dogmáticos, y no se hubieran dado esas escasas inteligencias tan libres y brillantes no hubiéramos llegado ni a la Edad Media, apenas habríamos avanzado hasta la última etapa de la era cuaternaria.

El hombre ya hubiera dejado de poblar este planeta y la humanidad hubiera tenido como último vestigio de su existencia una horda de ignaros anacoretas. Y en el supuesto caso de haber progresado mucho, el conjunto humano habría terminado su paso por este mundo convertido en un inmenso monasterio de ancianos recoletos y en un gran convento de monjitas descalzas, muy puros todos ellos.

La Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana condenó y sacrificó a cuanto ser humano estuviera a su alcance que osara contradecir sus verdades absolutas.


La fétida fe fermentada infecta y afecta con fatalidad, veamos un patético ejemplo. Para ello es dado mencionar otro siniestro personaje atacado por sobredosis de fanatismo y misticismo, caído como mártir de la fe. A falta de creyentes en este mundo, otro adulador de dioses y entristecedor de hombres. ¡Oh señor!, yo no quiero vanidades, yo ambiciono solamente tu cruz: envíame persecuciones, yo te pido esta gracia, no permitas que yo muera en mi lecho, hazme derramar mi sangre como tú lo has hecho por mí.

Jerónimo Savonarola, monje dominico, prior del convento de San Marcos en Florencia, es la obsesión del martirio, la contagiosa locura de la cruz, el mayor símbolo del sufrimiento humano. ¡Dame tu cruz señor, dame tu cruz! Otra víctima más de esa desastrosa costumbre de redimir por la sangre, esparcida por casi todos los confines de la Tierra, gracias al despreciable ejemplo del Nazareno.

Retomemos pasajes de la vida de Savonarola de Alejandro Vicuña (de quien incluyo episodios de manera textual) y otros autores que se escribieron sobre la macabra historia de este fraile embebido del Señor de sus creencias. Al esbozar la historia de esta vida de desgracia por la gracia de su dios, preparémonos para fruncir el ceño de indignación o para sonreír con compasión.

Estamos en el adviento de 1494, la Catedral de Florencia luce atiborrada de fieles. Desde el altar la voz del predicador retumba en ecos por las columnas, paredes y oídos de los presentes. ¿Queréis vosotros a Cristo por vuestro Rey. La multitud exaltada en gritos prorrumpe: ¡Si, sí, viva Cristo Rey¡ El redentor ha sido proclamado Rey de Florencia, solamente a él el honor y la gloria. Pero estos imbéciles olvidan que su reino no es de este mundo, y que no puede impartir directamente sus mandatos.

¡Oh estupidez suprema!, Savonarola cree que el mandato es suyo por divina designación. Otro toque de misticismo fatal merecido por esta raza de humanos idiotas. Y comienza su tétrico plan de reformar las costumbres. Predica a todo pulmón que es preciso apedrear y quemar a los sodomitas, protesta por los recatados escotes de las mujeres y reparte maldiciones a quienes llevan lujo, practican juegos de azar o asisten a fiestas amenizadas con música y baile. También caen anatemas sobre libros considerados licenciosos y pinturas señaladas de obscenas. ¡Qué ardan las obras y sus autores! Escupe este asqueroso desde el pulpito.

Propone tortura contra los jugadores y atravesar con hierro candente la lengua de los blasfemos. Indica que las mujeres públicas sean llevadas a la autoridad civil, al son de trompetas y golpes para entregarlas a la justicia en medio de público escarnio. Recomienda vigilar los trajes y afeites de las damas, cerrar las tabernas y sitios de recreo, suprimir los bailes y toda clase de fiestas, exceptuando las religiosas, que sólo deben celebrarse en medio de penitencias ofrecidas a su divinidad de infamia y sadismo.

Es así como en los días de fiesta, los Piagnoni, quienes ostentan la autoridad civil y actúan como títeres del monje, ordenan que se cierren todos los negocios de la ciudad, exceptuando una o dos farmacias para casos urgentes. Con vehemencia de fanático poseedor de la verdad absoluta, este clérigo embebido de Dios, exhorta en sus predicaciones a delatar a quienes no presten la debida atención a sus disposiciones, así se trate de familiares y amigos. Recomienda esta práctica reñida con la decencia, la caridad y, sobre todo, llamada a deformar y envilecer los caracteres.

Gracias a las predicas de este precursor del detestable Calvino, la melancolía, cual manto gris, comienza a cubrir a todo Florencia. Al salir de la iglesia las mujeres arrancan y arrojan en las cloacas los adornos de sus trajes, los hombres dejan todo cuanto cargan de valor como ofrenda. Por espíritu de penitencia, la gente se abstiene de comer carne. Nadie canta, nadie toca un instrumento o se atreve a darle ritmo a una danza. En la ciudad sólo se escuchan golpes de pecho, y en su monotonía exacerbada, rezos y plegarias. En los talleres de los artesanos y en las tiendas de comercio, se ve a los obreros y dependientes con la Biblia en la mano y las copias de los sermones de Savonarola.

El monje caudillo, adorador del Cristo, pretende convertir a Florencia en un gran convento, cuando ya han soplado vientos de Renacimiento para las artes y algo de luz contra el oscurantismo medieval que por mil años ha sumido en tinieblas, dolor y espanto al entero mundo.

Trona desde el pulpito: Sois unos ignorantes, lo que os he dicho se cumplirá. He recibido buenas noticias del cielo y tengo motivos para reírme de vosotros. Estoy en posesión de un secreto que debo guardar... Las angustias que sufren los florentinos son castigos por sus pecados, no hay más remedio que hacer penitencia y hacerle una hoguera a las vanidades y a la molicie, previa a una gran procesión de suplica a nuestro amado y misericordioso Señor Jesucristo.

Sobre un garfio del Universo cuelga el almanaque, señala el día 30 del mes diez de 1494, fecha en que se realiza la procesión previa. Una multitud innumerable recorre las calles de Florencia. En medio de cilicios, flagelaciones, y toda clase de penitencias inventadas por la humana idiotez, esta horda de ignaros en alta voz invoca perdón y protección del Cielo.

En la Plaza de la Señoría se hallan ordenadamente superpuestas y formando una gran pirámide miles de objetos arrancados a la vanidad de los florentinos. En la base de la pirámide son arrojadas mascaras, pelucas, barbas postizas, trajes de seda, capas de terciopelo, y otros artículos de diversión o lujo. Sobre tan delicado lecho se colocan los libros obscenos de poetas latinos e italianos. En sitio de honor, y donde ardiesen más voraces las llamas, quedan las obras de Bocaccio, Petrarca y otros autores.

A continuación de los libros les toca el turno a las vanidades femeninas: perfumes, pomadas, espejos, velos, encajes, peines, diademas, collares, pendientes, sortijas, etc, etc, etc. El turno sigue para los instrumentos de música, dados y cartas de juego. Por último, cual coronación del holocausto, las pinturas y los dibujos, algunos de ellos obra de manos maestras.

Un comerciante veneciano tiene el atrevimiento de salvar las obras de arte, y le ofrece a la Señoría pagar 20 mil escudos por ellas. A Jerónimo se le inflamas los pómulos de ira y le arroja sin recato una baba blanca al pretendido mecenas. El hombre logra escabullirse entre la multitud, mientras el fraile energúmeno grita: ¡aprehéndelo!, ¡aprehéndelo! Se esconde bajo un carruaje y milagrosamente logra huir. Y, sino, el fuego de las vanidades también se hubiera saciado con sus carnes. Savonarola no se da por vencido, e inmediatamente llama a un monje dibujante para que plasme sobre papel la figura del forajido. Ésta es colocada como corona de la pirámide.

Con su mirada fija en el cielo y una tea en la mano, el fraile poseso de Dios, acopia los máximos decibeles que su voz de ayunante le permite y pronuncia: Por la gloria de Nuestro Señor Jesucristo y como ofrenda de todos los pecadores florentinos hacemos llamas todas estas vanidades, que sólo son de gusto de los infieles que andan en las garras del demonio. Acerca la incendaja a los cuatro costados de la pirámide de vanidades, arde como el mismo infierno.

Suenan truenos pirotécnicos y las campanas de la Catedral. En pleno la multitud se prosterna. ¡Arrepentíos pecadores, blasfemos e impíos, amantes de lujos y vanidades, de vosotros será el reino de los infiernos si no hacéis este acto de contrición con sinceridad y verdadera fe. Señor cubridlos con tu inmensa misericordia, pero sólo si lo merecen. Luego continúa con una retahíla en latín que ni él mismo entiende, pero que causa una gran impresión en los congregados.

Se hace un momento de silencio, sólo se escucha el trepidar y el chisporroteo de las llamas en su voraz acción de destruir vanidades. En una especie de catafalco construido para la ocasión, Savonarola toma asiento al lado de los Piagnoni y de otros clérigos de su orden. Observan subir las llamas a los cielos con la satisfacción beatifica de realizar el más grato sacrificio a su divinidad. Sus miradas se humedecen de lágrimas de gozo al contemplar como las llamas abrazan purificadoras tanto instrumento de perdición y pecado.

Como con un impulso de venganza, la muchedumbre enardecida corre a patear las cenizas de la hoguera, y se levanta una polvareda negruzca que hace bajar en tosidos a los personajes del catafalco. Todos se dispersan con sus rostros y vestimentas manchadas de cenizas, quedan negros y deformes, tal como es su razonar. Pero, el Renacimiento ya ha realizado su impacto cultural y de ninguna manera Florencia está destinada a vivir sempiternamente bajo los caprichos de un místico y fanático fraile.

La Hoguera de las vanidades, acto inicial de una temporada de penitencias, agita las pasiones favorables y en contra del predicador. La ciudad comienza a polarizarse. Mientras Savonarola interpreta a los profetas Ezequiel, Isaías y Jeremías, para garantizar castigos a los infieles e impenitentes y prebendas celestiales para los auto flagelantes, hace acopio de enemigos, a quienes no les agrada tanta penitencia ni el ultraje contra las artes.

Sin medida ni clemencia, el dominico fraile comienza a lanzar dicterios contra el clero y la curia romana. Ciego de fe, todavía no sabe con quién se está metiendo. Se considera un preferido de la Trinidad, un instrumento providencial depositario de la voluntad de Dios. Se ufana de su grandeza y con desdén mira a Alejandro VI, a quien observa como un pigmeo.

También enfila sus baterías contra las poderosas familias Medicis y Orsini, bajo el convencimiento supremo de que sólo él y sus obedientes ovejas recibirán bendiciones y protección del Cielo. Los demás serán aniquilados por pestes, hambres y ángeles exterminadores, y sus almas irán directamente a las profundidades del reino de las tinieblas. Las profecías así lo anuncian. Todo gracias a los designios y planes del dios de Savonarola, al que sólo se le pueden aplicar epítetos como: bestial, sádico, infame, injusto, despótico y vengativo.

En presencia de seglares, mujeres y niños exclama: Ven acá iglesia infamada, el Señor te ha dado hermosas vestiduras y tú has ejercitado con ella la idolatría. Con los vasos preciosos has alimentado tu orgullo; la sensualidad ha hecho de ti una desvergonzada. ¡Eres peor que una bestia, eres un monstruo repugnante, una venal ramera!. Antes los papas llamaban a sus hijos sobrinos, ahora sencillamente hijos. ¡Oh Iglesia apócrifa has levantado una casa de inmoralidad y te has convertido en una casa de perdición, donde no circulan los valores morales, sino que todo lo espiritual se entrega al mejor postor.

Ante semejantes denuesto, su santidad Alejandro VI, sus cardenales y áulicos se retuercen de santa soberbia. La corte pontificia comienza a urdir su fatal venganza. Más le vale no haber nacido a ese maldito fraile, se escucha de los labios de los reverendos de Roma.

Mientras en la Ciudad Eterna se pone en marcha toda la ilimitada malignidad pontificia para aniquilar el monje caudillo, éste se encuentra en su Florencia totalmente tranquilo, perdido en gozo místico y bajo la entera convicción de que él es un profeta más, que está destinado a cumplir una misión en la Tierra, por lo que está ungido y protegido del Cielo.

¿De quién será la victoria, del Papa corrupto o del fraile místico? Cada uno está convencido de ser el representante legal del Cristo en este valle de lágrimas, le dedica ritos y le ofrece sacrificios. En abril de 1498 se inicia el combate. En una esquina está el rubicundo Alejandro VI ataviado de sus lujosas vestimentas pontificias y ostentando todo su magnífico poder sobre la cristiandad. En la otra esquina, el famélico Jerónimo Savonarola, apenas cubierto de burdo sayal, no ostenta más que el poder de su priorato de San Marcos. Las fuerzas están desequilibradas, pero el dominico no siente el más mínimo temor, convencido está de que cumple con una misión celestial y que se repetirá el episodio de David y Goliat.
¿De acuerdo con la justicia divina quien merece ganar el duelo? El benignísimo señor de infinita caridad que tanto ha amado a los hombres, con toda su omnipotencia, justicia y verdad, ¿a quién protegerá? ¿Sí se repetirá la historia de David y Goliat?

Alejandro le lanza su primer golpe, la excomunión. El fraile cree haber soslayado el disparo y continúa con sus predicaciones en la Catedral. Llega la peste y toda clase de miserias a Florencia que afectan tanto a los papistas como a los savonarolistas. Por ahora el Cielo no ha tomado partido por ninguno, con todos se muestra avaro e indolente.

Sin embargo, el dominico no descansa, sigue con sus predicas proféticas y robándole horas al sueño se dedica a escribir su obra de apologética El triunfo de la Cruz, así como otros tratados sobre mística y ascética, con el más vil ultraje a la razón humana y la más empalagosa y ruin adulación a la divinidad. Tales vilezas causarían náuseas al peor de los dioses, así como el mayor desprecio por tan mezquina criatura.

Por su parte, Alejandro, también le roba horas al sueño, pero no escribiendo obras apologéticas para agradar a su divinidad, sino en alegres veladas con sus concubinas, amenizadas con finos vinos, exquisitas viandas y mundana música. Sin embargo, no descuida que está sosteniendo un combate. Mediante componenda con el embajador de Florencia en Roma, logra que la Señoría prohíba que ningún fraile ocupe los pulpitos de la ciudad.

Pero que fraile más terco, el 4 de mayo, fiesta de la Ascensión, sube al pulpito de la Catedral para protestar por el decreto de la autoridad. Como respuesta Jerónimo recibe descargas de estiércol. En la barandilla del pulpito, donde hace resonar sus manos impulsadas por ímpetu divino, colocan puntas de hierro. También cuelgan del pupito una piel de asno en putrefacción, para que se retire de una vez por todas el impertinente monje.

Acicateado por su inmensa confianza en Dios, el predicador limpia el pulpito y de nuevo se apertrecha en él para lanzar injurias contra Roma y la autoridad civil. El templo está colmado. ¿Creéis que yo tenía miedo? Pero, ¿no sabéis que el hombre de fe no teme nada? Luego encara a sus enemigos repartidos en el sagrado recinto y les dice: Sí supieseis cuanto bien me hacéis en perseguirme y cuánto me haríais si me asesinaseis, no procederíais así, a fin de no hacerme tanto bien. No creíais que yo subiría al pulpito esta mañana. Aquí me tenéis.

Pero sigue la mala racha para el místico predicador, se realizan elecciones en Florencia, los Piagnoni son derrotados y quedan en cabeza del gobierno reconocidos enemigos. Sin embargo, para evitar una revuelta popular, la nueva Señoría no se esfuerza mucho en impedir sus prédicas.

No tarda en llegar a los oídos del Papa, que Savonarola sigue predicando en el pulpito de la Catedral y en otras iglesias. Inmediatamente envía un ultimátum a la Señoría de Florencia, donde amenaza que pondrá en entredicho[3] la ciudad, sin no le ponen la mordaza ordenada al fraile blasfemo.

Teniendo en cuenta la inmensa influencia del monje en los florentinos, esta vez la Señoría tampoco interpone muchos oficios para callarlo. Savonarola se encuentra de nuevo en el pulpito de la Catedral y frente a una nutrida multitud. Ha llegado de Roma un breve donde se me llama hijo de perdición, ¿y quién lo dice? Lo dice un pontífice que tiene mancebos y concubinas y hace de la simonía un filón para enriquecerse. Vosotros perversos que lucháis contra la verdadera causa de Cristo, comunicad a Roma que este fraile con los suyos, peleará contra ellos como contra los turcos infieles.

Después de este sermón, Jerónimo hace acopio de prudencia y anuncia que no volverá a predicar en el pulpito de la Catedral. Exhorta a sus mansas ovejas a que acudan a la capilla de su convento de San Marcos para que escuchen sus mensajes, llegados directamente de Dios a través de la Revelación.

Las naves de la iglesia de San Marcos hierven de gente, que se ha congregado, o mejor, arremolinado para escuchar los sermones del santo fraile, que son tomados como verdaderas profecías. Las mujeres le suplican que les permita asistir a sus predicaciones, pero en el templo no hay un centímetro disponible para más fieles. A fin de complacerlas les dedica el sábado de cada semana.

Día tres del mes tres de aquel 1498. Exaltado de misticismo, el monje se refiere al Éxodo y asegura que la persecución de que él es objeto, semeja a la de los emperadores egipcios contra Moisés y su pueblo. Apoyado en pasajes bíblicos asegura un triunfo absoluto y lanza tremenda insolencia: Bonifacio VIII que persiguió a los dominicos y a Celestino V, entró al pontificado como lobo, reinó como león y murió como perro. Por el mismo motivo otros papas han corrido y correrán con la misma suerte. Luego pone a circular cartas donde sostiene sin rodeos, la urgencia de deponer al Pontífice.

Exhorta a jerarcas católicos y a monarcas de todo Europa a realizar un concilio que permita correrle la silla de Pedro al indigno Borgia, para que la designen a sus posaderas, sí dignas de tal solio. Esa es la voluntad de Dios – dice – según me lo ha comunicado mediante la Revelación. Así cumpliré la misión divina de purificar las costumbres y reformar la Iglesia.

Ebrio de misticismo, Savonarola se atreve a decir que para probar que él es el verdadero profeta de Dios, resucitará un muerto. No hace mucho que ha fallecido en Florencia y en plena juventud, Pico de la Mirandola, considerado un genio. Qué gran utilidad para la ciudad el que se vuelva a la vida, a la ciencia y a las artes el egregio difunto. En sus prédicas de pulpito escuchadas por miles de idiotas creyentes, Jerónimo asegura que lo resucitará. Nuestro Señor Jesucristo, su santo padre y espíritu ungirán en mí el divino don de resucitar a los muertos, y pronto, muy pronto, tanto fieles fervorosos como irredentos impíos verán de nuevo a Pico de la Mirandola derrochar su ingenio por las calles, plazas y academias de nuestra amada Florencia.

Savonarola se hace acompañar de Fray Domingo Buonvicini, y de Fray Silvestre Maruffi y con la complicidad del sepulturero, ingresan al cementerio de Florencia a altas horas de la noche. Llegan hasta la tumba del difunto de marras. Apenas alumbrados por un farol, Jerónimo pronuncia rezos y lee pasajes bíblicos en baja voz, mientras sus acompañantes riegan incienso y agua bendita. Señor ya que soy un instrumento tuyo, concededme el don de resucitar a los muertos, así como tú lo hiciste con Lázaro. ¡Pico de la Mirandola levántate! ¡Pico de la Mirandola levántate! Qué por obra y gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo se abra está tumba y vuelva a la vida el cuerpo que allí reposa. ¡Pico de la Mirandola levántate! ¡Pico de la Mirandola levántate!

Pero el alma no vuelve al cuerpo porque la providencia divina se niega rotundamente a concederle el milagro. A pesar de tantas penitencias, oraciones y ruegos, el dios que tanto ama y defiende Jerónimo, se muestra intransigente en concederle el don sobrenatural de resucitar a los muertos. Otro revés para el pobre fraile. Cuando los florentinos no ven de nuevo a Pico de la Mirandola derrochando ingenio por la ciudad, comienzan a desconfiar de sus dones, profecías y predicaciones.

El fraile rebelde sigue dejando de que hablar. Ante tanta desobediencia, Alejandro hecho un energúmeno, decreta en entredicho la ciudad, ordena que se expropien los bienes de los florentinos que residen en Roma y prohíbe a todos los estados pontificios comerciar con Florencia.

Santo remedio, las medidas económicas contra los intereses florentinos son más eficaces que las censuras y amenazas espirituales. Por un fraile místico no vale la pena sacrificar toda una república. El efecto fue mágico, como si hubiera sido por voluntad venida de las Alturas. En el término de la distancia, la Señoría anuncia al Papa que se le ha prohibido al fraile rebelde predicar en toda Florencia, por lo que ha quedado con el pico callado. Se retiran las sanciones. Jerónimo queda en las fauces de sus feroces enemigos.

El monje asceta se siente abandonado de los suyos y del mismísimo dios por el que tanto ha luchado, y a quien le ha dedicado sentidas adoraciones en sus apologéticos escritos. De su corazón sincero brota un ruego a su divinidad impasible: Señor yo no te pido tranquilidad ni que cesen las tribulaciones, te pido consideración, dame fortaleza y proporcióname gracia para soportar las adversidades a que me enfrento, todas por servirte a ti como el más fiel y humilde de tus hijos. Yo quería que tu amor triunfara sobre la Tierra. Tú ves (ahí vio) que los malvados cada día se hacen peores y más incorregibles. Es hora de que ya extiendas tu mano poderosa (Ahí la extendió) Lo que es a mí no me quedan sino mis lágrimas.

Mudo a la fuerza está el fraile, sorda y ciega, su divinidad del alma. Ha quedado a merced, no del dios de infinita misericordia que tanto menciona en el pulpito, sino de una jauría de enemigos mordaces que el Pontífice de Roma y la Señoría de Florencia acaban de soltar y azuzar.

El primero que ladra es el monje agustino Mariano de Genazzano, le dice al Papa que el fraile Jerónimo es un borracho y un blasfemo, que no merece sino ser quemado vivo. Otros predicadores y correligionarios, los franciscanos, también abren la boca y muestran sus incisivos de perros de caza. En todos los pulpitos de la ciudad piden castigo ejemplar para el dominico y lo califican de hereje, impostor y falso profeta.

El Pontífice Sumo no queda contento con la mordaza en la boca del monje, es su deseo sublime que se le envíe a Roma para encarcelarle y aplicarle la justicia divina. El Papa avanza con pie firme en el desarrollo de sus planes y designios, mientras las profecías del monje rebelde, anunciadas con base en las escrituras sagradas, sólo encuentran obstáculo tras obstáculo.

En su desespero, al fraile sólo le queda orar en silencio. Pasa los días arrodillado en su celda y elevando plegarias. Oh Dios -exclama angustiado - ¿a dónde me habéis conducido? A fuerza de querer salvar algunas almas, he llegado a un lugar de inquietudes y aflicciones, desde donde me es imposible volver a mi tranquilidad. ¿Por qué me habéis convertido en objeto de discordias y de lucha a través del mundo? Ahora soy esclavo de todos.

En verdad, desde san Pedro y san Pablo, miles son los que han padecido persecuciones, ultrajes, tortura y muerte, por haber cometido la misma estupidez suprema de adular y defender dioses, así como de tratar de salvar almas.

Y se monta la parafernalia para representar la escena más ridícula, estúpida y bestial que tenga la memoria del Hombre, a causa de las creencias religiosas y al apego a sus dioses de infamia. Superstición y crueldad se mezclan en las cloacas mentales de los estúpidos creyentes.

El monje franciscano del convento La Santa Cruz, Francisco de Aplugia, exaltado enemigo de Savonarola, lanza la original propuesta de que se sometan a la prueba del fuego. Francisco consciente de que probablemente no saldrá sin quemones de la prueba, dice: Yo creo que me voy a abrasar, pero estoy dispuesto a este sacrificio por la libertad del pueblo, si Savonarola no se quema con migo, podéis creer en él como profeta.

Ambos, el dominico y el franciscano deberán atravesar una hoguera encendida en la plaza pública, y quien resulte indemne de las llamas, será considerado poseedor de la verdadera doctrina. Savonarola, quizá, por haberse sentido algo defraudado con su patrón, pues no le concedió el don de resucitar muertos, duda un poco que ahora lo haga inmune a las llamas, y se muestra poco partidario de la prueba.

Sin embargo, muchos de sus seguidores se ofrecen a hacer la prueba por él. Fray Domingo Buonvicini, convencido de que Jerónimo es el nuevo profeta y que bastará su intercesión ante Nuestro Señor Jesucristo para pasar glorioso la prueba, dice que está listo para realizarla. Por su parte, Fray Juliano Rondinelli se ofrece gustoso a reemplazar a Francisco de Aplugia en este reto a punta de candela.

Grande es el entusiasmo de Florencia para presenciar el duelo religioso, en que sería Dios, por su instrumento el fuego, supremo e inapelable juez en la contienda ardorosa que tiene divididos a los habitantes de la ciudad. La Señoría fija el 6 de abril para que se realice el lance, fecha que todos aceptan, incluso Savonarola. Las condiciones están dadas. Si perece en la hoguera el fraile franciscano, el jefe de la Orden en Florencia será desterrado de la ciudad. Si la víctima es el dominico, Jerónimo tendrá que abandonar el territorio de la República.

Por varios motivos, se posterga la prueba para el día 7, sábado de Pasión, víspera por tanto del Domingo de Ramos. Llega el día señalado. En la mañana, Fray Jerónimo acompañado de sus frailes canta muy devotamente la misa en San Marcos. Revestido con sus arreos sacerdotales sube al púlpito y ante la presencia de fervorosos creyentes pronuncia un sermón donde reafirma una vez más su entrañable amor al Salvador y la necesidad perentoria de purificar las costumbres y de reformar la santa Iglesia de Cristo.

Luego, el buen Jerónimo organiza a sus frailes en solemnísima procesión. Avanzan revestidos de ornamentos y cantando salmos. Una muchedumbre que los sigue detrás les responde. Lleva el prior en sus manos un sagrario con el Santísimo Sacramento, lo rodean unas cincuenta personas con antorchas encendidas. Las calles por donde pasan están repletas de gente. Se ve a casi todos derramar abundantes lágrimas, fruto de la devoción y del gozo espiritual, que sienten en presencia del tal espectáculo.

La plaza, las ventanas y los techos, se ven colmadas de toda clase de personas. Las bocacalles que desembocan en la plaza están debidamente custodiadas. Llegados Fray Jerónimo, sus frailes y acompañantes, se sitúan a un flanco de la plaza, donde el prior ha hecho levantar un bellísimo altar, coloca allí al Sacramento Santísimo, se le reza con gran devoción y alegría espiritual, como si allí fuesen a presenciar unas nupcias y no una prueba a fuego vivo para asar carne humana.

En el otro costado de la plaza, sin tanto boato ni ritos, se ubican los franciscanos. El pueblo en pleno está expectante. Jerónimo suspende las plegarias y expresa a viva voz que está listo para la prueba. Pero la parte contraria se entretiene en ganar tiempo, pone toda clase de condiciones y trabas.

Exigen, primeramente, que fray Domingo se despoje de toda ropa antes de entrar al fuego, para evitar así la influencia mágica que puedan tener sus hábitos. Replica Jerónimo que tal condición no ha sido estipulada entre las bases del duelo, pero que la acepta siempre que sea la última condición formulada por sus adversarios. De acuerdo con lo convenido, Fray Domingo es llevado al Palacio de la Señoría, desnudado totalmente, y luego vestido con el hábito de otro religioso dominico.

Se ha conjurado el grave peligro de las cualidades anti ígneas que pudieran tener los hábitos de Domingo. Cubierto ya con las nuevas prendas de vestir, no le es permitido volver a reunirse con sus compañeros, se le hace permanecer en Palacio, custodiado por cinco franciscanos. Así distanciándolo de Savonarola, esperan neutralizar cualquier influencia mágica favorable a su causa.

Jerónimo y los suyos sólo esperan la orden de la Señoría para dar comienzo a la prueba y avanzar hacia el centro de la plaza, donde ya está dispuesto un sendero especial de unos 50 metros de largo flanqueado por muros de leños, y con un escaso metro de ancho, por donde deberán cruzar el dominico y el franciscano, y comprobar así a cuál de los dos cristianos, el Cielo tiene como preferido, o que tal vez, por ser tan tontos ambos, a cada uno lo dejará sin inmunidad protectora contra el fuego para achicharrarlos por igual.

Una tempestad se desata súbitamente, relámpagos y truenos surcan el espacio. Sobre Florencia caen océanos de agua. La multitud no se dispersa, sino que se guarece como puede contra las inclemencias de la borrasca. En no mucho tiempo la tempestad amaina, el cielo se despeja y el firmamento se embellece de un azul purísimo.

Nuevos alegatos son presentados por los franciscanos. Fray Domingo se dispone a atravesar el sendero de fuego armado de un inmenso crucifico bendecido por Jerónimo, pero su contraparte se opone, dice que no debe llevarlo por considerarse como una profanación. Entonces queda el pobre Domingo sin su crucifico protector.

Sin embargo, Jerónimo insiste en que su dominico atraviese las llamas, llevando en sus manos el Santísimo Sacramento, pero los franciscanos se oponen radicalmente. La multitud expectante observa con impaciencia tanto regateo. Mientras tanto, las sombras del atardecer comienzan a envolver la ciudad.

La impaciencia cunde y se desata una gresca entre los partidarios, de quienes llevan los hábitos de santo Domingo de Guzmán y los que llevan los de san Francisco de Asís. Desbaratan la pira, se lanzan, puños, leños, piedras y procaces insultos. Inexplicablemente no hubo muertos, pero si muchos descalabrados y contusos.

Dolfo Apini, furibundo anti savonarolista, saca una espada con el firme propósito de traspasarla por la enjuta humanidad de Jerónimo, pero Marcusio Salvati, fervoroso savonarolista, y conocido por todos por su valor y arrojo, avanza a tiempo y también saca la suya, con cuya punta traza una línea en el empedrado del suelo, y declara que pagará con su vida, quien se atreva a cruzarla.

En prevención de más desordenes, y habiendo ya anochecido, la Señoría ordena la suspensión del duelo, no sin cierta satisfacción de las partes en riesgo de morir asadas, pero con enconada molestia por parte de los espectadores defraudados.

Fuertemente custodiados, los frailes vuelven a sus conventos, entonando durante el trayecto himnos religiosos, y atribuyéndose cada cual los honores de la jornada. Llegados a San Marcos, los dominicos dirigidos por su Prior plantan sus rodillas y se retuercen en alabanzas para el Creador. Llegados a Santa Cruz, los franciscanos guiados por su Superior entonan un Tedeum. Luego, en latín confuso y postrados ante el altar, pronuncian rezos. Cansados de la jornada, poco después de media noche unos y otros duermen en sus celdas. Antes del amanecer, congregados en sus capillas, se preparan para los maitines y laúdes.

En verdad, el efecto moral de la jornada en el ánimo de las turbas es desastroso para Jerónimo. Otra vez le toca perder al fraile embebido de Dios. Cada momento sus palabras y profecías se desmoronan como frágil castillo de arena. El hecho de no haberse realizado la prueba de fuego, entibió mucho, muchísimo a los partidarios de Savonarola. Mientras los franciscanos es poco lo que tienen que perder, pues no se han proclamado ni profetas ni enviados a cumplir misiones celestiales.

Si Dios estaba con él, como lo proclamaba a los cuatro vientos, ¿por qué regatear tanto en las condiciones del duelo y se cerró en que fray Domingo tenía que llevar el Santísimo Sacramento? Cunde la desconfianza, la mayoría de los florentinos, ya no lo consideran el nuevo enviado del Cielo, purificador de las costumbres y reformador de la Iglesia.

Y así continúa para Jerónimo un inexorable proceso de desmoronamiento, sin que haya dios o barranca que lo ataje. El populacho, que tanto lo escuchó en sus sermones, se le retira en medio de burlas. Sus amigos íntimos lo abandonan, sólo le quedan fray Domingo y fray Silvestre. Sus adversarios crecen en forma incontrarrestable. La Corte Pontificia, la Señoría de Florencia y casi por unanimidad el pueblo florentino, aúnan esfuerzos en su contra.

El día siguiente, Domingo de Ramos, el monje en su convento de San Marcos ante ya sus pocos áulicos, con su sapientísimo tono de clérigo iluminado salmodía: Nolite in filis hominum[4], luego hace una larga exposición sobre la ingratitud y la deslealtad humanas; afirma que los hombres son una raza de pérfidos, bestia aborrecible, sólo digna de ser ensartada en los tridentes del demonio y de ser calcinada en las pailas candentes de los infiernos. De la ingratitud y deslealtad divinas, de las que también ha sido víctima, no hace ninguna referencia, sólo pronuncia, ¿Señor que pesada es tu cruz! ¡Señor que pesada es tu cruz!

La Señoría se reúne extraordinariamente el 8 de abril y por unanimidad acuerda darle 12 horas al prior del convento de San Marcos para que abandone la República. Así mismo, prohíbe terminantemente a los monjes de ese convento predicar en su capilla o en cualquier otro templo de la ciudad.

Pero ya la turba se ha anticipado al decreto del destierro. ¡A las armas! ¡A San Marcos!, resuena como grito de combate en la acústica de la Catedral, donde se han reunido los complotados contra Jerónimo. Luego el grito se escucha por todas las calles de la ciudad. Un inmenso tropel, que crece como avalancha de nieve, se dirige al convento para destripar al monje blasfemo.

En esas, éste se encuentra en la capilla pronunciando su discurso de despedida, pues ya se le ha notificado que su destino es el destierro perpetuo. Los monjes alcanzan a escuchar el estrépito de la turba que se acerca y logran trancar las puertas a tiempo. Sin embargo, el monasterio queda asediado por todos sus flancos.

Ante la súbita agresión, confiando todavía Savonarola en la protección del Cielo, invita a sus frailes y pocos amigos a realizar una procesión dentro de los claustros. Él mismo revestido de ornamentos lleva en sus manos puestas en alto el Santísimo Sacramento. El himno Salvum fac tuum, Domine, brota espontáneo de esos pechos angustiados, que resuena bajo las bóvedas de los claustros, en desesperado grito de auxilio a su suprema deidad, que hasta el momento ha sido muda y ciega a sus suplicas y ruegos. Lo único que no han perdido es la Esperanza Suprema. ¿Con ella se tendrán que ir a la tumba?

Rodeado ya de sus pocos seguidores, Jerónimo penetra en la capilla, se postra de rodillas ante la eucaristía y mientras se escurren las lágrimas por su rostro, en angustiado tono clama auxilio del Cielo, es decir, absolutamente a nadie. El mismo se apuró el cáliz de la amargura para beberlo sin descanso hasta la muerte.

Mientras tanto, los sitiadores abren brechas en los muros. Penetran, la invasión y el pillaje se extiende por los corredores, el refectorio, los salones y las celdas de los religiosos. El instinto de conservación puede más que las evangélicas esperanzas. Es así como al ver que ningún auxilio les llega de lo Alto, los monjes comienzan a defenderse, y disparan arcabuces. Se arma dentro de la iglesia una refriega sin tregua ni cuartel. Con los himnos religiosos de los frailes se mezclan gritos de guerra, insultos soeces, el llanto de los temerosos y el lamento de los heridos.

La resistencia es heroica, los frailes no ceden. Se combate con toda clase de armas, sin excluir por supuesto candelabros, crucifijos, velones, estatuas de santos y otros objetos de culto que se convierten en eficaces proyectiles. Caen las sombras de la noche sin que se apacigüen los combatientes, que continúan su lucha entre los resplandores rojizos y el chisporroteo de las antorchas.

Alguien hecha a vuelo la campana mayor del convento, contribuyendo sus roncos tañidos a exacerbar a los combatientes y a esparcir mayor alarma al resto de la ciudad. La Señoría se ve en la obligación de intervenir, envía mensajeros al campo de batalla con diversas órdenes: todos depondrán las armas, y los laicos que pelean en el convento de San Marcos tienen que abandonar cuanto antes el recinto, bajo pena de ser ahorcados. Francisco de Valori, jefe de los Piagnoni, sale del Convento, con el fin de regresar pronto con nuevos refuerzos. Pero en el camino es vejado por la multitud y los asesinan a puñal junto con su esposa y su hijo de tierna edad.

No obstante las órdenes de la autoridad, continúa el combate en San Marcos. La Señoría para terminar la contienda de una vez y por todas, hace emplazar piezas de artillería frente a San Marcos, e imparte instrucciones a un capitán para demoler el convento a cañonazos si es necesario. Con el Sacramento en la mano y acompañados de sus frailes más fieles Jerónimo se encamina a la biblioteca. Pronto irrumpen allí los representantes de la autoridad y exigen a Savonarola al igual que a fray Domingo Buovincini y a fray Silvestre Maruffi que se entreguen. Uno de los frailes, el judas de Savonarola, fray Malatesta Sacromoro, exclama ante la intimidación de los alguaciles. Durante la tormenta debe el pastor exponer la vida por sus ovejas. Jerónimo mira fijamente al traidor y le besa en la mejilla.

Fray Silvestre logra escabullirse entre los demás frailes, y escapa por ahora de las manos de la autoridad. Jerónimo y fray Domingo, llenos de entereza se entregan a la autoridad sin presentar resistencia alguna. Es preciso partir; pero antes corresponde dar las últimas recomendaciones y los postreros adioses. Vuelto a los frailes, con voz firme y serena les dice: No dudéis hermanos míos, que Dios perfeccionará la obra comenzada, y aunque yo muera, os ayudaré más de lo que he podido hacerlo vivo, y volveré a consolarlos vivo o muerto.

Son las ocho de la noche, hora de las tinieblas y propicia al crimen. Rodeados de una gran guardia salen, con grillos y cadenas los dos frailes del Convento, aparecen en la plaza de San Marcos. Del pecho de la multitud aquí reunida brota el grito de las masas cobardes, crueles y desleales ¡Mueran los miserables! Los guardas despliegan supremos esfuerzos para evitar el aporreamiento de los monjes encadenados.

Sin embargo, un miserable logra acercarse a Jerónimo lo golpea y le grita: profetiza quién te ha golpeado. Otro le da un puntapié por detrás, mientras exclama en forma soez: Es allí donde tiene la profecía, la turba prorrumpe en sonoras carcajadas. Silencio absoluto pliega los labios de las víctimas durante el trayecto humillante hasta el Palacio de la Señoría. Una vez allí los encierran en la torre en celdas separadas.

Mientras tanto los amigos de Jerónimo cumplen la obligación de no interrumpir una tradición tan vieja como la humanidad: reniegan del amigo caído. En el convento de San Marcos casi la totalidad de los frailes han recuperado la más absoluta calma y se regocijan interiormente por el término de una intranquilidad que se había prolongado demasiado. A fin de congraciarse con la Señoría, los mismos frailes al día siguiente entregan a fray Silvestre, quien en la noche anterior había logrado escapar de los corchetes escondiéndose en el convento.

El poeta Hugolino Verini, hasta hace poco entrañable amigo personal de Jerónimo, da la nota más alta de cinismo y perfidia. Haciendo honor a la deslealtad y oportunismo tradicionales en los hombres falsos, apologistas de todos los tiranos y merodeadores de las alturas, Hugolino dirige a la Señoría un escrito congratulatorio por la desgracia del monje, a quien llama archiipócrita singular. Lo acusa al mismo tiempo de falso profeta y de haber hecho una nefasta influencia en la marcha de la República. Pide la muerte del nefando Savonarola, y sugiere que se declare fiesta nacional el 8 de abril, día de su caída.

Lejos de Florencia, un hombre, el más corrupto que hay bajo las estrellas y poseedor de la Vicaría del Cristo, Alejandro VI, experimenta profunda satisfacción por la desgracia de Savonarola, quien con su palabra y actividad ha puesto en peligro su tiara. Del corrupto es el triunfo, del fraile embebido de Dios el fracasado.

La señoría solicita a la Santa Sede autorización para que un tribunal conformado por furibundos anti savonarolistas y nombrado Ad hoc, pueda dictar y ejecutar sentencia contra los reos. Alejandro responde que le envíen a los renegados que él los ajusticiará como se merecen. La Señoría se rehúsa. Al fin convienen que su Santidad envíe a Florencia una comisión Pontificia para que participe en el juicio y interponga sus santos oficios y se dicte una sentencia justa y ejemplarizante. Tan dignísima misión recae en el Superior General de la orden de los dominicos fray Joaquín Turriano, prudente y con algo de escrúpulos, y en el sacerdote español Francisco Romilino, con la frialdad del hielo y la dureza del marfil, en su estrecha mente se desbordan los prejuicios que conllevan a la maldad sin límites.

Mientras los comisionados pontificios atraviesan la ciudad en medio del entusiasmo popular, escuchan los gritos de muerte lanzados por la multitud contra los frailes reos, y de modo especial contra el pobre Savonarola. No tengáis duda que morirá, expresa Romilino a la turba enardecida.

Entre diez guardias, ligadas las manos a la espalda, penetra Jerónimo a la sala del improvisado tribunal para su primer interrogatorio. ¿Es efectivo que eres inspirado por Dios? Ante la respuesta afirmativa del reo, cruza por la sala una señal de inteligencia entre el juez y los verdugos. Jerónimo es sometido a la tortura. Se le alza por medio de una cuerda amarrada a sus brazos ligados tras la espalda y se deja caer con intermitencias violentas, desgárranse músculos y articulaciones.

En medio de la tortura el reo declara lo que exigen sus verdugos, lo mismo sucede con fray Domingo y fray Silvestre. Tres son los interrogatorios a que son sometidos los reos con la misma técnica. No pierde Jerónimo la conciencia en los momentos de la tortura, y experimenta después agudo remordimiento por las inexactitudes afirmadas para escapar del dolor y satisfacer a sus verdugos.

Sin embargo, los jueces no pueden constituir verdaderas pruebas que den sustento a un gran crimen y a una ejemplar sentencia. Donde no hay causa es preciso inventarla, exclama Ceccone, notario de Florencia, al ofrecer sus servicios al tribunal para realizar la tarea de inventar la causa.

¿Quién es Ceccone? Este hombre le debe la vida a Savonarola, durante la última conspiración fracasada para restablecer a los Medici, Ceccone, conjurado de importancia, corre a refugiarse al convento de San Marcos para escapar a la acción de la justicia y represalias populares. Jerónimo, a pesar de no ser simpatizante de los Medici, lo acoge benévolamente y le dispensa cariñosa hospitalidad, lo que permite mantener su integridad sin un rasguño. ¿Por qué Ceccone ofrece ahora sus servicios para quitar la vida a quien había salvado la suya? Cuatrocientos ducados son el precio de la deslealtad y el crimen.

Ceccone lee el proceso fabricado por él, conjunto de equívocos y falsedades hábilmente tejidos. Como testigos actúan frailes discípulos de Jerónimo, miembros del clero y la autoridad civil, así como del populacho, que pocos días antes escuchaban a Jerónimo con gran devoción y reverencia.

Además, un nuevo dolor está destinado a angustiar aún más el corazón del religioso embebido de Dios. Los frailes de San Marcos, sus compañeros de batalla, envían un comunicado al Papa. El torpe aludo, la hipocresía y la vileza campean en dicha comunicación. Su lectura produce la más asquerosa repugnancia por el género humano.

Ni la pluma ni la lengua podemos expresar cuanta gratitud debemos a Vuestra Santidad, por habernos sacado del profundo abismo del error en que habíamos caído, engañados por el muy astuto fray Jerónimo. Fue tan grande la astucia de este hombre habilísimo que muchos hombres de preclaro ingenio fueron seducidos y confundidos. Postrados en tierra y suplicantes pedimos e imploramos perdón y confesamos haber pecado gravemente delante de Dios y de los hombres, y no ser dignos de ser llamados hijos de Vuestra Santidad. Considerad como autor y fomentador de esta situación a fray Jerónimo. Él sufra las penas, si es que puedan encontrarse castigos suficientemente enérgicos para crimen tan horrendo.

Llega la sentencia: serán ahorcados y quemados. La Plaza de la Señoría, como en los días de grandes acontecimientos, rebosa de una muchedumbre ávida del espectáculo que va a realizarse. Adosado al muro del Palacio se alza un altar con una gran cruz en el centro y antorchas encendidas a ambos lados. Al frente se ha armado un tablado con escalinatas, es el patíbulo, y cerca de él, grandes montones de leña rociados con materiales inflamables que arderán rápidamente en el momento oportuno.

Comisarios apostólicos y el obispo de Vaison son designados para degradar canónicamente a los frailes que en pocos mementos serán ajusticiados. Se colocan en lugar prominente, hallándose junto a ellos el Confaloniero de la ciudad y los magistrados. Brilla en el cielo un sol magnífico, sol de mayo.

Las miradas de los miles de espectadores, con ansiedad hace rato están fijas en la puerta principal del Palacio. Salen tres figuras escuálidas. Sin conmiseración atados a cadenas, con los pies desnudos caminan los frailes por la plaza, con penosa dificultad ascienden las escaleras del cadalso.

En señal de ignominia y expulsión del gremio sacerdotal, un dominico del convento de Santa María arrebata los hábitos de los tres condenados, tarea que cumple con verdadera alegría. Jerónimo exhala un gemido lastimero: Hábito santo, ¡cuánto te he querido! Me ha sido dado por Dios y hasta ahora te he conservado sin mancha. Yo no te he abandonado: otros te han arrebatado de mi sagrado cuerpo.

El obispo de Vaison, dominicano como los reos, quien preside esta triste ceremonia en nombre del Vicario del Cristo, toma la mano de Jerónimo y le dice imperativamente: Yo te separo de la Iglesia Militante y de la Iglesia Triunfante. Os equivocáis Monseñor – replica respetuosamente Jerónimo – podéis separarme de la Iglesia Militante, pero no de la Triunfante cuyo jefe es Dios.

Continúa la función encomendada a los comisionados apostólicos. Éstos lucen dignos de pronunciar la sentencia: sus atuendos clericales caen en pliegues púrpura y negro, en sus manos guantes, en sus pechos crucifijo en oro, y en sus cabezas bonetes aterciopelados. Desde su lugar prominente en la plaza, en coro sentencian:

Como justo castigo a estos tres réprobos, Jerónimo, Domingo y Silvestre, quienes indignamente han vestido el hábito de Santo Domingo de Guzmán, que han blasfemado y desconocido al verdadera vicario de Cristo y cabeza de la Santa Madre Iglesia su santidad el Papa Alejandro VI, la sentencia es morir en la horca y el fuego a fin de purificar sus almas manchadas por grandes pecados a los que han tratado arrastrar a toda Florencia, ciudad que ya no caerá en tales errores inspirados por este falso profeta y las predicas de sus desgraciados secuaces. La verdadera justicia divina ha llegado contra estos hijos de iniquidad, gracias a la iluminación que del Espíritu Santo ha dado al tribunal.

Todavía les resta a los condenados atravesar un largo tramo del patíbulo para subir la última y fatal escalinata hacia las horcas. La maldad humana que no tiene límites cuando de adular a las divinidades se trata, inventa una última crueldad para mortificar más a los reos indefensos. A través de las juntas de las tablas, por donde los pies desnudos de los condenados pisan, introducen puntas aguzadas. Sus plantas sangran, mientras a sus oídos llegan los más procaces insultos.

Eh ahí a Jerónimo, el poseso de Dios, no ha recibido de las alturas de los cielos, el más mínimo eco de sus suplicas, desmoronados totalmente sus proféticos planes. ¡Oh! qué supremo desengaño para este hombre, entregado a lisonjear la divinidad con sincero arrebato. Ahora arrojado al más indolente abandono divino en complicidad con la injusticia de los hombres.

El asceta se enfrenta a su inmediato destino: la horca y la hoguera en compañía de los únicos amigos que le quedan Domingo y Silvestre. Los miles de florentinos que le escucharon sus sermones ahora son parte de sus enemigos, aliados de sus acusadores, jueces y verdugos.

Ilimitada es la manera como las creencias religiosas enajenan al ser humano. Sobre el cadalso, cree Jerónimo que una nueva lisonja para su ciego y sordo dios, le salvara del juicio de los hombres y le restaurará su misión de ser el reformador de la Iglesia. Ante los miles de espectadores que con morbosidad se aprestan a ser testigos de su último suplicio, con su inspirado tono de profeta pronuncia:

Yo sé Señor, que tú eres el verdadero Dios, creador del mundo y de la humana criatura. Yo sé que eres tu aquella Trinidad perfecta, indivisible e inseparable, en tres personas Padre, Hijo y Espíritu Santo. Yo sé que tú eres aquel Verbo Eterno, que bajaste del Cielo a la Tierra en el vientre de la Virgen María; subiste al leño de la cruz para derramar tu sangre por nosotros pecadores. Te imploro perdón a todas mis culpas y te suplico como omnipotente y justo que eres que nos salves de este juicio de los hombres, que un rayo caiga sobre los injustos jueces y falsos testigos, y que pueda reanudar la misión que me habéis encomendado...

Suplicas que son como arar en el desierto o sembrar en el aire. La turba expectante le responde con más insultos e injurias: ¡Falso profeta! ¡Bestia demoníaca!... De sus ojos ahondados en su rostro enjuto brotan sendas lágrimas. Une sus labios secos y ajados. De su boca jamás volverá a oírse una palabra más. Los compañeros del patíbulo imitan el silencio de su maestro.

La plaza también ha quedado en absoluto silencio, se interrumpe por los graznidos de una bandada de aves blancas que con su el aleteo embellecen aún más el infinito azul del cielo. A fray Silvestre le corresponde de primero el sacrificio, se acerca al verdugo, quien le coloca la soga al cuello y lo lanza a su final suplicio, su cuerpo se bambolea mientras la multitud prorrumpe en gritos de júbilo.

Le continúa el turno a fray Domingo, le da una mirada a su maestro, llega al lado del verdugo, la soga al cuello, el mismo bamboleo y la misma algarabía del populacho. Los dos cadáveres penden en la altura; pero la turba espera con ansias ver flamear al viento los despojos del más aborrecido de los reos.

Se le aproxima un sacerdote a Jerónimo y lo interroga si tiene algo que decir, pero sus labios no se despliegan. Siguen las acciones del verdugo y la soga. En verdadero paroxismo los florentinos ven colgar al máximo de los reos. Antes de exhalar su último suspiro, las llamas se elevan potentes y abrasan con voracidad a los tres ajusticiados. Son las diez de la mañana del 23 de mayo de 1498. Jerónimo, el poseso de Dios, el que se creyó profeta ha muerto a los cuarenta y cinco años de edad, mártir y sin cumplir con la misión que tan equivocadamente creyó que la Trinidad le había encomendado.

Así como los florentinos patearon la hoguera de las vanidades antes de consumirse, no esperan que el fuego devore totalmente las víctimas, y con pies, palos, cordeles y piedras aceleran la obra destructora de las llamas. Provocan así el descuartizamiento de los cuerpos chamuscados. Extremidades inferiores y superiores y otros trozos cárnicos de los ajusticiados vuelan por el aire y caen de nuevo a las brazas, penetrante olor a sangre y a carne requemada impregna el ambiente. Cuando ven que todo ya está consumido, se van de nuevo contra la hoguera, se levanta una humareda negra que se esparce por los aires y provoca tosidos a la multitud exaltada. Las cenizas de los frailes trasportadas por el viento, al igual que sus palabras y predicas se las lleva para siempre las aguas turbias del Arno.

Qué arrebatos tan fatales el de tanto místico que se ha creído mensajero y encargado de misiones de los impasibles e inexistentes dioses. En verdad, la mística es el estado donde más se observan las cosas tal como no son. Todo aquel que es atacado por una fiebre de mística llega a la máxima des-aproximación de la realidad.

Todo secreto es oscuro, y todo lo oscuro es siniestro. Las Sociedades Secretas, otra idioticidad sin límites que viene afectando la humanidad milenio tras milenio. En mística brutalidad creen sus seguidores que van en busca de un gran arcano o que son depositarios de un sigilo, que los hará poderosos y amos del Mundo y el Universo. Qué vidas y qué tiempos tan perdidos en elucubraciones y escondites. Qué desperdicio de energías en búsquedas sin encuentros. Qué luchas sin frutos ni justificación.

Esotéricos, gnósticos, iniciados, la cábala, el Santo Grial, el Arca de la Alianza, Templarios, el Priorato de Sión, los rosacruces, , qué manos poderosas. Horda de ignaros que por tanto tiempo han apestado al Mundo, se apoyan en objetos y simbolismos tan extravagantes como las metas que persiguen.

Con excepción de la Masonería[5], que aunque asume ciertas indumentarias y ritos irracionales y risibles como las demás sociedades secretas, ninguna otra a través de la Historia ha logrado nada positivo ni para sí misma ni para la humanidad. Sólo han suscitado persecuciones y autoflagelaciones.

Ah dolores y luchas infructuosas se hubiera ahorrado la humanidad, si desde los primeros milenios de la invención de la escritura, las sociedades secretas hubieran sido aniquiladas por un relámpago y trueno de razón.


Oh! mi admirado Lucrecio poeta latino discípulo de Epicuro surgido por allá en el 98 A de C., para este gran hombre los dioses, si acaso existen no se ocupan de los hombres, moran muy lejos, hasta allí no llegan plegarias, ruegos ni sacrificios, los dioses no son creadores de nada ya que los átomos son eternos, tampoco gobiernan al mundo y a la humanidad, suponer que así lo hacen es otra de las falacias de la religión.

En la brújula disquicisional que legó a la humanidad Andrés Holguín se hace la pregunta: ¿cómo surgió ese gran adefesio llamado cristianismo? Su respuesta es que éste no apareció súbitamente, algunos de sus dogmas o ritos surgieron antes de nuestra era; otros mucho tiempo después. Fue una original mezcla de religión y moral hebrea, filosofía griega y ética helenístico-romana. A ellas vinieron a sumársele vetas de otras religiones, así como complejas aspiraciones de tipo social nacidas del predominio político romano, todo ello, fundió, cristalizó lentamente, desde la época alejandrina durante nueve largos siglos la constitución global del cristianismo.

Es evidente (aunque el hombre masificado no lo percibe) que cada comunidad histórica está alimentada de sus mitos, ellos constituyen su savia vivificante. En el fondo del extracto social no hallamos la razón ni la filosofía, sino el mito y la leyenda, es decir, las religiones y sus multiformes sectas que no constituyen más que un monstruo de mil cabezas.

Cada civilización fallece cuando mueren los mitos que la han impulsado desde la infancia, el cristianismo es un cadáver como el de Lázaro: esperpéntico, pusilánime e ignorante, destinado a resucitar por los siglos de los siglos. La gran carroña vuelve a la vida. Es constante el ciclo de mortales que nacen y nacen insertos en mitos irracionales sin capacidad para despojarse de sus putrefactas vestiduras, y todo ello por determinantes históricos, geográficos y familiares.

El hombre-molde creado al por mayor, no conquista la suficiente valentía para intercambiar o sustituir los mitos. A la dominante fe nadie la destrona. Los mitos no son intercambiables ni sustituibles, cuando ya no nos fascinan, dominándonos, los que asombraron nuestra infancia, es imposible reemplazarlos por otros.

Si el paraíso mítico desaparece da lugar a un triste vacío, porque el mito nos da desde la niñez interrogativa, una serie de respuestas, una explicación del hombre y del mundo, nos asigna un puesto en el cosmos, nos sitúa referidos a unos dioses y a unos valores trascendentes. Roto o agotado el mito, el individuo o la sociedad cree quedar sin brújula y en ardua aventura, navegar sin instrumentos.

En lo que a mí respecta, es imposible regresar al mito hebreo-cristiano con su dios creador y providente, sus primeros padres y su paraíso, su serpiente y su árbol del bien y del mal, inclusive entendiendo todo ello en forma simbólica, e imposible sustituir ese mito (aunque engañoso) por otro. Muchas veces me sorprendo cuando encuentro, en pleno siglo XX personas cultas – verdaderos sabios- que todavía creen en la filosofía de los hebreos y los primeros cristianos como en los pensadores hindúes. Es increíble que tantos occidentales estén imbuidos en la fabulosa metempsicosis venida del Oriente. Lo cierto es que el oriente desorienta.

La vigencia de estos mitos en áreas tan extensas del mundo occidental que suponemos civilizado, muestra solamente la importancia de estos mitos, su poder avasallador por encima de 35 siglos, por encima de todas las conquistas de la ciencia y la razón; ellos siguen alimentando las creencias, la vida y la agonía de millones de seres mis coterráneos de este mundo estúpido y cruel.

El pueblo vive de esas creencias, de esas vetas subterráneas. La fe hebrea – de moisés en adelante- y la fe cristiana- de Jesús en adelante- se imponen sobre medio mundo, es inútil tratar de quebrar esa fe en una filosofía, esa doble mitología con razonamientos. La creencia está más allá, en otra área sicológica, resulta inmune.

Prefiero los vacíos que los mitos, es que no puedo convivir con los mitos de estos millones de seres, mis coterráneos, no puedo habitar ya dentro de mitos que han perdido su infalibilidad y su poder de imantación.

En el centro de la mitología hebreo-cristiana está la noción de pecado, complementada luego con la doctrina del pecado original que se trasmite por herencia, extraño gen metafísico y moral a la vez. Ese doble dogma resulta repugnante, intolerable, conduce a una injusticia monstruosa: el hombre abandonado en medio de una naturaleza hostil, debe hacer frente a esa otra maldición, la de un pecado que no ha cometido.

Filosófica y éticamente esto me sobrepasa, creo que el hombre merece más respeto, su dignidad no le hace acreedor a esa aberración conceptual. La noción misma de pecado esa falta cometida por el hombre a impulsos de su naturaleza, falta interpretada como un atentado contra la Divinidad remota, que, sin embargo, es la creadora de esa naturaleza predispuesta al pecado, repugna a mi intelecto y a mi sensibilidad, pero todo esto hace parte del mito que nutre a tantos millones de seres, mis coterráneos. Creer en un dios es el único pecado y la mayor perfidia que puede cometer un ser humano contra sí mismo y contra la humanidad entera por contribuir a perpetuar un engaño y una mentira.

Lo más grave es que destruido o superado el mito hebreo, el cristianismo cae por su base, es una de las consecuencias históricas del mito hebreo y, evidentemente no es posible conservar el cristianismo y prescindir del marco antiguo en que se apoya, la ruina de las leyendas hebreas implica la ruina del cristianismo.

La idea de Providencia aparece en casi todas las religiones, el dios que gobierna el mundo y los destinos de la humanidad. Así ocurre con Zeus y con Júpiter y con tantas otras divinidades antiguas y actuales. Es una idea consoladora en cuanto el hombre supone no estar solo; esta idea mitiga el terror, pero esa misma idea resulta peligrosa si se le toma demasiado en serio y con carácter muy extremo, fue lo que ocurrió a san Pablo, san Agustín, Lutero y Calvino, se llega a un determinismo divino y la libertad humana se esfuma. Llegan las intolerancias, los fanatismos y los misticismos, ismos que en nada le han servido al hombre, por el contrario lo han desorientado y mortificado.

No es que esté el hombre determinado por circunstancias geográficas e históricas o por cargas hereditarias, está determinado por Dios, dios mismo es quien salva o condena a cada alma, o sea, que en principio todos estamos condenados. Y dios escoge a los pocos que, por su gracia o mandato especial, deben salvarse: la humanidad es una muchedumbre condenada, sólo la gracia salva, el hombre solo nada puede, ni su fe, ni sus actos ni su conducta pura, nada vale. El hombre está irrevocablemente perdido. Sólo Dios salva si tiene a bien elegirlo, es la monstruosa conclusión a que llegan los cuatro pensadores cristianos citados.

De lo contrario el mismo Dios que lo creó, sacándole de la nada, enviará su alma a padecer eternamente en un infierno dantesco. Los elegidos serán unos pocos, por lo cual la esperanza es mínima ¿Porqué ellos? Nadie lo sabe, mucho menos Pablo, Agustín, Lutero y Calvino, a quienes más se les debe tamaña sandez.

Es así como los designios de Dios nos sobrepasan, todo ello resulta patético, monstruoso, casi gracioso: Dios crea al hombre, le da una determinada naturaleza y unos instintos y pasiones, lo pone a actuar en el escenario del mundo y sin que el hombre pueda sustraerse a ese designio, lo condena al infierno, ni siquiera la condena de muerte que sería muy preferible a la condena eterna; sería gracioso sino fuera porque una gran parte de la humanidad vivió durante siglos bajo esa maldición, espantado bajo ese pronóstico, aterrorizada por ese futuro irremediable.

Tampoco puede ignorarse que en todos estos siglos, en el seno del cristianismo se haya dado lugar a tantos delirios, a tantas locuras, a tantos desequilibrios síquicos colectivos e individuales. Lo extraño, o lo triste, es que la pobre humanidad no se haya levantado coléricamente contra ese mito, que no se haya rebelado violentamente, alzándose para romper tan absurdas cadenas y condenas. Eh ahí sólo algunos de los resultados de las variantes del nefasto cristianismo

A pesar de todos sus errores, horrores y mentiras, hay que reconocerle al cristianismo una gran justicia y verdad, muy velada por cierto, pero que representa el anhelo inconsciente de todo aquel que ha tenido la desgracia de ser arrojado a los padeceres de la existencia sin su consentimiento, y es que el creador de todo este horror no merece más que el flagelo y la crucifixión. Se trata de la Venganza Colectiva Inconsciente que pervive tácita en las mentes desde tiempos inmemoriales. Este acierto del cristianismo pierde merito porque no fue construido con premeditación por lo que no merece más que continuar en la cloaca en que siempre se ha revolcado.

Desde un aparato cósmico un astronauta lee la Biblia, otro el Nuevo Testamento. La humanidad no avanza paralelamente, ciencia y religión se entremezclan en la psiquis humana, filosofía y mito, progreso y superstición, todo lo lleva el hombre en su extraña mente y en su alucinada sensibilidad.

El cristianismo se funda en que el hombre proviene de lo perfecto y lo absoluto (su dios omnipotente su Adán paradisíaco) al paso que la ciencia demuestra que el fenómeno ha sido precisamente lo contrario. Se hallan así en abierta pugna la teología tradicional cristiana y la ciencia actual.

El cristianismo en su sucesión histórica significó una persecución lacerante y un suplicio sin límites para quienes adoptaron esta creencia en sus inicios. Luego, por allá en el siglo IV, cuando el emperador Constantino se convirtió y tuvo el “acierto” de volverse cristiano, se invirtieron los papeles, de perseguidos, los cristianos transformáronse en perseguidores. De receptores de suplicios pasaron a aplicadores. A judíos, moros y paganos les correspondió asumir las consecuencias de la intolerancia y la implementación a la fuerza de esa nueva religión, no bastaba con las que ya había, era necesaria otra para acrecentar aún más el tormento humano.

El surgimiento de otra nueva plaga
Siete siglos hace que el Nazareno ha arrojado sobre los surcos de la historia las semilla del martirio y la idiotez. Más de 255 mil 500 días con su pesarosa doctrina, infame cruz y Biblia desgarran espaldas e idiotizan mentes en buena parte del Occidente, parte del Oriente del Viejo Mundo. Para desgracia de la humanidad, en el aciago siglo VII llega otro sembrador a plantar más semillas de martirio e idiotez, como sí las del Galileo y Yahvé no fueran suficientes. De las entrañas de las más profundas oscuridades surge el Mahoma, este si peor. ¡Mundo ah desdichado que has sido!

Arabia, Persia, Siria y Egipto ven flamear las banderas del nuevo profeta. Sus legiones se esparcen por África, clavan los estandartes del Islam sobre Cartago y sumen en el estrépito de sus armas durante ocho siglos a la vieja Hispania. Aquel fanatismo belicoso y desbordante arrasa con su empuje. La voracidad no se detiene desde la India hasta Cádiz y desde el Caspio hasta el Atlántico, Los sarracenos fijan también sus ojos en Tierra Santa (para este territorio sufrido no ha habido mayor maldición y desgracia que el haber sido señalada como sagrado por tres religiones bárbaras)

Con sus espíritus henchidos de Alá, llegan los moros a Jerusalén, la casa del Dios cristiano. Qué tiemble la humanidad, porque guerras y tormentos vendrán. Omar se apodera del Santo Sepulcro, los templos se convierten en mezquitas. Los cristianos son arrojados de sus hogares, y no sólo se les prohíbe el uso de las armas, sino montar a caballo y son obligados a llevar un cinturón de cuero como signo de su esclavitud. No tardarán en llegar los ejércitos de los cruzados para desatar las guerras más sangrientas y crueles que la humanidad tenga en su memoria.

Otra historia de sangre y padeceres infinitos en el haber de la humanidad la constituye las cruzadas, especie de guerra santa dirigida por los cristianos contra los enemigos de su fe. Esta gran idea se le ocurrió primero al Papa Gregorio II, pero fue ejecutada por su piadoso sucesor Urbano II. A espada, lanza y cuchillo se impone el cristianismo y se le da su merecido a moros, judíos e impíos por igual.

El Papa promete a los cruzados la absolución de los pecados y declara que será castigada con maldiciones y anatemas cualquier violencia ejercida contra los soldados de Jesucristo. Mientras tanto los líderes mahometanos consideran que su Alá los envió para liberar la Tierra de los cristianos en merecido desangre a tan perversos infieles.

Desde el año 1096 y hasta el 1270 las cruzadas asolan el Oriente, España y Sicilia. Este es otro capítulo negro y cruel, otro sufrimiento inconmensurable que las religiones le deben a la humanidad. Las huestes de los cruzados, distinguidos con una cruz en el pecho, espada, lanza o cuchillo en mano atraviesan los cuerpos de sus enemigos y sitian ciudades. El padecimiento es reciproco, dolor, hambre y mortandad padecen tanto los perseguidos como los perseguidores.

Con el grito de Deus lo vult (¡Es la voluntad de Dios!) y creyendo que Jesús estaba de su lado, los cruzados cristianos medievales marcan la historia humana para siempre, cometen las más viles atrocidades. Sin la más mínima compasión asesinan hombres, mujeres y niños.

El día en que Jerusalén es conquistada por los cristianos, 70 mil víctimas pagan con sus vidas el “glorioso” hecho. El santo patrono de los cruzados es San Jacobo, Exterminador de Árabes o el Patrón Santiago, como lo llamarían los españoles a su santo exterminador después del descubrimiento de América, asegurando de esta forma la continuación de las atrocidades a través de las diferentes eras y épocas.

Palabras de un testigo, en esta primera conquista de Jerusalén, ocurrida en julio de 1099: Frente del Templo de Salomón hubo tal carnicería que nuestra gente estaba hasta los tobillos de la sangre de nuestros enemigos, y después de eso felices y llorando de gozo, nuestra gente marchó hacia la tumba de nuestro Salvador, para honrarlo y pagarle nuestra deuda de gratitud.

El Arzobispo de Tyre, testigo ocular relata: Era imposible mirar al vasto número de muertos sin horrorizarse; por todos lados había fragmentos de cuerpos humanos, y hasta el mismo piso estaba cubierto de la sangre de los muertos. No es solamente el espectáculo de cuerpos sin cabeza y extremidades mutiladas tiradas por todas direcciones lo que inspira el terror a quienes miraban ello; más horripilante aun era ver a los victoriosos mismos chorreando sangre de pie a cabeza, una omnipotente estampa que inspiraba el terror a todos los que los veían. Se reporta que dentro del Templo mismo han caído descuartizados cerca de 10 mil “infieles”.

El cronista cristiano Eckehard de Aura escribe: Hasta el siguiente verano todo el aire de Palestina continuó contaminado del olor a descomposición de cadáveres. Sólo durante la primera cruzada se calcula en un millón el número de víctimas.

Son tantos los padecimientos que el joven guerrero Guy, hermano del valiente Boemundo, se araña el rostro, se revuelca en el polvo no concibe los abandonos de la providencia que apartaba su mirada de una guerra emprendida en su nombre, se entrega a todo el exceso de su desesperación. ¡Oh Dios¡ - clama- ¿qué se ha hecho tu poder? ¿Dónde está tu justicia? ¿No somos tus hijos? ¿No somos tus soldados? Si abandonas a esta suerte a los que luchan por tu causa, ¿quién se atreve en adelante a alistarse en tus banderas santas?

Ante el insoportable andar con sus estómagos vacíos, los cruzados matan primero las bestias de carga y enseguida los caballos que antes sostenían sus posaderas trashumantes. Los desgraciados ejércitos sazonan la piel de esos animales con pimienta, comino y otras especies que habían encontrado en los saqueos a aldeas y ciudades.

No hubo más semovientes que matar, entonces se ve a los soldados comer el cuero de sus escudos o de sus calzados ablandado con agua caliente. El azote de la terrible escasez es tan lacerante que se ve a príncipes y señores con grandes dominios en Europa, sufrir el tormento del hambre y mendigar de puerta en puerta un bocado asqueroso y todo lo que puede servir para prolongar un día o una hora su existencia de miseria.

Muchos cruzados buscan el modo de huir de una ciudad que no les presenta más que la imagen y la perspectiva de la muerte, los unos, con mil riesgos huyen hacia el mar, otros se arrastran a manos de sus enemigos, los musulmanes, sólo por obtener un pedazo de pan.

Pasa la victoria pírrica del sitio de Antioquía, en los cruzados aumenta cada día su desesperación. Sus débiles brazos apenas pueden sostener la lanza o la espada. En medio de esta espantosa miseria se oyen llantos y gemidos, más a lo último ya no lloran, no se escucha más que sollozos.

Es tan grande el silencio en Antioquía, como si la ciudad estuviera sepultada en las tinieblas profundas de la noche, o ya no hubiera quedado nadie en ella. Parece que los cruzados no sienten ya sus calamidades o nada necesitan, pues permanecen inmóviles y sumergidos en soporífera indiferencia. Hasta que ya no son más que cadáveres, pues el último sentimiento de la naturaleza, el amor a la vida, se extingue en ellos mucho antes de su postrer suspiro. El catálogo de los mártires se engrandece.

Zengui, gobernador de Mosul, actúa convencido de ser un enviado de Alá para acabar con los cristianos y sus fechorías. Ataca a Edesa, derriba sus murallas. El pillaje, los incendios y toda clase de horribles excesos dan prueba de que el Corán ha triunfado sobre los Evangelios. Los cadáveres de los vencidos son mutilados y decapitados, y enviadas sus cabezas a Bagdad y Korasán.

Los cristianos que permanecen con vida son vendidos en la plaza pública como un rebaño de ovejas. Los discípulos de Cristo pierden todos sus bienes y atados a cadenas ven cómo sus enemigos insultan sus creencias, profanan los vasos sagrados en vergonzosas orgía y convierten los templos en teatro de sus liviandades.

La conquista de Edesa llena de alegría a los musulmanes, quienes se postran a su Alá en acción de gracias. Pero esta satisfacción se ve pronto nublada por una triste nueva: Zengui, el predestinado, el elegido por Alá, para derrotar a los cristianos, es asesinado por sus propios esclavos, a quienes trataba como bestias. Sus despojos descuartizados se los lleva el Eufrates entre sus caudales para siempre.

Las luchas cruentas continúan para evitar que Jerusalén con su sagrado sepulcro caiga en manos musulmanas. En el año 1244 se produce el desastre. Una columna de mercenarios turcos, al servicio de Egipto, se apodera de Jerusalén. Por Secula Seculorum, la cristiana religión pierde su ciudad santa, así como el dominio de los lugares por donde deambuló su sadomasoquista redentor. Roma sería la destinada a ser la capital de tanta infamia.

Pedro El Ermitaño, Bernardo de Claraval y el emperador del Sacro Imperio Romano Federico Barbaroja, instigadores de la primera, segunda y tercera cruzada respectivamente, mueren sin ver las victorias de sus ejércitos

Proclama el Ermitaño que el Corán no puede desterrar el Evangelio. El Sepulcro Santo está profanado, el que quiera liberarlo que coja su cruz y me siga. Se ha iniciado la primera cruzada. Con pies descalzos, un crucifijo en la mano, la cabeza cubierta, el cuerpo ceñido con un cilicio y sus flacas carnes cubiertas con una especie de costal, viaja Pedro montado en una mula. Con sus predicas que profetizan un triunfo absoluto, exalta y anima a los cruzados en su travesía a los santos territorios.

Después de ver como los cruzados quedaban tendidos en los caminos por la acción de la fatiga, el hambre y las saetas de los turcos, se retira a una cueva a hacer penitencia, después de tres días de ayunos Pedro El Ermitaño muere de inanición sin ver la victoria de los cristianos sobre los infieles moros. Suerte parecida corre Bernardo de Claraval.

Federico Barbaroja al frente de la tercera cruzada pasa con sus ejércitos por Austria, Hungría, Bulgaria, Macedonia, Tracia, Constantinopla, Gallipoli, Lampsaco, Pérgamo, Sardes, Tripodi, Laodicea e Iconium. Un año de espantosos sufrimientos lleva la travesía. Ya se está cerca de la santa tierra. Antioquía y Jerusalén se perfilan en el horizonte. El río Salef obstaculiza la marcha. Seguro de sí mismo Barbaroja avanza y penetra en la corriente caudalosa. Su corcel, como dominado por un presentimiento instintivo, se resiste a avanzar; pero Federico lo espolea obligándolo a internarse más. De pronto resbala el caballo y cae con su jinete en un remolino, su cuerpo desparece para siempre en las turbulentas aguas.

En mera palabrería ha quedado la encíclica de Clemente III. Ha llegado el momento de conquistar los tesoros del Cielo, dedicando los tesoros de la tierra para la reconquista del país donde Cristo nació, sufrió y murió por nosotros; es necesario renunciar a los bienes efímeros para ganar el Cielo. Entregad todo hasta la vida que nuestro Redentor guiará y no dejará derrotar los ejércitos que luchan por liberar a su santa tierra de los infieles sarracenos.

La oriflama del Islam, sigue ondeando sobre los santos lugares, como un insulto a Occidente y un desafío a toda la cristiandad.

Los sarracenos leían el Corán y retomaban fuerzas para dar rienda suelta a todo su poder de violencia. Los cristianos leían la Biblia y se recargaban de energía para poner en práctica toda la capacidad de maldad del género humano. Cada facción actuaba con la convicción de estar protegida y guiada por su dios verdadero y todopoderoso. Y en verdad es tan inexistente la deidad musulmana como la cristiana. Tanto la una como la otra, no son más que la máxima equivalencia a lo que es la nada absoluta.

Los musulmanes impedían a toda costa que los infieles los desalojaran de su tierra santa. Los cristianos luchaban a todo dolor por ocupar y desalojar a los infieles de su tierra santa, que de santa no tiene nada, es la porción geográfica más nefasta del planeta.

En verdad ni unos ni otros eran infieles, eran (y son) los más absolutos fieles a la nada absoluta. Y todavía existen gentes que en dioses creen, que desmayo de la inteligencia y del valor. Míseros humanos que no merecen ser ni animales irracionales. Polvo son y en polvo se convertirán, únicas palabras verdaderas que alguna religión supo pronunciar.

El Hombre sólo tiene dos cosas seguras, la existencia de la muerte y la no existencia de los dioses. Todo lo demás, bajo o sobre el Universo es incierto.

Los albigenses, secta religiosa del sur de Francia, extendida entre los siglos XI y XII. Su nombre se derivaba de la ciudad de Albi en Languedoc, uno de los centros más importantes del movimiento. Predican la cristiandad apostólica y la vida simple según el evangelio. El Papa y los concilios los acusan de negar las doctrinas de la Trinidad, de la Sagrada Comunión y de la Muerte y la Resurrección de Jesucristo.

En cuanto a la política y a la sociedad creen que pronto aparecerá entre las nubes Jesucristo, en su segunda venida. Con su llegada desaparecerán la propiedad, el dinero, el clero, los reyes, los ricos y los pobres, las guerras, las naciones, etc. Esto recibe el nombre de milenarismo. Creen, además, que todos los hombres son iguales y que no se necesitan de los ritos ni los diezmos, pues sólo sirven para mantener a una clase corrupta que no tiene nada que ver con el pueblo.
Inocencio III, los tiene como objeto de sus odios, mucho antes de asumir el Papado en 1198. Ya en el trono de San Pedro, no tarda en organizar cuerpos armados para aniquilarlos. Los ejércitos son guiados por el Abad de Citeaux -un sacerdote tan sangriento como Torquemada - y por un sórdido aventurero anglo-francés, Simón de Montfort, desprovisto de fortuna aspira a lograrla con los bienes de los herejes pasados a espada y cuchillo.
Se inicia así la más brutal carnicería. Quinientos pueblos y castillos heréticos son ocupados, cada hombre, mujer y niño destrozados. Las damas de la nobleza con sus hijas son arrojadas a pozos de agua, mientras encima les arrojan enormes piedras.


Los caballeros son ahorcados en grupos de ochenta. Cuando, en el primer pueblo numeroso, los soldados preguntan cómo distinguir entre heréticos y ortodoxos, el abad ruge: Matadlos a todos, Dios sabrá lo suyo. En un solo día asesinan a cuarenta mil hombres, mujeres y niños que habitan aquel poblado. Los escritores católicos modernos meramente se evaden cuando disputan estos temas. Gracias a los católicos de aquella época – convencidos que con sus crueldades le hacían un bien a su buen dios- hoy se pueden conocer en toda su dimensión estas atrocidades.
Después de la guerra, la Inquisición toma el mando hasta que en 1324 queman en la hoguera a los últimos Albigenses. La destrucción de esta herejía representa más de un millón de vidas. El buen Inocencio al morir en 1216, le deja al mundo la piedra fundacional de la Inquisición, un obsequio tan mortal y repugnante como sus masacres. Otras víctimas de esa oscura religión suscitada por ese predicador a quien llamaron también El Galileo o El Nazareno, fueron las nativas tribus de América. Este capítulo merece escribirse con sangre de los mismos dioses.

Es dado comenzar con Colón, ex vendedor de esclavos y "santo cruzado”. En 1492 se inicia la conquista del nuevo mundo, y al mismo tiempo su evangelización. Pocas horas después de desembarcar en la primera isla habitada del Caribe, Cristóbal aprehende y somete a seis nativos, a quienes les dice: Serán buenos sirvientes y fácilmente serán hechos cristianos, porque a mi parecer no pertenecen a ninguna religión.

Mientras Colón describe a los indios como "idolatras y "esclavos", su amigo Michele de Cuneo, noble Italiano, se refiere a los nativos como "bestias" porque comen cuando tienen hambre y hacen el amor abiertamente cuando se les da la gana.

En todas las islas en las que Colón desembarca, clava una cruz y hace ante ella la declaración de que toma posesión de esas tierras para los reyes católicos. Si alguna aldea osa rehusar tal posesión, viene la santa sentencia: Yo os certifico que, Dios mediante, entraremos a la fuerza a vuestro país y os haremos la guerra....y os sujetaremos al yugo y obediencia de la Iglesia.....y le haremos todo el daño que podamos, como a vasallos que no obedecen y rehúsan a recibir a su Señor y lo resisten y contradicen.

De igual modo, John Winthrop, primer gobernador de la Colonia de la Bahía de Massachussets, se expresa: Justifico la obra en la Nueva Inglaterra ... para llevar el Evangelio a estas partes del mundo... y construir una fortaleza contra el reino del Anticristo.

Pobres indios, antes de comenzar las hostilidades, dos tercios de la población perece a causa de la viruela importada de las tierras civilizadas y cristianas. En l634 Winthrop escribe: Esta es una gran señal de la hermosa bondad y providencia de Dios, a lo que se refiere a los nativos, casi todos han muerto de viruela, así de esta forma el Señor nos ha dado el titulo de lo que poseemos.

En la Española (Haití y República Dominicana) mueren más de 50 mil Arawks. Pocos años después de la llegada de Colón los pacíficos habitantes de esta isla paradisíaca están casi exterminados. Los sobrevivientes son víctimas de violaciones, asesinatos y esclavitud. Los conquistadores escriben. En este nuevas tierras mueren tantos indios que no pueden ser contados, por todas partes hay cadáveres. El olor es horrible y pestilente.

El jefe indio Hatuey escapa con su gente, pero es capturado y quemado vivo. Mientras lo atan a la estaca, un fraile Franciscano lo exhorta a tomar a Jesús en su corazón, así su alma podrá ir al cielo, y no al infierno. Hatuey contesta: Si el cielo es donde van los cristianos prefiero ir al infierno.

Lo que le ocurre al pueblo de Hatuey es descrito por un testigo ocular:
Los españoles encontraban placer en inventar todo tipo de crueldades extrañas... construyeron una horca larga, lo suficientemente larga para que los dedos de los pies puedan tocar el piso y se prolongue la agonía. En una ocasión cuelgan trece nativos a la vez en honor a Cristo Nuestro Salvador y los doce Apóstoles; y después envuelven los cuerpos destrozados en paja, y los queman. En otra ocasión, los españoles le cortan el brazo a uno, los muslos a otro, y a otros la cabeza de un tajo, Igual a como los carniceros cortan la carne para el mercado. Seiscientos, incluyendo el cacique, son asesinados de esta forma como si fueran bestias brutas....Vasco de Balboa ordena que cuarenta de ellos sean destrozados por perros.”

La población de la isla, la cual llegaba a los ocho millones, cuando llegó Colón en el 1492, declinó a un tercio o la mitad antes de que el año 1496 hubiese terminado. Prácticamente, todos los nativos son exterminados, entonces los españoles se ven "forzados" a importar esclavos de otras islas del Caribe, quienes en poco tiempo corren la misma suerte.

Es así como de esta manera tan cristiana, los nativos del Caribe son liquidados en menos de 25 años. Significa que en mucho menos del promedio de vida de un ser humano, una cultura entera de millones de personas, quienes habían habitado sus tierras por miles de años, es exterminada.

Después, los conquistadores cristianos ponen su atención en el continente. En la mira están México, y demás tierras de Centro América. La matanza continúa, está a la vista la ciudad de Tenochtitlán (hoy Ciudad de México) Cortéz, Pizarro, De Soto y cientos de otros conquistadores españoles de la misma forma saquean las civilizaciones de Sur y Meso América en el nombre de Cristo.

El 16 de noviembre de 1532 el Inca Atahualpa es secuestrado por los cristianos. El padre Dominico Vicente de Valverde ordena la captura del inca después de rehusarse a aceptar la Biblia y la orden del Papa de entregar sus tierras a los reyes Católicos. El mismo año los españoles le prometen la libertad a cambio de un cuarto lleno de oro. El rescate más caro de la historia. Los españoles faltan a su palabra y no lo liberan a pesar del pago.

El 26 de Julio de 1533 Atahualpa es forzado a convertirse al cristianismo después de ser condenado a la hoguera por “idolatría” y otros “crímenes”. Su conversión le permite la posibilidad de ser ahorcado en vez de quemado.

Dos clérigos se encargan de llevar la cruz en la expedición que Jiménez de Quesada emprende Magdalena arriba en 1536 para ir a fundar a Santa fe Bogotá. Fueron ellos el reverendo Lezcamás, quien se convirtió en encomendero y ya en la Sabana se dedicó a torturar caciques e indios que se negaban a entregarle oro suficiente. El otro, fray Domingo de las Casas, más que en repartir bendiciones se preocupó en contar con minuciosidad las pepitas de oro conseguidas. Rápidamente adquirió la conciencia del soldado burdo, si en la repartición del botín no quedaba satisfecho, utilizaba cualquier argucia para engrosar su parte, incluida la baraja, en la que resultó mayor tahúr que el mismo Quesada.

Costillas, omoplatos y hombros indígenas, hacen durante siglos el oficio de bestias. Con su rey y su religión en ristre, estos advenedizos de espada y cruz, asentaron sus posaderas sobre silletas, para que los aborígenes cargaran sobre sus espaldas todo el peso de sus burdos cuerpos y su infamia.

Los conquistadores de tierras y almas, a su paso por territorios que hoy son de Colombia y Venezuela, diezmaron o aniquilaron tribus enteras. Tanta mortandad sucede a causa de los duros trabajos a que fueron sometidos los nativos en minas y encomiendas, por los arcabuzazos, los tiros de ballesta, la viruela, las enfermedades venéreas y las famosas emperradas [6]

Entre los ilustres y cristianos peninsulares artífices de tantas atrocidades se destacan: Quesada, fundador de la capital colombiana, Nicolás de Federmán, Lorenzo de Almagro, Pedro Fernández de Lugo y Sebastián de Belalcázar.

Cuando el siglo XVI termina, 200 mil españoles han emigrado a las Américas. Ya para ese entonces más de 60 mil nativos habían sido asesinados de manera inmisericorde. Por supuesto, lo mismo se aplica a los fundadores de los que hoy conocemos como los Estados Unidos de América.

Aunque ninguno de los colonos hubiera sobrevivido el invierno sin la ayuda de los nativos, apenas se sienten fuertes expulsan y exterminan a los indios. En la primavera de 1612 algunos colonos ingleses se encuentran tan cómodos entre los indios, generalmente amigables y generosos, que deciden irse de Jamestown- “porque estaban sin hacer nada...”. Se escapan con los indios, para vivir entre ellos, incluyendo sus concubinas subrepticias.

El cristianísimo gobernador Thomas Dale los hace cazar y ejecutar. Este piadoso hombre ordena a unos a la horca, a otros a la hoguera. Su crueldad no tiene límites, otros son quebrados en la rueda, empalados y fusilados. Cuando un indio es acusado por un inglés de robar una taza y no la devuelve, la respuesta inglesa no da espera, atacan a los nativos con toda la posibilidad que le permiten sus fuerzas y armas y luego queman toda su aldea.

En el territorio que ahora es Massachussets, los padres fundadores cometen genocidio en los que es conocida como la "Guerra Pequot". Los asesinos son los cristianos puritanos de Nueva Inglaterra, ellos mismo son refugiados de las persecuciones en su propio país, Inglaterra.

Pero cuando un colono es encontrado muerto, aparentemente asesinado por un indio Narragansett, los colonos puritanos claman venganza. A pesar de las promesas del jefe indio, los puritanos atacan con furia, propia sólo de creyentes. Pero los puritanos cegados por su fe cometen tamaño error. Cuando son saludados por los indios Pequots (enemigos de los indios Narragansetts) las tropas puritanas los atacan y les queman sus villorios.

El comandante puritano John Mason después de una masacre relata: Y así el terror del Altísimo calló sobre sus espíritus, de forma que ellos escapaban de nosotros solamente para caer en las llamas quemándose vivos, así muchos de ellos perecieron... Dios estaba sobre ellos, y se reía de ellos porque eran los enemigos de su pueblo, y así el Altísimo los cocinó en un horno ardiente... Así el Señor juzga a los infieles, llenando los lugares de cuerpos muertos de hombres mujeres y niños. Así el Señor estaba satisfecho de destruir a nuestros enemigos en todas partes, y así nos da sus tierras como herencia.

Mason asume las anteriores conclusiones de las hermosas palabras de Deuteronomio 20: “Porque Jehová vuestro Dios va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros. ... Herirás a todo varón a filo de espada... Comerás del botín de tus enemigos, los cuales Jehová tu Dios te entregó... De las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida, sino que los destruirás completamente...”

El compañero de Mason, Underhill recuerda: Grandiosa y dolorosa fue la vista sangrienta para los soldados jóvenes" pero le asegura a sus lectores que aveces las Escrituras declaran que las mujeres y los niños deben morir con sus padres.

Otros indios son asesinados efectivamente en complots de envenenamientos. Los colonos también entrenan perros para matar indios y para devorar niños de los brazos de sus madres. En las palabras de un colono se lee: Los perros sabuesos los persiguen y los mastines se los comen.

Así se continúa hasta el exterminio de los Pequots. El puñado de indios sobrevivientes son "entregados como sirvientes". John Endicott y su pastor le escriben al Gobernador para pedirle su porción de esclavos así: Queremos especialmente 'una muchacha joven o una niña y un niño si Ud. lo ve bien.

A las otras tribus, no las espera otro destino al trazado por los fieles cristianos. Uno de estos piadosos exterminadores comenta: La Voluntad de Dios, nos dará la razón de decir ¡cuán grandiosa es su bondad! y ¡cuán grandiosa es su belleza! De esta forma el Señor Jesucristo los hace arrodillarse ante él y los hace comer polvo!”

En 1624, 60 ingleses fuertemente armados matan a 800 indios indefensos entre los cuales se encuentran hombres, mujeres y niños. En una sola masacre de "La Guerra del Rey Felipe" de 1675 y 1676 alrededor de 600 indios son destrozados. Con gozo Cotton Mather, Reverendo Pastor de la Segunda Iglesia de Boston, se refiere a la matanza como una fiesta de “carne asada”

En resumen, antes de la llegada de los ingleses, los indios Abenaki del oeste de New Hampshire y Vermont llegaban a los 12 mil. En menos de medio siglo sólo 250 quedan vivos, un porcentaje de destrucción del 98%. Los Pocumtuck eran más de 18 mil, 50 años más tarde solamente quedan 920, el 95% aniquilados. Los Quiripi-Unquachog contaban con alrededor de 30 mil, 50 años más tarde los números caían a mil 500, 95% destruidos. Los Massachusetts eran por lo menos 40 mil, 50 años más tarde apenas 6 mil estaban vivos, 81% aniquilados.

Lo anterior son apenas unos pocos ejemplos de las tribus que existían antes de que los colonos cristianos llegaran al Nuevo Mundo, y antes de que las epidemias de viruela de 1677 y 1678 ocurrieran, es solamente el principio de la colonización europea, antes de que la expansión colonizadora del continente comenzara.

Aunque la cruz ya estaba afilada por todos sus costados, la gran matanza de los cristianos europeos contra las culturas aborígenes de América, apenas estaban por venir.

Con la cabeza visible del Sumo Pontífice o Santo Padre, comienza la santa hecatombe. Alrededor de 150 millones de indios de las tres Américas les cae la guadaña de la fe entre los años 1500 y 1900. Como promedio, dos tercios mueren de viruela y otras epidemias, lo que nos deja con 50 millones de muertos directamente por la violencia, maltrato y esclavitud. En muchos países como Brasil, Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador y Guatemala, las arremetidas de los evangelizadores no cesan, tribus y civilizaciones enteras son exterminadas o reducidas a su mínima expresión.

En Estados Unidos, el reverendísimo Salomón Stoddard, uno de los líderes religiosos mas estimados de Nueva Inglaterra, en 1703 le propone al Gobernador de Massachusetts que le otorgue a los colonos ayuda económica para comprar y entrenar jaurías de perros para cazar indios como se cazan osos.

Como no recordar la masacre de Sand Creek en Colorado ocurrida el 29 de noviembre de 1864. Allí el Coronel John Chivington, ex ministro metodista y sabio de la iglesia expresa: Yo anhelo nadar en sangre. En conformidad con estas palabras arrasa a tiros una aldea de cerca de 600 Cheyennes, en su mayoría mujeres y niños, a pesar de que el jefe indio mostraba una bandera blanca: un testigo ocular cuenta: Había unas 30 o 40 indias en un pozo para protegerse, mandaron a una niña de unos seis años con una banderita blanca en un palito, no caminó tres pasos antes de que fuera acribillada a balazos. Todas las indias en el pozo fueron efectivamente exterminadas.

Corre el año de 1860, el reverendo Rufus Anderson en Hawai toma cuentas de la matanza que para esa época ya había reducido a los nativos de las islas en un 90% o más, y no ve como una tragedia el aniquilamiento de la población hawaiana, de acuerdo con su parecer de eficaz misionero, es totalmente natural, pues equivale a La amputación de las partes enfermas de un cuerpo.


La coloaca teologal

¡Oh!, cómo me desgarra hablar de historia sagrada. Cómo me desespera, angustia, tortura y fatiga. Ah, cómo chisporrea la mierda cuando se revuelve. Ah, con que prudencia toda divinidad condena. Ah, cómo asquerosamente me apasiona revolver las cloacas de las deidades. Ah, cuanto apestan los dioses. Ah, cuanto apestan.

He aquí como la ignorancia y el miedo al más allá de la muerte, ha convertido a los hombres en adoradores de implacables dioses y en verdugos de sus propios congéneres. Todo por esas deidades de las religiones que no existen ni existirán, por más cruel y equivocada que sea la evolución.

Religiones tétricas y catastróficas para el progreso de la humanidad; su dogmática ha contribuido de manera portentosa a bloquear la mente humana. Dos mil años de predicar la tristeza, el dolor, el martirio, la pobreza, la angustia como tributos a pavorosa divinidad, han enviado mensajes de desaliento a toda la sociedad bloqueándola para auto promoverse en beneficio del progreso y el ordenamiento social.

En su verdadera dimensión y significación estas divinidades no son más que pura materia fecal, pues que más podría ser el producto de esta defecación mental del hombre. En pocas palabras todo dios no es más que una gran mierda, la deposición más asquerosa que el ser humano pueda producir.

La existencia de los dioses imaginarios de las religiones es directamente proporcional al tamaño de la idiotez humana. Porque en verdad, la humana estupidez se reproduce y florece adoptando formas constantemente renovadas, según lo expresa Paul Tabori en su excepcional obra Historia de la estupidez humana.

Si a la idiotez humana se le pudiera dar una forma física y concreta que requiriera de un espacio, sería tan inmenso ese objeto que no cabría en el Universo, habría que expandirlo[7]. En el supuesto que ese megauniverso de idiotez se contrajera hasta llegar al diminuto tamaño de sólo unas pocas galaxias, inmediatamente quedarían pulverizados los dioses hasta llegar a ser la partícula más ínfima de todo cuanto existe.

Si en algún momento desaparecieran del Hombre la ignorancia y la idiotez, inmediatamente y como por encanto desaparecerían también los dioses. Pero el proceso tiene que darse al contrario, primero tendrán que desaparecer los dioses para que del hombre desaparezcan la ignorancia y la idiotez.

De acuerdo con la calidad del creyente, existen tres grados de estupidez. Los simples devotos o creyentes rasos están ubicados en el primer grado. El segundo, le corresponde a los místicos y/o fanáticos. Fatua aureola distingue a los del tercer grado. Se trata de los santos y beatos, quienes por meritos propios, decretos pontificios e iluminación del santo espíritu, están ungidos con la mayor idiotez que el Hombre en su místico juicio pueda producir y ostentar. Ya hay 10 mil de estos estúpidos en los atares de la imbecilidad suprema. Semejante idiotez no se extinguirá hasta que el Universo se vuelva a convertir en lo que fue en un inicio: vacío y átomos.

De esta manera, el santoral cristiano se constituye en la obra cumbre de la estupidez humana, pues llega a su máxima potencialidad. En verdad es la mayor acción a la que ha llegado la imbecilidad del Hombre. El Universo mismo resulta ínfimo parangonado con la grandeza y portento de tamaña estupidez, que parece imposible en una criatura tan vulnerable y fugaz como es el ser humano. De nuevo acudo a las palabras de Einstein: Hay dos cosas que son infinitas: El Universo y la estupidez humana… y del Universo no estoy muy seguro.

Es necesario pensar. ¿Por qué el hombre sostiene aún religiones totalmente descabelladas desde el punto de vista racional y científico? La respuesta puede darse debido a que las creencias están mucho más determinadas por el mero deseo de creer y de imitar convicciones, que por la fuerza de una apreciación Tumental que se considera evidente.

La intuición usurpa el lugar de la evidencia, y los sentimientos puramente internos se toman por verdades objetivas. Además, hay que considerar que la creencia en toda religión comienza a imprimirse en las mentes desde la infancia, y todo lo que se imprime en esta etapa del desarrollo humano tiende a hacerse indeleble. Toda mentira repetida de manera constante se convierte en una “verdad”.

También es necesario aprender a desarrollar una capacidad de discernimiento y de crítica frente a las creencias inculcadas desde la infancia y frente a toda religión, pero las mismas creencias y las mismas religiones se encargan de atrofiar en el individuo dicha capacidad, es lo que se llama el adoctrinamiento. Lo anterior explica, de cierta forma, la supervivencia de tantas supersticiones, metafísicas e irracionalidades que dan estructura a tantas certezas, de las que adquieren “tranquilidad” la gran masa humana.

Es así como en esa inmensa mayoría, un acuerdo general de opinión en asuntos sobrenaturales, ejerce un poder absoluto. Cualquier cosa que se les presente avalada por este acuerdo común la creen con una seguridad total, y hasta llegan a desconfiar de la evidencia de sus propios sentidos si la opinión general de sus correligionarios se opone a ella.

A diario se ve cómo esas primeras impresiones retienen su gran poder sobre los sentimientos. Incluso en personas que han rechazado de cierta manera las opiniones que le fueron enseñadas desde la infancia. Sólo individuos con un alto grado de sensibilidad y de inteligencia son capaces de abolir esos sentimientos primarios y obtener otras posiciones igualmente fuertes que ellos mismos han alcanzado como resultado de sus investigaciones en etapas posteriores de su vida.

Toda la metafísica que prevalece es un tejido de falsa evidencia a favor de la religión. Esta metafísica implica una aplicación errónea de impulsos nobles y de altas capacidades especulativas, y uno de los modos más deplorables de desperdiciar las facultades humanas.

Tanto desperdicio le hace a uno preguntarse si todo este empeño por mantener las creencias religiosas – que se hace a costa de tan enorme gasto de facultades intelectuales- compensa suficientemente en lo que al bienestar y felicidad de la humanidad se refiere. Cabe reflexionar: ¿no será mejor invertir esas capacidades mentales e intelectuales en fortalecer y ensanchar otras fuentes de virtud y de dicha que no provengan de creencias o motivos sobrenaturales?

Si la creencia religiosa fuera tan necesaria para la humanidad como se dice, hay buenas razones para lamentar que su base intelectual tenga que ser sostenida por un soborno moral del entendimiento. Tal estado de cosas es de sobremanera inquietante incluso para quienes, sin ser de hecho insinceros, se llaman así mismos creyentes. Y será todavía peor para quienes, habiendo cesado ya de encontrar convincentes las evidencias de la religión, se abstienen de decirlo para no contribuir a causar a la humanidad un daño irreparable.

La situación más dolorosa en que puede encontrarse una mente responsable y cultivada, es la de verse arrastrada en direcciones contrarias a las dos metas más sublimes que pueden perseguirse: la verdad y el bien común. Las religiones nunca han estado ni estarán en la plenitud de estas metas. ¡Apariencias!, ¡apariencias!, ¡apariencias!, ¡engaños! ¡engaños! ¡engaños!, sólo es lo que hay en las creencias de este tipo.

Sin embargo, muchos hombres que podrían prestarle grandes servicios a la verdad y al género humano, temen que una auténtica libertad de especulación o cualquier ampliación de sus facultades de pensamiento pueda, al producir hombres incrédulos, convertirlos también en gente malvada e infeliz.


Los treinta y seis justos
En el año 1185 suceden estos hechos en la ciudad anglicana de York, para ser más exactos, el once de marzo. Ante el constante asedio de abnegados cristianos, varias familias judías se han refugiado en una vieja torre abandonada y algo lejana a la ciudad. Aquel día, el obispo predicador William Nordhause, pronuncia un gran sermón en el templo, luego pasa a la plaza donde se congrega una muchedumbre de enardecidos creyentes, y con crucifijos en mano corren a sitiar la torre. Levantan las santas reliquia, mientras un monje a viva voz promete vida salva a los judíos que den fe a la pasión del dulcísimo Señor Jesucristo.

Sin embargo, la vieja torre permanece “muda y cerrada”, según términos de un testigo presencial, el benedictino Dom Bracton. La mañana del séptimo día, el rabino Yom Tov Levy reúne a todos los sitiados en la plazoleta del vigía y les dice: Dios nos ha dado la vida, devolvámosela nosotros mismos con nuestras propias manos. Hombres mujeres, niños y ancianos tienden la frente a la bendición del rabino y luego la garganta al puñal que administra con la otra mano. Uno a uno caen degollados hasta quedar el vejo rabino, sin quien presencie su propia muerte. Pero, en estentóreo gemido los sitiadores escuchan su último lamento.

Se procede a la respectiva inspección. Treinta y nueve judíos yacen degollados en la plazoleta de la torre. Otros trece, entre niños y niñas, se hallan en una bodega, enterrados durante el cerco, En cuanto al rabino, sostiene todavía el mango del puñal con que traspasó su cuello. No se encuentra más que esta arma en la torre.

Con gestos del más extremo de los ascos, los cristianos comandados por el obispo Nordhause, acopian todos los cadáveres en la plazoleta y hacen una hoguera. Son ya cenizas cuando comienza a soplar un gran viento, que en nubarrones las esparce. Corren, entonces, despavoridos, no vaya a ser que al inhalar una brizna de cadáver judío, les ponzoñe el cuerpo y les envenene el espíritu, tal como se lo advierte el venerable obispo.

Esta historia no tiene nada de especialmente notable. A los ojos de los judíos el holocausto de la torre no es más que un insignificante episodio de una historia más cargada de mártires, Estos hechos atroces toman significación, porque el rabino Tom Yov Levy, está relacionado con la historia de Los treinta y seis justos.

Según la antigua tradición judía, el mundo descansa sobre treinta y seis justos. Éstos tienen que existir para servir de receptáculo a la mayoría de los sufrimientos del mundo, porque si no, bastante más padecería la raza humana. Según esta absurda creencia, los justos sufren a lo máximo y le evitan sufrimientos al mundo. Que injusticia con los Justos; solamente una mente judía con un dios como Jehová y unas escrituras como el Antiguo Testamento, puede razonar, o mejor irrazonar, de semejante manera.

La historia sigue. El rabino Yom Tov, deja mal degollado a su hijo menor Salomón. Éste, después de que muere su padre, despierta y trastabillando logra trasladarse hasta una estancia de la Torre, donde milagrosamente no penetran los asediadores cristianos. Una campesina lo salva y lo entrega a unos judíos “conversos” del condado próximo.

Alcanza Salomón la edad de la razón; se le aparece el Padre Eterno en sueños y le dice: Escucha Salomón, presta oído a mis palabras, el decimoséptimo día del mes de Sivan de 4945, tu padre el rabino Yom Tov, mereció lastima ante mi corazón. Por consiguiente toda su descendencia hará parte de los Treinta y Seis Justos que aplacan mis iras y evitan que les envíe más tormentos por no observar mis palabras. Por los siglos de los siglos esta gracia se hará, tu eres uno de ellos, tu eres santo.

Después de este sueño, verídico, o no, Salomón permanece diez años en la sinagoga de Troeyes. Lee el Talmud, reza, come y duerme sobre un mismo banco. Como pólvora se riega su fama de Justo que detiene iras bíblicas y evita sufrimientos a los hombres.

Lo convoca, entonces, a su reino el rey Luis (canonizado). Es el año de gracia de 1240. Muy esmirriado con su levita negra muy ajada aparece el justo Salomón ante la corte del santo rey. El obispo Groguis le pregunta: ¿Crees qué Jesús es el verdadero Mesías? – Sí, es verdad, murmura como a su pesar-. Luego agrega, - Si es verdad que el Mesías de que hablan nuestros viejos ha llegado ya, ¿cómo explicáis la situación del mundo actual? -.

Tosiendo con angustia, con la voz reducida a un hilo, continúa: - Nobles señores, los profetas han dicho, sin embargo, que a la venida del Mesías de que hablan nuestros viejos profetas, los llantos y gemidos desaparecerían del mundo, hm..., ¿es así? Que los leones y los corderos pastarían juntos, que el ciego sería curado y el cojo saltaría como... un siervo. Y también que todos los pueblos quebrarían sus espadas, sí, para hacer con ellas herramientas de arados, hm..., ¿es así?

Y al fin, sonriendo tristemente al rey Luis expresa: -¡Ah señor!, Qué bueno sería el mundo sin guerras, por la gracia de un verdadero Mesías! Recurramos al Libro del Valle de las Lamentaciones Para saber en qué termina esta comparecencia del Justo al Rey.

El rey Luis obliga a todos los hombres de Moisés asentados en su reino a ir a misa, a la rueda amarilla y al sombrero puntiagudo, así como a una multa adecuada. Ordena que se recojan todos los Talmud para hacer una hoguera y en ella arrojar el cuerpo viviente del Justo Salomón Levy, llamado después el Triste Rabino.

Su único hijo Mansés Levy huye hacia la Inglaterra de sus antepasados y se establece en Londres. Allí se dedica a defender a judíos diariamente acusados de brujería, asesinato ritual, envenenamiento de pozos y otros delitos. Asume la causa de un tal Eliécer Gefryo, acusado de apuñalar una hostia, y por consiguiente de haber dado muerte a Cristo por segunda vez y hecho manar sangre de su corazón, que es la harina seca de la hostia. El hombre sale absuelto.

Ante este caso, Mansés inquieta a dos poderosas mitras episcopales, quienes lo hacen citar de la Santa Inquisición. Entonces, el hijo del justo Salomón es acusado del delito del que logra liberar a Gefryo. El 7 de mayo de 1279, ante un público en el que se encuentran las más bellas damas de Londres, sufre la pasión de la hostia. Por medio de una daga veneciana, bendecida y revuelta por tres veces en su garganta. Otro Justo más que carga con los designios de su dios de infamia.

Le corresponde ahora el turno de Justo a su hijo Israel, hombre verdaderamente justo y pacifico. En su adultez logra hacerse hacedor de zapatos y con la punta de sus herramientas también forja sentidos poemas elegiacos. Es el autor de la célebre frase. Oh, Dios, no cubras la sangre con tu silencio.

Como a todo errante judío, le corresponde trashumar de ciudad en ciudad y de nación en nación. Sus años trascurren en cortejo de dolores y pequeñas alegrías, que pone en verso. En el año de gracia de 1348, según antigua costumbre de ultrajar a los judíos, se le obliga asistir a misa. En el pleno de este despreciable rito católico, el conde de Tolosa le propina dos bofetadas, cada mejilla queda marcada por cuatro dedos. Tres semanas más tarde tiene la insigne debilidad de morir de vergüenza por ello.

El rabino Matiatías Levy, su hijo, es un hombre tan versado en las ciencias matemáticas, la astronomía y la medicina, que incluso sus mismos correligionarios judíos sospechaban que tiene pacto con el diablo. Lleva una vida de persecuciones. Se le acusa de emponzoñar a sus enfermos cristianos, del envenenamiento de un pozo, de propagar la lepra y la peste negra. Cuando siguiendo el buen consejo de su confesor, el rey Calos VI publica el edicto de expulsión de los judíos de Francia, Matatías pasa a España allí muere sobre la losa blanca del Quemadero de Sevilla.

Su hijo Joakim, en España da elocuentes testimonios de su vocación de Justo y alabador de Dios. Antes de los cuarenta años compone una serie de textos espirituales que suman varios tomos. Así mismo hace una elucubrada descripción de los símbolos cabalísticos. Posee uno de esos rostros de lava y de balasto esculpidos, de los que el pueblo humilde cree que Dios los moldea verdaderamente a su imagen.

Mientras hace todas estas elucubraciones a su Jehová, otro dedicado a Dios, fray Tomás de Torquemada, también hace de las suyas. La reina Isabel, de tan ingrata recordación, cohonesta con el monje, su amado confesor. Sale el decreto, ordena la expulsión inmediata de los judíos de España y de la existencia. Joakim logra traspasar la frontera de Portugal con su único hijo y su esposa. Allí, por no contar con los recursos monetarios para comprar la libertad de ejercer un oficio, es vendido como esclavo. Su mujer es prometida a los placeres de un turco, y su hijo Haim, prometido a Cristo y es abundantemente bautizado en varios conventos.

A merced de sus amos Joakim padece grandes penalidades. Huye y traspasa fronteras y fronteras, hambres y hambres y más penalidades. Llega a China, no se sabe como. Allí muere apaleado. No se conocen los pormenores de su apaleamiento.

Al niño Haim, le corresponde un destino prodigioso; educado en conventos, logra ordenarse sacerdote. Pero vaca vieja no olvida portillo. Judaíza bajo su sotana. Por su gran “celo” católico en 1522 es destinado a ejercer su sacerdocio cerca de la Santa Sede. Sale para Roma en sotana y bonete, pero llega de levita negra y sombrero puntiagudo a Maguncia, donde acaba de ocurrir un holocausto judío.

Tras ocho años de permanecer oculto en una sinagoga, se casa con una tal Raquel, que inmediatamente le da un heredero. Unos meses más tarde traicionado por un correligionario, es llevado de nuevo a Roma. Allí sus extremidades son quebrantadas en el caballete, se vierte plomo derretido en sus ojos, sus oídos, su boca y su ano, a razón de una gota al día; y finalmente se le quema.

De su hijo Efraín se sabe más bien poco. Fue piadosamente educado en Manheim. Recién casado, en expulsión sale con su esposa y otros judíos buscan traspasar fronteras y encontrar sosiegos, pero en el camino muere aplastado por una roca.

Su esposa queda embarazada, pocos meses después nace su hijo Jonatán. Crece y durante largos años recorre Bohemia y Moravia como buhonero y profeta. Cuando franquea las puertas de un guetto, desempaca sus chucherías, una vez termina su modesto negocio, guarda su quincalla en un hatillo y comienza a disertarle a los presentes a cerca de Dios, de los ángeles y de la inminente venida del Mesías.

Durante el largo viaje que fue su vida, el rabino Jonatán tropieza a menudo con la intemperie y el hambre. Para huir de las ordenanzas del Papa Inocencio III se traslada a Moscú. Allí el zar se propone a la conversión metódica de todos los judíos. En vista de la resistencia de Jonatán y de otro rabino llamado Yehel, los atan a las colas de sendos caballos mogoles. Luego sus despojos son exhibidos en las ramas más alta de un roble, donde también colocan dos cadáveres de perros. Finalmente se pone en aquella masa movediza de carne la famosa inscripción cosaca: DOS JUDÍOS, DOS PERROS: LOS CUATRO DE LA MISMA RELIGIÓN.

Paremos ya esta saga de Justos, porque llegar a los treinta y seis agotaría a cualquiera.


Los Caballeros de Dios
Como un auténtico modelo de pobreza y humildad, por allá por 1096, con la primera cruzada, aparecen los primeros Caballeros Templarios. Sus símbolos: la cruz y la espada. Se creen custodios de conocimientos sagrados. Y decían las gentes de aquellos tiempos que poseían el Arca de la Alianza y un pedacito de la auténtica cruz. ¿Para qué diablos semejantes bobadas? Para algo les sirve, esperen y verán.

El gran Maestre, Jacobo de Molay, excluye de sus huestes a las mujeres y dice: “Consideramos peligroso para la religión que se miren demasiado las caras de las mujeres, por esta razón nadie ose besar a una mujer, sea viuda, doncella, madre, hermana, tía ni ninguna otra. Las órdenes de los superiores deben cumplirse como si fueran órdenes de Dios. Siervo y esclavo seréis todos los días de vuestra vida”.

Con el tiempo, los Templarios crecen en riqueza y poder. Construyen iglesias y castillos y se hacen dueños de extensas tierras para la siembra de viñedos. Acopian tantos tesoros y dinero que puede decirse que fueron los primeros banqueros de la Historia. Ante tantas riquezas, estos caballeros se creen privilegiados y bendecidos de Dios, pero no se dan cuenta de que están acechados de envidia de la mala por otros mortales.

Efectivamente, el ilustrísimo y bondadosísimo papa Clemente V y, el inmensamente creyente en Cristo, el rey Felipe IV, con maldad igual de extrema que su fe, envidian el poder y la riqueza de los Templarios. No obstante los privilegios y bendiciones que creen poseer de la Divina Providencia, el viernes 13 de octubre de 1307, son atacados todos los baluartes de la orden en Francia. Ha comenzado el principio de su fin.

Jacobo de Molay, acusado de sacrilegio contra la santa cruz, mediante torturas admite el pecado, luego se retracta. Entonces, en medio de un gran espectáculo, arde vivo frente a la catedral de Notre Dame. Dicen que maldijo al Papa y al Rey, quienes no mucho después murieron, pero no torturados, sino muy cómodos en sus lechos.

Y así, todos los templarios son acusados de crímenes atroces. Les arrancan confesiones mediante torturas. Con brasas les asan los pies. La mayoría de estos dignísimos caballeros poseedores de conocimientos sagrados, del Arca de la Alianza y de un pedacito de cruz, terminan cocinados a fuego lento y sus cenizas lanzadas con asco y anatemas en las cloacas, que en podredumbre y fetidez, desembocan en el Sena.
Múltiples errores y horrores ha cometido el Hombre debido a su sometimiento a la religión (cualquiera sea). Hay directos culpables de tantas y tantas tragedias: las tales escrituras sagradas, ellas son, hay que señalarlas. Entre las más bárbaras se destacan la Biblia y El Corán. A las letras que las conforman se deben los más atroces crímenes, así como el embrutecimiento de una considerable parte del género humano.
La forma escrita del lenguaje existe hace pocos miles de años, o sea, sólo unos segundos en comparación con los millones de años que llevamos de evolución. La Biblia representa la creencia de los hombres al comienzo de la historia cuando se inventó la escritura. Como en todos los procesos evolutivos, se cometen errores y muchas veces fatales. Desgraciadamente la fe descansa sobre la esperanza y la ignorancia. Sólo la educación y el pensamiento crítico pueden asistir al Hombre para corregir errores y evitar horrores.

Si el Hombre por naturaleza es religioso y sus libros sagrados están plagados de violencia, intolerancia e injusticias, jamás podrá haber poder alguno en el mundo que pueda remediar sus males.

Al pueblo de la Biblia se le exige una absoluta sumisión, una sumisión que en muchos aspectos parece peor que la que debería estar sometido un esclavo a su amo. De hecho, no parece nada de extraño que de principio a fin, en la Biblia los devotos se dirijan a Jehová como si ellos fueran esclavos. Es común encontrar diálogos que dicen habla Señor que tu siervo escucha, y verlos a ellos dirigirse a Dios otorgándole el título de Señor, como si se tratara de un esclavista.
El Antiguo Testamento, no es más que un compendio de leyes injustas, asesinatos, personas que matan a sus hijos e hijas, otros que discriminan contra las mujeres y los inválidos, y muchos que por su celo matan familias enteras.
Toda clase de injusticias son cometidas y justificadas en nombre de Dios, que asume aquí el apelativo bíblico de Jehová. Mucha gente del pueblo es eliminada sólo por el capricho de sus gobernantes, como cuando Jehová mata a mucha gente a causa del error que el rey David había cometido cuando quiso hacer un censo. Al pueblo se le quiere hacer obedecer por medio del terror. Se siembra el miedo en las masas con manifestaciones divinas que son dignas de un psicópata, no de un dios de amor.
Esta imagen bíblica de Dios sirve como base para muchas de las creencias del cristianismo en el Nuevo Testamento. La lectura del Antiguo Testamento en los creyentes cristianos los lleva a considerar como sagrado tantas cosas tan absurdas y erradas. Es así como este antiquísimo texto judaico ha contribuido a distorsionar el entendimiento de millones de personas en el mundo que aceptan su mensaje como algo sagrado.

Se entiende entonces, la razón por la cual en la historia del cristianismo se han dado grandes injusticias como las cruzadas, la Inquisición y las guerras religiosas, que se dieron en Europa en tiempos de la Reforma Protestante y la Contrarreforma Católica.

Muy manchados de sangre están los dogmas aceptados por los cristianos como la doctrina de la Trinidad y la divinidad de Jesucristo. Los sacramentos como el bautizo y la confirmación, le costaron la vida a miles de personas que no los aceptaban.

Los frutos de la aceptación del Antiguo Testamento como libro sagrado por las despreciables iglesias judía y cristiana, no son más que intolerancia y crímenes. Las conciencias cristianas han sido distorsionadas a tal grado que no sienten ni el más mínimo remordimiento por matar a "herejes". La palabra hereje es otra de las palabras que le ha costado la vida a millones de seres humanos, cuyo único pecado grave ha consistido en tener una opinión distinta a la que las autoridades religiosas han sostenido.
Dondequiera que el cristianismo tomó el poder imperó la intolerancia y el fanatismo. Mucha gente cristiana no vio ninguna incompatibilidad entre el llevar una espada y predicar el evangelio. Nadie vio como algo malo el quemar a las mujeres consideradas brujas y llevar a los herejes a la hoguera.
En el Antiguo Testamento Israel es el pueblo privilegiado y escogido, no son pocos los creyentes cristianos que se toman para sí estos atributos. Se creen escogidos de su injusta y discriminatoria deidad, y con derecho a acabar con los demás, por el hecho de ser réprobos de tan odioso dios de iniquidad.
A través de todo este abominable libro sagrado, no se encuentra ningún método espiritual válido que lleve a la búsqueda de Dios. Toda la relación del pueblo hebreo con su providencia divina es una relación de obediencia-castigo.
El centro de toda esta asquerosa palabrería hebrea gira en torno a la obediencia ciega a su infame Jehová. Y cada vez que el pueblo se torna desobediente, el castigo no tardaba en llegar. Obediencia-castigo es el círculo vicioso de este vetusto y despreciable Testamento.
No hay un sólo método de espiritualidad, como el del Yoga Sutras de Patanjali, libro de la India que explica los métodos para encontrar a Dios. Aún así, los cristianos alegan que la gente que siguen estos métodos, dirigen sus pasos directo al infierno. ¿No será al contrario? Al no darse cuenta de las injusticias que abundan a través de todo ese testamento antiguo y desejemplarizante, la conciencia del creyente tiende a volverse igual de injusta, sembrando así la injusticia en la sicología de cada creyente. Algo que podría denominarse como Injusticia Esencial.
Abundan ejemplos en la tétrica Biblia en que los hebreos se muestran sumamente intolerantes, lo que ha llevado a los que la leen a un estado que podría denominarse como de Intolerancia Esencial.
Todavía en estos tiempos, la mayoría (por no decir todos) de los predicadores bíblicos o evangélicos (los seres más despreciables y nocivos que han existido, existen y existirán sobre la superficie del planeta) muestran actitudes intolerantes exageradas, y hasta alegan que Dios les habla y les revela mensajes. Cuando una persona cae en este tipo de fanatismo justificado por la Biblia, es casi imposible que pueda regenerarse de este tipo de conducta cargada de intolerancia, explotación y desorientación hacia sus semejantes.
La mayoría de la gente que lee la Biblia ha llegado a la conclusión de que el ser humano es malo por naturaleza. Ciertamente, si este libro sagrado presenta tanta gente corrupta y asesina en todas sus páginas, la consecuencia lógica es que se concluya que el ser humano es malo por naturaleza, mientras su terrible creador es el único bueno.
En el Antiguo Testamento ni las autoridades ni Jehová admiten críticas. La hermana de Moisés es castigada con la lepra por hacerle críticas. Toda crítica o disensión es castigada cruelmente. En la mayoría de las iglesias cristianas no se tolera ni en lo más mínimo las opiniones diferentes.
Nietzche, quien era hijo de un pastor protestante, se atrevió a decir estas palabras tan acertadas acerca del cristiano: Cristiano es un cierto sentido de crueldad con respecto a sí mismo y con respecto a otros; el odio a los que piensan de otro modo; la voluntad de perseguir. Tremendas y certeras que resultan las palabras del filósofo como para que muchos abran los ojos ante tantas injusticias suscitadas por los sagrados escritos hebreo-cristianos.
El llamado Antiguo Testamento no es más que un tratado apologético de la violencia, la injusticia, la maldad, la discriminación y la esclavitud. En esta escritura judaica (usurpada por el cristianismo) la irá de su terrible Jehová se descarga en: Éxodo 12:29-30 Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió á todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono, hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales. Y levántose aquella noche el Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y había un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese muerto.
Deuteronomio 28: 47- 48 Por cuanto no serviste a Jehová, servirás a tus enemigos que enviará Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas; y él pondrá yugo de hierro sobre tu cuello hasta destruirte.

Deuteronomio 28: 58, 59 y 61 Si no cuidares de poner por obra todas las palabras de esta ley que están escritas en este libro, temiendo este nombre glorioso y temible: Jehová tu Dios, aumentará maravillosamente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes y enfermedades malignas y duraderas. Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta ley la enviará sobre ti, hasta que seas destruido. Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y destruiros; y seréis arrancados de sobre la tierra.
Deuteronomio 32:22-25 Porque fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las profundidades del sol; devorará la tierra y sus frutos, y abrazará los fundamentos de los montes. Yo amontonaré males sobre ellos; emplearé en ellos mis saetas. Consumidos serán de hambre, y devorados de fiebre ardiente y de peste amarga; diente de fieras enviaré también sobre ellos, con veneno de serpientes de la tierra. Por fuera desolará la espada, y dentro de las cámaras el espanto; así al joven como a la doncella, al niño de pecho como al hombre cano.
Apocalipsis 9: 2-6. Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como humo de un gran horno; y se oscureció el sol y el aire por el humo del pozo. Y del humo salieron langostas sobre la tierra; y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y se les mandó que no dañasen la hierba de la tierra, ni a cosa verde alguna, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tuvieran el sello de Dios en sus frentes. Y les fue dado, no que los matasen, sino que los atormentasen cinco meses, y su tormento era como el tormento del escorpión cuando hiere al hombre. Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán y ansiarán morir, pero la muerte huirá de ellos.


El grado de bestialidad y crueldad de estos pasajes bíblicos no tiene límite y sólo pueden ser atribuibles al más malvado demonio. Sin embargo, después de leer estas infamias, los aborrecibles cristianos cacarean: palabra de Dios y seguidamente ¡Te alabamos Señor!
De otro lado, ante tanta maldad, arbitrariedad y sinrazón de las crueles historias bíblicas, surgen y surgen interrogantes a los que las escrituras sagradas no pueden dar respuesta, entonces los teólogos simplemente los llaman “misterios”. Las masas de creyentes sin ninguna capacidad crítica quedan satisfechas con tan simple e imbécil explicación.
Por su parte, el llamado Nuevo Testamento no es más que un tratado de crueldad e injusticias transcurrido en medio de cruces, clavos, espinas, tormentos y sangre. Se trata de la narración de una triste historia que tiene como protagonistas a un sádico e inmolador padre que envía a su masoquista hijo a pagar las culpas de otros con terribles sufrimientos.
El más contemporáneo testamento de estas escrituras infames, se constituye en una narración de hechos mistificados o imaginados, que sembrados en la ignorancia humana suscitan miedos y esperanzas. Existen algunos pasajes tan inverosímiles, que el que los crea se chanta así mismo el calificativo de idiota.
Qué Jesús murió por los pecados de los hombres y por orden perentoria de su padre celestial. No hay mayor embuste. La causa de su crucifixión y muerte es muy simple tanto de comprender como de explicar. Se asocia con doce más y en su compañía sale por todo Judea y pueblos circunvecinos y se pone a predicar y a despreciar las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

Se enfrenta con los grupos dominantes de la comunidad judía, los saduceos y los fariseos, (que no fueron tan falsos como se ha hecho creer, sino que simplemente defendían sus convicciones), al igual que con el Imperio. Dice que él está por encima de Abraham, los sacerdotes oyen tal blasfemia y se retuercen de irá (fuera como sí hoy saliera un predicador a decir que es más que Jesucristo, clérigos y laicos pondrían el grito en el cielo) Además comete otro fatal desliz, se autoproclama “Rey de los judíos”, y exhorta al pueblo a que no paguen tributos. Inmediatamente se percibe que lo que trama es desbancar al Cesar.

De esta manera casó muy bien la pelea con los poderes reinantes. Los judíos son los primeros que lo aprehenden, gracias a la eficiente y recompensada ayuda de uno de sus doce seguidores. Lo llevan ante el gobernador Pilatos, le exponen sus delitos y lo acusan de alta traición. Luego gritan a viva voz ¡Crucificadle!, ¡Crucificadle! Y, claro, lo crucifican. Lo que es de mi parte, y aunque sea el único en dos mil años, exoneró de este horrendo crimen al Padre celestial, malvados e injustos aquellos que han sostenido que fue él, quien envió a su hijo para que lo torturaran y asesinarán en una cruz, para saldar cuentas ajenas.

Desde aquel entonces la fe de los cristianos se ahonda en su forma de expresión más sobresaliente: el martirio, y tal carnicería no ha tenido fin.
La resurrección del Cristo, se constituye en la impostura más evidente y monstruosa con que se ha engañado a una gran parte de la humanidad desde hace veinte siglos. Al igual que la Asunción y la Ascensión, no pasan de ser cuentitos para niños a los que la idiotez adulta les da credibilidad. Además, qué sentido tiene la tal resurrección, sino fue para seguir viviendo en cuerpo y alma entre los hombres por siempre. Pero no, ahí mismo, dizque se perdió, entonces, ¿para qué resucitó?


Creer en la Ascensión y la Asunción es considerar que un tercio de Dios y la madre de ese tercio residen con su cuerpo humano en los gloriosos cielos, desproporción sólo creíble por mentes taradas. ¿No es el alma la inmortal y el cuerpo lo perecedero? Perfecta estupidez considerar como verdades la Ascensión y la Asunción. En verdad, el Hombre es imperfecto en todo menos en su idiotez.


A lo anterior se suman otras imbecilidades sin límites: la resurrección de los muertos y el Juicio Final, cuando los únicos que merecen juicio, condena y extinción perpetua son los dioses. Por secula seculorum deben ser borrados de las mentes humanas. De manera simultánea, también deben ser convertidos en humos los textos sacros, que le dan sustento a todas estas aborrecibles divinidades. Después de tanta agonía humana, demasiado tardía está en llegar la agonía suprema. El Hombre deja de ser hombre y se convierte en bestia cuando deja pasar por el aro de su credibilidad dichas imbecilidades, porque ¡qué bestialidad!


En el Nuevo Testamento, el Dios de amor y perdón anuncia: No tenéis que pensar que yo haya venido a traer la paz a la tierra: no he venido a traer paz, sino la guerra. Mateo 10:34.
Tomó entonces Pilatos a Jesús, y mando a azotarle. Y los soldados formaron una corona de espinas entretejidas y se la pusieron sobre la cabeza; y se arrimaban a él y dábanle bofetadas. Luego que los pontífices y ministros le vieron, alzaron el grito diciendo: ¡Crucificadle, crucificadle! Juan 19: 1,2,3, 6.
Y llevando el mismo a cuestas su cruz, fue caminando hacia el sitio llamado el Calvario, donde lo crucificaron y con él a otros dos. Juan 10: 17,18.
Estaban al mismo tiempo junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana o parienta de su madre, mujer de Cleofás y María Magdalena. Habiendo mirado, pues, Jesús a su madre, y al discípulo que él amaba el cual estaba allí, dice a su madre: Mujer, señora ahí tienes a tu hijo. Juan 19:24,25. Y cerca de la hora nona exclamó Jesús con una gran voz: ¿Padre mío, por qué me has desamparado? Mateo 27:46.


Considerar estos dolorosos y repudiables pasajes como algo que proviene de los planes de una Providencia Divina, no es digno de la mente ni del más primitivo hombre de caverna. Los creyentes aducen que esta pasión, crucifixión y muerte es un misterio de los insondables designios de su dios para quitar el pecado y redimir los pecadores, cuando estos hechos no son más que una evidente y horripilante injusticia, para qué ponerle misterio a tan vil atrocidad.

Ha difícil, casi una imposibilidad, el desmontar de la mente humana ese atavismo de considerar la relación con la divinidad mediante el dolor y el vasallaje. Atavismo heredado no solo del cristianismo, sino del islamismo, el judaísmo y de mitos indígenas.
El cristianismo desmembrado del judaísmo, está basado como éste, en desvaríos, milagros, apariciones, ajusticiados, sueños divinos, resurrecciones, ángeles, dioses que entran en contacto con los humanos, en pocas palabras en puras mentiras, pues lo único puro de las religiones son las mentiras.


Es así como los dos testamentos de la Biblia no son más que una colección de máximas incoherentes e historias improbables, que festejan el crimen y lo absurdo. La historia del cristianismo es un tejido de riñas sobre palabras, incitación al crimen, a la crueldad y a la guerra. Como lo dijo Voltaire Ahí encontramos la demencia del hombre en toda su plenitud.

Soplo nefasto, atraviesa las páginas incendiarias de la Biblia, ardiendo zarzas, quemando montes, hendiendo rocas, deteniendo ríos, asesinado justos, prometiendo venganzas y fijando el sol sobre los cielos, para alumbrar su hecatombe siniestra. ¡Oh! Biblia malvada, de tu vientre oscuro han brotado los mayores tormentos y horrores que la criatura humana ha tenido que padecer.
La sagrada Biblia no ha sido por cierto el punto de cohesión, sino de desunión entre los creyentes, miles de interpretaciones han dado origen a multiplicidad de sectas, es decir laberintos, caminos sin salida. Es lo que se llama el nefasto biblismo.


¿Podrá ser camino un laberinto de oscuridades, misterios, injusticias, dolor y sangre? ¿Podrá ser verdad un dios tan vengativo, discriminador, sádico, cruel y tirano, que una vez presenta la faz del terrible Jehová y otras la de la tétrica Trinidad? ¿Podrá ser vida el lado opuesto de la existencia en connivencia con tan terribles deidades? La portada de toda Biblia debería llevar estas 32 letras: Soy el laberinto, la mentira y la muerte.

Habrase visto dioses más malvados y vengativos, y lo peor, la humanidad todavía cree en semejantes deidades del horror, que no provocan más que náuseas. Leer estos exabruptos proporciona una respuesta sobre el porqué el mundo ha padecido tantos conflictos originados por religiones. ¡Qué desmayo del valor! ¡Qué exaltación de la idiotez!


Dijo Yahvé a Abraham: Alza tus ojos y mira desde el lugar en donde estas hacia el norte, el medio día, el oriente y el poniente, pues bien toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre. Y multiplicaré tu descendencia como el polvo de la tierra; si hay hombre que pueda contar los granos de polvo de la tierra, ese podrá contar tus descendientes. (Génesis 14:15,16)

Ningún pueblo sobre la Tierra ha sido más apátrida, desterrado y perseguido que el judío, de manera absoluta quedan contradichas las profecías de sus textos sagrados. ¿Cómo se explica que todavía existan seres que le prodiguen culto a semejantes falsías? La respuesta es muy sencilla: el portentoso tamaño de la estupidez humana lo explica muy claramente. Sin ese sustento ninguna religión ni dios habría logrado sobrevivir más de 100 años.

Ante tantos reveses y profecías incumplidas, tienen los rabinos que acomodar interpretaciones de los sagrados textos. Ante tantas derrotas y padecimientos predican que no es que Yahvé haya sido derrotado por los dioses paganos, sino que tantos padecimientos no son más que castigos por la desobediencia de su pueblo. Y siguen con esta explicación imbécil revés tras revés, siglo tras siglo. Y, lo peor, tamaña idiotez causa en lo desdichados judíos un sentimiento de culpa, más torturante que los destierros y los sufrimientos físicos causados por sus enemigos.

Los judíos en acción de gracias y perdón de los pecados, levantan un altar para degollar animales y luego con la sangre de la víctima lo embadurnan todo. Este bestial rito lo toman al pie de la letra de Levítico 5: 5,6,7,8, 9 Haga penitencia por el pecado y ofrezca de los rebaños una cordera o una cabra, pero si no pudiese ofrecer una res, ofrezca al Señor dos tórtolas o dos pichones, uno por el pecado y otro en holocausto, y los entregará al sacerdote, le retorcerá la cabeza hacia las alitas, y rociará con su sangre la pared del altar, y destilará al pie de él toda la restante, porque es sacrificio por el pecado. En la inauguración del gran Templo, Salomón hace sacrificar más de 140 mil reses

El Jehová de infamia maquinó tormentos para la raza humana que ni el más cruel de los demonios osó idear. Del seno de esa fría y despiadada deidad hebrea salen las siete plagas: 1. El agua convertida en sangre. 2. Plaga de ranas. 3. Plaga de moscas. 4. Plaga de peste. 6. Plaga de ulcera. 7. Plaga de granizo. Con dioses así, para qué diablos.

Horripilantes creencias que llevan a extremos de idiotez. En el siglo VII los judíos andaluces veneran una peña en forma de lágrima, que creen ser el alma petrificada del dolor, es decir de su religión.

El aferramiento de la actual población hebrea a Palestina procede de una pulsión ancestral e inextinguible, la equivocada creencia de que su estadía en esa tierra es por donación divina. Qué creencia tan fatal, sólo ha producido guerras y odios. Después de la Segunda guerra, los judíos quedan desparramados y casi aniquilados, entonces miran de nuevo hacia la antigua tierra de Palestina, donde en tiempos remotos habitó una tribu de Judá, por lo que se chantan el derecho de expulsar de allí a los palestinos.

La confrontación desde entonces ha sido sangrante e imparable. De este modo el éxodo se ha invertido, ante la superioridad bélica de los israelíes, miles de palestinos han tenido que desplazarse por toda la cuenca del mediterráneo y la península arábiga. Si sobrevive algo que no debiera en este Mundo es el judaísmo, por injusto, por infame por arcaico y caduco.

Pero habría de venir algo nuevo, todavía más bárbaro que el judaísmo, engendro de su propio vientre. La cristiandad, esta sí más bestial y cruel. Acuchilla, ahorca y quema personas, ya no es la sangre de los animales la que chorrea en los altares, sino la humana. La secta del Galileo lleva la delantera en crímenes, ninguna otra religión, partido o ideología la igualan, quedan en palotes.

El Corán, qué vomito tan fétido, cuanto asco da revolcar sus inmundicias. Repetitivo, vengativo y beligerante es su mensaje. Oh creyentes no tengáis amigos judíos ni cristianos (dice en la pagina 73 sura 5) si así lo hacéis seréis uno de ellos. Alá no guiará a los malvados. Y en la pagina 130 sura 9 dice “Haced la guerra contra aquellos infieles como vuestros vecinos y hacedles saber que sois rigurosos y sabed que Alá está con aquellos que le temen.

La judía, la cristiana y la islámica, son “las religiones del libro” porque creen que sus textos sagrados han sido escritos por revelación divina y contienen la palabra y la verdad de Dios. Idiotez de grandes proporciones que se desborda en lo ridículo, en lo más disparatado que el Hombre haya podido considerar.

La cultura y sus mitos
Los avances de la ciencia durante el siglo XX han vuelto cada vez más absurdo tomar en serio los “libros sagrados”, en especial cuando hablan de un dios personal. Los cosmólogos pueden hoy explicar el origen del Universo sin recurrir a Dios. La ciencia moderna ha mostrado, por ejemplo, que la Biblia, aunque se apoya en hechos históricos, ha sido escrita por ignorantes absolutos en todo a lo que se refiere a un método científico. Todo lo que relaciona los sacros textos es conocimiento primitivo de elucubraciones de hombres primitivos; a este conocimiento falso algunos se han atrevido a llamarlo sabiduría.

De acuerdo con lo anterior, la Biblia y el Corán son demasiado primitivos para que tengan algún sentido frente al conocimiento moderno. Definitivamente, no son más que mitos que cada cultura inventa, pues la gente tuvo que recurrir a Dios para explicar los órdenes y los desordenes de la naturaleza. Aunque hoy la ciencia puede explicar prácticamente todo, es difícil, casi imposible, liberar al Hombre de estos lastres, posiblemente dejará de existir junto con el planeta atado a ellos.

Por corresponderles responsabilidad en tantos y tantos holocaustos, las escrituras sagradas se han hecho más que merecedoras de la Ley del talión. Son los únicos libros en la historia de la humanidad que deben ser quemados. Muchas fueron las obras hechas humo por culpa de la interpretación dada a esos santos textos. Eso sí, en museos deben conservarse algunos ejemplares, como testimonio de la idiotez y el sufrimiento en que han sumido a una gran parte de la humanidad.

Pensándolo bien, los textos sagrados no deben ser quemados. Considerando que casi todos están impresos en papel suave, la idea es recogerlos, desprender sus hojas y enviarlas a los países pobres para que se utilicen de papel higiénico. Ejercerían un buen papel estos libros de infamia, la única manera de tener uso útil.

Ninguna criatura humana por ignorante, pobre o idiota que sea, merece cargar con esos lastres de judaísmo, cristianismo e islamismo, las tres plagas del mundo. Estas religiones monoteístas, se sustentan en un mismo profeta, Abraham, de quien cada una se jacta de ser de su descendencia. Sin embargo, se combaten a sangre, espada y fuego. Con su monolatría, concentran todas sus devociones en una sola divinidad, por eso más reconcentrados son sus fanatismos e intolerancias. Ya no hay diversidades que fragmenten las fuerzas como en el politeísmo, sino que todos los ímpetus de religiosidad los descargan en una monolítica y despiadada deidad única.

El hosco monoteísmo no es más que la extrema simplicidad del alma semítica, sin extensión, sin diversidad, sin progreso. El politeísmo corresponde a la rica variedad del alma humana, en los fenómenos, en el arte, en el movimiento de todo cuanto existe. Las calumnias puritanas contra la vida, propias de las religiones monoteístas con su tendencia de crear un imperio ficticio de un único dios, destruyen las posibilidades brillantísimas del politeísmo. El pensamiento del Hombre es uniformado con un hábito escolástico, feo, oscuro y tosco, sin belleza, colores, matices y suavidad.

Las representaciones de los dioses únicos son una animalidad. Un muro frío y duro donde se lamentan se constituye en la verdadera y única deidad de los judíos. Los cristianos también cuentan con su único dios verdadero y tangible: la cruz, hecha para martirizar y asesinar, la adoran. Los musulmanes tampoco se quedan a tras, también poseen, su único dios tangible y verdadero: una piedra negra, a la que le dan siete vueltas en su obligada peregrinación a La Meca.

Creer que un muro, dos maderos en cruz o una piedra pueden escuchar plegarías y lamentaciones, desborda todos los límites de la idiotez. El tamaño del Universo comparado con la idiotez humana, resulta diminuto, mucho habría que expandirlo para lograr tal dimensión.

La creencia general de que las civilizaciones eran viciosas y estúpidas y crueles antes de Cristo, está basada en una mentira. La imposición del cristianismo fue seguida de un coagulado y sórdido cúmulo de brusquedad y brutalidad nunca vistas antes en la historia civilizada.

¿Por qué el Hombre a través de toda su Historia, busca y crea laberintos por donde perderse? Y, ¿edifica altares para que lo sacrifiquen? El monstruo del cristianismo en sus dos mil años de edad se ha alimentado de tanta sangre que hoy luce rubicundo y con nuevos tentáculos: el Adventista, proclaman el advenimiento del Mesías, de nuevo volverá el sadomasoquismo convertido en dios. Son los de la ética protestante y el espíritu del capitalismo que señaló Weber. Llevan una vida metódica y mercantilista e interpretan sus bonanzas como signo de protección del Cielo. Aborrecibles adventistas, no puede ser el Mundo tan desgraciado para que advenga de nuevo un dios bíblico de plagas, cruces, martirio y dolor.

El tentáculo Mormón, que asco da este pútrido apéndice del cristianismo, en él se acumula tanta imbecilidad que para calificarla, habría que inventar una palabra e incluirla en los diccionarios de todas las lenguas del mundo. En español acuño este vocablo: hiperestupidiciocracia. Se creen los santos de los últimos días. ¡No faltaba más! Los pentecostales, son peste en costales, tan escasos de bienes como de inteligencia. Los evangélicos, recua de borregos atrofiados, no les es dado pensar por sí mismos. Los testigos de Jehová, son los testigos de la injusticia, la sin razón y la pendejada, convencidos están de que la sangre debe correr para morir, pero no para sobrevivir. Sus bobadas no darían ni rabia, sino fuera porque han costado tantos sufrimientos y vidas.

Pero, la más siniestra de todas las sectas del funesto cristianismo es la católica, hay que desgarrar la púrpura que cubre su lepra. Revestida de gran poder y riqueza ha abusado de ellos hasta la más extrema infamia. Sobre esta gran secta pesan los más atroces crímenes que se han cometido en la humanidad. Crímenes que no tienen perdón. No hay como expiarlos, así sea mediante los purgatorios e infiernos, maquinas inventadas por el mismo catolicismo para atormentar después de la muerte, pues no le bastaba con torturar en vida a los desdichados miembros del género humano con sus cruzadas, inquisiciones penitencias y sacrificios.

De esta inconmensurable cadena de crímenes, no sólo son culpables las jerarquías que directamente los cometieron, sino todos y cada uno de los seres que han asumido esta infame e irracional secta como dogma de fe. Tan culpables son inquisidores, cruzados y papas de sus atrocidades, como la viejecita más pura y beata que cree en santos y pontífices, pues cohonesta con tales crímenes y contribuye a preservar en el tiempo a la delincuencial secta.

La despreciable católica, la puta, la abominable asesina ha engendrado otro brazo de infamia entre secular y seglar, santa mafia llena de riquezas, que tiene como misión retrotraer al género humano a la Edad Media. Opus Dei, obra de demonio que increíblemente revuelca mentes en su estercolero de oscurantismo con interpretaciones literales de los sagrados textos.

El catolicismo con sus santos, papas, dogmas y ritos con idolatría de imágenes y teofagia, no es más que un pomposo rezago del más rústico primitivismo. La humanidad está, más, pero mucho más, estancada y atrasada de lo que se supone. Si hay algo que merezca haber desaparecido de este mundo, bajo el portentoso peso de su carga criminal y de idiotez, es el abominable catolicismo. En verdad, en verdad os digo: en nuestro mundo actual donde impera la ciencia y las tecnologías subsiste, y de manera significativa, una mentalidad primitiva.

De las tres plagas ¿cuál peor? Para desgracia del mundo luce rubicunda esa gran bestia denominada el Islam. Esta palabra nefasta significa sumisión, esclavitud; a sus lacayos les distribuye las horas del día, en una mano les pone el Corán para idiotizarlos y en la otra una espada para que acaben con los infieles. Como toda religión, el Islam se impuso a guerra y sangre. Cacto sin flores, de sólo espinas, nace en los desiertos árabes. Y como el mismo desierto es una religión árida y seca. En una piedra simbolizaron su primera divinidad.

Desde entonces el monolítico dios musulmán no ha dejado de ser lo que en esencia es, una piedra negra que adoran en su Meca. Y así es la mente de todo creyente en Alá dura y oscura. El hombre sólo debe obedecer a Alá, no estudiarlo, insondable e inescrutable es su voluntad. Como los judíos se circuncidan, ayunan y sacrifican cuadrúpedos y aves para alagar a su dios. Estas barbaridades y salvajismos, jamás permitirán que el mundo sea totalmente civilizado.

A sus casi mil quinientos años de edad, el monstruo del Islam, como el cristiano en sus dos mil, ha visto crecer su panza alimentada de sangre y penalidades. En su fecundidad le han nacido dos monstruicos: el Chiíta y el Sunnita. Los unos porque están con Alí y Alá, y los otros con Alá, pero sin Alí. Alabío alabado, el mundo está embobado.

¡Oh estulticia suprema! En ninguna otra ocasión destella la estupidez humana en su máximo esplendor como en el Hass, Peregrinación a La Meca. Por millones se vuelcan hacia la sagrada ciudad. Miles mueren destripados por estampidas, los sobrevivientes dan siete vueltas en dirección contraria a las manecillas del reloj alrededor de la Kaaba, la tal piedra negra. Luego tres demonios (tres columnas), reciben siete pedradas de cada musulmán enmecado y atrofiado. Este ritual cavernícola y salvaje continúa con un corte de pelo y el acuchillamiento de un cordero.

Quien degüella un animal a una deidad, es más animal que el mismo animal sacrificado. Más estólido y duro que el objeto que recibe los golpes de las piedras, es quien las lanza; más oscuro e irracional que la piedra negra es quien le da vueltas; más feo y ridículo que el dios que complace, es quien se corta el pelo para complacerlo.

El dios musulmán no requiere de seres inteligentes, sino de cerdos y borregos. La contribución de los musulmanes a la ciencia pura y aplicada, medida en términos de descubrimientos, de publicaciones y de patentes, es insignificante. La cruda realidad es que hace siglos que la ciencia y el Islam van cada uno por su lado.

Por el mero hecho del Hombre creer en un dios como Alá, le quita el derecho a ser racional, a haber nacido. Con semejantes homínidos de cueva y turbante, la evolución jamás debió culminar en la inteligencia del ser. ¡Ah desgraciada que es la Tierra, al tener que soportar sobre su suelo tanta inmundicia! La musulmanidad no es más que una gran animalidad. El mero hecho de que exista una asquerosidad como el Islam, con un dios como Alá, un profeta como Mahoma y un texto como el Corán, hace que el hombre no merezca haber pasado de simio.

El Islam, culto inculto no digno de seres con inteligencia y razón, sino de sabandijas rastreras, por eso quienes lo practican son irascibles, ofensivos y venenosos como serpientes.

No existe, ni ha existido, ni existirá jamás, un territorio más maldito que aquel denominado como Tierra Santa. Pareciera como si las fuerzas más siniestras de la naturaleza, o de las divinidades, se hubieran ensañado en esa porción geográfica de la vieja Asia. Se constituye en la más turbulenta región del mundo desde la Prehistoria.

Galilea, Judea, Palestina Mesopotamia, Jerusalén, Belén, Jericó, Nazareth, Samaria. Cafarnaun, Caná, El Gólgota, Los Olivos, Sión. El Sinaí, mar Muerto, mar Rojo, el Jordán... escenario de pendencias dinásticas, luchas fraticidas, y guerras encarnizadas. ¡Oh Tierra sufrida, siempre acosada de penalidades, qué fisonomía adusta y severa muestras! Las más irracionales y sangrientas religiones que ha padecido el Mundo, te han chantado el apelativo de santa, y ahí radica tu desgracia. Pueblos, suelos, ríos y mares de desdicha ¡Oh tierra torturada y desangrada!, donde no hubieras sido asediada y ocupada por esos tres dioses distintos, que no son más que un solo demonio verdadero, tu rostro hubiera sido otro, prospero, feliz y sonriente.

La religión no sólo es un manjar que intoxica sino un estiércol que encanta los sentidos. Religiones pestes que hablan de salvación; dioses aborrecibles, no sólo envían seres a este mundo cargados de un pecado (original) que no cometieron a que los devore el dolor, las enfermedades y el tiempo, sino que también vienen provistos de una condenación de la que se tienen que salvar con más dolores y mortificaciones. El Hombre sí tiene el gran derecho a una salvación: a salvarse por siempre de las garras primitivas de los dioses.
Las religiones en su conjunto se constituyen en el Gran Imperio de la Mentira. Éste posee un ilimitado poder avasallador que le permite idiotizar a casi la totalidad del género humano; muy escaso y casi imposible de encontrar es el espécimen que logra sustraerse a ese vasallaje.
Cuando la humanidad, en su gran mayoría, cree que está en posesión de la pura verdad, en lo que realmente está inmersa es en la más espuria mentira. Como lo dijo J.F. Revel, la mayor fuerza que mueve al Mundo es la mentira.
Religiones del dolor y el padecimiento, expertas en someter al ser humano al martirio. Creen todavía que sus divinidades se nutren de tormentos y se oponen a la eutanasia. Creen congraciar la divinidad a costa del tormento ajeno. Entonces, impiden interrumpir agonías, lo consideran una falta ética contra su dios de infamia. Si a la ciencia médica se le pone esta cortapisa para acelerar la muerte en casos de penuria extrema, pues también sería anti ético desacelerar la muerte en los casos en que es posible, pues también se intervendría en el curso normal del transcurrir de una existencia.

Lo dijo Kafka, Alargar la agonía es el asesinato. Todo aquel que se opone a la eutanasia, merece padecer una enfermedad terminal prolongada. Sería la única manera de que tomara conciencia del martirio que ocasiona la no aplicación de este método. Manera dolorosa, pero justa, de que sienta, aunque sea de manera inconsciente, lo disparatado de sus creencias.

Contra la dicha y el bienestar de muchos, las religiones también desconocen las condiciones que entraña la naturaleza humana, sus diversidades y necesidades. Es la causa por la que se oponen a aceptar las opciones sexuales de los individuos y el aborto. En pocas palabras, le dan la espalda a la realidad, para congraciarse con la irrealidad de una divinidad.

Las religiones consideran que Dios exige y necesita de sus criaturas adoración, pleitesía y sacrificios. Ansias sólo dignas del más vano y ruin de los mortales. Por eso las religiones con sus rezos, inciensos y penitencias no adoran a la Divinidad, la insultan.

Las religiones nunca, nunca, dejarán de equivocarse y de hacer el ridículo. La católica a Juana de Arco, la quema por bruja y luego la santifica; a Francisco de Asís, lo trata de loco y hechicero y luego le chantas el san. A Galileo lo condena y siglos después expresa que el viejo científico tenía razón.

También, son ridiculeces de la infame católica: excomulgar divorciados y librepensadores, mandar a apedrear mujeres que montaban a horcajadas y usaban pantalones, negarle el bautizo a los hijos naturales y la educación y la ordenación a negros y mujeres, prohibir novelas románticas, entre otras cientos de sandeces. Tantos son los errores y crueldades de la católica, que no es extraño que el cielo este poblado de herejes y el infierno de santos.

Aunque con su sofisterías, boato y pompa lo disimula muy bien, la perversa no dejará de llevar como sambenito los crímenes de Bruno, Pomponio, Savonarola, familia Cazalla, familia Mortara, Carlos de Seso, Juan Sánchez, Fray Domingo de Rojas, Antonio Herrezuelo, Fray Domingo Buonvicini, Cipriano Salcedo, María Sánchez, y su hijo Álvaro, Joseph Ximénez, Henry Axli, Robert Barret, Juan Bernal, William Cornelius, Cornu Marín, Isaac Dorven, Etienne Covilbert, , Juan Hoscarno, Claudio Ivilin, Jan Millar, John Axnam, Miguel del Pilar, George Ribley, Mateo salado, Edwuard Tillert, Walter Tillert, Sebastián Alvarez, Adán Edón, Juan de Frías, Pedro García de Arias, Francisco Amadros, Felipe Romero, Simón de Santiago, Francisco del Valle......... .................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................................... Serían necesarios miles de tomos para enumerar uno a uno los nombres de los llevados al holocausto físico y moral por esta secta divina, la más cruel e infame de todas las iglesias del despreciable cristianismo.

Ahora, la noción de pecado es necesario revaluarla. Quién comete un pecado, ¿a quién lesiona? No se puede pecar contra ningún dios, éstos son gloriosos, perfectos e invulnerables. Si se peca es contra el Hombre mismo. Y el peor pecado que puede cometer un ser humano es creer en un dios, porque contribuye a perpetuar una mentira y un engaño.

Inmensa sombra de oscurantismo aún se cierne sobre la humanidad. Lo más caduco del saber humano son las religiones, irónica y desgraciadamente siguen sin caducar. La falta de valor y el exceso de miedos no le han permitido al Hombre liberarse de ellas.
Sigamos tras los rastros de esas escasas mentes libres y brillantes. Vallamos hasta los años 1647-1706 cuando existió Pierre Bayle, piensa este hombre que la razón se opone radicalmente al cristianismo, denuncia todas las supersticiones de su época. Rechaza la creencia en un plan divino, niega que pueda hablarse de una finalidad observable en la naturaleza.

Y Holbach otro digno representante del siglo XVIII, formula un sistema netamente ateo, propone un sistema materialista, en el cual la idea misma de Dios está desterrada. Todas las religiones son supersticiones dañinas y el hombre maduro debe liberarse de todas ellas, así como de todo prejuicio primitivo.

Hay que entrenar la inteligencia para aprender a discernir y a deducir, sino se corre el riesgo de limitarla como lamentablemente lo hicieron Leibniz y Pascal. Discernamos, deduzcamos pues: el ateísmo no sólo es la expresión adecuada de la realidad sino que, además, puede hacer feliz al hombre liberándolo de mitos y supersticiones, temores y angustias innecesarias. El mal se explica por sí mismo como resultado del desorden inherente al hombre y a la naturaleza.

Por aquel mismo año de 1647, un hombre tumbado a la entrada de una sinagoga en Amsterdam es víctima de decenas de rabinos y otros judíos, quienes pasan sin soslayar la humanidad del hombre tendido, pisones y patadas lo dejan sangrante. Luego de levantarlo, sin ninguna consideración, lo ingresan a empellones al interior de la sinagoga, le descubren la espalda y lo flagelan con treinta y nueve azotes.

Esta atrocidad era el pago que debía hacer Uriel da Costa para reintegrarse al judaísmo después de haberse perdido algún tiempo por los vericuetos del cristianismo. Muy maltrecho física y espiritualmente da Costa regresa a su casa, donde algunos días después escribe un libelo contra sus flageladores y se suicida.

Toda esta tragicomedia la presencia un joven holandés de quince años llamado Baruch de Spinoza, más tarde célebre filosofo. Nacido en el seno de una familia judía, sus primeras obras reivindican la libertad del pensamiento y palabra e identifica a Dios con la naturaleza.

Las leyes universales de la naturaleza son, efectivamente, decretos de Dios, brotan de la necesidad y de la naturaleza misma de Dios, son inquebrantables e inviolables. No existen, pues, los milagros porque, si se afirma que Dios puede actuar contra las leyes de la naturaleza, se admite la posibilidad que Dios actúa contra su misma naturaleza. Hablar de milagros, es referirse a la intervención divina en el curso natural de los acontecimientos, es poner una mancha en Dios. La Deidad no remienda su creación ni necesita intervenir para rectificar cosas.

El primero y más grande error es aquel que consiste en separar a Dios de los otros seres, convirtiéndolo en un ente semejante a nosotros, provisto de volumen personal y de pasiones humanas.

Raro, muy raro sería que este singular pensador no fuera condenado y excomulgado por católicos y protestantes, quienes lo equipararon con el más vil de los demonios. La religión de su estirpe tampoco se podía quedar sin proferir su maldición. Es así como en 1656, los judíos lo emplazan para que se someta a los pisones y a los treinta y nueve azotes que observó con repugnancia en da Costa nueve años antes.

Pero Spinoza, como cualquier hombre sensato, huye de tales ridiculeces: no iba a permitir que alguien lo pisara y lo azotara; ni iba a dar oídos a las palabras de excomunión, producto del vacío y pomposo parloteo de la religión judía.

El anatema dice así: Después de haber unido el juicio de los ángeles al de los santos y habiendo también obtenido el consentimiento de Dios y el de la sagrada congregación, y frente a los sagrados pergaminos sobre los que están escritos los seiscientos trece preceptos, ha sido propuesto extender todas las maldiciones sobre Baruch de Espinoza de modo que sea maldito de día y de noche, al acostarse y al levantarse, al salir y al entrar. Ordenamos que nadie se comunique con él de palabra, ni le hagan ningún favor, ni permanecer con él bajo el mismo techo, ni a cuatro pasos de él.

Podríamos decir que entre los relatos humanos no existe un documento más disparatado. ¿Cómo podían estos despreciables jerarcas, que no tenían más que el poder de la sinrazón, o sea de todo lo que sea religión, maldecir a un hombre honrado? Desde luego podían reducirlo al ostracismo, empobrecerle y hacer que el pueblo guardara prudente distancia, Pero ¿cómo podían cambiar la ciencia y la virtud mediante una insensata exhalación de palabras? Estaban abocados a ser ridículos y hoy lo son. En cualquier conflicto con la moralidad las organizaciones están sentenciadas a posteriori. La tragedia del mundo consiste en que las organizaciones no lo saben todavía.

Sería un gran olvido dejar de evocar la genialidad de otro francés del siglo XVIII de nombre Francisco María Arouet, uno de los principales representantes de la Ilustración. Firmaba sus obras con el nombre de Voltaire. Amigo entrañable de la tolerancia y enemigo acérrimo del fanatismo.

Para Voltaire Dios es sólo el autor del mundo físico sin inmiscuirse en su desarrollo histórico. Es injusto e irracional pensar que esa gran cadena de escándalos, dolores y tragedias que constituyen la historia del hombre haya estado la mano de Dios. Es así como Voltaire niega los atributos tradicionales que las religiones la han endilgado al ser supremo. El error y la ignorancia son las causas de nuestros males; los errores de la superstición y el fanatismo son los más funestos porque corrompen todas las fuerzas de la razón.

¡Francia!, ¡Francia! ¡Oh!, tantos hombres ilustres que has dado. Cosecha de tu suelo es Augusto Comte, otro de esos exclusivos hombres de tono profundo no producido al por mayor por la naturaleza, por fuera de ese molde que estandariza al 99.5 por ciento de los humanos. No son necesarias todas las casas de un rosario o camándula para contar los hombres que de este tipo se dan en un milenio.

Comte no ratificó, ni creó dogmas, no se dejó guiar de potestades tonsuradas ni de libros sagrados, fue hasta lo tangible u observable como los fenómenos sociales, por eso se le atribuye la paternidad de la Sociología. Reduce voluntariamente su indagación y su pensamiento a la realidad positiva, es decir, a los hechos observables y experimentales. Dios, el alma, la vida futura, no son hechos positivos o comprobables, y por lo tanto desaparecen de su horizonte filosófico. No hay nada absoluto, sólo vale la pena ocuparse de los hechos positivos y sus relaciones inmediatas, Dios no está en tal caso, luego es inútil indagar a cerca de su existencia o de su esencia o atributos.

Las especulaciones metafísicas carecen de todo interés, y pertenecen al pasado. Más allá de los hechos positivos no sabemos que existe y no vale la pena especular. Para Comte la humanidad transcurre por tres estados: primero por el Teológico, donde los fenómenos son explicados como actos de seres o voluntades sobrenaturales y pueden distinguirse a la vez tres períodos: fetichista, politeísta y monoteísta. Segundo, por el Metafísico es de transición con predominio de las especulaciones abstractas y tercero el Positivo, donde predominan la observación, la experimentación y la ciencia.

Con el siglo XXI encima, el mundo gira y gira alrededor de los dos primeros estados, ¿gracias a quién?, gracias a los papas, a los predicadores, a los curas, a los pastores, a los ayatolas, a los rabinos, a los metafísicos, gracias a toda la estúpida muchedumbre humana. El hombre tiene que vivir atado a algo, le teme a la libertad. Toda concepción teológica es una ficción y representa un retroceso del tercer estado al primero. Comte propone la Religión de la Humanidad, el conjunto de la humanidad es el Gran Ser.

Y ese genial alemán del siglo XIX, Karl Marx de ideas políticas y económicas fracasadas, pero de filosofía profunda e inextinguible. Rechaza las ideas del espíritu absoluto, sólo la materia es la única realidad, Dios como todo fenómeno espiritual queda suprimido. La idea de Dios es una de las grandes falacias que ha perturbado la humanidad, el mal es una falta de progreso.
Y su otro compatriota de la misma centuria Federico Nietzche, quien niega enérgica y reiteradamente la existencia de Dios, comenzando por el dios cristiano. Vale la exaltación de la vida, la libertad de poder, el derecho del más fuerte. El hombre no es un fin o un término de la evolución, es un puente tendido hacia el hombre del futuro, del hombre de la caverna a hoy, y de hoy hacia el hombre superior. Es bien todo aquello que impulse que exalte la vida misma, y el mal es lo que conspira contra la vida, como el cristianismo con sus ídolos, su ascetismo y su lúgubre idea de pecado y remordimiento.

Y tampoco es dable dejar de mencionar a Freud, desde joven (cosa escasa en la especie humana) desconfía de las especulaciones abstractas, de la filosofía, la teología y la metafísica. Dios es un mito de la infancia individual y colectiva o una proyección del yo, una sublimación del padre o de la madre, un fantasma que sólo ha servido para torturar y angustiar la desequilibrada humanidad. Muy categórico expresaba: No tengo temor alguno al Todopoderoso, si alguna vez llegáramos a enfrentarnos, yo tendría más reproches que hacerle a él de los que él podría hacerme a mí. Borrado Dios no hay que buscar en la altura consuelo es inútil quejarse.

La muerte no es esperanza ni objeto de desesperanzas futuras, ni de juicios, premios o castigos. Su doctrina es la de un pensador sin dios y sin religión, sorprendente y significativa actitud de un hombre de Moisés con ese lastre judaico. El mal es lo que conspira contra la vida y el sexo, es lo que lleva a la represión y a las inhibiciones, es todo lo que, ocultándolo en el fondo del inconsciente, envenena o desquicia la psiquis, quebrando la personalidad y la salud mental.

Sigamos con nuestro vuelo, aterricemos en el siglo XX. En esta centuria con dos guerras mundiales y con el mayor desarrolló en tecnología, el hombre progresó lo que no hizo en milenios y milenios anteriores. Lo paradójico es que puso el pie en la superficie lunar, pero no sacó su mente de la caverna, por eso continua con ella atiborrada de telarañas. Los papas píos, sostienen dogmas, alcahuetean guerras, traen sombras.

Vislumbra Jean Paul Sartre, cabeza del existencialismo francés, Dios no existe habita en un horrendo y pestilente caos, ninguna existencia se justifica es lo mismo existir que no existir. El existir desemboca en una nada completamente estéril, el ser y la nada, el ser se identifica con la nada. Dios es imposible, el mundo es completamente absurdo, y el hombre condenado a ser libre, existe en realidad sin razón, sin causa y necesidad.

Para Julián Huxley es una falacia común la de describir personalidad a Dios en virtud de una supuesta finalidad de la naturaleza. El hombre está solo o el Dios personal es un gobernante sin poder o es el Universo. Huxley analiza todos los procesos naturales a la luz de la evolución, y ésta la explica con base en la selección natural, este es el único agente efectivo de la evolución y no entraña ninguna acción consciente.

En medio de esa lobreguez perenne, que cual mortaja sobre cadáver cubre la humanidad desde inmemoriales tiempos, en el otoño decimonónico la epifanía de Sir Bertran Roussel desmortaja a la inmerecida.

Su pensamiento se resume en que la doctrina cristiana como toda otra religión es simbólica, pero sus símbolos no corresponden a realidad alguna. Dios es una idea o es la unión u ordenación dentro de nuestro cerebro, de varias experiencias y datos dispersos, pero no hay que confundir una idea con una verdad absoluta y objetiva. La concepción de Dios representa siempre la idea del hombre a cerca de los poderes que actúan en el Universo.

Estos poderes o fuerzas independientes no pueden constituir una Divinidad. Su unidad es sólo producto de nuestra mente, que arbitrariamente los enlaza. Dios es así, una falsa idea, no una realidad por fuera de nuestro intelecto. El hombre contemporáneo debe confiar exclusivamente en la ciencia todo lo demás es mito. Aunque como alguien lo dijo: La ciencia en ningún momento está completamente en lo cierto, pero rara vez está completamente equivocada.

Ahora bien: si no existe el Dios trascendente al universo- afirmado por tantas religiones, con notas distintivas como: creador, providente, espiritual- parece difícil no aceptar que la naturaleza misma es una Divinidad, en el sentido que es lo único existente, la suprema, total y ordenada realidad cósmica.

Si la organización del mundo natural proviene del mismo, este es Dios. Las pruebas sobre la existencia del Dios trascendente son, sin duda, inválidas racionalmente, pero negada esa Divinidad lejana, es más difícil negar la más próxima (la naturaleza) una Divinidad inmanente al universo, es decir, el conjunto unitario de cosas y seres perceptibles por los sentidos y en cierto modo por el intelecto. Bien podría haber una Divinidad sin ordenamiento ético en el mundo, o entre los hombres, o sin vida de ultratumba.

Sea que se acepte o no la tesis básica del ateísmo, lo cierto es que a esta doctrina se le deben muchos conceptos positivos y fecundos, unas veces por afirmaciones directas, otras por el rechazo a mitos pueriles, leyendas y supersticiones.

En muchos pensadores ateos o cercanos al ateísmo puro se halla una saludable invitación a buscar las causas naturales de los fenómenos y a formular las leyes que rige el mundo, todo lo cual ha hecho posible la aparición y desarrollo de la ciencia. Esto ocurre cuando los griegos del siglo VI rompen la tradición mítica. Es así como religión se traduce en oscurantismo y la razón abre las brechas hacia la ciencia, a pesar de los obstáculos de la fe.

Despejad la mente de la fe religiosa y podéis ver en los pensadores ateos una saludable lección de modestia, de sabio escepticismo que señala límites precisos a la arrogancia de la razón humana y le impide seguir en pos de una alucinación o una aventura superior a su alcance.

Veréis un prudente agnosticismo, acorde con el misterio que por todas partes, como un anillo de sombra circunda al hombre, haciendo inexplicable su nacimiento y muerte, su vida y su destino. Veréis una clara concepción del alma como un conjunto de fenómenos naturales, y al mismo tiempo halláis en algunos de estos pensadores una cabal aceptación de la teoría evolucionista y transformista, sin la cual el proceso biológico carece de explicación satisfactoria.

Como no admirar a sabios ateos, como Yong Chu con su moderada o exacerbada invitación a gozar sencillamente de los placeres y bellezas del mundo, de un mundo que si bien es un permanente enigma, cuyo origen y destino ignoramos, nos ofrece sin embargo, a diario un tesoro de deleites, de maravillas insospechadas, de amor, de intimo gozo o de simple asombro que es otro tesoro insospechado.

Cambiemos otra vez de siglo, entre 1775 y 1854 existió un hombre llamado Shelling, su concepción es la de una naturaleza unitaria, animada íntimamente, es una visión panteísta, Dios no es trascendente, no está por fuera de la naturaleza; esta fundido, inmanente con ella. La naturaleza es un todo vivo, empieza en lo inorgánico inconsciente y sube a través de mil grados y jerarquías hasta la conciencia humana esencialmente libre, de modo que el proceso apunta hacia la concienciación y hacia la libertad.

El antagonismo de fuerzas opuestas es la verdadera esencia de la naturaleza, toda la vida es el proceso de fuerzas contrarias. Ese impulso, esa fuerza o energía generadora (Dios) inmanente en la naturaleza origina tanto la vida como el desorden, el movimiento como el caos. Para Shelling el mal tiene su origen en la sustancia divina. A pesar del orden aparente, en cada ser hay un desorden consustancial, rastro de esa fuerza atormentada – casi podría decirse diabólica- que se agita creadora y tenebrosa, en el seno mismo de la Divinidad.

Todas las criaturas están íntimamente ligadas a esa base sombría de la esencia divina. De allí proviene el deseo, la tristeza, la melancolía, la confusión, el desorden, la agonía y la muerte: todo cuanto constituye el mal. El mal está en Dios y se expresa en los seres en que él se revela. La existencia de todo depende de la energía vivificante que proviene de Dios, pero no del Dios de las antiguas fábulas, sino de un Dios integrado a la naturaleza que él mismo vivifica.

La doctrina de Böhme, Shelling y Werner escalonada desde el siglo XVII al XX, busca el origen del mal en una falla esencial de la Divinidad. Se echa por la borda los atributos tradicionales de Dios ¿Qué valor objetivo tiene el atribuir a Dios, como lo ha hecho la tradición milenaria, una perfección absoluta. La imperfección del cosmos da testimonio de la imperfección divina.

La doctrina de la imperfección divina representa un inquietante intento para superar el dualismo, no acepta que haya dos principios o poderes opuestos. Hay un solo principio, reino o Dios, pero en su entraña están fundidas las dos fuerzas bien y mal, lo mismo que se haya en cada hombre y en cada ser. Acá se niega la existencia de dos dioses (Dios-demonio) Acepta la doble raíz que tantos pensadores y tantos sistemas religiosos vislumbran en el hombre, pero atribuible también a la doble raíz divina. Lo que Dios engendra da testimonio de Dios.

Mucho elucubró Andrés Holguín para tratar de encontrarle una explicación a la existencia del mal y de él he extractado parte de lo que expongo en este capítulo. Existe un primer principio llámesele o no Divinidad, el mal es esencial o connatural a cada ser, como resultado de su imperfección, el mal es pues universal hace parte integrante de todo lo que es. El primer principio está dotado o no de conciencia o voluntad, lo cierto del caso es que no ha podido superar el mal.

Retomando al mito griego, los dioses no son creadores del mundo y del hombre, sino gobernantes más o menos poderosos, ni siquiera entre los filósofos aparece la idea de la creación. El Universo es eterno tanto en la filosofía como en el mito. La ausencia de idea de creación y de Dios trascendente, unido a la idea de que sólo existe un solo elemento divino, lleva necesariamente al Panteísmo.

Para atrás, para delante, el hombre va y viene, va más allá y retrocede, filosóficamente hablando está más atrás que adelante. Y a veces estando atrás se está más adelante. Para muestra un botón: lejanos en el tiempo y avanzados en las ideas están Democrito y Leucipo, para quienes sólo existen los átomos y el vacío, iniciándose así la vía de un claro materialismo, los átomos son los cuerpos generadores o semillas de las cosas, sin el vacío los cuerpos no podrían moverse.

A tales crímenes ha impulsado la religión a los hombres, esta frase es sin duda una condena enérgica contra toda forma de religión, de mito y de superstición en contraste con el pensamiento racional y sereno del hombre culto.

Lucrecio siguiendo a Epicuro, evoca los inauditos terrores del hombre frente a divinidades crueles y vengativas y reprocha a la humanidad el haber preferido constantemente el sacrificio ritual al hondo conocimiento filosófico. “Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos a seres imaginarios, que supone influidos por acerbas cóleras; cuántos gemidos a arrancado a la descendencia de los hombres está invención, cuantas heridas ha abierto, cuantas lágrimas ha producido, la piedad no puede consistir en cubrirse la cabeza con velos, dar vueltas en torno a una estatua ni visitar los altares, ni tampoco en prosternarse ante los templos de los dioses, ni mucho menos en inundar las aras con la sangre de humanos, aves o cuadrúpedos, sino en observar todas las cosas con ánimo sereno. Nadie es creado jamás de nada en virtud de un poder divino...”

Papas, obispos, curas, rabinos ayatolas, mullas, talibanes, pastores, santeros, teólogos, apologistas, serán siempre estiércol inmarcesible. ¿Quiénes son los únicos que han tratado de liberar al hombre y sustraerlo de la abyección? No son los arrodillados ni los quema- incienso. Hay que emplear la mente (pero no a lo Liebniz) para sacar conclusiones que acierten.

La noción de creación es pues, como la de providencia divina, otra de las grandes falacias de la religión. Qué vergüenza para la inteligencia humana, que mientras los científicos del siglo XX y venideros asisten a ritos, adoran iconos, se santiguan en misa, concurren a canonizaciones y reciben bendiciones papales, veinticinco siglos antes un hombre llamado Democrito planteó que los átomos son eternos y están dotados de eterno movimiento, que los induce a unirse o a disociarse para construir o hacer desaparecer los objetos y los seres, por tanto, toda creación es imposible.

Según Democrito, el hombre debe liberarse de toda religión, de toda superstición y de todo mito. Enseguida el hombre debe despreocuparse de la muerte o de toda vida futura. La muerte consiste en regresar a la nada, de donde el hombre salió. El tiempo que transcurre después de nuestra muerte, no nos concierne en mayor grado que aquel transcurrido antes de nuestro nacimiento.

El temor al más allá a esos sufrimientos en mundos subterráneos de que hablan las leyendas griegas etruscas y latinas- es lo único que hace espantable la muerte, ese más allá con juicios y castigos es una leyenda más. Mientras yo exista la muerte no existe, cuando ella exista yo ya no existiré, dice sabiamente Marco Aurelio.

Volvamos a Lutero, perdón me refería a otro más lejano en el tiempo, pero mucho más avanzado en el pensamiento. Se trata de Lucrecio. Este hombre ve en la naturaleza una unidad, en cuanto está constituida por especies e individuos de una misma condición, la naturaleza no es benévola y amable, ni el cosmos está regido mansamente por una ley de orden y justicia, pero tampoco llega a ser un poder cruel y demoníaco que pudiera identificarse con una deidad del mal. Su naturaleza es el conjunto universal de los átomos en movimiento.

Vergonzoso es que la entera humanidad viva todavía enfrascada en el teísmo tradicional. Parece que nuestros antepasados hubieran sido mucho más inteligentes o que al menos emplearon mejor su mente. Regresamos a la Inglaterra del siglo XVIII. Allá encontramos a Jhon Stuart Mill para este filosofo el mal se deriva de la impotencia. Atribuir a Dios un plan o propósito – como lo hace la teología tradicional- es contrario a la noción de impotencia, dice Start Mill Un ser todo poderoso no tiene necesidad de medio: realiza sus fines en el acto.

Sigamos en la misma época, pero pasemos a Francia. Allí está Charles Renouvrier afirmando que la certidumbre es menos un asunto de inteligencia que de creencia, de adhesión libre La metafísica es menos una doctrina objetiva que un estado del alma en el cual el corazón tiene más inteligencia que el espíritu.

No salgamos de Francia, un poco posterior a Renouvrier encontramos a Henri Bergson diciendo que hay un impulso vital universal que lucha contra la inercia de la materia. Dios y la vida son la misma cosa, pero este Dios es finito, no es omnipotente, está limitado por la materia y va venciendo la inercia de ésta dolorosamente paso a paso; y tampoco es omnisciente, sino que avanza a tientas poco a poco, hacía el conocimiento, hacia la conciencia y hacia la luz, es decir no se trata del Dios de la teología sino del Dios del impulso vital. Es una Divinidad impotente que evoluciona al igual que los seres vivos, semejante al pensamiento.

El Dios del impulso vital que no promete nada que no ofrece nada, aparte de la evolución del pensamiento, poco o nada complace a las muchedumbres, a éstas no les interesa sino los cielos prometidos y las indulgencias a costa de la abyección y la adulación a seres hipotéticos. Léase sus dioses protectores y a la vez irascibles que así como ofrecen perdones también amenazan con no dejar piedra sobre piedra. Es que Dios y el diablo son una misma moneda, unas veces muestra la cara y otras el sello.

Por los mismos contornos y época Max Sheler expresa que el hombre se ha visto en la necesidad de encontrar salvación y amparo en una potencia extrahumana y extramundana, que se identifique con la bondad y la sabiduría, la cual resultó demasiado grande para no haber roto los diques de la prudencia y la reflexión. Sin embargo, el hombre de la caverna continúa admitiendo esa relación semi-infantil y semi-temerosa del hombre con la Divinidad, relación que se manifiesta en la contemplación, la adoración y la plegaria.

Max Sheler fue uno de los principales fenomenólogos, es en los fenómenos donde se nos aparecen y dan las esencias (las cosas en sí) Elabora un sistema teológico en el cual la Divinidad, confundida panteísticamente con la naturaleza evoluciona lentamente. Es así como el ser absoluto no existe para amparo del hombre y como mero remedio de sus debilidades y necesidades.

Ante el magno problema de Dios y el mal, el hombre permanece en la incertidumbre, en el asombro, desde su doble miseria; ser una isla pensante en medio del inmenso universo y ser una fugaz parcela temporal con milenios a su espalda y milenios frente a él. Un relámpago entre dos nadas, como dijo el poeta.

La individualidad desde su enfoque subjetivo, pierde mucha validez al estar articulada en el TODO en que se mueve o al verse infinitamente multiplicada en sus semejantes pretéritos, actuales y futuros, pero cada ola en este turbulento mar, también debe vivir íntimamente su propia individualidad, la misma que cada célula dentro del organismo. De todos modos está hipótesis panteísta parece más probable que la hipótesis trascendente, sobre la cual no hay pruebas dignas de crédito.

Mortificaciones del cuerpo, ayunos, penitencias, sinrazones. La anomalía de todo carácter imbuido en una religión requiere de satisfacción masoquista. El masoquismo físico se identifica con el sentimiento de culpa. El masoquismo psíquico en suma significa placer inconsciente derivado del auto-castigo. Actuar contra sí mismo, contra la naturaleza y contra el prójimo por complacer a una divinidad concebida contra toda racionalidad y toda lógica, es el máximo error de un ser pensante. Definitivamente lo único que no tiene perdón en esta vida es creer en un dios, es el máximo pecado que puede cometer el Hombre.

Esta tierra colombiana tan prolífica en curas, monjas, teólogos, guerrilleros, políticos, narcotraficantes, corruptos y sicarios, también ha dado, aunque muy escasos, sus buenos pensadores, pero muchos terminaron cercenados por la acción de la guadaña de la sinrazón, de la religión.

A Marco Fidel Suárez lo atrofió su extremo catolicismo. Lástima que esta mente tan abismal en genio, esfuerzo y creación, haya sido obnubilada por su oscura y retardataria religión, que en extremas aflicciones martirizó su interior, y a su producción intelectual la sesgó hasta hacerla casi confesional. Dejo una obra muy bien ponderada – sobre todo el día del idioma- pero muy poco leída.

¡Oh catolicismo castrador y atormentador, con tus preceptos de ciega le hiciste sentir a Marco Fidel injusto remordimiento por haber sido hijo natural, y con tus garras de arpía escribiste el epitafio en su tumba: Sólo en la cruz está la esperanza de la vida eterna, o sea en el dolor. ¡Oh catolicismo cruel, sí que se lo proporcionaste!

Este hombre de inteligencia profunda, ex presidente de la República, creyó de manera ciega y con fe de carbonero en esa máxima cristiana que reza: No se mueve la hoja del árbol sino es por voluntad del Padre. Y ese Padre exaltador y dador de dolor, con su voluntad sádica le arrebató a su amada esposa a los cuatro años de matrimonio y a su hijo, que se perfilaba con un genio igual, a los 19 años de edad de una terrible dolencia. Y no contento con esas tragedias, esa voluntad divina, le envió de verdugo a Laureano Gómez, pero hay algo peor, lo dejó hasta sin derecho a reír, dicen que nadie jamás vio a Marco Fidel siquiera sonreír. Con razón dice García Márquez que el catolicismo es una religión que está hecha para no ser feliz sino en la muerte.

Espíritu de inmolación y vasallaje es el cristianismo. Quien tiene la desgracia de nacer inmerso en esa religión se le atrofia la capacidad crítica para discernir tanto disparate y rechazar tanta infamia. La primera estupidez que comete es asumir tal desgracia como una gracia.

Sacrificio y estulticia suprema se hacen patéticas en esta oración alambicada y transida del más vil dolor, sólo una menta intoxicada del nefasto cristianismo como la de Marco Fidel puede producir esta lepra verbal, que sus correligionarios, ¡claro! consideran de gran belleza: Señor mío Jesucristo que buscasteis y recibisteis la cruz con divina satisfacción y cargado con ella emprendisteis valeroso y paciente el camino del calvario. Dadme Señor la gracia de aceptar sin vacilación los secretos de vuestra voluntad y la virtud de la paciencia para soportar por vuestro amor las tribulaciones de la vida y satisfacer con ellas mis pecados. Otorgadme el valor cristiano por el cual mire yo estas tribulaciones sin horror y las acepte como castigo impuesto por vuestra misericordia. Perdonadme Salvador mío todos los pecados que he cometido por miedo o por cobardía o falta de conformidad por vuestros decretos amén.

¡Qué horror, qué asco, qué palabras tan vomitivas! Como así que divina satisfacción ante la infamia, como así que un castigo impuesto por misericordia. Un dios que reciba con complacencia esta verborrea asquerosa no es un dios es el mismísimo Satanás.

Pero en mi leal saber y entender, esta nefasta religión tampoco puede ofrecer felicidad después de la vida. En verdad, el viejo Suárez ya en los arcanos de la muerte, también debe estar frunciendo el ceño del alma, porque que más se puede hacer ante la presencia de su deidad de horror y de sus correligionarios, pues no ofrecen sino un panorama desolador: la tétrica Trinidad encabezada por el padre sádico, seguido del hijo masoquista y el intangible espíritu sagrado; rodeados los tres, de recuas de crueles papas, de inmolados santos y de ignaros creyentes. Es el destino de todo dogmático. Catolicismo despiadado, detestado seas, por secula seculorum, amén.

Y tu Fernando González, quien fuiste de los pocos asomos de filósofo que ha tenido esta esquina de Suramérica. En tus años mozos fuiste un librepensador y escribiste tu tesis El derecho a desobedecer, pero claudicaste. En el otoño de tu vida se te acabó la rebeldía, te dejaste atar por los hilos del misticismo y te convertiste en un obediente, de aquellos que apestan y pululan por todo el mundo, porque sólo viven para la muerte. Hasta ahí llegó tu grandeza. Creciste y te erguiste como roble, pero terminaste caído como frágil arbusto.

Recordemos ahora una de esas pocas mentes brillantes de este suelo patrio, de aquellas que hay que buscar con lupa, pues tuvo el coraje de ser impermeable a la religión de sus ancestros. Se trata de José María Vargas Vila. Este hombre a quien le correspondió nacer en el siglo XIX en medio de curas y madre ultra-católica, tuvo la genialidad de dilucidar lo que es la religión: Una enfermedad cerebral hereditaria, sus gérmenes nacieron con el primate, con el antropoide, en la cueva oscura de la edad paleolítica, cuando el pobre hombre asombrado, débil y estúpido, se halló por primera vez con los fenómenos ruidosos inexplicables para él y aterradores del huracán, del trueno del rayo y de la muerte.

El miedo y la ignorancia engendraron la Divinidad, ellas crearon el culto al mito, la plegaria que conmueve; el sacrificio que desarma las potencias ocultas; la adoración de los ídolos; el servilismo, en una palabra: la religión.

Mientras los hombres sean débiles e ignorantes tendrán dioses y religiones, los individuos pueden liberarse de ese yugo, pero las multitudes estarán aún siglos encorvadas bajo él.

“¡Oh humanidad débil y cobarde!
¿ No te pondrás nunca de pié?
¿ No alcanzarás jamás el cielo con la antorcha
que desvanece las sombras y los dioses?
¿No los expulsarás nunca?
¿Prefieres temblar bajo ellos?
¿No serás nunca libre?
¡Oh humanidad!
¿Dónde terminarán las fronteras de tu abyección suprema?

La Historia ha enseñado que la humanidad es naturalmente cobarde y servil y tiene siempre la necesidad de un dios y de un amo; que en vano la filosofía y la libertad se los tumban; vuelven a levantarlos bajo otra forma con más cariño, con más fe, con más crueldad, con miedo más grande y servilismo más vil. Las religiones están todas basadas en la explotación de la ignorancia.

Con la conquista de América el culto del sol murió, como si ese astro Dios se hubiera ocultado para siempre en el horizonte de aquellas tribus humilladas; no más dioses tangibles, hijos de flores, de faunas, no más culto a la naturaleza generosa. El terrible Jehová de los hebreos asomó sobre el cielo su faz amenazante, el culto de los elementos y de los astros lo sucedió el de un plebeyo ajusticiado, el hombre adoró al hombre.

Con la cadena al cuello prosternaron a esos pueblos al pie de dos maderos en cruz; y no fue el culto de lo bello, sino el culto de lo triste, ese culto que ya agobiaba a la humanidad con sus ídolos trágicos y su moral impracticable, tomó posesión de aquellas almas y pobló con sus leyendas medrosas, sus mitos torturados, su angustia inconsolable, la riente imaginación de aquellos seres. Pastores tan ignorantes como ellos, contaron a sus oídos las leyendas inverosímiles de sus cielos, las fábulas grotescas de sus dioses. Se dejaron sacrificar en un altar pomposo de figuras y retóricas y de viles sofistas.

De Vargas Vila volvamos a Andrés Holguín. Cuando se ha prescindido ya del todo de los viejos mitos de la infancia (¡Ay tan hermosos!) porque ya no responden a nuestras inquietudes e interrogantes, es imposible volver a creer en el dios personal, creador, espiritual y trascendente, que adquiere poco a poco los visos de una leyenda infantil. Dios está integrado con la naturaleza y no desterrado de ella, Dios deja de flotar sobre la faz del abismo, y su faz y mi faz y el abismo. Dios está dentro de la naturaleza y la historia y no las dirige ya desde afuera sino desde su núcleo íntimo.

En mi está la aceptación de una divinidad-naturaleza en evolución. El Todo. El mal son las grietas del ser que dan testimonio de esos vacíos y esas nadas, son testimonio del mal en el ser. En cada criatura, en cada planta animal u hombre existe el mal. Este ser tan íntimamente activo y generador que se confunde con la misma vida universal no puede ser entendido como una masa informe.

De la inconmensurable masa humana conformada milenios atrás y milenios adelante, pocos individuos perciben, han percibido o percibirán esa visión heterodoxa de la divinidad. Es así como entre el hombre primitivo y el de hoy existen pocas diferencias, sólo hay un cambio en el objeto de adoración, se basan en el mismo principio: crear dioses protectores con la imaginación y las emociones, donde poco o nada media la razón. Los pueblos antiguos adoraron sus tótems, sus astros, en danzas elevaron sus manos y se prosternaron ante ellos.

El católico de hoy se arrodilla ante vírgenes de yeso y santos de palo y en procesiones ridículas adoran estos ídolos. Es así como la esencia o el sentido religioso es el mismo, sólo cambia el sujeto o el objeto de adoración. Desde este punto de vista, son equiparables el santo de palo del cristiano y el tótem del indígena.

Pero colorín colorado este cuento no se ha acabado. Hace algún tiempo me expulsé yo mismo de mi heredada religión, oscura y dogmática. Hasta ahora (¿y siempre?) He permanecido al margen de todas, no me he podido acomodar en ninguna.

Soy un ser en pugna con la tradición de mis estirpes. Yo no quepo, aunque quisiera en el cristianismo, en vida o cuando muera mi pobre alma jamás podrá estar donde han convivido, o hasta convivirán celestialmente: papas infalibles y anatemizadores, curas severos y ortodoxos, santos dogmáticos y torturados, místicos alejados de la realidad y de aportar algo al mundo, ascetas mezquinos y egoístas, obispos arrogantes, inquisidores desalmados, ejércitos de cruzados con espadas, pastores predestinados y despreciadores de réprobos y condenados, padres sádicos e hijos masoquistas, déspotas y tiranos avalados por jerarquías tonsuradas; sufrimientos enaltecidos, penitencias degradantes, ritos con sangre, simonías que enriquecen, tribunales de oficios santos, juicios y condenas, mártires y torturados, dientes que crujen, ángeles que exterminan, plagas que se multiplican, Un pecado que sin cometerse resulta muy original, donde se exalta la virtud de la condición más estéril y frustrante de la mujer, históricos enemigos del conocimiento racional y científico.

En fin, ¡ah! lejos que está la Providencia que concibo de esas pestilencias tan humanas como inhumanas que son las religiones. Mi fe naufragó, fue hundida por tormentas racionales. Por más que busquemos de qué no morirnos, siempre moriremos. La muerte es un fin perpetuo, una serenidad eterna, la vida es una batalla que siempre se pierde.

A Dios lo asocio con la ciencia, lo finito y lo infinito, lo racional, lo real y cognoscible, lo desasocio con rezos, imágenes, misticismos, textos sagrados, profecías y milagros. Mi Dios, es un Dios que está por encima de las alabanzas, las genuflexiones y las adulaciones. Mi lucha está encaminada a rescatar al hombre de sujeciones teístas que, obviamente, no provienen de ningún Dios, sino de los temores y de los vacíos existenciales del hombre mismo, pues estimulan la mente y la imaginación a crear providencias tutelares.

Cuántos seres sobre la Tierra debido a sus creencias religiosas o a su soltería sin interrupción, no han accedido a los placeres del sentido del tacto. Nunca han dado ni han recibido una caricia, un beso, una penetración. Despreciables e indignos de la especie pensante, son aquellos que encuentran gratificación en el ayuno, en la abstinencia y en el suplicio de las carnes.

No existe mayor pecado contra sí mismo que sufrir deliberadamente de látigos, silicios, cadenas y coronas de espinas para imitar el supuesto hijo de un supuesto dios, que semeja más un cruel demonio, el más perverso, porque exalta el dolor y conspira en su tétrica trinidad contra el deleite y el goce sensual, mientras amenaza con infiernos de dolor entre llamas sempiternas. Es así como se han sometido y se someten estos creyentes a prohibiciones, flagelos, actos de contrición, austeridad y disciplinas para expiar sus “culpas”. La vida de por sí es una mortificación, ¿para qué buscarle más?

La infame represión ejercida en los célibes (capados por la religión), va en contra de la naturaleza misma de la especie humana; es así como muchas veces se rompe. La furia seminal contenida se desborda, recurren entonces al onanismo, a la pedofilia o a amantes clandestinos, sin dejar de padecer un remordimiento torturante por haber quebrantado los antinaturales votos. Y cuando la represión de los impulsos sensuales es total, entonces es la psiquis la que se desborda en irrealidades, es decir, en demencia, en locura.

Vidas que por imposición o de manera deliberada no han realizado un ejercicio pleno de sus cinco sentidos, así como quienes no han disfrutado de ciertas horas de amor, no han vivido la vida, no han apurado la placidez en esa fuente que brota de nuestro corazón y de otro corazón en forma de gozo, y abren nuestra alma en un surco tan hondo que nada, ni las amenazas, ni las excomuniones y el horror de la eternidad pueden evitar.

Unos son mártires de un destino que no buscan, como mi vieja amiga Rebeca, otros porque su estupidez los arroja a semejante bajeza de espíritu. Sólo la brisa en algunas ocasiones sacuden sus pupilas, a su piel únicamente se aproximan los insectos con sus ponzoñas. Inutilizan sus sentidos y se embriagan de sensaciones imaginarias que los transportan a místicos estados de artificial dicha.

Con Gregorio accedí al exquisito placer de la palpación. A ese gozo, a ese deleite de encanto inigualable. En mi se desató un enjambre de sensaciones que jamás había experimentado con el acto de mi propia voluntad frente al ser amado. No es descriptible el palpitar de su corazón agitado contra mi cuerpo cuando me dormía acunada en los escarceos de su oleaje de estremecimientos.

Jamás olvidaré los primeros roces con su cuerpo ardiente que me sumergía en la profundidad de placeres ignotos, jamás imaginados por los torturadores de su propio cuerpo. Distingo en esa ensoñación sus vellos acariciantes, su voz susurrante, el dorso de sus manos en transcurrir por mi cuerpo, su sonrisa y sus deseos ensartados y exaltados en los míos. La pasión del amor puro en su máxima revelación. Sentirse dueño y amo de alguien sin ataduras que hieran u obliguen. Es el clímax, el orgasmo en la orgía que se bate en instantes inefables, donde el tiempo se quiere detener.

El filosofar fatiga, entonces dejémonos de disquisiciones y sigamos con la historia. A principios de la década del cincuenta. Llegué a Remedios. Podía decirse, sin hipérbole que en este pueblo minero del Nordeste de Antioquia podía asolarse el oro en cueros. Ocupo con mi Gregorio la casa de un antiguo superintendente de la compañía inglesa Bolivia and Frontino Mining Co. En las paredes lucen los retratos maltrechos de la Reina Victoria y en los rincones quedan envases de cerveza, revistas y diarios de Inglaterra.

Como en este mundo estábamos, poco tiempo después de llegar a Remedios, Gregorio y yo firmamos matrimonio civil ante el juez municipal Liborio Alcaraz. Se desata el escándalo, por todos los púlpitos de la diócesis trona pastoral del obispo Arcángel Builes:

Un hecho asaz doloroso ha venido a nublar la aurora de nuestro episcopado y a clavar una espina cruel en nuestro corazón de padre de almas: es el crimen de la apostasía que a los pocos días de nuestra consagración episcopal cometieron dos foráneos, precisamente en la parroquia donde tantas gotas de sudor brotaron de nuestra frente, tantas gotas de sangre se arrancaron de nuestro corazón y tantas lagrimas ardientes encharcaron nuestros ojos: en Remedios, la vieja villa de Nuestra Señora del Rosario, nuestra antigua parroquia, el rincón querido de nuestra diócesis donde almas buenas aman tanto a nuestro Jesús Sacramentado.

¿Y cuál fue el crimen que los llevó a tan horrendo crimen? El deseo de seguir sus caprichos, de obrar de conformidad con las perversas ideas dominantes hoy en multitud de almas, oponiéndose a la adorable voluntad de Dios manifestada por su esposa visible que es la iglesia; el deseo de casarse civilmente, realizando así de manera oficial el escándalo de unirse en público concubinato en el pueblo donde hay todavía mucha fe y mucho amor a Cristo, y ante autoridades inconscientes de su deber que obra a impulsos de un celo indiscreto y culpable.

¡Ay! de vosotros pecadores que no os unís bajo los vínculos del sagrado matrimonio que otorga con la bendición de Cristo la Santa Madre Iglesia, vosotros réprobos y apostatas amancebados por la apócrifa unión civil, de vosotros será el reino de las tinieblas y de los profundos infiernos donde caerais por acción de vuestro imperdonable pecado”.

Fdo. Teobaldo Arcángel Builes


En Remedios solía ir a las minas a caballo y por comodidad vestida de pantalón, y no tarda en llegar otra pastoral de Monseñor:

Más la dulce tirana, pero TIRANA, a última hora ha dejado de ser moda femenina en las mujeres para volverse en ellas mismas moda masculina, y han resuelto aparecer a la faz del mundo, pásmese el cielo, vestidas de hombre y montadas a horcajadas con escándalo del pueblo cristiano y complacencia del infierno. Es el ápice y coronamiento de la obra de los apóstoles de la moda indecente.

Ya desde la más remota antigüedad de los tiempos llamó Dios la atención de su pueblo sobre la calidad de vestidos que debía usar, prohibiéndoles llevar vestidos de lana y lino para que no se asemejen a los gentiles que usaban tales vestiduras en el culto de los falsos dioses y a pesar de que los vestidos de los hijos de Israel fue siempre talar tanto para los hombres como para las mujeres, aunque perfectamente distintos. El Espíritu Santo señala a las mujeres escandalosas con estas palabras: He aquí que la mujer le sale al encuentro con adorno de prostitución, preparada para engañar a las almas

Isaías amenaza con terribles castigos a las mujeres que se dejan llevar de la soberbia y de los excesos en el vestir. El apóstol San Pablo en su epístola a Timoteo, habla detalladamente de la modestia que el sexo femenino debe guardar: Las mujeres, dice, con vestido adornado, adórnese con pudor y sobriedad.

La naturaleza humana en su tendencia a la relajación de la moral, buscó maneras indecorosas de vestir, a través de los siglos; pero jamás llegó a soñar con implantar el uso del vestido de hombre para la mujer. Semejante invención estaba reservada para los tiempos modernos y a la nefanda acción de las logias.

No es raro encontrarse a las mujeres así vestidas en los hoteles, estaciones y plazas de los Estados Unidos y de otras naciones; pero si se quiere, cuidadosamente sobre la religión y la conducta de las tales, se obtiene como informe que pertenecen a alguna secta protestante, o que profesan el indeferentismo religioso, o que son de las que pisotean el pudor para entregarse a la vida licenciosa.

Por estas razones nos sentimos movidos a censurar y reprobar, como en efecto censuramos y reprobamos tal práctica ABOMINABLE ante Dios según el lenguaje de la sagrada escritura, reservándonos a Nos personalmente la absolución de este pecado contra la moral cristiana ( y hasta contra el mismo mandato de la razón natural) sin que puedan hacerlo ni coadjutores ni párrocos incluyendo venerables vicarios foráneos en ningún tiempo, sea que las mujeres se vistan así por liviandad o irreflexión, bien sea so pretexto de viaje en auto, a pie o a horcajadas, caso este último en que precisamente creemos que se peca contra la ley natural, por los desastrosos efectos que de esto provienen.

Y levantamos nuestra voz de pastor porque no queremos que una sola alma se pierda por un silencio culpable de nuestra parte. Vean nuestras mujeres que el demonio, valiéndose de la masonería quiere descristianizarlas, para precipitarlas de nuevo en el abismo de la abyección y esclavitud de que las libró Cristo Nuestro Señor mediante la redención, y sumergir así a la humanidad entera en un caos que acelere la catástrofe final.”

Fdo. Teobaldo Arcángel Builes

Muy lejos se hallaba todavía el lanzamiento del slack. Sólo por motivo de viaje, especialmente en cabalgata, muy pocas mujeres de la época usábamos esos trajes. Algunas osamos ir a horcajadas porque la otra posición constituía, además de exagerado esfuerzo, un autentico atentado contra el pudor. Los caballos galoperos lanzaban por los aires a las damas que hacían insoportable carrizo.

En muchas ocasiones me correspondió ver a lo largo del camino, como muchas mujeres tímidas y púdicas tratando de dominar las funciones de la equitación, descuidaban los pliegues de su falda, la cual resultaba elevada hasta más arriba de la cintura, dejando ver a muchos hombres sus blancas prendas intimas, produciéndoles insoportable rubor. Otras por cuidar a la vez riendas y pudor, terminaban en un recodo del camino, fuertemente golpeadas y resueltas a desistir del viaje.

Las mujeres como yo recién llegadas a la diócesis, nos sorprendíamos al saber que vivíamos en pecado por viajar a caballo con lógica y comodidad. ¿Cómo obviar en el confesionario la revelación del secreto? Muchos curas se hicieron sutiles o exigentes tratando de investigar si se obedecía a la pastoral promulgada un dos de febrero. Algunas penitentes intentaron ocultar su falta exponiéndose al sacrilegio, pero tras una pregunta suspicaz aceptaban su culpa, entonces eran remitidas a la sede diocesal para hallar reposo a su alma con la absolución del obispo, único que podía perdonar tan grave pecado, bajo severa penitencia y promesa irrenunciable o no volverlo a cometer jamás.

Así eran aquellos tiempos, yo nunca acate tan disparatada disposición pastoral, pero en la mayoría de las mujeres produjo consecuencias extrañas, algunas que trataban pasarse por la faja dicha disposición montaban a horcajadas pero con falda para no cometer doble falta, hacían su montura en carrizo, pero con su vestimenta estilo hombre. Tenían el convencimiento de que medio pecado era más fácil de perdonar.

Hay traumas psíquicos, algunas evitan el confesionario y al demorar su concurrencia al comulgatorio, son señaladas como réprobas y pecadoras. Esta montó a caballo como hombre- gritan los muchachos al verlas cruzar. No me dejo atemorizar y muy oronda monto a caballo a horcajadas y vestida de macho por la plaza de San Jerónimo, ¡qué osadía! el padre Abigaíl Restrepo me manda apedrear. La rapidez de mi cabalgadura evita que sea lapidada.

En algunos pueblos como en San José de la Montaña, San Andrés de Cuerquia y otros, el estigma tiene bastante parecido a la perdida de la virtud; con la entrega absoluta al demonio, casi con la prostitución. Y yo todo un jinete y casada por lo civil para la sociedad soy más que la encarnación de Belcebú.

Para muchas mujeres que han quebrantado la disposición, el trauma psíquico llega a ser tanto que se sienten poseídas por el demonio. Muchas enferman y mueren con su mente alejada de la razón. Infringiendo las disposiciones de la pastoral, la señora Eduviges Lopera Jaramillo de Sabanalarga, cae de su cabalgadura y sufre trauma craneal que le produce poco tiempo después ataques de epilepsia, todo fue interpretado como posesión diabólica, la señora fue exorcizada por el reverendo Eleazar Yarce, pero su padecimiento continuó hasta morir en uno de los ataques.

Por temor a la maldición, por decenas de años las mujeres prefieren ir a píe leguas y leguas. Se apela a la silleta para evitar el sacrificio. Como en la época de la colonia, surgen de nuevo los conductores a espaldas, el hombre retorna a la condición de jumento para no violar disposiciones episcopales.

Ahora a más de medio siglo después de promulgada dicha pastoral, puede imaginarse como en aquella época apenas había camino carreteable entre Medellín y Bello y que para llegar a las poblaciones de la diócesis de Santa Rosa era necesario viajar en tren hasta alguna estación para luego emprender azaroso recorrido por cuestas y canalones por horas que muchas veces acumulaban días. Puede entenderse las consecuencias de tan famosa disposición obispal. Fue excesivo imponer algo tan riguroso para gentes obligadas a movilizarse por primitivos sistemas, con la simple motivación de haber observado modas y costumbres reprobables en otros países.

Hubo curas que extendieron su intransigencia a los bailes familiares. No podían formarse parejas mixtas. Si danzaban tenían que hacerlo hombres con hombres y mujeres con mujeres. Ellas se entretenían enseñándose unas a otras los pasos, por cierto muy poco sensuales. Los aprendían como nuevo y exótico secreto. ¡Ay de la que fuera sorprendida bailando con un varón! Ernestina Alzate fue pulpitiada y anatemizada en Donmatías por bailar cogida de la mano con su primo Lázaro en un bazar. De igual manera, su pariente de apellido Pemberty fue reprendido y señalado públicamente como perverso instigador al pecado. Las regiones de la diócesis donde se practicó el baile mixto, como en la minera Segovia, fueron citadas como lugares visitados por el diablo e inconvenientes para la presencia de cristianos.


Las mujeres de hoy no saben que sus antepasadas sufrieron tantas dificultades cuando solicitaban los sacramentos de su religión. No juzgan que es pecado cabalgar a horcajadas, usar trajes de corte masculino y acatar las disposiciones de la moda. Hoy entran a los templos de minifalda, de slack o de conjuntos; y así reciben los sacramentos. No se discriminan por el atuendo. Hoy se acepta la moda como expresión de una época y no como demostración de la moral de una persona.

Igualmente, el venerabilísimo obispo erige como pecados el mambo y el liberalismo. Arrecia todo su verbo pontificio cargado de veneno divino contra: carnavales, fiestas sociales, baños mixtos, póker, cabarets, cines, emisoras de radios, excursiones, sindicatos, libertad de cultos, hijos naturales, libros y novelas. Se salvaron de los anatemas la televisión, la Internet y los juegos electrónicos, porque aún no se conocían. Los que si no se salvaron fueron los ferrocarriles, de los cuales lanza denuestos por ser vehículos en donde se transporta Satanás para penetrar en tierras virginales para corromper almas cristianas. El reverendo mitrado sólo se mueve por el estrecho margen del dogmatismo recalcitrante y la extrema ortodoxia, así no busca el dialogo, apela al báculo para golpear inmisericordemente a los que no acatan sus inexorables conceptos y preceptos. Mente rupestre, arcaica, pero en uso, el medioevo sigue enseñoreado en estos predios aún no descubiertos en su totalidad.

Como antes dije, para montar a caballo siempre utilice pantalón y lo hice a horcajadas, pero a un alto costo. Muchos parroquianos evitan mi encuentro y de lejos se santiguan. Me llega un recuerdo: un domingo poco días antes de salir para siempre de Remedios, en el mercado de la plaza, mientras compro algunos víveres, un grupo de personas, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, comienzan a asediarme con sus miradas inquisitivas, siento temor. Por una de las calles corro con un trabajador que me acompaña. La horda me sigue, es mi fin, pienso, trastabillo, caigo de bruces, el tumulto se me viene encima, espero los golpes, pero sólo siento abluciones, rezan gesticulan y a una sola voz gritan: Por la acción de esta agua bendita Satán, demonio abandona esta mujer en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Empapada estoy, todavía en el suelo - santígüese, santígüese - me ordena un viejito calvo de ojos brotados, verdadera cara de demonio. Me echo y me echo bendiciones mientras me levanto del suelo sin ningún auxilio. ¿Qué más podía hacer? - No peques más, vuelva a Dios - me dice una mujer regordeta de nariz prominente que le configura una cara de bruja. Dos jóvenes de aspecto campesino hacen con sus dedos las señales de la cruz, me rodean y gritan a una voz: Por la gracia de Dios y del Espíritu Santo, demonio abandona este cuerpo, por las llagas de Cristo redentor, maldito Satán deja en paz a esta mujer.

Lloró no de miedo sino de rabia. - Se está arrepintiendo- gritan. Con sus manos entrelazadas en el pecho de donde cuelga un rosario, una anciana de catadura bondadosa, con reverencia de santa me ruega: arrepiéntase, vuelva a Dios, confiésese y comulgue hoy que es domingo. Ante tal embrollo prometo cumplir sus suplicas. Enardecida regreso a la mina y preparo mis bártulos para no volver jamás a ese pueblo de mierda.

Remedios, para Gregorio es de intenso trabajo intelectual y físico; escribe y escribe lee y lee. Actúa como capataz de mina, luego como comprador de oro que luego revende en Medellín. Allí visita bibliotecas, universidades y librerías. Adquiere nuevos elementos que le permiten ampliar sus conocimientos y escribir sus tratados y ensayos. Elucubraciones, sólo compartidas con unos pocos amigos, pues ningún periódico ni liberal ni conservador, aceptan publicar alguno de sus escritos.

Hasta que la tierra agota sus entrañas doradas, sólo quedan huecos y deforestación. Fue así como a principios de la década del sesenta nos trasladamos a la población de San Jerónimo en la región del Occidente. Allí adquirimos una finca para la explotación ganadera y agrícola. Y conozcan la tragicomedia que se desarrolla, sus protagonistas el cura y algunos parroquianos, entre ellos nosotros; y, cuando digo nosotros somos Gregorio y yo.

Cabe anotar algunos datos del cura protagonista de esta tragicomedia. Abigail Restrepo fue, prácticamente, cónsul de la diócesis de Santa Rosa en Medellín. Nadie recuerda haberle conocido joven. Menudo de regular estatura y ojos de mirada inquisidora. Como Dios, estaba en todas partes pero pasaba inadvertido. Era cura diocesano de Builes, aunque eximido de ordinarios deberes, pues vivía en un minarete frente a la iglesia de la Veracruz.

Vecino del diario La Defensa y en intimidad con dirigentes conservadores. Mentor espiritual de los jefes y copartícipe en decisiones políticas. Tenía atractivo para las mujeres, pero las consideraba suscitadoras de tentaciones, camino de perdición. Dueño de un restaurante en el centro de la ciudad, lo hizo famoso el reunir en él una convención de partido: por única vez en su vida el patricio conservador Luis Navarro Ospina entró en un bar; y en horas avanzadas de la noche.

Designado párroco de San Jerónimo, municipio de inmensa mayoría liberal en la diócesis de Builes. Abigail encuentra pocas afinidades. Además, parece solazarse creando tirantez. El siete de septiembre de 1963 se produce un documento encabezado con las firmas de Alfonso López A., Héctor Parra, Federico Múnera, Mario Suescún, Carlos Suárez Acevedo, Gregorio Goenaga y Raquel Restrepo, nos quejábamos del cura:

Desde que el presbítero Abigaíl Restrepo se hizo cargo de los destinos de esta parroquia, reemplazando al muy virtuoso y querido sacerdote Gabriel Posada, que en paz descanse, ostensiblemente se ha manifestado enemigo de este pueblo, mirando a su gente con desprecio, tratándola en forma despótica y despectiva, como si no mereciera su confianza y no fueran sus feligreses.

Viene día a día acabando con el culto por su exagerado fanatismo y por la forma como maneja y dirige a sus fieles. No nos explicamos el motivo por el cual no nos quiere el presbítero Restrepo cuando nosotros lo respetamos y procuramos obedecerle en todo lo que tenga el razón. Lo que si no podemos, no debemos sin comprometer nuestra conciencia, es acatar sus caprichos, porque no es del católico el sometimiento ciego, sino del esclavo.

No podemos estar con el ánimo y deseo del párroco Restrepo, cuando él está en contra de las instituciones educativas del pueblo, con el firme propósito de acabar con la Escuela Vocacional Agrícola del Municipio; plantel con más de 30 años de historia, donde se han forjado cientos de hombres útiles a la sociedad. Ahora arriesgan quedarse sin estudio 130 niños a quienes ha escandalizado diciéndoles que los profesores son ateos y comunistas y que tal entidad ningún beneficio presta a la juventud.

Lo de la escuela vocacional había sido un concepto del reverendo Abigail, expedido en circular del 18 de julio de 1963:

Tal como está organizada la Escuela Vocacional no ofrece a los jóvenes y a los niños ninguna garantía para su porvenir, ni en el orden puramente especulativo ni en el orden práctico. Los que terminan sus estudios allí poco aprenden de labores agrícolas, pero sí de teorías materialistas que sólo sirven para confundirlos y apartarlos de los rectos y claros caminos de la Santa Madre Iglesia. Los profesores Atanasio Rosales, Evergistro Céspedes y un tal Abelardo Abad Santos, de apellido sagrado, pero de mente corruptora. Estos tres individuos son un verdadero peligro para la niñez y la juventud de este católico pueblo, donde se venera la Imagen del Milagroso Crucificado desde hace más de una centuria.

De manera poco cauta, nosotros los autores de la protesta, la enviamos también al obispo Arcángel, quien consideraba a su curita Restrepo como la verdadera encarnación de la ortodoxia con camino expedito al cielo, sin obstáculos purgatorios. Por lo tanto su respuesta se manifiesta mediante el lenguaje de la mudez, que también trae su mensaje. No obstante, la pugnacidad entre el padre Restrepo y sus impugnadores se hace pública. En octubre de 1963 el obispo determina soltar su lengua de fuego para plasmarla con el siguiente Decreto:

Nos Teobaldo Arcángel Builes, por la gracia de Dios y de la S.S. Apostólica, obispo de Santa Rosa de las Espinas,

Considerando:
1°. Que el señor Gregorio Goenaga y su indignísima concubina Raquel Restrepo Jaramillo, al igual que el señor Mario Suescún han publicado con sus firmas unas hojas volantes lesivas del buen nombre sacerdotal de la jerarquía eclesiástica y de la religión católica en general;

2° Que el señor Aicardo Montoya, en su carácter de presidente del Concejo de San Jerónimo, autorizó con su firma la lectura por los altavoces del municipio de una hoja que contiene la afirmación herética de que las penas eternas sólo son aceptadas por los ignorantes;

3° Que el pueblo de San Jerónimo se ha solidarizado con estas actitudes y aún ha desobedecido órdenes expresas nuestras, como las dadas con relación al pervertido manejo de la Escuela Vocacional.

4° Que es deber de los obispos velar por la pureza de la fe y por la conservación de las buenas costumbres y el espíritu cristiano, facultado por los cánones 2222 y 2344,

Decretamos:

Art. 1° Declárase infames y excomulgados a: Gregorio Goenaga, a su concubina Raquel Restrepo y a Aicardo Montoya, con todas las consecuencias canónicas que ello conlleva.

Art. 2° Declárase en entredicho la ciudad de San Jerónimo por tiempo indefinido. No incurren en este entredicho los campos de la parroquia, donde habitan humildes y obedientes cristianos.

Art. 3° Se suspenden todos los oficios religiosos en el templo del pueblo y serán trasladados a Sopetrán el Santísimo y el Milagroso a dobles de campana.

El presente Decreto será leído en las parroquias de San Jerónimo, Ebéjico y Sopetrán en días de concurso.

Abigaíl Restrepo realiza el traslado rodeándose de tal boato y publicidad que parece más bien un carnaval que un hecho lamentable. Además, a los dos meses se declara resarcido por un incidente coincidencial, propio de la fe de gentes rupestres. El 29 de julio Aicardo Montoya, presidente del Concejo y declarado infame por decreto, suscribe un mensaje al obispo Builes con la firma de otros ciudadanos, donde no aparece la de mi esposo ni la mía; suplican por el restablecimiento de los oficios religiosos y el fin del entredicho. Esa noche, ya algo septuagenario y con problemas de presión y circulación, repentinamente fallece don Aicardo.

Los familiares piden se autorice exequias religiosas, por la buena voluntad por él exteriorizada horas antes de su deceso. Se le responde que como no había pedido perdón específicamente no se accede a tal solicitud. El reverendo Abigail se excede proclamando a los cuatro vientos que es un castigo divino y que cosas peores sucederán en San Jerónimo y sus alrededores por el desacato al párroco. Algunos juzgan esta actitud como brote de sevicia del santo prelado. Que lo lleven al muladar grita el cura desde su transitorio despacho en Sopetrán, que le sirve de mirador sobre sus feligreses sancionados.

Siete días después, un martes de lluvia, en su cabalgadura, Gregorio se dirige de la finca al pueblo, a poco más de cinco kilómetros de distancia. Por entre matorrales asoma una escopeta hechiza; desde mi estancia escucho dos detonaciones. Ataque a mansalva, de bruces y sin vida cae mi esposo al fango del camino. Los impactos le comprometen la base del cráneo y las tres primeras vértebras cervicales. Los balines que sirven de taco a la escopeta están marcados con cruces.

¡Al muladar el ateo blasfemo!, trona de nuevo el púlpito de Abigail. En un espacio reservado para suicidas y ateos en el Cementerio de San Lorenzo en Medellín, le corresponde a mi amado esposo el último reposo de su cuerpo. En los mismos momentos que con unos pocos amigos le doy pagana sepultura, en llamas se envuelve la casa de la finca de San Jerónimo. Llegó la maldición de los ateos, apostatas y blasfemos, es la creencia generalizada en San Jerónimo.

Ese changonazo te curó de esa enfermedad terrible que es la vida, evitó que la vejez te insultara y que la enfermedad te atormentara, ahora mi vida pasa por esos insultos y esos tormentos.

Aicardo Montoya Y Gregorio Goenaga, vista a la luz de la razón de la mayoría de los mortales, han pagado el más alto precio. Los demás firmantes se sienten complacidos con la reapertura de la parroquia el 18 de diciembre. Pues había llegado el castigo y también la recompensa. La entrada de Abigaíl es un remedo de domingo de ramos, palmas, vítores y la banda de Santa Fe de Antioquia, invitada para la ocasión. El obispo pudo designar otro párroco, pero quiere escarmentar a los opositores del párroco, lo devuelve vivito y coliando.

El mitrado Arcángel levanta la sanción a San Jerónimo. Abigaíl llega a restaurar los oficios y dizque a preparar la entrega de la parroquia, pero su firme propósito es acabar con la Normal de Señoritas y perpetuarse en su posición, cual monarca destinado por designios divinos. Todavía con el rescoldo tibio de las muertes y los anatemas, Mario Suescún Suárez y yo nos atrevemos de nuevo, en noviembre de 1963 difundimos un nuevo volante:

Por insinuación de algunos concejales que aún están creyendo que los problemas se solucionan de rodillas, pidiendo perdón y haciendo genuflexiones públicas en nombre de un pueblo no muy acostumbrado a prosternarse y a inclinar la cabeza ante las sinrazones, nos habíamos abstenido de comentar la presencia del presbítero Abigaíl Restrepo. Pero como la presencia en este pueblo del mencionado sacerdote dizque era apenas por algunos días, apenas los necesarios para cuadrar sus libros y preparar la entrega de la parroquia, nos parece muy conveniente hacer las siguientes observaciones: Creemos que 45 días son suficientes para entregar una parroquia.

Nadie protesta, nadie se atreve a solicitar justicia para sus intereses, porque a cada momento se nos amenaza con los más crueles y ridículos castigos eternos, con los diablos y las maldiciones. Pero aguantémonos y dejemos que el presbítero Abigaíl Restrepo termine con todas las instituciones de este pueblo. Ya sus intenciones no sólo están con acabar la Escuela Vocacional, sino también la Normal, al acusar a tres de sus profesores, seguramente el gobierno le hará caso, pero nosotros estamos en la obligación de defender nuestras principales instituciones educativas: La Normal de Señoritas y la Escuela Vocacional.

Y se desata la guerra santa. Un grupo de parroquianos (recomendados por Abigaíl), con doscientas firmas acreditadas, envía una comunicación a Miguel Zapata Restrepo, director de Clarín, principal noticiero radial de la época en Antioquia:

Por su digno conducto queremos hacer pública manifestación de protesta contra la guerra que Satanás quiere hacer en nuestra parroquia de San Jerónimo encarnada en Mario Suescún Suárez y Raquel Restrepo Jaramillo. Estos impíos, merecedores del más profundo de los infiernos, han tenido la desgracia de repetir su atentado contra Cristo y su Iglesia, haciendo imprimir, como lo acostumbran, hojas volantes en las que niegan la Eucaristía, diciendo que es un símbolo.

Para ellos la jerarquía no merece ninguna consideración, sino que de ella tiene el más despreciable y vil concepto. Sobre todo, despliegan su satánico odio contra nuestro benemérito, amado y bondadoso señor cura párroco, el reverendo sacerdote Abigaíl Restrepo, llegando a calumniarlo por sus procedimientos que todos, sin excepción, redundan para gloria de Dios y bien de las almas. Rogamos, pues al señor alcalde de la población y al honorable concejo, pongan su empeño en remediar este mal, pues Dios consiente, pero no para siempre.

Posdata

Caracterizado por las indulgencias que prodiga a manos llenas y en su inmensa benevolencia, el reverendo padre Abigaíl Restrepo está dispuesto a practicar exorcismo en el señor Suescún y en la señora Restrepo, para que el demonio abandone sus espíritus y vuelvan al redil de Cristo y se garantice la salvación de sus almas. Igualmente, para que el pueblo se apacigüe en la obediencia que se debe rendir a las sagradas escrituras y por ende a los prelados de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Se omiten las firmas, pero se mencionan algunas asociaciones y cofradías (algunas surgidas de un momento a otro) cuyos miembros, no todos, han hecho sus firmas a ruego: la Asociación de Madres Católicas, La Cofradía del Espíritu Santo, Grupo de Oración la Varvanela, Sociedad de la Temperancia San Licinio Mártir, entre otras.

No nos sentimos derrotados, con el apoyo de otros ciudadanos imprimimos otras hojas volantes, donde plasmamos algunas disquisiciones del fogoso anticlerical del siglo XIX José María Rojas Garrido. Allí dejamos por el suelo los milagros y las penas eternas a que tanto hacía alusión Abigail en las peroratas de sus sermones. Sermones que termina, primero con sus manos y su mirada dirigidas hacia la altura de los cielos, como para recibir la inspiración divina; luego con mirada y rodillas contra el suelo como para desafiar las profundidades del dios de las tinieblas, mientras pronuncia su indefectible sentencia: Mis palabras vienen por inspiración del Espíritu Santo .

Luego grita a todo pulmón: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva nuestro patrono San Licinio Martir!, ¡Viva Azulino Gómez!

La respuesta no se hace esperar de los adeptos a Abigail, quienes envían al alcalde la siguiente misiva:

El derecho a irrespetar no existe, señor alcalde. Cada católico se siente injuriado cuando se ultrajan sus creencias y las jerarquías de su Santa Iglesia. Por eso suplicamos a usted la protección debida; que se respete nuestras creencias y nuestros sacerdotes, antes de que caigan más maldiciones sobre el pueblo. Le rogamos se impida la propagación de tantas apostasías que alteran el espíritu cristiano y amenazan la paz.

Como en la época de la Reforma, se abre un triángulo de guerra santa. Después de San Jerónimo, incidentes parecidos se presentan en Ebéjico y en el corregimiento de Palmitas.

El 22 de noviembre sucede una reacción tumultuaria contra predicadores protestantes en Palmitas. Sujetos enardecidos por la ortodoxia diocesana se arman de su lengua, de piedras y palos para insultar y lapidar a los predicadores herejes, que con atrevimiento ponen en duda la divinidad de María.

Un evangélico afro americano venido del Norte, a quien llamaban mister Albert, pues fingía saber inglés, casi pierde un ojo por acción de un palo de escoba empujado con ímpetu por la defensora de la fe Altagracia Tabares. Tres mujeres de vestido largo y acento extraño salen descalabradas por otros místicos energúmenos, quienes con toda la fuerza de su fe lanzan piedras contra sus humanidades.

El ciudadano Mauro Pérez Cano acusa al cura Roberto Peláez Zuluaga de golpear con sus puños a la anciana Rosalía Correa, a Margarita Gómez y a un hermano de ésta. La lucha religiosa se extiende por la región: Palmitas y San Jerónimo tienen sus cabeceras a tiro de fusil, el volcán comienza su erupción atizado por predicamentos bíblicos.

A finales de 1963, la lava volcánica llega hasta la vecina población de Ebéjico. ¿Y cuál fue el motivo? Helo aquí: con bombos y platillos se anuncian fiestas a realizarse entre los días 28 de diciembre y el 6 de enero de 1964. Objetivo: recaudar fondos para el Colegio de Varones San José, plantel fundado por cívicos parroquianos. En el programa figura un reinado juvenil con dos candidatas. Los coterráneos acogen con entusiasmo tan alegre reinado y en todo pensaban menos en la diócesis y en el obispo. El báculo golpea el diocesano suelo y lo estremece. Retumba la iracundia de Arcángel Builes:


Sr. Cura Párroco
Ebéjico

Acabo de informarme celébranse en esa parroquia diez atroces días de fiestas profanas, empezando el fin de este año y al comienzo del venidero, con gravísimas ofensas a la Divinidad, en vez de empezarlas en el alma cada feligrés como está ordenado en la diócesis. Deberá Usted consumir totalmente el 28 las sagradas especies (vino y hostias), cierre templo y capilla de religiosas que permanecerán clausuradas hasta el martes 7 de enero, cuando pueda consagrarse de nuevo y abrir templo y capilla. Sacerdotes ausentaránse donde quieran para hacer algún bien.

Ruego acusarme recibo, Bendígolos, Obispo

Los parecidos con la Ginebra de Calvino en el siglo XVI, no son meras coincidencias, es una prueba más de cómo aflora la estupidez humana en todos los tiempos y lugares, y más, cuando de halagar a dioses se trata. Los truenos obispales causan pavor. Clara Rosa Muñoz Mesa y Flor Adela Guerra Berrío, candidatas al reinado cívico, corren a guarecerse y con golpes de pecho, de rodillas y suplicantes caen ante el prelado:

Excelentísimo señor obispo. Acatando sus sabias disposiciones y atendiendo apremiante solicitud párroco Ebéjico, renunciamos a reinado y festejos. Imploramos piedad para nuestro pueblo, bendición para nosotras.

Seguramente, quedaron benditas sus almas, lo mismo que la de los miembros de la Junta organizadora, quienes a lo último hacen unas fiestas casi patronales y los fondos no los destinan para el Colegio de varones, sino para la Normal Superior de Señoritas Nuestra Señora de Fátima.

El párroco no sólo hace sentir el estruendo de su poder sino que gana unos pesos para la Normal que funciona bajo su tutela. Informa al obispo que los malos se han puesto en gracia de Dios, que Satanás huye de Ebéjico con el rabo entre las patas y que la virtud de nuevo se enseñorea del pueblo.

En Gregorio no hubo piedad y docilidad, dos aparentes virtudes que han entrañado profundas fuerzas de inercia en la inmensa mayoría de la especie humana. Las mentes gregarias lo único que han conquistado es ser estúpidas, muy dudoso es que hayan alcanzado un querubinato celestial. Espíritus entregados servilmente, han considerado por milenios a la Divinidad un ser venal que se alimenta de glorias cantadas, rezos, penitencias y llamas, cuando lo único que producen estos detestables incensarios humanos son mezquindad y sombras. Es así como la mentalidad individual está configurada por la mentalidad colectiva de tantos siglos de supersticiones e irracionalismos.

El hombre se ha preocupado más en halagar a los dioses, en construirles templos, mezquitas, sinagogas, pirámides y ornamentos, que en conocerse y edificarse así mismo. El hombre no ha sido esclavo de sí mismo ha sido esclavo de los dioses.

Soy ciudadano del mundo y no parroquiano de un solo pueblo. El Dios que yo concibo disfruta más de un orfanato que de un lujoso templo, le place más una limosna bien entregada que una custodia de oro; le halaga más una palabra conciliadora que eternas peroratas adulatorias; le es más grato que se comprenda la vida y el hombre en su devenir constante, que se enmarquen ésta y aquel en dogmatismos lesivos y estériles.

El Dios que percibo no lo veo en las estatuas mudas de las iglesias, impertérritas frente a las llamas trémulas de las veladoras, sino que se mueve en la naturaleza y en la vida, no está ni estará jamás confinado tras muros de templos, en incensarios y en procesiones. Mi Dios no está en la lejanía de la adoración ni en la postración de la culpa, está en la inmediatez del amor, en la dignidad, en el logro de la hazaña, está por encima de la ignorancia. Dios para mí es una perpetua fuerza generadora no confinable. Dejad salir a Dios, decía sabiamente Diderot.

Debemos ser consecuentes con Diderot cuando dice: El modo de adorar al verdadero Dios no debe estar nunca separado de la razón, ya que Dios es el creador de la razón y desea que los hombres la usen, incluso en lo referente al él mismo. En vez de ser la teología la que proporcione los postulados a la ciencia, es la ciencia la que debe proporcionar los postulados a la teología, así el hombre no andaría tan desenfocado y perdido en cuanto a los que es la concepción o la conceptualización de una posible Divinidad.

El hombre antiguo y actual se ha aferrado y se aferra a su Dios por liberarse de sus juicios tenebrosos, de sus iras y por hacerse acreedor a predios celestiales en una supuesta eterna vida después de la muerte. Con el Dios de la religión la relación es interesada, porque hay milagros, porque hay promesas que se acceden a ellas mediante rezos, ritos y sacrificios irracionales, pues de manera pueril se cree que así se complace y se compra a la Divinidad.

La Divinidad sin poder para hacer y conceder las suplicas de los creyentes y penitentes no existe no puede existir para los hombres-rebaño, mentes estandarizadas, producidas al por mayor milenio tras milenio. Es dado reflexionar, esa Divinidad que todo lo conforma, concebida en los postulados de un panteísmo evolucionista, ¿será la única que existe?, pues es la que el Hombre ha encontrado de manera racional y despasionada, como producto del ejercicio de sus facultades intelectuales en la legítima búsqueda de conocimientos.

La historia atormentada de la humanidad en ningún periodo ha demostrado que corresponde a los planes de un Dios providente que sólo proporciona armonía; ésta se ha desenvuelto entre el orden y el caos, entre el bien y el mal, por acción de fuerzas contrarias que son inherentes a la naturaleza. La humanidad ha transcurrido en una concatenación de escándalos, guerras, enfermedades, inconmensurables dolores físicos y morales, es decir, sufrimientos, padecimientos y tormentos. Es así como, en ningún momento histórico se ha notado lo que podríamos llamar una tutela providencial.

Con el fin de proporcionar reflexiones que le permitieran al Hombre desprenderse de su espíritu gregario, Nietzche utilizó sentencias y aforismos. De un cuaderno de Gregorio salvado a medias de las llamas, pude rescatar parte de otra obra inédita, escrita a la misma manera del filósofo alemán titulada:



Vías a través de las contravías


La hipótesis de Dios no le ha aportado soluciones significativas al género humano, por el contrario lo ha lacerado, encadenado y suscitado enfrentamientos, guerras y conflictos.

Las religiones y los dioses (tradicionales) deben dejar de existir. El hombre debe de reasumir los valores que desde tiempos inmemoriales ostentan éstas y éstos como: la caridad, el perdón, la solidaridad, la fraternidad etc. Estos valores deben practicarse en nombre del hombre y no de seres hipotéticos.

Mis pecados son una forma de mi genialidad (si la tengo)

Vivimos para morir, nacer es empezar a morir. Las tumbas son espacios contenedores de las verdades irreveladas. Pensemos: ¿nosotros elegimos el mal o el mal nos elige a nosotros?

El corazón tiene bobadas que la razón no admite

El ir muriendo es el ir desprendiéndonos de los deseos.

Quien no desea ni tiene pasiones o tentaciones, sólo le queda mirar por la ventana de la muerte.

Somos árboles germinados en los terrenos de la Cultura, formada ésta en un espacio y en un tiempo determinados.

Para que exista la fe religiosa es necesario desacreditar la razón, el conocimiento y la investigación.

La fe no oye, ni ve ni entiende la realidad, pero produce íntimos sentimientos de placer y autoafirmación, por eso pervive y pervivirá milenios, es tan indestructible como muchos virus.

El cristianismo no es la única verdad, es una de las muchas mentiras.

La máxima expresión de sadismo que se encuentra en la memoria del Hombre está en el Padre de la Trinidad cristiana, insaciable de dolores y sacrificios satisface su apetito voraz no sólo del sufrimiento de la humanidad, sino de la de su propio hijo. El sacrificio del inocente por los pecados de los culpables; eh ahí la justicia del terrible Padre de la Trinidad cristiana.

La máxima expresión de masoquismo que se encuentra en la memoria del Hombre está en el hijo de la Trinidad cristiana, se satisface de su pasión, crucifixión y muerte para complacer la insaciabilidad de su padre por el dolor humano. Redención dicen los creyentes para enmascarar esa evidente, reprochable e indignante manifestación de sadomasoquismo y crueldad.


Uno de los actos más grandes de injusticia de que tiene memoria el Hombre, está representada en la muerte del hijo, es el sacrificio del inocente por los pecados de los culpables.

El cristianismo en su pureza es un auténtico sadomasoquismo. El máximo invento de la estupidez humana está en el Espíritu Santo de la Trinidad cristiana.

La historia del cristianismo, es la historia misma del sufrimiento de la humanidad hace dos mil años.

Los cristianos adoran la cruz donde fue inmolado y murió su Señor, es como si los amigos, familiares o seguidores de quienes murieron en la guillotina, adorarán o sintieran simpatía por tal aparato.

La única verdad del cristianismo es que es una mentira.

El cristiano no mira más allá, sólo mira dentro de sí y a través de la “verdad” revelada en un texto “sagrado”. De ahí su histórica aversión a la ciencia, la razón de sus errores y la causa de sus mentiras.

Decir que el Hombre no es inmortal, no excluye necesariamente la existencia de Dios como lo consideran los cristianos, que se aferran de su dios por asirse de su eternidad.

El Jesús de la fe (imaginación, sentimiento, especulación) está a prudente distancia del Jesús real e histórico (racional, objetivo, desapasionado)

El Cristo de la conciencia cristiana es un tenue eco del Jesús histórico que existió.

El cristianismo históricamente, también ha servido como instrumento de dominación para sostener monarquías y papados y para mantener sometidas y al margen de la sublevación a las clases inferiores.

El cristianismo con sus sectas multiformes está entronizado en los creyentes por medio de un auto-engaño inconsciente.

El sacerdote vive de la inmundicia porque vive del pecado y de la mentira; sin la noción de pecado y el sostenimiento de la mentira de una vida eterna, no subsistiría este espécimen aborrecible.

Sin las nociones de pecado, culpa, castigo y perdón, no tendría razón la existencia de los sacerdotes o pastores, su existencia parásita y rastrera sería imposible sin los nutrientes de estas nociones. Los cristianos predican humildad de su Dios y lo alaban como al Rey mundano más ostentoso y sediento de pleitesía.

La naturaleza divina es la única que puede ser absolutamente sabia, poderosa, autosuficiente. Dios es del único ser que se puede hablar en términos absolutos, por eso no necesita absolutamente de nada de los míseros humanos, la naturaleza humana es la que necesita de la divina (pero, ¿se ha visto su protección?) y no lo contrario, ni siquiera recíprocamente. ¿Cuando se detendrán los aduladores en ofrecerle gloria a Dios (sin poseerla) cuando por ser perfecto no carece de ella ni la adquiere de fuentes que no la sustentan y menos la producen.

Dios por el hecho de ser Dios, es autosuficiente, provisto de la suficiente gloria y no requiere de glorias y amores, y mucho menos de ese tipo de amor mezquino que el hombre religioso le dedica; cree congraciarlo dándose golpes de pecho y diciendo “ Señor te amo por encima de todas las cosas”. Siendo en su situación real un mendigo de amor, un ser incompleto que clama para satisfacer sus necesidades y deficiencias; o sea, ofrece glorias y amor sin tenerlos, entrega sacrificios (cree que Dios se place con dolores humanos) que aumentan sus sufrimientos; como máxima ofrenda entrega la vida, cuando no es su dueño absoluto. En fin, el ser religioso ofrece de lo que carece y da lo que no tiene a un ser que supuestamente lo tiene todo.

La devoción es hija de la ignorancia o la ignorancia es la madre de la devoción.

Millones de creyentes creen que con insensatas lisonjas y mezquino servilismo se hacen merecedores a preferencias o prebendas celestiales; tal vez se equivocan, es muy posible que Dios no sea un venal amo que se satisface y se deja comprar por tan ruines actitudes, que no sólo minimizan al Hombre sino a Dios mismo.

Los mártires afrontaron bestias feroces y la hoguera, los místicos y ascetas los silicios y la renuncia al mundo, acicateados por una esperanza y una recompensa; su actitud “virtuosa” no está determinada por una acendrada abnegación, sino por un impulso mezquino dirigido a obtener un fin egoísta: el Cielo.
El infierno no es un castigo de Dios, es un premio del diablo quien acoge a quien no se porta como quería el primero.

Esos dioses a quienes hay que arrodillárseles, rogarles, suplicarles, implorarles, alabarles, adorarles y ofrecerles sacrificios para que hagan un favor, una caridad o dejen derramar sus cacaraqueadas misericordias no son dioses, no merecen serlo, sólo son monstruosidades creadas por la imaginación aberrada de los hombres.

El cristiano es un hombre-rebaño, es parte de la producción estandarizada de la humanidad perdida en el laberinto milenario de la estupidez.

Cuando el hombre sale del laberinto y piensa distinto es extravío o cayó en la tentación.

Hábrase visto dios más perverso que el concebido por el judeo-cristianismo; sacrifica al justo por las culpas de otros, se nutre de penitencias y sacrificios no sólo de sus criaturas y animales, sino de las de su propio hijo.

Envía a la vida a unos seres que no se lo solicitan, los inculpa de un pecado (original) que no cometieron. El único pecado original es la mentira con que el Hombre asume su vida al nacer.

Sus criaturas quedan como condenadas potenciales si no se someten a sus caprichos. Crea todos los seres humanos, a unos los convierte en pueblo elegido a otros, en parias. Cuenta con ejército de ángeles exterminadores para aquellos que no son del pueblo de su preferencia. Como terrible juez, le tiene preparada a sus criaturas un juicio (final) con penas en fuego eterno.

Por mero capricho predestina a unos y condena a otros. Envía diluvios, plagas, convierte ríos en sangre y gentes en sal. Amenaza con no dejar piedra sobre piedra. Rivaliza con demonios que dejan mal parada su omnipotencia. Hay un dios fragmentado en tres

Su voluntad se compra con genuflexiones, ritos, penitencias, pleitesías y sacrificio de animales. Su seno putrefacto ha engendrado las más pestilentes doctrinas, reformas y sectas, que han hecho padecer a la humanidad más allá de su física y moral resistencia.

El mundo de ficción del cristianismo está encarnado en los siguientes conceptos, muy bien inventados para las masas de espíritu gregario: juicio final, pecado original, reino de Dios, tentación del diablo, vida eterna, perdón de los pecados y resurrección de los muertos.

¿Qué día desde el inicio del cristianismo ha pasado sin que se eleven plegarias, se celebren misas y se ofrezcan penitencias y sacrificios para pedir por la paz y la justicia? ¿Qué día de nuestra era ha pasado por este mundo sin que en él no haya guerra, violencia e injusticia? ¿Donde están los efectos tangibles y reales de estos ruegos tan sinceramente pronunciados por los devotos? Se argumenta que es el Hombre quien no se procura la justicia y la paz. Bueno, sí entonces sólo depende del Hombre, ¿para qué se invoca a la Providencia a intervenir?

Si en algún lugar o vía no está Dios, es en el cristianismo, es un concepto falso y cruel de ese ser, supuestamente perfecto. Lo que el hombre cristiano incluye en su cielo, lo excluye de su ser verdadero.

Los fieles en Cristo sólo deben considerarse como peregrinos ajenos a este mundo, según palabras de San Pablo, “Tú no puedes servir a Dios y gozar al mismo tiempo lo que es terrenal”. Qué gran iniquidad, según este santo tenemos que renunciar a la esencia misma de la naturaleza humana. Es así como para satisfacer plenamente a la Providencia, el hombre tendría que morir de inanición, en una cueva oscura, porque si comiese siquiera una fruta, estaría gozando de bienes terrenales, como lo hicieron tantos anacoretas y ermitaños.

Los cristianos adoran el cielo y desdeña el mundo, para no pisar este fango terrenal, con la no existencia le basta. Más les vale que no haber nacido.

Juntad en un individuo cualquiera: sub-estimación, enajenación, entrega servil, adulación, espíritu de sacrificio o masoquismo vil, oscurantismo, retórica, sofistería, ortodoxia, dogmatismo y gazmoñería y habéis hecho el ejemplar más perfecto del cristianismo.

Mezclad en un ser humano estos cuatro ingredientes: feminidad, ignorancia, pobreza y senectud, habéis hecho al más perfecto creyente.

La vida del celibato y en general la vida ascética es el camino directo hacia el marchitamiento de la naturaleza humana y a la vida celestial del cristianismo.

El culto a las imágenes en el catolicismo es un auténtico fetichismo, una patética idolatría disfrazada de piedad.

Si sólo viviéramos para Dios (como dice San Pablo) y nada le aportáramos al hombre y al mundo, entonces, ¿qué sería de los dos últimos?

Es en la inteligencia del hombre y en sus realizaciones donde se manifiesta la naturaleza suprema o divina, si se quiere; no es en el sufrimiento y en la renuncia al mundo donde el hombre encuentra su grandeza y su relación o acercamiento a lo divino, como aducen las posiciones ortodoxas cristianas.

Seudo-humanos los hombres que aducen que renunciando a nuestra naturaleza y con adulaciones y halagos extremos se acercan a la divinidad y alcanzan en puesto de preferencia celestial.

Una de las instituciones más corruptas y crueles creadas por el hombre es el Papado, a través de sus centurias de historia lo han rodeado: simonías, intrigas, venenos, incestos, nepotismos, destierros, laceraciones, venalidad, componendas, inquisiciones, hogueras, intolerancias, fanatismo, dogmatismo, ignorancia, oscurantismo, lenocinio, abusos, traiciones, vejaciones, anquilosamiento, anacronismos, sacrificios, cárceles, persecuciones y todo lo peor de la naturaleza del Hombre.

La actividad suprema y divina del hombre está en su inteligencia y en sus realizaciones, no en el sufrimiento y la pasión como lo ha considerado históricamente el cristianismo.

A Dios se le ofrecen alegrías y júbilos, no lágrimas, sufrimientos y gemidos como históricamente lo han hecho los cristianos.

Los católicos deberían tener siquiera el recato de mostrar en sus lugares de culto un Cristo glorioso y resucitado y no esas figuras terribles y dantescas entronizadas en casi todos sus templos, atiborradas de sangre, espinas, heridas, rostros famélicos, y angustiados; qué manera tan cruel de representar al creador de todas las maravillas del Universo, de todo lo visible y lo invisible.

Quitadle a un cristiano el temor a los infiernos y el encanto por los cielos y le habéis quitado su Dios.

Los cristianos se aferran de su Dios por asirse de su eternidad, si se les quita esta creencia y el temor a los castigos, se les quita a la vez su Dios.

La devoción y entrega del cristiano, dependen esencialmente de un interés ultramundano; el amor, ese amor que tanto predican por su Dios, no es tanto el amor por ese ser divino, sino el amor por los privilegios prometidos y la obsesión, movida por el temor, de encontrar indulgencias para sus culpas.

En el cristianismo Dios y el diablo son correlativos, si existe el uno existe también el otro, al fin el segundo es el remendador del primero. El primero crea y al pobre diablo le endilgan todos los males que existen en lo que el otro creó.

La gracia, ¡valiente gracia! La verdadera gracia del hombre es estar libre de religión o secta alguna. Pocas, muy pocas criaturas humanas tienen o han tenido esa gracia.

¿Cuántos destinos truncos? ¿Cuántos genios anulados? ¿Cuántas conciencias y cuerpos torturados? ¿Cuántas existencias envenenadas? ¿Cuántas amarguras y cuántas lágrimas? ¿Cuántos misticismos y fanatismos? ¿Cuántos pesares y culpas? ¿Cuántas locuras y cuántas muertes en vida y cuántas muertes verdaderas se han dado en el seno del cristianismo?; las estadísticas históricas no lo cuantifican y la humanidad nunca lo sabrá. La fe tapa todo.

Según el cristianismo, los seres humanos tienen que expiar sus pecados, ¿quién, entonces, pagará las iniquidades cometidas contra el Hombre? Los embates de la furia de la naturaleza que destruye vidas, sembradíos y construcciones ¿a quién se las cobramos? La vulnerabilidad, las enfermedades, sufrimientos y vejez ¿A quién le corresponderá pagar estas penalidades contra el Hombre?

¿Quién pagará por su programación genética que lo hace pasional, guerrero, inteligente y a la vez idiota? ¿Qué dioses expiarán su infamia de habernos condenado al amor y a la fertilidad para perpetuar padecimientos? ¿Los dioses defendidos en las guerras religiosas pagarán los ataques del Hombre contra sí mismo? Las vidas aniquiladas por dar gloria a los dioses ¿quién las pagará? Los obstáculos interpuestos a la ciencia, las cabezas cortadas, los cuerpos quemados por el dogmatismo y la ortodoxia, hijos legítimos de las creencias religiosas. ¿Quién expiará estas injusticias?

Si el Hombre tiene que responder ante dioses remotos e impasibles por el desenvolvimiento de su naturaleza genética programada, que esos mismos dioses respondan al Hombre por toda la iniquidad cometida contra él, por todas las angustias, por los padecimientos físicos y morales ocasionados por un sinnúmero enfermedades y preceptos.

Al Hombre tienen que pagarle el haber sido enviado a esta tierra hostil (sin solicitarlo) y el haber sido arrojado a la máquina del tiempo que lo devora y vuelve polvo. La crueldad de la guerra no debe ser pagado por quienes participaron en ella, sino por quien los envió. En fin, si los dioses tienen derecho a que los hombres le paguen sus faltas, los hombres también tienen derecho a que se paguen los incontables atropellos cometidos contra él.

Juicio, juicio, juicio final para aplicarle justicia a la iniquidad, la maldad, el dolor y al horror emanado de los dioses. Son ellos quienes merecen la más ejemplar de las condenas.

Mientras los dioses no desaparezcan de la imaginación de los hombres, jamás serán libres y felices, seguirán llevando sobre sus espaldas corcovadas el peso de la esclavitud de las tiranías espirituales, y como niños ante un juguete nuevo, seguirán deslumbrados por esperanzas falsas en glorias eternas.

Si el cristianismo se construyó con bases pétreas de abyección, servilismo y dolor, con perjuicios al conocimiento científico durante centurias, el judaísmo y el islamismo en su inmensa dimensión de infamia, no se pueden catalogar por carecer todas las lenguas de un término apropiado.

En verdad, no existe vocablo, adjetivo u epíteto para calificar semejantes bajezas y sacrificios del género humano para complacer dioses que no merecen existir ni en el plano de la mera hipótesis.

El judaísmo y el islamismo merecen capítulo aparte, ambas religiones no sólo mancillan la inteligencia del Hombre, sino que la destruyen. Antes ellos desaparece la libertad de pensamiento y aparece la esclavitud del espíritu.

Desaparece la duda, primer paso para encontrar la verdad, y aparece la fe ciega, primer y último paso para el fanatismo, la intolerancia, la violencia y la crueldad. Desaparece el devenir de toda existencia animal, vegetal y mineral y aparece el estatismo que sustentan sus doctrinas arcaicas.

Desaparece la razón y el juicio y aparece el fanatismo y la demencia. No aparece el conocimiento objetivo de la Historia y de sí mismo, sino de ritos primitivos y desconocimiento de la naturaleza misma del Hombre.

No dejan aparecer la armonía y la calma, pero si el caos y las guerras. La visión de sus secuaces llega sólo hasta sus narices, la infinidad del Universo queda obnubilada. Desaparece la tolerancia, aparece la intolerancia, el terrorismo y las guerras santas. Desaparece la mujer y aparece un esperpento envuelto en telas.

No aparece la reflexión serena, que hace al Hombre prudente y sensato, sino la interiorización irreflexiva de galimatías de textos sagrados que sólo produce desequilibrio psíquico y desentendimiento de todo cuanto existe.

Desaparece la convivencia humana y aparecen los guettos, los encierros, las metralletas y las minas. No aparecen las tierras prometidas y aparecen las tierras ocupadas y las eternas disputas. Se relega la tecnología constructiva y aparece la armamentista

No aparece el trabajo y el servicio del Hombre por el Hombre sino el servilismo y la abyección para la Divinidad. Se satisfacen primero las “necesidades” abstractas de una divinidad que las tangibles del ser humano. Se da más importancia al cumplimiento de un rito que a miles de vidas humanas.

En fin, desaparece el gozo por la vida y aparece la tortura y la auto inmolación. Desaparece el hombre mismo y aparecen sus divinidades provistas de sus tiranas potestades.

Ningún pueblo sobre la Tierra, por rústico que sea, merece vivir con semejantes creencias, donde la grandeza de la Divinidad aplasta al homo sapiens, dejándolo por debajo de la animalidad. Creyendo engrandecer a su dios se reducen a la mínima expresión, pero lo que hacen es empequeñecerlo, aunque ellos crean lo contrario. Con dioses así para qué diablos.

Jehová, el dios judío es una divinidad nepotista, vengativa y cruel. La heterogeneidad de la especie humana con sus etnias, razas, castas, linajes y estirpes no admite dioses o creadores excluyentes. Esta divinidad sólo merece desaparecer bajo el peso de su propia infamia.

Alá, el dios del Corán, es una de las mayores monstruosidades creadas por la enfermiza y abyecta mente del hombre. Divinidad bestia, ni si quiera digna del más primitivo de los pueblos o del más simio de los hombres.

Mientras subsistan estos repugnantes adefesios, llamados judaísmo e islamismo, el mundo está condenado a no tener paz y un considerable trozo de la humanidad a no salir jamás de las cavernas del pensamiento primitivo.

Según investigaciones recientes, la teoría y la práctica de esa pureza moral sanguinaria fue la creación de las tres religiones monoteístas, esto es, judaísmo, cristianismo e islamismo. Las grandes religiones asiáticas quedan absueltas de esa tragedia: el hinduismo, el budismo y el confucianismo, pues sólo apadrinaron de forma esporádica -antes de ser contagiados por los valores occidentales- los movimientos de persecución en nombre de la defensa moral. Si bien los budistas mataban a la gente de aburrimiento con sus elucubraciones de teología metafísica, al menos no quemaban a nadie por sus opiniones.

Hay que ser de calidad excepcional para convencerse de estar en lo cierto, aunque el mundo opine lo contrario, decía con mucha razón J. Stuart Mill.

Para aguantar una situación de total desarraigo (no adhesión a ningún partido o credo) hay que tener un coraje indeclinable, porque el individuo como el grano de arena arrastrado por la corriente marina tiende a unirse con la inmensidad de la playa. Es una propiedad incuestionable del ignorante, en creer porque los otros creen, y sólo por eso cree.

El único estudio que no merece existir en la Tierra y confines del Universo es la teología, pues sólo sirve para hacer perder al Hombre por oscuros laberintos llamados MISTERIOS, y para hacerlo caer en la máxima estupidez hasta ahora conocida: LOS DOGMAS DE FE.

Hay vidas y obras casi imposibles de repetir, creyentes y devotos es lo más repetitivo de la humanidad. Como cualquier microorganismo hospedado en un organismo sin asepsia, el tiempo en su perpetuo discurrir se encargará de repetirlos y producirlos en serie por los siglos de los siglos de los siglos. No amén.

Entre todos los que nacieron y murieron, los nacidos y por nacer, crecidos y por crecer, multiplicados y por multiplicar, los predicadores son lo más detestables. Hacedores y propagadores de mentiras, plaga inmarcesible. Se constituyen en lo más dañino del género humano: productores de bazofia, propagadores de ceguedad, mercaderes de fe, vendedores de milagros, inquisidores del espíritu, vendedores de ilusiones, guillotinadores de la realidad, propagadores de pesimismo, ilusionistas del optimismo.

Usufructuadores de la tal palabra, vividores del prójimo, mendigos de dinero, compra-ventas de paraísos, incensarios humanos, artífices del fanatismo, cenicientas de los dioses, obstáculos de la evolución, precursores del infierno, suscitadores de venalidades, enajenadores de voluntades, negociantes del evangelio, pastores de borregos, emisores de rebuznos, reverendos de letrina, monarcas de la tiranía, pontífices del engaño, cerdos de la inteligencia, fumigadores de la verdad, basuras existenciales destinadas a apestar la faz de la tierra de estupidez, abyección bajezas y mentiras por los siglos de los siglos, no amén. Como cucarachas pululan estas lacras, son nocivas, repugnantes e indestructibles y se meten por todas partes como ellas.

A estas ratas de alcantarilla lo que les impulsa es el afán de lucro y no el amor a Dios. Por eso manipulan los textos sagrados de acuerdo con sus intereses. Los ingenuos tragan entera toda su verborrea como alimento espiritual, cuando no es más que una asquerosa diarrea mental. Millones de seres enriquecen con millones de $$$$ a estos parásitos repugnantes. Predicadores, eterna lepra que por siempre apestarán el mundo.

Si la humanidad en un determinado momento pudiera tener conciencia plena de la crudeza de su verdadera historia, abominaría a los dioses y a las religiones por ser ellos y ellas quienes más sufrimientos le han causado. A los predicadores y pastores les vedaría su existencia.

La mayoría de los hombres sólo han observado la religión desde un ángulo, percibiendo sólo sus perpetuas bondades, observándola desde otros ángulos se ven también sus eternas crueldades.

Ah! verdad que cobra la lastimera elucubración del poetastro, juglar y filosofo criollo Anatael Atensi. Atropellado de años, achaques y pobreza, en el hospicio de San Agustín en Mompox, con su apagada voz reflexionaba:

Que tal que fuéramos inmortales en esta o en otra vida, no habría mayor castigo. Dejar de morir con nuestra humanidad agobiada de tiempo y de males no habría suplicio igual. Morir y renacer en el seno de los dioses de las religiones del Hombre, sería otro tormento, una tortura perpetua.

Vivir por ejemplo con ese terrible dios cristiano, divinidad sadomasoquista provista de tres inmensas panzas de intestinos tortuosos e interminables, cargados de ácidos gástricos para devorar: (sin saciarse jamás) penitencias, pleitesías, ritos, cruces, espinas, mártires, cruzadas, inquisiciones, infalibilidades, irracionalismos, jerarquías pontificales y toda la bazofia que la abyección humana pueda producir en el sempiterno transcurrir del tiempo.

O ser inmortal ultraterrenamente con el detestable Jehová de la Judía, esa implacable e irascible divinidad que no se sacia de la sangre de cuadrúpedos y aves, que multiplica plagas por siete, que convierte ríos en sangre y mujeres en estatuas de sal, que envía ángeles exterminadores y escoge un pueblo-diáspora para ser martirizado por medio mundo y para abandonarlo sin su tierra prometida por los siglos de los siglos.

O con ese esperpento inmarcesible de los musulmanes, el tal Alá, la más horripilante de todas las bestialidades divinas creadas por el hombre, pues de ella se desprenden los más monstruosos fanatismos, extremismos y fundamentalismos, provocadores de guerras, desdichas, y desgracias, tan inconmensurables como la estupidez de quienes abrigan semejante dios. Abominable deidad de Mahoma que se regodea viendo a su estulta multitud postrada en ridícula pose con la cabeza contra el suelo convertida en una grey asnal. El cielo de estas religiones es el auténtico pandemónium.

La eternidad con la divinidad de la metempsicosis sería la única tolerable, pues al menos contempla una evolución y un perfeccionamiento.

Pasaran siglos y siglos y el Hombre progresará en tecnología hasta límites incalculables. Mientras poblará otros planetas, su concepción de Dios seguirá en las cavernas: sacrificará cuadrúpedos, andará en procesión con ídolos de yeso y palo, continuará encendiendo velas, como si la Divinidad se alimentará de candela, y ofrecerá sacrificios como si la Providencia tuviera apetito voraz por el dolor. Así mismo, se prosternará en templos, sinagogas y mezquitas frente a sus dioses sedientos de abyección humana.

Milenios y milenios pasarán, tal vez nunca el Hombre dejará de doblar la cerviz ante dioses impasibles. Jerarcas tonsurados continuarán sosteniendo dogmas y ortodoxias, en un mundo y en un universo con átomos en movimiento que no se detienen. La realidad de los pontífices de todas las religiones continuará contradiciendo la realidad de la materia.

Si el hombre a través de su historia, en vez de desperdiciar las ingentes fuerzas de trabajo, su gran capacidad edificadora y la inconmensurable cantidad de materiales y recursos en construir monumentos, templos sinagogas y mezquitas, las hubiera dedicado en edificar hogares, no hubieran existido ni existirían destechados en el mundo.

Si la raza humana durante siglos y milenios no hubiera desperdiciado el tiempo en elucubraciones, disquisiciones y discusiones bizantinas por los laberintos sin salida de la teología, y hubiera empleado estos milenios y esfuerzos en procurarse comodidades y respuestas a los fenómenos naturales a través de la ciencia, el Hombre hubiera sido más feliz, pues desde momentos tempranos de su historia habría logrado desatarse de atavismos y temores escatológicos, que sólo le han servido como látigo y tormento. Como dice Eric Fromm: El hombre siempre ha tenido miedo a la libertad por eso se ata imaginariamente a cadenas y grillos de mitos, religiones, dogmas y doctrinas.

El ser humano estúpidamente brinda abrigo y gloria a un ser que no necesita ni lo uno ni lo otro, por ser, supuestamente, perfecto y espiritual. La adulación y la pleitesía que satisfacen vanamente al Hombre, son abominables ansias que predica de su divinidad. Es así como el hombre le endilga a su dios las más despreciables pasiones humanas, lo crea a su imagen y semejanza y no viceversa como el cristianismo ha creído históricamente.

Como dijo Vargas Vila: Por qué tan pocos hombres van a la caza de tiranos, noble misión perseguirlos en sus guaridas, ya sean palacios, templos o sepulcros, para no darles tregua; desenmascarar las momias, y desterrar los dioses. Ahogar el último ídolo en los brazos del último creyente nunca se dará. Que utopía hacer la luz en la conciencia, hacer desaparecer para siempre del horizonte la sombra de la terrible providencia, tras la huella del último lacayo.

Sólo una luz crepuscular se cierne sobre el horizonte, un aliento enajenador y frío toca las almas, la altivez no florece, de los sembradíos sólo surge un producto: la abyección. ¡Qué espantosos desmayos del valor!


El Final Juicio

Cero más cero es igual a cero, nada más nada es igual a nada. Cero más nada es igual a Dios. Sólo el resultado matemático y la no existencia de una Providencia es exacto y verdadero; todo lo demás en el Universo es incierto o relativo.

Los dioses, esas sabandijas parásitas de la mente humana, se han hecho más que merecedoras a un Juicio Final. Los folios de su prontuario puestos en fila darían para recorrer la distancia al sol en ida y vuelta. Por haber dado vida a la criatura humana para envejecerla, enfermarla y eliminarla, toda Divinidad merece ser crucificada por Secula seculorum.

Después de realizado el debido proceso, donde se escucharon defensores y acusadores, y a la Historia como testigo irrefutable, este tribunal declara culpable de todos los cargos al dios cristiano (nacido y criado en un sórdido recoveco de la mente humana).

Por imponer la relación con su dios a través del dolor y la sangre. Por trazar caminos de espinas para que sus creyentes accedan a una supuesta salvación. Por endilgar a sus creaturas un pecado que no han cometido, pero que resulta muy original. Por haber provocado las peores guerras, martirios, injusticias y crímenes que ha padecido el género humano. Por tener entre sus jerarcas a los seres más corruptos y criminales de la humanidad. Por tener entre sus santos a los seres más serviles, intolerantes y masoquistas. Por su testamento nuevo de atrocidades e imbecilidades.

Por haber sometido a una considerable porción de la humanidad, al engaño, al holocausto y al obscurantismo y por constituirse como el gran obstáculo en el proceso de evolución del pensamiento humano, se le aplicará ejemplar castigo.
Como el Credo de este cristiano dios reza que todo lo visible y lo invisible es creado por él, la sentencia contempla aplicarle varias de sus maravillosas creaciones.

Se condena a despojar su cuerpo del adjetivo glorioso para infectarlo por los tiempos de los tiempos de: lepra, cáncer, tuberculosis, diabetes, gangrena, fiebres tifoidea, aftosa, tortícolis, menopausia, aterosclerosis múltiple, arritmia cardiaca, síndrome de Down, mal de Parkison, alzhaimer, estangurria, caspa, piojos, sarna, grajo, blenorragia, halitosis, hemorroides esquizofrenia, depresión, vértigo de Meniere, demencia senil, hemorragia, diarrea, cólera, peste negra, papera, sarampión, meningitis, gripe, prostatitis, jaqueca, resaca, artritis, asma, gastritis, neumonía, sífilis, hipertensión, reumatismo, dermatitis, epilepsia, nefritis, osteoporosis, elefantitis, paludismo, diabetes, labio leporino, celulitis, erisipela, ictericia, leishmaniosis, glaucoma, tiña, sida, trombosis, bocio, constipación y de todas y cada una de las dolencias y enfermedades que han atormentado a seres humanos y animales desde que tuvieron la desgracia de ser creados por este dios de iniquidad e infamia.

Después de realizado el debido proceso, donde se escucharon defensores y acusadores, y a la Historia como testigo irrefutable, este tribunal declara culpable de todos los cargos al dios judío (nacido y criado en el agujero más asqueroso de la mente humana). Por ser nepotista y escoger pueblos a su capricho para esclavizarlos o aniquilarlos. Por placerse de que degüellen animales en los altares de sus templos. Por abandonar a su pueblo y dejarlo a merced de sus más implacables enemigos, por los inconmensurables lamentos de sus fervientes. Por su testamento antiguo colmado de injusticias, castigos y agonías, a este dios de sadismo es necesario medirlo con la misma vara con la que él mide.

Se condena a padecer de 6 de las 7 plagas por 7 mil millones de años. Se le privará de la plaga del río convertido en plasma, para negarle la satisfacción de ver correr más sangre. Las demás plagas: de ranas, de moscas, de peste, de ulcera y de granizo las padecerá con toda intensidad. Otros 7 mil millones de años ayunará en el desierto para que escarmiente esta despreciable divinidad, a la que la creatura humana ha osado prodigarle devoción. Una vez cumpla estas penas será sometido a la acción del ángel exterminador

Después de realizado el debido proceso, donde se escucharon defensores y acusadores, y a la Historia como testigo irrefutable, este tribunal declara culpable de todos los cargos al dios musulmán (nacido y criado en los más desértico e inhóspito de la mente humana).

Por haber escogido al más malvado de los hombres como su profeta. Por haber suscitado las más terribles acciones terroristas. Por idiotizar a sus secuaces y convertirlos en cavernícolas de pensamiento. Por Suscitar los más extremos fanatismos y fundamentalismos. Por azuzar cruentas guerras santas. Por discriminar y cubrir de trapos a la mujer. Por permitir que sus fervientes mueran destripados mientras peregrinan en su honor. Por aceptar el sacrificio de animales en su alabanza. Por su pestilente Corán.

Se condena al suplicio de introducirle sieso arriba, mediante fuerza atómica, un espiral conformado por todas las estrellas del Universo, que explotarán para que esta bestia del Islam emita un quejido que retumbe a perpetuidad por todos los confines del cosmos en expiación de su monstruosa malignidad.

Publíquese y cúmplase,
Supremo Tribunal de la Historia



Gregorio, el olvidado

La verdad sea dicha. Es dado reconocer (aunque la humanidad jamás se lo agradecerá) el colosal esfuerzo de Gregorio por desarropar las mentiras teológicas de sus falsos y abigarrados ropajes de verdad. La ciencia humana le debe un gran número de verdades por él descubiertas mediante su observancia prolija de la vida, escarbando en los hechos históricos y sobre reflexiones de algunos analistas. Descubre un cúmulo de verdades que la humanidad poco se ha preocupado en encontrar. Su grandeza, y a la vez su fracaso, consiste en haber sido un único impulsor del combate contra la Mentira Sagrada en todos sus ámbitos. La humanidad a sus libertadores poco aprecia, sólo ama a sus verdugos.

Su obra no es alimento ordinario para espíritus vulgares, su estilo y contenido no encanta como el laude o la oda, es un torrente que arrastra desde simples idiotas hasta reverendísimos prelados.

El Hombre no aprovecha su inteligencia y su razón para deshacerse de lastres que arrastra por milenios, sino que le rinde culto al muro donde se lamenta, a la cruz donde se tortura y a la piedra que lo descalabra.

¡Oh mi amado Gregorio!, me encanta cuando dices:

El Anticristo, el Antijehová, el Antialá, el contra-profeta soy yo. Si los profetas sostienen que los muertos resucitarán y que un juicio final habrá, yo aseguro que no, no y no. Si los profetas proclaman que los dioses protegen a los justos y a los malvados les da su merecido, y tienen trazado un plan de vida para la humanidad, de manera categórica los refuto. Si así fuera muchos picaros no se hubieran hecho ricos. Las guerras no hubieran tenido cabida en la Historia. Si a los justos los protegiera una divinidad, Bruno no hubiera muerto en la hoguera, Jesús en la cruz, Lorca fusilado, ni Galileo amordazado. La Familia Cazalla, Ana Frank, Gandhi, Luter King, no hubieran sido sacrificados.

Si los dioses castigarán a los malvados, Nerón y Caligula no hubieran sido coronados, Isabel, Torquemada y Cisneros no hubieran reinado. Hitler, Musolini y Stalin, poder jamás hubieran tenido. En fin, millones y millones de cuartillas serían necesarias para enumerar cada desprotección a los justos por las divinidades y la buena suerte de tantos malvados, así como cada uno de los horrores de la Historia que evidencian la carencia absoluta de una plan divino sobre la Tierra.

El culto que rinde el Hombre a las divinidades, es uno de los fenómenos más arrasadores, de él casi nadie se escapa. Es una respuesta a la incertidumbre de nuestros destinos, a la fugacidad y vulnerabilidad extrema de todo ser. Por eso la búsqueda de una divinidad es natural en el hombre, como natural es su fragilidad ante los embates del tiempo, las enfermedades y la muerte. El Hombre tiene que buscar un consuelo, y lo encuentra en un estéril desierto, pero que imagina y supone como un cielo. Esa es la realidad del Hombre y nada más.

Pero, ¿Cómo logran sobrevivir y permanecer en el tiempo los primitivos dioses, los arcaicos cielos, y los ridículos cultos? Hay muchas explicaciones, entre ellas, la teoría de las probabilidades. Si alguien se enferma de gravedad, de acuerdo con cada fe o religión, se invoca por una cura al dios, a los santos o a los espíritus. Hay tres probabilidades: que la persona se sane, se medio sane o se muera. Si se sana, los creyentes interpretan el hecho como un favor concedido, si se medio sana también reportan un favor celestial porque al fin no se murió, pero si se muere, entonces dicen que era que ya le tocaba el día. Incólume queda la divinidad, y su creencia en ella no la derrota nadie. Todo no es más que un juego de probabilidades que cada cual interpreta de acuerdo a sus creencias, a su grado de racionalidad, ignorancia o de capacidad crítica.

En verdad, en verdad, la única certeza absoluta a la que el Hombre puede acceder es a la seguridad de que dioses no existen, pues son sólo meros supuestos imaginativos. Los dioses no existen, ni han existido, ni existirán por lo menos pasado un milenio. Es posible que en tiempos futuros se llegue a lo que pueda considerarse seres superiores, en el sentido que tienen la capacidad para diseñar y “armar” nuevos seres.

Estos seres superiores serían el producto de la evolución del Hombre, pero no pasarían a llamarse dioses o a ser divinidades en cuanto al concepto que hoy existen de estos términos.

Si el Hombre logra hacer más livianos sus lastres, varios siglos adelante las palabras Divinidad y Dios, serán arcaísmos, como ahora lo son ciertos vocablos que designan algo que ya pasó de uso o que ha dejado de existir, tanto en su realidad objetiva como en la imaginación del hombre, como: carnestolendas, estantigua, bisbís, quechemarín y Huitzilopachli. Pasado el tiempo y en el justo avance de la evolución, las palabras Divinidad y Dios estarán casi muertas, medio sobrevivirán como rezagos del primitivismo, rezagos que quizá nunca el Hombre dejará de arrastrar como lastre.

Pero en el horizonte de la humanidad se divisa un cataclismo: las tres plagas hijas de la ignorancia y la idiotez, madres del dolor y la mentira, que han motivado los mayores padecimientos, tienen destinada la criatura humana a desaparecer del Universo destripada entre sus garras. Vertida la última gota de sangre, emitido el postrer quejido de dolor y exhalado el último aliento de idiotez, las tres parásitas infames quedarán sin nutrientes y al fin desaparecerán también bajo el portentoso peso de su infamia.

Gregorio, amasado no fuiste por el barro de la credulidad, tu alma aún no flaqueaba cuando la muerte vino a liberarte de la vida, a curarte del mal de vivir. Moriste como habías vivido: ateo; si capitulaste con los hombres, no capitulaste nunca con los dioses. Los miedos escatológico y terrenal, no te doblegaron, son obstáculos para otras almas. Lo que combatiste te mató: el fanatismo, la intolerancia y la ortodoxia. Muchos más morirán por culpa de estas plagas; como no hay quien las combata, la humanidad merecida está de perecer entre las ponzoñas de esa trilogía tenebrosa.

¡Duerme tranquilo! Has nacido y muerto en una patria que no te merece. Descansa ¡oh maestro, esposo y amigo! Duerme y reposa para siempre. Los muertos como tú no se despiertan; ni escuchan la trompeta del arcángel, ni acuden a la cita del juicio final; sobre tumbas como la tuya, no se detiene el Cristo mítico, ni abre su floración de sueños el Milagro. Aquel que dijo a Lázaro: ¡Levántate!, no ha vuelto a los sepulcros a llamar; ¡no llamará en el tuyo! ¡Descansa y duerme en paz!

Espero amado mío que algún día el Mundo tenga la fortuna de ver tus palabras convertidas en huracán, que pasarán despelucando los espíritus, desarraigando las creencias alimentadas de ignorancia, descalabrando el error y la mentirá, y aniquilando a los monstruos de infamia que como guarida tienen templos, sinagogas y mezquitas.

La victoria sobre los dioses es la más digna y merecida victoria de los hombres, volverles la espalda es apenas un gesto, enterrarlos definitivamente es la victoria. El primer y más valeroso deber del hombre es ser soberano de sí mismo. La Divinidad y la libertad se excluyen.

La recua de dioses inventados por el Hombre ya sea a su imagen y semejanza o a semejanza de animales o astros, son realidades subjetivas, sólo existen en las células cerebrales de quienes tienen una creencia y una convicción en ellos. Esta horda de divinidades no son una realidad objetiva, son la contraparte del ser, o sea, la Nada Absoluta o el Gran Vacío, pero no donde se mueve la materia o los átomos, sino la estupidez del Hombre.

El único y máximo pecado que puede cometer un ser humano es creer en un dios, es un pecado contra sí mismo y contra la humanidad entera, porque contribuye a perpetuar una mentira y un engaño. Es un pecado sin perdón ni olvido.

La fatiga me agota, mis manos trémulas con dificultad teclean esta máquina; hace cerca de tres meses padezco vómitos y fuertes dolores en mi vientre, las medicinas poco palian mi afección.

Falta mucho por decir, cientos de miles de letras todavía son necesarias para concluir esta historia y exponer cabalmente la tesis de Gregorio a cerca de los tormentos del Hombre mientras no se desprenda de las tinieblas de sus dioses. No sé si mis menguadas fuerzas me darán la capacidad suficiente para terminar de coser esta colcha de retazos de la vida y obra de mi amado esposo, trabajo iniciado hace poco más de un lustro, y que a la vez que me mantiene con vida me martiriza.

Es así como, antes de que me traicione la memoria o la amnesia de mi senectud me obnubile y precipite sobre mi vida sombras de olvido, que pueden traducirse como ingratitud, no quiero continuar estas páginas, sin dejar de reconocer...


Epilogo

En el mar del silencio y del no ser, allá se hundió la viuda. La cicuta apuró en sus labios para liberarse del cáncer y de la existencia. Inconclusas sus memorias, desparramadas quedan sobre su mesa de noche. Cuando las encuentra un médico amigo, desde un porta retrato, con tristeza obsérvalas Gregorio.

Por su propia mano se liberó de las garras del destino, es decir, de las garras del dolor. ¿Podrá haber gesto más bello en las manos de un ser libre? Manos vencedoras del dolor y de los dioses. Te alzaste vencedora sobre este triste mundo de vencidos. Vamos de aquí antes de que lleguen más tristezas- te dijiste, y así te curaste del mal de vivir. Cuando la vida es un dolor el suicidio es un derecho, cuando la vida es una infamia el suicidio es un deber, sabias palabras de Vargas Vila.

Apaciguada de fatigas tu mente merecida está, de no producir un pensamiento más. Dignas de descansar son tus manos, de no escribir una letra más. Digno de tu corazón es el reposo, de no dar un latido más. De emanciparse de las cadenas de la existencia, tu espíritu se ha ganado el derecho ya. Tu alma jamás será presa de dioses o demonios, que con cielos te quieran premiar o en infiernos castigar, desaparecida de ultra tumba estás.

Duerme, descansa para siempre viuda sin igual.


Colofón

Un dispendioso trabajo fue necesario para reconstruir e hilvanar estas Memorias, muchas hojas fueron arrancadas de un legajador, al parecer deliberadamente, las encontradas carecían de un orden lógico. Como testimonio de la veracidad de su historia, en su biblioteca de la casa del barrio Prado de Medellín, donde murió Raquelita, quedaron algunos de los manuscritos de Gregorio y otras piezas sueltas mecanografiadas, que dan sustento y guía a las anteriores páginas.

También fueron hallados varios retazos de otras tres obras de Gregorio Goenaga, escritas a mano en dos cuadernos de cien hojas y en una libreta más propicia para cuestiones contables. Los títulos son: Viaje hacia la nada, Del martirio al hedonismo y Los dioses demonios, manchas de tinta roja impiden su comprensión y publicación.

Igualmente, se encontró un cuaderno chamuscado con otra obra, donde sólo se rescatan el título: La utilidad y la inutilidad de la vida, algunos párrafos truncos por la acción de las llamas y una sentencia que parece fue el remate de esta obra, casi en su totalidad incinerada: El hombre es una maquina productora de mierda y de dioses.


Citas

[2] Llamada así a causa de dos enormes estatuas colocadas en la puerta de entrada y que sostienen el palco para los músicos.
[3] Pena eclesiástica por la cual se priva a un templo, ciudad o país de la celebración del Culto y la administración de los sacramentos.
[4] No confíes en los hijos de los hombres (Salmo 145)
[5] Propala una creencia en una religión natural sin dogmas, y una fe en la fraternidad universal basada en el humanitarismo. Además, reivindica la libertad de expresión.
[6] Emperrar: era un término muy usado por los cronistas e historiadores, significaba azuzar perros de presa contra la población indígena.
[7] Se piensa que el Universo es de extensión finita en el espacio y que la luz puede recorrerlo en unos pocos cientos de miles de millones de años.

Ver: http://http//www.youtube.com/watch?v=snOzEpRz-gc&feature=related

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